Política, cívica y magisterio en Félix Varela: Hacia la emancipación del pensamiento en Cuba

En los albores del siglo XIX, cuando el mundo atlántico vibraba entre revoluciones, constituciones y guerras de independencia, Cuba parecía debatirse entre la reforma posible y la ruptura inevitable. En ese escenario emerge la figura de Félix Varela y Morales (1788-1853), sacerdote, filósofo y político, cuya trayectoria ha suscitado una pregunta persistente: ¿cambió él con el tiempo o fueron las circunstancias las que transformaron el alcance de su pensamiento? Responderla implica comprender cómo, en plena sociedad colonial, comenzaron a gestarse nuevas nociones de libertad, igualdad y patria.
Su magisterio en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio, bajo la protección del obispo Espada, se desarrolló en un clima de intensos debates intelectuales. Las revoluciones atlánticas, el constitucionalismo de 1812 y las críticas ilustradas contra la escolástica tradicional abrieron paso a una renovación filosófica que cuestionaba las bases culturales del orden colonial. Varela no solo participó de ese movimiento: contribuyó a darle forma en Cuba.
Las interpretaciones sobre su evolución son diversas. Para algunos fue un reformista que terminó abrazando la causa independentista; para otros, un pensador de transición; no falta quien subraye la dimensión religiosa de su ideario. Sin embargo, existe un punto de coincidencia: el lugar central que ocuparon en su pensamiento la patria, libertad y la igualdad.
Esas ideas no fueron abstracciones. En sus lecciones y escritos, Varela impulsó una ruptura con el escolasticismo que legitimaba la dominación colonial y fue desplazando su horizonte político desde un constitucionalismo reformista –mientras actuó como diputado en el Trienio Liberal en España (1820-1823)– hacia posiciones abiertamente revolucionarias tras su exilio en Estados Unidos. Para él, la libertad y la igualdad solo podían sostenerse mediante la educación y la formación de ciudadanos críticos. La emancipación no era solo un cambio de leyes, sino una transformación de las conciencias y de la idea misma de patria.
En el plano ideológico, Varela marcó pronto una distancia clara respecto a los intereses ligados a la esclavitud y al régimen de plantación azucarera. Cuando viajó a Madrid como diputado, su agenda no incluyó la defensa de ese sistema. El núcleo de su reflexión se concentró en la soberanía: toda Constitución –afirmaba– debía fundarse en la libertad y en la representación efectiva del pueblo.
Una vez establecidas las obligaciones públicas del gobierno como representante del pueblo, Varela se adentra en otro concepto cardinal: la igualdad. La cuestión que surge es qué parte del pueblo debía ser reconocida con derecho a representación. La igualdad legal remite a la “distribución de derechos” y constituye, en sus palabras, “la única que no va acompañada de desigualdad en las operaciones, pues lo mismo debe decidirse el derecho de un pobre que el de un rico, el de un sabio que el de un ignorante […]. Una sociedad en que los derechos individuales son respetados, es una sociedad de hombres libres”.
El profesor de Constitución del Seminario de San Carlos y San Ambrosio alertó sobre las posibles consecuencias de las contradicciones internas que les asistían a los hacendados esclavistas: “Desengañémonos: Constitución, libertad, igualdad, son sinónimos; y a estos términos repugnan los de esclavitud y desigualdad de derechos. En vano pretendemos conciliar estos contrarios”. La ausencia de representatividad de la población liberta en Cuba, y la privación constitucional de sus derechos políticos, al decir del presbítero, devenían factores que la inclinaba a la repulsión de la esclavitud y a engrosar las filas mayoritarias de los desafectos a un régimen que, llegado el momento, estaría presta a cambiar.
Los blancos de la Isla de Cuba no cesan de congratularse por haber derrocado el antiguo despotismo, recuperando los sagrados derechos de hombres libres. Y ¿quieren que los originarios de África sean espectadores tranquilos de estas emociones? La rabia y la desesperación los obligará a ponerse en la alternativa de la libertad o la muerte.
