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La Habana otra vez iluminada

En este artículo: Cuba, Cultura, La Habana, Roberto Chile
12 noviembre 2012 | 8

luces-en-la-catedralPor Nyliam Vázquez García

Para Gaspare Di Caro, La Habana es una ciudad en resurrección. El artista italo-francés asegura que la catedral de San Cristóbal de La Habana cierra para él un ciclo de amor por Cuba. Para Roberto Chile, esa historia había que contarla. Había que ponerle todos y cada uno de los matices que Di Caro colocó en la fachada de la iglesia con su espectáculo de luminografía a finales de marzo. Allí estuvo su cámara.

Chile y su equipo indagaron en las honduras del proceso creativo de Di Caro, en sus motivaciones y en los secretos de su arte de pintar con luz para dar vida al documental Iluminar La Habana. Presentado en el Hotel Ambos Mundos, el material audiovisual cuenta la historia de cómo en ocasión de la visita del Papa Benedicto XVI, a finales de marzo de 2012, la Catedral se llenó de imágenes y colores, gracias al talento de Di Caro y su peculiar modo de expresión.

Los fotogramas descubren los modos de hacer, los proyectores, y esa luz que lo inunda todo y que colmó la Catedral por esos días. Es el propio Di Caro quien cuenta, quien iluminado también por sus propias figuras, habla -en su particular mezcla de español, italiano y portugués- de su primera vez en Cuba en la década de los 1990, de su necesidad de pintar con luz , de proyectar en esa iglesia su pintura, porque fue justo frente a su fachada que descubrió que no estaba perdido en La Habana.

El maestro Roberto Chile lo deja contar y al mismo tiempo coloca el ambiente de la ciudad amada, hace que se vea la música que brota de sus entrañas y que no puede ser otra que la salida, de sierras, martillos, de hombres removiendo cemento y arena, de hombres construyendo. Iluminar La Habana se queda con el tiempo finito de la luz sobre las paredes, pero sobre todo le habla de amor a una ciudad que enamora.

“El documental es una joya para valorar lo que tenemos en La Habana”, aseguró Yosvany Carbajal, párroco de la Catedral, quien agregó en la presentación que el espectáculo de luz hizo resaltar las líneas de la antigua construcción.

La periodista Magda Resig destacó la aportación de Chile a la documentalistica cubana y la maestría para no solo hacer el recuento de los hechos, sino llegar hasta su esencia misma. Asimismo, agradeció a Di Caro la armónica combinación de luces y colores.

“Pintar la Catedral de Luz fue un gesto de amor hacia los cubanos”, apuntó.

Chile, rodeado de sus amigos, agradeció a todos la compañía y reconoció el trabajo en equipo para que él también, desde su cámara, lograra esa segunda iluminación de La Habana tan especial y la que habrá que volver una y otra vez como un instante único.

Quiso el artista mencionar el apoyo constante del historiador de la ciudad, Eusebio Leal, en este nuevo proyecto concluido, así como al Parque Tecnológico de ITAIPU-Brasil, la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura, a la Asociación Cultura y Cooperación entre otras instituciones. Luego, la Catedral de La Habana se volvió a pintar de miles de colores gracias a la magia del audiovisual, al amor de un artista italo-francés y al genio de Roberto Chile.

Se hizo, por fin, la luz.

Se han publicado 8 comentarios



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  • alas con puntas dijo:

    Iluminar La Habana
    un documental de Roberto Chile
    con Gaspare Di Caro

    Luces y colores en armónica combinación, adornaron la fachada de la Catedral de La Habana, en ocasión de la visita a Cuba de su Santidad el Papa Benedicto XVI, a finales de marzo de 2012.

    El impresionante espectáculo de luminografía denominado Arte Luz del artista italo-francés Gaspare di Caro, dio colorido y lucidez a la celebración en tanto constituyó muestra de júbilo popular por la presencia del Sumo Pontífice en la Isla.

