Mis dos patrias

Mario participó en los principales combates y batallas libradas por la Columna 1 al mando de Fidel. Foto: Archivo.
Mi primer encuentro con Mario Augusto Carranza Rivera, Guatemala, se produjo de manera casi fortuita. Me encontraba inmerso en una investigación para un libro biográfico sobre el destacado combatiente Ramón Paz Borroto, ocasión en que un testimoniante —el coronel de la reserva Ángel Joel Chaveco Hernández— me remitió hacia Mario para precisar datos y referencias puntuales porque, según me dijo con palabras muy propias: Guatemala era “memorión”, en alusión a su virtud de recordar hechos con significativa precisión.
La persistencia por contactar con Mario no cesó. Ante cada intento la respuesta era que él se encontraba en su tierra natal y había postergado, reiteradamente, su regreso a Cuba. Aguardé con paciencia hasta coincidir con él.
Me había formado la imagen de un latinoamericano de piel tostada por el sol, de perfil aindiado, alto, algo fornido, extrovertido, con acento inequívoco de su origen.
Resultó lo contrario. Mario era menudo, tímido en la expresión, su tono de voz no alcanzaba al de su interlocutor, y trataba de evadir su presencia en cuanto relataba. Más allá de los propósitos iniciales que me condujeron hacia él descubrí cuánto atesoraba, en vivencias y recuerdos, aquella pequeña figura que medía palabras para evitar una opinión que no se ajustara a la verdad o revelara alguna indiscreción.
No resultó fácil diferenciar entre el léxico del cubano común y el de Mario, porque las más de siete décadas de permanencia en nuestra Isla habían acuñado su expresión y moldeado su idiosincrasia. En Cuba nadie fácilmente podría descubrir su origen latinoamericano y, a la inversa, en Guatemala tampoco lo identificarían como un nativo.
Los primeros contactos con Mario promovieron nuevos y enriquecedores encuentros. Conocí cuánto se resumía en una vida nacida de la humildad, la valía de la voluntad y el compromiso que dignifica y hace crecer al hombre. Confirmé, una vez más, que la grandeza no estaba en la dimensión física, sino en los valores cualitativos cultivados.
Así nacieron estas memorias. No resultó fácil persuadirlo a que las escribiera a partir de su testimonio. El desestimaba el alcance de sus vivencias.
La narrativa de Mario revela una vida nacida desde lo más humilde, forjada con espíritu solidario y de compromiso con Cuba, como tempranamente escribiera René Ramos Latour, Daniel, en notas manuscritas al líder histórico de la Revolución Cubana en los días en que Guatemala marchaba resuelto hacia la Sierra Maestra como integrante del tercer refuerzo que se incorporaría a la Columna 1 del Ejército Rebelde al mando de Fidel.
La historia de vida de Mario suma datos a la historiografía cubana de la última etapa de lucha, aporta hechos inéditos cercanos al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana, a Raúl y al Che.
En el texto afloran la acción picaresca, la sicología del combatiente y el humor característico de los cubanos, incluso en las condiciones más difíciles y las situaciones más tensas.
Una beca lo había traído a Cuba en el año 1949 después de escuchar por primera vez el nombre de nuestro Héroe Nacional.
Ha sido un consecuente martiano. En Cuba, en sus años de estudiante, escribió y publicó un artículo sobre José Martí. Tempranamente pensó y decidió de qué lado estaba su deber. En los días en que se aprestaba a subir su primer escalón revolucionario talló en la cabecera de su cama de madera la divisa martiana de la poesía Abdala: “El amor, madre, a la patria..., es el odio invencible a quien la oprime...”
Cuando inició sus estudios en Cuba, en Ceiba del Agua, bajo un régimen militar, y cursaba el primer año, en 1949, se negó a jurar la bandera cubana por los términos del contenido del juramento y porque sentía que debía ser consecuente con su nacionalidad, sin dejar de ofrecer cariño, amor y compromiso por nuestra insignia nacional; sintió rechazo del instructor que le exigía la obligatoriedad de aquel acto. Una década después, aquel instructor vio con asombro y efusividad al curtido oficial rebelde que arriesgó su vida en los combates en defensa de la bandera y la libertad plena de Cuba.
Mario participó en los principales combates y batallas libradas por la Columna 1 al mando de Fidel, desde principios de diciembre de 1957 hasta los días cercanos de la expulsión definitiva del ejército de la dictadura del territorio de la Sierra Maestra a principios de agosto de 1958.
Luego, con la aprobación del máximo jefe guerrillero, integró el cuerpo auditor en un amplio territorio rebelde hasta el triunfo de la Revolución que también era suya. El abundante testimonio gráfico contenido en esta obra, su hoja de servicios, los reconocimientos recibidos y la militancia política dan fe de un comportamiento indeclinable hasta nuestros días.
En este empeño es preciso agradecer a la Casa Editora Verde Olivo, que hizo suyo este sueño, y junto al Centro Fidel Castro Ruz y sus laboriosos trabajadores de la imprenta, ha hecho posible tenerlo hoy en nuestras manos. Es, por demás, la suma del esfuerzo común de mecanografía, transcripción, edición, corrección, diseño, y la labor de todos los que hicieron posible este momento.
Para Guatemala es un orgullo y para nosotros un deber con su historia y la de la Revolución.
Como mismo los nombres de sus cuatro hijos rememoran los seudónimos de guerra de Fidel, Celia, Vilma y René Ramos Latour, nosotros hoy honramos también en su nombre a sus dos patrias: Guatemala y Cuba.
Sin herir su proverbial modestia, a él le caben, a la medida, las bellas palabras de Martí en su obra Guatemala: “Cuando nací, la naturaleza me dijo: ¡ama! Y mi corazón dijo: ¡agradece! — Y desde entonces, yo amo al bueno y al malo, hago religión de la lealtad, y abrazo a cuantos me hacen bien”.
Concluyo la presentación de este volumen que devela una historia de vida inédita y ejemplar.
Durante el proceso de redacción y edición, este libro contó con el raro privilegio de recibir dos dictámenes espontáneos y favorables, por no decir elogiosos, de la Dirección Política de las FAR y del Instituto Cubano del Libro.
Hace solo unas horas, un destacado músico y director cubano, afamado guitarrista y lector voraz, que transitoriamente guarda cama, me confesó la lectura que hizo del libro de marras de “un tirón”.
Con la analogía que une al arte y la cultura de múltiples formas, Jesús Ortega me dijo con sentido figurativo y poético: con ese texto se puede escribir “una hermosa sinfonía”…
Muchas gracias.
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