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Diana Balboa Hernández: “Me reconozco como una mujer absolutamente libre” (+Fotos)

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Diana Balboa Hernández nació en Limones, una localidad entre Rodas y Cienfuegos. “Es una aldeíta tan pequeña que no se le puede llamar ni pueblo. Sara [González] siempre bromeaba con la extensión del lugar: ‘Las guaguas turísticas anunciaban: Miren a su izquierda: están entrando... y ya salieron de Limones’. Te podrás imaginar”, recuerda la artista plástica una mañana de agosto cuando nos recibe en la terraza de su casa.

Aunque nació allí, su verdadera crianza fue en La Habana. Su padre, hombre muy voluntarioso, llegó a la capital con solo 14 pesos y 20 centavos –cantidad que según él marcaba el límite entre el éxito y el fracaso–. Comenzó vendiendo naranjas en una carretilla hasta lograr traer a toda la familia: su esposa y sus dos hijas. Así, Diana pisó La Habana a los dos años y medio.

Si indagas en hobbies o preferencias para el tiempo libre dice, categóricamente, que se considera una persona libre.

“Para mí, todos los momentos son de libertad: puedo sentarme frente a mi mesa de dibujo y crear, preparar un lienzo en blanco para explotar con color, o buscar una superficie nueva para grabar. Tengo la libertad de disfrutar lo que amo: pasear por el malecón, sentarme en esta terraza, contemplar el atardecer... En realidad, siento que todo mi tiempo es libre. Me reconozco como una mujer absolutamente libre”.

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¿Cómo reacciona cuando tiene todas las miradas puestas en usted?

–¡Ufff, no sé dónde esconderme! Lo admito. Hago una abstracción. Por ejemplo, durante una entrevista televisiva, soy consciente de que habrá mucha gente observando, pero me alejo mentalmente de ese contexto y me convenzo de que solo estoy hablando con el periodista o con quienes tengo cerca.

Y cuando nadie la mira…

–Soy feliz. Valoro mucho la soledad, aunque no siempre la disfruto. Creo que los artistas visuales, de una manera u otra, necesitamos ese aislamiento para crear. Pero también frecuento el taller de grabado porque me encanta ese proceso: trabajar en una obra, compartirla con mis colegas y recibir sus opiniones. Que me digan si algo está bien o ‘esto no funciona, prueba con otro colorito’, o incluso ‘¿qué es esto? ¿De dónde salió?’. Ese intercambio en el taller es maravilloso. Desde 1967 asisto al Taller Experimental de Gráfica en la Plaza de la Catedral. Es el sitio más significativo de mi vida, después de mi hogar.

 ¿Cómo la definen otras personas?

–¿A mí? La gente siempre forma sus propias impresiones. Algunos me consideran temperamental. Mi colega Andy Rivero suele decir: ‘¿Diana?, Diana hace lo que le da la gana’. Recuerdo con cariño esa frase suya. Otros opinan que puedo ser un poco extremista, porque soy muy firme en ciertos principios que prefiero no discutir, y en esos momentos quizás parezco un tanto agresiva o impositiva. Soy Leo, después de todo.

Y usted, ¿cómo se define?

–Me considero una persona afortunada. Primero, por haber nacido mujer; eso ya es una bendición. Somos empeñosas por naturaleza, dotadas con la capacidad de crear, lo que nos distingue y nos da una forma singular de abordar la existencia.

“Soy afortunada por mi crianza en una familia que me inculcó valores sólidos, como ocurre en muchos hogares católicos o entre quienes practican diversas religiones y filosofías. Vengo de un linaje particular: mi abuelo era anarcosindicalista, imagínate, y mi abuela también. Militaron en el Partido Comunista de Cuba durante la clandestinidad; igual mi hermana y mi madre. Mis raíces son profundamente comunistas, y no temo esa palabra. Me enorgullece ser una mujer de izquierda, y eso es una fortuna, porque me acerca a muchas otras maneras de pensar.

“Esta formación me ha enseñado lo más noble del ser humano: la solidaridad, el compañerismo, la capacidad de ver las necesidades ajenas y tender la mano. También fui alfabetizadora, una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Todos estos factores me hacen sentir bendecida.

“Recién cumplí 80 años este 4 de agosto. Si me pusiera a enumerar todos los momentos afortunados que he vivido, estoy segura de que no terminaríamos nunca”.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

“¿Qué recuerdo de mi primera infancia? Estar sentada en un balcón de Galiano y Neptuno, con las piernas colgando hacia afuera, viendo pasar los tranvías. Podíamos viajar al pueblo de vez en cuando. La situación económica después se puso muy difícil en Cuba”, cuenta Balboa.

Era tan difícil, agrega, que no pudieron seguir estudiando en la escuela Concepción Arenal del Centro Gallego. “Como éramos de origen gallego, había una cuota más accesible pero no era escuela pública. Luego pasamos a estudiar en la iglesia de la Caridad del Cobre, allá en la calle Salud”.