A diferencia de quienes identificaban la patria con el valor individual y utilitarista de la propiedad, el filósofo redimensionó el concepto al concebirlo como un entramado de relaciones sociales que articulaban a una colectividad unida no solo por vínculos materiales, sino también espirituales. En sus Lecciones de Filosofía de 1816 precisaba que la patria no podía reducirse a “un pueblo, una ciudad o una provincia”, aun cuando los individuos tendieran a privilegiar aquello que les resultaba más próximo o vinculado a sus intereses particulares. Por el contrario, insistía en la necesidad de reconocer el espectro más amplio de relaciones que sostenían a la sociedad en su conjunto, advirtiendo que eran pocos quienes lograban percibir esas relaciones generales y menos aún los dispuestos a sacrificar sus utilidades inmediatas en función del bien común.
Sobre esa base, elaboró una definición del “patriotismo” y del “patriota”. El patriotismo aparecía como una virtud cívica que no se proclamaba, sino que se ejercía, y cuya falsificación resultaba incluso más degradante que la hipocresía religiosa. Admitía que toda acción humana estaba atravesada por el interés, pero establecía un límite claro: “[…] cuando el interés se contrae a la persona, en términos que ésta no le encuentre en el bien general de su patria, se convierte en depravación e infamia. Patriotas hay que venderían su patria si les dieran más de lo que reciben de ella”.
Al dirigirse a sus “compatriotas”, entendiendo por tales “no solo a los naturales de mi país, sino a los que le han elegido por patria”, Varela no erigía barreras sociales ni étnicas, sino un principio de compromiso político y moral hacia la patria. En su reflexión distinguía dos tipos de habitantes: “los patriotas” y “los especuladores”. Los primeros eran definidos como “los amigos de su prosperidad con preferencia a todos los países de la tierra”; los segundos, en cambio, como “los egoístas que solo tratan de hacer su negocio, aunque se arruine la isla”. De este modo, el presbítero trasladaba la discusión sobre pertenencia y ciudadanía desde los criterios de origen o raza hacia los del compromiso ético con el bien común, anticipando una noción cívica de nación que contrastaba con la lógica excluyente del orden colonial.
Tras el fracaso del constitucionalismo liberal y su forzado exilio en Estados Unidos, tras la disolución de las Cortes en 1823 con la restauración absolutista de Fernando VII y la consecuente persecución de constitucionalistas y liberales, su pensamiento adquirió un tono abiertamente independentista. En ese nuevo escenario, las Cortes dejaban de constituir un cauce viable para canalizar por la vía jurídica los derechos de representación, y fue entonces cuando la doctrina del pacto social rousseauniano adquirió centralidad en su pensamiento, cristalizado de manera nítida en las páginas de El Habanero.
En sus páginas sostuvo que la revolución en Cuba era inevitable; la cuestión no era si ocurriría, sino cuándo y cómo. Sin embargo, su proyecto –fundado en la educación, la igualdad civil y una nación inclusiva– chocaba con la realidad de una isla dominada por la lógica económica de la plantación esclavista. Allí donde Varela veía ciudadanos, el orden colonial seguía viendo propiedad.
Eran los representantes de la oligarquía azucarera, junto con los funcionarios coloniales, comerciantes peninsulares e incluso algunos abolicionistas moderados, quienes cerraron filas con el capitán general Francisco Dionisio Vives, decididos a desarticular tanto las tramas separatistas como las campañas que insinuaban la posible cesión de la Isla a potencias extranjeras. Su alianza respondía a una lógica de razón instrumental, preocupada más por la preservación del orden productivo y social que por la independencia. En el lado opuesto, una coalición heterogénea de profesionales, alcaldes, milicianos, labradores y sectores medios y populares, incluida la población de color libre y esclava, representaba un germen de razón práctica emancipadora, centrada en la igualdad civil. Pero esa racionalidad moral se encontraba subordinada a una estructura social donde la plantación dictaba el ritmo de la política.
Varela comprendió que la independencia no era solo un acto político, sino una transformación de las conciencias. Al redefinir la patria como compromiso moral y no como patrimonio privado, sentó las bases de una nación pensada desde la ciudadanía y no desde la plantación. Más que un hombre de transición, fue un pedagogo de la emancipación: sabía que sin revolución de las ideas no habría revolución duradera.
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