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Resistencia de la memoria

En este artículo: Cuba, Cultura, Literatura, Reynaldo González
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Por Haydée Arango

Presentación de la Revista La Siempreviva. Foto: Marianela Dufflar

Presentación de la Revista La Siempreviva por Haydée Arango, profesora de la Universidad de La Habana. Foto: Marianela Dufflar

Hace tres años, en el primer número de La Siempreviva, su director Reynaldo González publicaba una breve nota editorial para presentar a los lectores el espíritu de esta nueva revista literaria. Allí explicaba que aunque la publicación quería evocar y rendir homenaje “a un título del siglo XIX, creación del gran bibliógrafo Antonio Bachiller y Morales”, su vocación no era estrictamente decimonónica. Y no lo era porque, según el propio Reynaldo, la revista nacía con una “mirada tanto nacional como internacional”, “con una comprensión inclusiva y respetuosa de las diversidades”, y con la aspiración de “ser una publicación de los primeros años del siglo xxi”. Desde entonces, los que hemos acompañado y seguido las entregas posteriores somos testigos de la fidelidad de La Siempreviva al propósito de aquellas palabras inaugurales: es esta una revista que, afortunadamente, seguimos sintiendo siempre nueva y distinta, siempre joven. Y ello se debe no sólo a las disímiles firmas que ha incorporado, o a la limpieza y elegancia que nos trasmite su hermosísima realización y su cuidado diseño -un diseño que no le tiene miedo a la luz y a los espacios en blanco, y que además se permite aprovechar las posibilidades de la ilustración a toda página-; sino también a una concepción editorial que percibimos intencionadamente provocadora y renovadora, desde el profundo compromiso con la tradición cultural cubana.

El n. 8 de La Siempreviva, correspondiente al año 2009, nos invita a pensar, desde sus numerosos textos y miradas, en la resistencia de la memoria. De una forma u otra, casi todos los autores compilados o evocados en estas páginas se interesan por el acercamiento inusual al pasado, por la desacralización de nuestros mitos, por el rescate de nuevos rostros o escenarios de la Historia, o por el recuerdo nostálgico de las experiencias propias que se entretejieron con las pulsiones del país y de la ciudad que se habitó una vez. De esta forma, la revista comienza de manera exquisita con una primicia editorial: se trata de cuatro cartas inéditas de Alejo Carpentier a su madre, escritas desde París en los años juveniles del escritor. Quien las lea, de seguro quedará impaciente por acceder a ese nuevo volumen de la colección Alejo Carpentier de la Editorial Letras Cubanas, que se titulará Cartas a Toutouche, según llamaba cariñosamente el escritor a su madre. Como ocurre siempre que se tiene el privilegio de acceder a la correspondencia privada de una figura importante de la cultura o de la historia, estas cartas resultan en extremo reveladoras por la manera en que humanizan a su autor, pero además porque seguimos encontrando en ellas numerosos detalles que parten de experiencias o reflexiones propias y que iluminan su propia obra. Estas cuatro cartas nos acercan a un Carpentier vital, irónico, práctico, travieso, familiar y en extremo cariñoso hacia su madre; pero además, nos presentan el recuerdo detallado de algunas de sus dolencias físicas, como los frecuentes e intensos ataques de asma de su juventud, de donde seguramente extrajo Carpentier los elementos necesarios para describir los ataques de Esteban, uno de los personajes protagónicos de su gran novela, El Siglo de las Luces. Asimismo, por razones que dejo para que el lector descubra, este botón de muestra de las cartas resulta revelador para reconsiderar los orígenes de una novela como Ecue-Yamba-O.

