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Alejandro González Galiano, el embajador de la audacia

Por: Orestes Hernández Hernández
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Alejandro González Galiano

Murió Alejandro. No puedo hablar de su muerte sin recordar al hombre vivo.
Lo conocí en la época universitaria, cuando la vida era menos compleja y los sueños cabían en una mochila.

Allí, entre libros de política internacional y los ensayos del grupo "Teatro Nuestro", descubrí a un Alejandro que el mundo diplomático conocería años después: intenso, apasionado, dueño de una verba que encendía cualquier discusión.

Él, Licenciado en Relaciones Políticas Internacionales por nuestro Instituto Superior de Relaciones Internacionales "Raúl Roa García" , podía debatir de geopolítica con la misma soltura con que interpretaba un personaje sobre las tablas.

El teatro le había dado esa capacidad de habitar otras pieles, de entender al otro, aunque su esencia era siempre la misma: un cubano de convicciones inquebrantables.

Llegó a Argentina como Embajador, y para nosotros, que ya trabajabamos en la diplomacia, la noticia tuvo un sabor especial pues cuando nos designaron para aquel pais, nuestro amigo de la juventud sería nuestro jefe.

En los pasillos de la Embajada, en las reuniones tensas Alejandro era el líder que ponía el cuerpo.
Pero en la intimidad de los afectos, era el amigo que preguntaba por la familia, que recordaba las viejas anécdotas del grupo teatral, que encontraba un respiro en medio de la vorágine política.

Esa dualidad—el funcionario estricto y el ser humano cálido—lo hacía muy cercano.

Ser Embajador de Cuba en Argentina a principios de los 2000 no era un cargo para pusilánimes. Fueron años de vértigo.Apenas comenzado el milenio, las relaciones bilaterales se habían tensado al extremo. En esa ocasión, Alejandro no dudó. fue el Embajador de la solidaridad. Era audaz. Alejandro mantenía el pulso firme, convencido de que la verdad lo asistía.

Esa audacia no era temeridad: era conciencia histórica. Sabía que defendía a un país bloqueado, asediado por el imperio y por sus lacayos locales. Y lo hizo sin temblar.

Pero sería injusto recordarlo solo como un guerrero. Porque Alejandro, ese hombre de teatro, también era un constructor de puentes.
Supo entender el momento y, con la llegada del presidente Néstor Kirchner, las aguas se calmaron. Fidel en la asunción del mandatario argentino fue el símbolo de una nueva etapa, y Alejandro fue artífice de ese reencuentro .

Gestionó acuerdos, denunció el bloqueo ante el Parlamento argentino con una elocuencia que le valió el respeto de todos los bloques políticos .
Y cuando se fue, en el 2006, la Cancillería argentina tuvo el gesto de reconocerlo.

Un honor que habla del cariño y el respeto que supo ganarse.
Y en medio de aquella vorágine diplomática, de aquellos días de tensiones y logros, de audacias y construcciones de puentes, hubo algo que floreció silencioso y hermoso, como una semilla plantada sin querer queriendo.

Nuestras hijas, que entonces eran apenas unas niñas, se encontraron en los jardines de la residencia oficial o en alguna tarde en Buenos Aires, y de ese encuentro nació una amistad que ningún océano ni tiempo ha podido desgastar.

Hoy, siendo ya mujeres, siguen siendo hermanas inseparables. Se llaman, se escriben, se cuentan la vida, celebran juntas las alegrías y se sostienen en las tristezas como si la distancia no existiera.

Esas niñas que jugaron mientras nosotros cambiábamos el mundo —o al menos lo intentábamos— son ahora el testimonio vivo de que los afectos genuinos no entienden de fronteras, ni de misiones cumplidas, ni de partidas.

Son el mejor legado de aquellos años argentinos, un puente más que Alejandro construyó sin saberlo, porque él, que fue mi jefe y mi amigo, también fue el padre de esa muchacha que hoy es hermana de mi hija.

Y así, entre bambalinas de la historia grande, la vida sigue tejiendo lazos que ni la muerte del cuerpo puede romper.
Hoy, Alejandro ya no está. Cuando escribo esta crónica, no puedo dejar de asociar su muerte a su vida: fue una despedida, quizás, tan audaz como su paso por la tierra.

Falleció como vivió: siendo noticia, siendo relevante, siendo fiel a sí mismo. No quiero hablar aquí de los detalles finales de su enfermedad, sino del vacío inmenso que deja.

La diplomacia cubana perdió a uno de sus mejores hijos. El grupo "Teatro Nuestro" perdió a uno de sus actores más comprometido.
Yo pierdo a un hermano de ruta.

Fue mi jefe, sí. Pero sobre todo, fue mi amigo. Un hombre que nos enseñó que en la vida hay que tener la valentía del actor que sale a escena sin red, y la convicción del diplomático que sabe que detrás de cada gesto hay un país entero.

Esta crónica está escrita en homenaje al Embajador Alejandro José González Galiano, con quien tuve el honor de compartir con las tablas, los pasillos de la diplomacia y los afectos más profundos.

Montevideo. Mayo 25. 2026
7.51 pm

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