Pagó su propio velorio

Foto: Archivo.
Reposada, serena, sin reflejar en el rostro la trágica decisión que, desquiciada, había tomado, Dalia Fuertes, joven y bella enfermera, penetró en las oficinas de la funeraria La Nacional, en Infanta y Benjumeda.
―Quiero un tendido ―dijo al encargado del establecimiento―. Y tras las frases consabidas que suelen cruzarse los que tratan asuntos de este tipo, la muchacha pagó 150 pesos por el ataúd que seleccionó y 13 por los derechos de inhumación. ¡Qué ajeno estaba el funerario de que aquella mujer pagaba el servicio fúnebre para ella misma!
Y es que Dalia, de 24 años de edad, pensaba que nada la ataba ya a la vida. Sus padres habían muerto, hacía años que se había divorciado y vivía separada de su pequeña hija, internada por el padre en un colegio norteamericano. Creyó haber encontrado la felicidad en su relación con Manuel Alberto y en la perspectiva de su ocupación, pero esas ilusiones parecían cada vez más desvanecidas. Su tío, en cuya casa residía, se oponía al enlace con Manuel Alberto, y este, indeciso, posponía una y otra vez la fecha de la boda. Dalia no quiso seguir esperando indefinidamente. Fijó un plazo e hizo saber al novio que se suicidaría si no contraían matrimonio antes de que finalizara el mes.
Se venció el plazo, ella presionó a Manuel Alberto, que pidió otra fecha. Para Dalia, sin embargo, la espera llegaba a su fin. En una carta explicó al juez de instrucción sus motivos para suicidarse. Escribió también a su prometido. Le decía: “No te cases nunca. Te esperaré en el más allá”. Enseguida volvió a la funeraria para organizar su sepelio. Llevaba en la cartera una provisión de sedantes como para poner a dormir a un regimiento y la pistola que sustrajo del escaparate del tío. En una florería cercana a la casa mortuoria ordenó la confección de tres coronas y un cojín de rosas. Hizo poner en todas las ofrendas la misma inscripción: “A Dalita, de su Manolo”.
Tomó un auto de alquiler. Había ingerido ya una dosis excesiva de barbitúricos y, como no quería fallar, acercó la boca de la pistola a su sien derecha. El chofer, a quien le parecía extraño el comportamiento de su clienta, la observaba por el espejo retrovisor y dio un frenazo violento al percatarse de lo que aquella mujer pretendía. La pistola salió de sus manos y Dalia, sacudida por las convulsiones, fue trasladada al hospital Calixto García. Tal era su deseo de morir que llegó a manifestar que los médicos no podían salvarle la vida, y con insistencia pedía a Manuel Alberto, desplomado en un rincón de la enfermería y con más necesidad de asistencia médica que ella misma, que la besara. “Dame un beso, Manolo, el último beso”.
Dalia salvó la vida. Desconoce el cronista que pasó con ella.
Cariñosa e ingenua
Aidé no tendría la misma suerte de Dalita. Intentó suicidarse y se mató de verdad. Cuando se lanzó al vacío desde el quinto piso de la Manzana de Gómez, de milagro su cuerpo no cayó sobre un hombre que caminaba por el pasillo del edificio. Los gritos de la muchacha, ya en el aire, alertaron al transeúnte, que corrió y se puso a buen recaudo. Un suicida anterior había rozado a otro caminante al caer, ocasionándole lesiones de gravedad.
Era una muchacha cariñosa y un tanto ingenua, criada al calor de la familia. Su madre dijo a la policía que un hombre sin conciencia se había cruzado en su camino. Ángel Pérez la perseguía y le hacía promesas de matrimonio pese a estar casado.
El comandante Cornelio Rojas y el capitán Hernando Hernández, jefe de la Tercera Estación, decidieron detener al sujeto. Ante el juez de instrucción Arturo Hevia, la madre de la muchacha volvió a arremeter contra el galán y lo responsabilizó otra vez por el suicidio de su hija. El juez decidió ponerlo en libertad. No vio en la conducta de Ángel indicios racionales de culpabilidad.
Ambos oficiales alcanzaron con el tiempo triste celebridad. Rojas, con grados de teniente coronel, sería jefe de la Policía de la ciudad de Santa Clara. A la caída de la dictadura batistiana, lo apresaron cuando intentaba alquilar una lancha para huir por Caibarién. Fue fusilado. El coronel Hernando Hernández asumió en 1956, a la muerte de Salas Cañizares, la jefatura de la Policía Nacional con grados de brigadier general. Fue condenado a prisión en 1959.
La información sobre estas historias fue tomada del periódico Prensa Libre, de La Habana, en ediciones correspondientes a agosto de 1949. Digamos de paso que fueron varias las personas que buscaron la muerte arrojándose desde los pisos superiores de la Manzana de Gómez.
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Oiga, usted es de las personas que yo disfrutaría escuchar por horas, es admirable toda la información que atesora y la naturalidad con la que nos las comparte.
Muy agradecida
(¿Tiene alguna crónica de la Calzada del Cerro, incluyendo la esquina de tejas, y en particular, el antiguo cine y pizzería maravilla donde en mi infancia asistía? )
Saludos, y feliz día.
Leerlo a usted es un privilegio, gracias miles por sus crónicas.
muy interesante, ya lo decía Platón q el amor era una enfermedad mental muy grave, gracias por escribir
Maestro muchas gracias por sus crónicas a mí me encanta leerlas por favor no dejes de escribirlas son muy interesantes mis respetos para usted
Buenas tardes:
Gracias Ciro, una vez mas por tus cronicas, las cuales busco con avidez cada dia en Cubadebate. Mis esposa y yo las comentamos despues de leer. A veces se nos han ocurrido temas costumbristas de nuestra Cuba y quisiera saber si podemos enviarle las sugerencias sobre dichos topicos para que todos los lectores, sobre todo, los de la nueva generacion, puedan conocer mas sobre la historia de nuestro pais.
Muchas gracias.
Francisco