Recuerda con mucha gratitud el esfuerzo de sus padres para mandarlas todas las vacaciones a Limones. “Fíjate qué sociedad tan bonita había entonces. Mi mamá nos subía al ómnibus de la compañía Menéndez, y los choferes se hacían cargo de nosotras hasta entregarnos a un tío en Cienfuegos. ¡Hasta eso se podía hacer con esa confianza! Adoro Limones, el campo, su olor... son de mis recuerdos más queridos de mi infancia”.

Luego, cuando tenía nueve años, el ambiente familiar se complicó porque sus padres se divorciaron. “Entonces se formó ese desorden vivencial. Mi hermana para Camagüey, yo para Limones. De hecho, estuve estudiando en una escuelita rural de aquellas que se tenía de primer grado al sexto grado con una sola maestra”.

Diana aún recuerda la sensación a partir de entonces de vivir agregada. “Nunca sentías que algo era tuyo. Siempre dependías del familiar con el que estabas viviendo. Aquello de ‘con su permiso, tía, ¿puedo abrir el refrigerador?’. Ese es un sentimiento que el divorcio propicia en los hijos”.

No obstante, asegura que fue bueno en cuanto a la convivencia con sus abuelos maternos, personas de izquierda. “Ahí aprendí a respetar, a querer, a amar; muchos principios que todavía mantengo”.

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¿Cuál es la decisión o proyecto que ha tomado y de la que se sienta más orgullosa?

–En principio, cuando participé en la Campaña de Alfabetización, comprendí la urgente necesidad de educación que tenía nuestra gente; que el saber era un alimento de vida imprescindible. Por eso decidí estudiar magisterio. Fue una elección importante.

“Sin embargo, más tarde asimilé que un artista, un creador, es en cierta forma también un educador: alguien que revela aspectos que otros quizás no han percibido, no por falta de capacidad, sino porque no les habían sido accesibles. Tomar la determinación de abandonar la docencia para dedicarme por completo al arte fue otra fuerte decisión en mi vida”.

¿Cuál es el fallo más grande que ha cometido?

–En 80 años, ¿cuántos errores crees que uno acumula, hija? Innumerables. Y confieso que, probablemente por instinto, muchos de ellos he intentado olvidar.

¿Qué le gustaría hacer que no esté haciendo ahora mismo?

–A mis años, me encantaría continuar practicando las actividades deportivas que siempre disfruté. En mi juventud me involucraba en todo: desde karate hasta ciclismo. Incluso buceaba con mi padre, que era pescador submarino, cuando aún tenía la capacidad física para hacerlo. Lo que realmente añoro son precisamente aquellas cosas que el paso del tiempo ya no me permite realizar.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Diana Balboa atribuye su vocación artística, en parte, a la influencia paterna: “Era un tipo muy peculiar, de profesión artesano.Primero ejerció el oficio de vaquero. Después se hizo talabartero, pero de esos que repujan pieles para hacer monturas, con una inclinación muy artística, muy creativa”.

Su padre llegó a La Habana buscando desarrollo profesional hasta encontrar un taller donde ejerció ese oficio toda la vida, aunque también fue “un escultor naif” que se benefició del impulso después del Triunfo de la Revolución a los creadores aficionados. “En mi familia, mi padre era el artista. Tocaba guitarra, igual que mis tías por parte de padre. O sea, el apellido Balboa es la sustancia más fuerte del bichito del arte en mí”.

Su primer acercamiento consciente al arte incluye a su madre Iraida, que, con su “gran sensibilidad estética y espiritual” la impulsaba a dibujar los personajes del suplemento dominical del periódico El País. No obstante, su encuentro formal ocurrió en la secundaria básica Felipe Poey –escuela pública anexa a la Universidad de La Habana antes de 1959–, que funcionaba en pésimas condiciones hasta que se gestionó su traslado a la Quinta de los Molinos.

Allí tuvo profesoras excepcionales: María Álvarez Ríos, “que además de músico, era maestra”, y Nitza Villapol, conocida por sus programas de cocina, pero también profesora de literatura.

Diana recuerda sus metodologías innovadoras: “Nitza, si quería que escribiéramos, traía una obra de Bellas Artes como recurso nemotécnico –El rapto de las mulatas, por ejemplo–. Hablaba del autor y después orientaba una composición sobre qué pensábamos de la pintura”. Esta fue su primera posibilidad de enfocarse en el estudio, el análisis, introducirse en ver cosas.

De Álvarez Ríos recuerda cómo, tras clases de apreciación musical, “cerraba todas las puertas y tocaba rock and roll en el piano para que bailáramos y la directora no se enterara”.

Esa formación multidimensional –literatura, artes plásticas, música– le enseñó que “es importante que la gente aprenda a interpretar, a sentir”. Sin dudas, según Diana, ese claustro de profesores tan aventajado materializó tempranamente la idea de Fidel sobre los instructores de arte: “No iba por crear artistas, sino personas capaces de educar la sensibilidad de los niños”.

