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Nadie sabe por qué llegó hasta allí, ni cómo. José María Heredia solo nos dice que se sentó en lo alto de la pirámide en el atardecer y que desde ese lugar contempló la ciudad abierta sobre el valle del Anáhuac, erizada de torres y campanarios coloniales que fueron levantados con las piedras de los templos toltecas. La voz melancólica del poeta adolescente –no había cumplido los 17 años- exploró entonces el misterio del tiempo efímero y de la vanidad humana.

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La palma y el huracán

Días de huracán y en guardia, aprendiendo con Rubiera; queriendo más a Fidel, quien se fue a Pinar del Río para espantar a Iván y ha estado pendiente de los infinitos detalles que supone el cuidado de millones de vidas humanas. “Nadie está solo en Cuba”, nos vuelve a recordar, y después que ponemos a buen recaudo “nuestros huesos y nuestros fantasmas”, descansamos aliviados y hasta nos damos el lujo de conjurar el ciclón con la poesía.