    Iluminar La Habana, documental del realizador cubano Roberto Chile, nos asoma a las motivaciones y al proceso creador de Di Caro a la vez que nos revela momentos de la relación sentimental y afectiva del artista con el país caribeño, en una obra de arte audiovisual que trasciende lo didáctico y lo informativo.

    guión y dirección: Roberto Chile
    producción: Roberto Chile y Mario Gallotti
    producci´ñon de rodaje: Rodrigo Cadore y Bobby Estany
    edición: Salvador Combarro
    música original: José Hermidas Dean
    dirección de fotografía: Roberto Chile
    efectos visuales: Reynier Aquino
    sonido: Salvador Combarro y Daniel Chile
    teclados y orquestación: Pucho López
    asistencia técnica: Ariesky Sotolongo y Leandro Velázquez
    actuación especial: Sadaise Arencibia

    Una producción de Alas con Puntas y Bleu Up con el apoyo del Parque Tecnológico de ITAIPU – Brasil y la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura y la colaboración de la Oficina del Historiador de la Ciudad, el Arzobispado de La Habana, el Centro Cultural Félix Varela, la Catedral de La Habana, el Museo Colonial de La Habana, el Ballet Nacional de Cuba, Habana Radio, Radio Reloj y la Asociación española de Cultura y Cooperación Internacional, entre otras instituciones.

  • el Fuma dijo:

    Un documental del mismo nivel de siempre: perfecto!
    Felicidades!

  • Diego M. Vidal dijo:

    Como siempre Roberto Chile deslumbrándonos con su obra del corazón, que es desdes donde mana todo lo que hace. Si La Habana podía tener más luz que la propia, esta vez Chile le permite a la Ciudad de las columnas mostrar todo su esplendor con la ilumanción especial para la ocasión y el lente de un hombre acostumbrado a captar el brillo de lo esencial.
    Abrazos argentinos para mi hermano Chile, la Tropa que lo acompaña y para mí Habana.

  • Leonardo Padura dijo:

    La Habana viaja hacia el pasado y hacia lo rural

    En su célebre conferencia dedicada a La Habana (filmada en los años1970) Alejo Carpentier evocaba los días de su adolescencia, en las primeras décadas del pasado siglo, cuando, a pesar del rápido crecimiento de la capital cubana, los límites entre la rural y lo urbano todavía eran difusos. Por ese entonces el “campo” aun solía meterse en la ciudad de las más disímiles formas, y el novelista recuerda como ejemplo muy notable el de las lecherías, donde se vendía la leche fresca, recién ordeñada de las vacas que, esa misma mañana, habían sido traídas desde los corrales cercanos a la urbe por unos recorridos fáciles de seguir a través del hedor y la presencia física de las deposiciones que los animales iban dejando a su paso.

    Ya hacia los finales de la época histórica que recorre la evocación carpenteriana (1912-1930), La Habana era una ciudad con las características fundamentales de la capital moderna y “el campo” se había retirado fuera de sus lindes. Mercados y negocios de diverso tipo, cada vez más adecuados a la vida del siglo fueron surgiendo no solo en las zonas más comerciales, sino en los barrios de la periferia. Incluso, conceptos como el de la tienda por departamentos y lo que hoy se conoce como mall ya tenían una larga presencia habanera (ahí está, aun de pie aunque llena de heridas, La Manzana de Gómez). Surcada por nuevas y cada vez más amplias avenidas, lo urbano se imponía definitivamente y daba la fisonomía que la ciudad mantuvo hasta la década de 1980.

    La llegada del período especial, al despuntar el último decenio del siglo XX fue una conmoción para toda la sociedad cubana y especialmente para su economía, desde los niveles macros hasta los más individuales. Fue ése un momento en que comenzó un proceso regresivo de lo urbano que ha sido llamado la ruralización de la ciudad que, en ciertas urbes del interior de la república, llegó a alcanzar niveles alarmantes.

    Varios signos muy visibles y otros menos evidentes se conjugaron para ir conformando ese proceso. Un elemento sin duda catalizador de todo el fenómeno fueron las migraciones masivas del campo a la ciudad y del interior a la capital, que empujó a grandes masas de personas en busca de unas posibilidades mejores para su existencia (o simple subsistencia), al punto de que el gobierno trató de regular esos desplazamientos internos con leyes que no parecen haber sido especialmente eficaces. Con esas personas, de hábitos específicos, muchas veces marcadamente rurales, y el crecimiento paralelo de una marginalidad citadina provocada por la propia crisis y las múltiples dificultades cotidianas, La Habana fue sorprendida por acciones como
    la de colocar ollas en las aceras para cocinar con leña, la cría masiva de cerdos incluso en el interior de viviendas con mínimo espacio y la venta callejera de productos agropecuarios. Todas esas manifestaciones, sumadas al deterioro acumulado, y para ese entonces acelerado, del componente físico de la ciudad (edificios, calles, aceras, alcantarillas, espacios públicos), La Habana fue alejándose rápidamente de su anterior esplendor y adquiriendo la imagen de feria de los milagros con un marcado sabor campestre, surcada por arroyuelos de aguas albañales, lagunas en las furnias callejeras, parques convertidos en solares yermos o vertederos. Lo peor de todo fue que ese espíritu de abandono caló en la conciencia de sus moradores ancestrales o recién llegados, hasta profundidades peligrosas.