Igual identificación con la humanidad de los escritores del pasado nos provocan otros dos textos de este número de La Siempreviva, dedicados al poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, sin dudas una de las figuras más polémicas de nuestra historia literaria. En este pequeño homenaje en el año del bicentenario de su nacimiento, la revista nos propone dos acercamientos inusuales a la obra del poeta cubano: en el primer caso, la reconocida ensayista Luisa Campuzano nos regala un texto personal, con algunos tintes autobiográficos, y donde hace evidente su pasión por la pesquisa histórica y por la cultura del siglo xix, así como por la que fue su cuna cultural de entonces: la ciudad de Matanzas. Campuzano se ampara en unas palabras de Pérez de la Riva, según las cuales lo trascendente para acercarse a la personalidad de Plácido “no es lo que él fuese, o lo que pudo ser y no fue”, sino “lo que sus contemporáneos pensaron que había sido”. De esta forma, el interés del ensayo es acercarse a la significación que tuvo Plácido en la obra y la vida de los hermanos Guiteras, tres importantes intelectuales matanceros del siglo xix. Por su parte, el estudiante de Letras Leandro Camargo también se propone despejar los prejuicios sobre Plácido a partir de la reivindicación de su talento como improvisador. Leandro, a pesar de su juventud, nos habla desde la gran autoridad que le confiere no sólo ser un exhaustivo investigador y un hábil ensayista, sino además la de ser él también un excelente repentista. La intención, por lo tanto, es doble: no sólo se trata de resaltar los grandes méritos de Plácido como poeta de ocasión, sino además la de elevar a categoría artística un fenómeno poético generalmente menospreciado. En su intención de rescatar y repensar la importancia de figuras claves de nuestra historia cultural, La Siempreviva también incorpora una reseña de Kirenia Rodríguez, profesora de la Facultad de Artes y Letras, sobre Lola Rodríguez de Tió. La biografía homónima fue elaborada por Josefina de Toledo para resaltar a aquella mujer conocida como “La Cantora de las Lomas”, y que además de ser la autora de “La Borinqueña”, aceptada por muchos como el Himno Nacional de Puerto Rico, sobresalió en su tiempo por un gran reconocimiento intelectual en otros países como Cuba, España y Venezuela.

Otro gran núcleo temático de este número de La Siempreviva es la ciudad. Como ya vimos, el número comienza estableciendo puentes entre París y La Habana a partir de la correspondencia de Carpentier, y luego se desplaza a Matanzas para indagar en los tiempos y las circunstancias de Plácido. Sin embargo, un poco después las páginas de la revista se quedan ancladas en la ciudad de La Habana, la cual se va reconfigurando una y otra vez desde la búsqueda incesante en sus representaciones simbólicas, en su proyección literaria, en sus transformaciones urbanas, o en los recuerdos de su pasado. Dos jóvenes ensayistas como Mirta Suquet y Ariel Camejo nos invitan a leer la ciudad de La Habana desde la literatura cubana; es decir, no sólo a encontrar el espacio que está en el texto, sino sobre todo esa ciudad que se revela en la literatura como idea, como proyección simbólica. Estos dos textos, desde sus evidentes diferencias, resultan sin embargo dos acercamientos atractivos y sugerentes que indagan en la representación del poder social y de las marcas de género que significaron y signaron los espacios citadinos de la literatura colonial y de los primeros años de la República; o en la representación de una identidad nacional desfigurada en la narrativa más contemporánea de Ena Lucía Portela. Se trata por tanto de dos ensayos que establecen un puente entre el pasado y el presente, para demostrar una vez más que no hay temas agotados, y que nuestras letras todavía pueden y deben seguir siendo asediadas desde nuevas perspectivas teóricas. Por otra parte, como parte de este dossier dedicado a la ciudad, Antón Arrufat nos reconstruye, apoyado en su atractiva prosa literaria, La Rampa de los años 60 a partir de los recuerdos de experiencias pasadas. Se siente en sus palabras la nostalgia por una ciudad ya perdida, que ha cedido paso a nuevos tiempos y que ha sido violentada por ellos. También se siente que la nostalgia y la necesidad de refugiarse en otra Habana mueven las reseñas que acompañan este dossier, y que se refieren a los libros La casa habanera. Tipología de la arquitectura doméstica en el Centro Histórico, de Madeline Menéndez García; La Habana desaparecida, de Francisco Bedoya; y Bajando por calle del Obispo. Memoria puntual de la calle más habanera, de Reinaldo Montero; todos publicados por esa excelente y hermosa editorial que es Ediciones Boloña. Las reseñas, a cargo de los profesores universitarios Enerdo Martínez, Claudia Felipe y Patricia Motola, resultan atractivas por su escritura y por su ejercicio crítico, lo cual se refuerza porque en ellas se advierte una marca de profesión común: la imposibilidad de entender como asuntos separados la literatura, el arte y el pensamiento cultural. Así pues, la lectura de este dossier, tan diverso en su concepción, se ve atravesada a su vez por preocupaciones comunes, y es gratificante irlas encontrando en la lectura: la necesidad y la fatalidad de las transformaciones que tienen lugar en el paisaje urbano; las relaciones y contactos entre el mar y la ciudad; la existencia de varias Habanas superpuestas; la dimensión simbólica, mágica, ambigua de la urbe; la imposibilidad de separar la belleza de la fealdad, o de distinguir entre la reconstrucción y la ruina; y sobre todo esa idea de que La Habana significa una constante búsqueda, porque también ha significado una pérdida continua. Por eso esta ciudad que descubrimos en las páginas de La Siempreviva no es distinta de la que vivimos y sufrimos; y sin embargo también es nueva, porque es la ciudad que cada uno desea o extraña, o que cada uno proyecta y sueña.