    En las últimas semanas, al calor de las primeras medidas ya en práctica para la actualización del modelo económico cubano, La Habana ha recibido un nuevo impulso en su proceso de ruralización: apresuradas construcciones de zinc para la venta de cualquier artículo, esquinas tomadas por vendedores de productos agrícolas que colocan la mercancía directamente en el cajón en que han sido transportadas, el incremento masivo de la cría de cerdos que luego nutrirán mercados y rústicos puestos de ofertas gastronómicas que se van expandiendo por todo el territorio, en un avance geométrico, sin orden ni concierto, sin respeto por el urbanismo ni demasiadas preocupaciones por la salubridad.

    Esta avalancha de lo rural y lo efímero se suma a la situación ya existente desde los años 1990 y no superada en la mayoría de los casos (calles intransitables, edificios derruidos, casas mal pintadas o jamás pintadas, rejas sin un atisbo de intención estética, criaderos de cerdos en jardines y patios), creando una sensación de retroceso más que de progreso, de vuelta a los orígenes más que de evolución.

    Sin lugar a dudas la causa de este fenómeno es en primer término económica, aunque en sus manifestaciones tiene un fuerte componente social y cultural. Si bien la supervivencia y la búsqueda de alternativas es una reacción inmediata con la que los cubanos tienen que luchar, también resulta evidente que la falta de controles, la degradación de las costumbres, la falta de sentido de respeto por el derecho ajeno, la imposición de la ley del más fuerte, el más inculto, el más pícaro, y la filosofía de que “hay que resolver”, al precio que sea, están bullendo en la misma olla callejera donde se deteriora el aspecto y la cultura de la ciudad.

    La ruralización de La Habana (algunos llaman al proceso como haitianización, para hacerlo más doloroso y específico) es una realidad con la que ya estamos conviviendo, y tanto que muchas veces ni siquiera reparamos en ella, como si ver un carretón de caballos o un cerdo paseado como un perro fuese lo más natural del mundo en una capital del siglo XXI. Pero si lo miramos con detenimiento, costaría trabajo admitir que en la época de las grandes superficies comerciales, de la lucha por la conservación y el reciclaje, en tiempos en que se sabe que el mantenimiento de la higiene es uno de los elementos esenciales para el buen funcionamiento de un sistema de salud, La Habana y Cuba, en general, se estén moviendo en sentido contrario, como si hubiéramos abordado una máquina del tiempo enganchada en la marcha atrás, sin que se vislumbre un muro de contención para ese proceso de deterioro que afecta por igual lo físico y lo moral, lo material y lo espiritual.

    Leonardo Padura

  • nureya dijo:

    completamente de acuerdo con el escrito de Padura, para mi, el mejor escritor cubano de la última mitad del siglo XX y del actual, resptando criterios de otros.
    Soy habanera y guanabacoense de nacimiento y crianza, hoy vivo en Regla, La Habana se cae a pedazos, necesita de un impulso reconstructivo inmenso. Esusebio Leal, como hidalgo con adarga al brazo, ha logrado grandes cosas, pero no son suficientes.
    Debemos desengancharnos de esa terrble máquina mencionada por Padura y avanzar, es lo menos que los habaneros podemos legarles a generaciones futuras que naceran en esta hermosa ciudad, circundada por el Mar Caribe.

  • Yaidelis dijo:

    Una vez más, Roberto Chile da muestras de su genialidad al presentarnos su más reciente documental Iluminar La Habana. Es una obra espectacular, que particularmente me encantó, en la que Chile y Gaspare Di Caro dan muestras del gran amor que le tienen a nuestra Habana.

  • Alt-X dijo:

    Muy buena crónica escribió Padura, estoy completamente de acuerdo con él. Aprovecho la oportunidad para hacerle a él una pregunta que ya le hice una vez en Cubadebate, pero no recibí respuesta. La culpa de que en Cuba no publiquen sus libros en una cantidad que satisfaga la demanda es de las editoriales cubanas o de las editoriales extranjeras que tienen sus derechos de autor? Por ejemplo, la tirada de El hombre que amaba a los perros fue insuficiente y el día de su venta en la Feria del Libro fue un insulto para las personas que hicimos la cola con esperanza de poderlo comprar.

  • Gaspare Di Caro dijo:

    Hermanos
    Esperando que el traductor automático no suscita demasiada incomprehensión. Querría dar prueba aquí con mi ”multi-lengua-latina-europea” mi admiración para Roberto Chile y su equipo, para mi hermano de alma Jose Hermida que firmó la música de la película Iluminar Habana, la talentosa y generoso Sadaice Arencibia y por supuesto para el gran escritor Leonardo Padura quien , utilizando este artículo como pretexto, me ofreció en algunas líneas uno maravilloso regalo, el de poder responderle y declamarle mi inmensa admiración ya dice más arriba.

    Es con gusto muy piadoso que leí el ”comentario-cuento” de Padura. El tema de la confrontación entre ruralidad y urbanismo, entre pasar y presente entre adolescencia y amargura foy magistralmente llevado.
    El pasado es para mi como la frontera de un país alejado.
    Yo me recuerdo mi primer encuentro con Leonardo Padura; Era a La Griffe Noire (la Garra Negra), librería de Saint-Maur-des-Fossés, bonita y aburrida ciudad del Este parisienses. La cobertura de la novela representaba un cielo azul negruzco, farolas con forma de gotas, un edificio con columnas antiguas in ”avanpuesto” de una fachada ocre y rectilínea. Delante; bancos público vacio. En la parte superior en lettra roja; ”L’automne à Cuba” (Paisaje de Otoño). La palabra em quatro letras era liberada, implosionó en mi cabeza como una overdose de olor, noche húmeda, caricia suave y mentirosa, de calor ”pre-océane”, de olas “Maleconicas”, de Orishas con cuerpos mulatos y piernas interminable y sazonada. Y la música al Cosmos y el cine al Yara, y mi balza neumática que me permitiva de ver como ”El viejo hombre y el mar” La Habana del orizonte. Y la lluvia neto y brutal barriendo tudo sobre su paso, excepto, a este hombre que este día caminava tranquilamente, alto, barbudo en uniforme verdeoliva, un coche negro lo seguía a algunos metros. Sí era él, estaba bien él, su mimetismo mi éjecto fuera de mi habitacion, me estableció sobre la acera inundada della Calle 21, su mirada se planteó sobre mi. Abrió la boca, me hablé, a mi yo esto cierto! Pero no comprendí lo que me dice. Tomado de parálisis “babelica” me renunciaba a verlo pasar su camino.
    Años eran pasado antes de que en esta librería de barrio onde me gustava utilizar mi tiempo; Mario Conde como Jesus Christ de tinta y papel resucitó el Cuba que estaba en mi. Me acompañó durante todos estos años de ”antiexilo’. Veinte años más-tarde, en mi vuelta sobre la isla del medio, buscaba entre los libreros de Plaza de Armas un libro de Leonardo Padura, con la ambición de buscarlo, encontrarlo y hacerle firmar este libro “La novela de mi vida”, con un prólogo de Enrique Saínz in la edición Unión, 2008 de número ISBN: 978-959-209-872-5, 473 páginas, imprimido por Federico Angels, 14 x 2,5 x 21 cm… Inútil de buscarlo, esta con migo aquí in mi casa siciliana ( 36°56’38.31″N- 14°36’18.39″E) completando mi colección ”Padurana”. Pues 20 años después, deambulaba en las calle de La Habana vieja con mi libro bajo el brazo, no sabia si estavo nel pasado o nel presente como en un ”semi-sueño” ligero y nostálgico, lo que me despertó es el ruido del ejército de trabajadores que Eusebio Leal desplego para reconstruir la vieja ciudad. Esta resurrección se impuso tanto en mi, que conocio La Habana durante el período especial, que Roberto Chile y mí decidieron dar cuenta de eso en Illuminar Habana.
    Porque reconstruir la Habana es ser cierto que en lo futuro podremos iluminarla de pie y no en ruina.
    Un saludo Fraterno
    Gaspare Di Caro

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