Hay dos otros núcleos temáticos que resultan importantes en esta entrega de la revista: por una parte, la presencia de la poesía a partir de la obra de Rafael Enrique Hernández, Premio Nosside Caribe 2001, y de la obra de Pedro de Oraá, quien nos sorprende con unas viñetas juguetonas que se acercan de manera inesperada a una realidad tan cotidiana como el aglomeramiento excesivo y variopinto dentro de una guagua; o a temas tabúes como la existencia de palabrotas que se han hecho populares. Pero la poesía está también en otras reseñas literarias dedicadas a libros como La poesía contemporánea en Cuba, de Roberto Fernández Retamar, donde el también profesor universitario Leonardo Sarría evalúa justamente y con gran lucidez la importancia de que se haya reeditado este estudio sobre nuestra tradición lírica; así como en la reseña sobre el volumen Pilares de un reino, de Osmán Avilés, donde el ensayista e investigador Luis Álvarez destaca los valores de un nuevo acercamiento a la poesía de Dulce María Loynaz. Luego de enumerar las reseñas que acompañan este número, y que se enriquecen también con la que hiciera Laidi Fernández de Juan sobre la más reciente novela de Nicolás Dorr, El legado del Caos, quería apuntar que considero una decisión acertada y muy atractiva, en la concepción de la revista, la de salpicar sus páginas con el ejercicio crítico. De esta manera, la provocación se dispara todavía más al poder leer, de manera yuxtapuesta, dos textos con intenciones distintas y funciones distintas, pero conectados muchas veces por los mismos temas.

Menciono para terminar los textos que conforman el núcleo final de este número, y que son agrupados bajo la sección Pensar la cultura. Se trata de los ensayos “La identidad a partir de otros”, de Boris Groys; “La migración internacional: contra viento y marea”, de Antonio Aja; y “El negro entre nosotros”, de Franz M. Wimmer, que son acompañados de fragmentos textuales publicados en The New York Times, y que hablan sobre las ambigüedades y contradicciones del mundo contemporáneo, específicamente de la sociedad y la cultura norteamericana. Temas como la importancia de los medios en la formación de patrones o en la deformación de realidades; la emigración como fenómeno global y complejo, en sus repercusiones culturales; las tensiones entre las metrópolis europeas y los países subdesarrollados; así como las alteridades sociales, culturales y raciales, son algunos de los que acompañan estos textos que resultan de una agudeza y una actualidad que se agradecen.

En las actuales condiciones de la poligrafía cubana, es un acto de resistencia realizar una revista que, aunque pierda su necesaria condición de periodicidad y de actualidad inmediata, siga siendo esperada y recibida de la manera en que ocurre con cada número de La Siempreviva. Esa voluntad de resistencia (que se traduce también en resistencia de la memoria, del intelecto, de la literatura) acompaña a este país y a la cultura cubana de muchas maneras. Ese es también el espíritu de La Siempreviva y de sus realizadores (Reynaldo, Baujín y Pepe), y por eso les agradecemos.

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