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¿Cómo le gustaría que la recuerden cuando ya no esté?

–No quiero que me recuerden de esta manera u otra. Si permanezco en la memoria de alguien, desearía que fuera con cariño y, cómo decirlo... con amor. No creo merecer reconocimientos especiales por mis logros. Soy de quienes piensan que el amor es intercambio: lo que das, lo recibes. A quienes queden después de mi partida, solo les pido que me recuerden por lo que pude ofrecer y por el cariño con que lo hice.

¿Cuál es su mayor defecto?

–No logro, a veces, contenerme ante una injusticia. Carezco de esa mesura necesaria para manejar ciertas situaciones con calma. Reconozco que puedo ser excesiva en ese aspecto. Siempre viene después el arrepentimiento: ‘No debiste reaccionar así, por esto o aquello’. Soy impulsiva por naturaleza; los psicólogos dirían que tengo un temperamento sanguíneo.

¿Y virtud?

–Wow. Esa es una pregunta complicada para cualquier persona. ¿Mi virtud? No sabría decirte. Creo que eso deben contestarlo mis colegas, mi familia, quienes me conocen.

Una palabra que defina su vida.

–Aventura.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Al preguntarle si su origen en Limones (Cienfuegos) forjó su concepción artística, Diana Balboa asegura que sí. “Influyó Limones, influyó el año en que alfabeticé, influyó un padre campesino... El campo, la libertad que da, es vital. Disfruto mucho sentirme libre en la naturaleza”.

Sobre si es autodidacta, aclara que, aunque no tiene “un título colgado en la pared”, su formación fue estructurada: “Estudié magisterio. Después, necesitando láminas y recursos nemotécnicos para enseñar, entré a un instituto de suelo, fertilizante y alimentación ganadera. Había un taller para crear esos materiales, y me atrajo tanto que me mudé allí”. Pintaba láminas y hacía “maquetas de vacas, de tetas de vacas con mastitis”, hasta que sintió que necesitaba más herramientas técnicas y se matriculó en San Alejandro.

Explica que en esa época la academia tenía “plan escuela” (dos primeros años) y “plan taller” (dos siguientes). Comenzó con ese objetivo, pero “por cuestiones organizativas del país” la dejaron como “excedente” –“una forma elegante de decir cesante”–, aunque con un salario mínimo que le permitió justificar su tiempo dedicado al estudio. Así pasó a la modalidad nocturna para adultos, y luego pudo integrarse al turno diurno al tener disponibilidad completa: “Los dos primeros años de San Alejandro los hice felizmente, intensamente, con muy buenos maestros”.

Posteriormente se formó en el Taller de Gráfica de la Plaza de la Catedral con maestros como José Luis Posada, Pepe Contino, Roger Aguilar....ect.

Al evocar los primeros años tras el triunfo revolucionario, Diana relata: “En 1960 me incorporé a la Asociación de Jóvenes Rebeldes –mis orígenes familiares lo explican– con mucha alegría”. Posteriormente pasó a la Unión de Jóvenes Comunistas: “Nunca abandoné mis principios, aunque hubo épocas sin militancia formal. Mi corazón siguió militando como lo que era”.

En 1961 participó en la Campaña de Alfabetización y al año siguiente estudió magisterio en el Instituto Pedagógico Macarenco: “No tenía buena fama entre becarios; nos veían como muy rígidas, aunque no era tan así”. Esos años se resumieron en trabajar y estudiar. De hecho, todo ese tiempo luego del 1ro de enero de 1959 fueron así: trabajar y estudiar para la vida.

Sobre cómo su amor por Sara González, la Nueva Trova y el proceso revolucionario forjaron a “la Diana artista”, detalla: “Estaba en Vertientes, Camagüey, en una escuela al campo que reunía todas las disciplinas artísticas. Ahí conocí a Sara con 16 años”. Recuerda a Lucía Huergo, Ana Nora Calaza, a Sara, formando un combo musical: “Pasaban noches enteras tocando; de día apenas dormían. A Sara la vi aguantando una caña de azúcar, durmiendo en el surco. Así la conocí”.

El amor se consolidó después: “La vida nos juntó por amigos comunes. Ella iba al taller de grabado, nosotros a las actividades de la trova. Grabadores y trovadores siempre estuvimos vinculados. Somos como moléculas libres en la sociedad, eso nos une”.

Sobre un posible hilo conductor en su obra, responde con ironía: “¿Algo en común? No, porque como dice Andy Rivero: ‘Yo hago lo que me da la gana’”. Reconoce haber explorado “muchas formas de expresión visual”, pero declara abiertamente: “Odio los ismos: hiperrealismos, expresionismos... Todas las etiquetas, las odio”.

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¿Cuál ha sido su mayor sueño? ¿Ha logrado materializarlo?

–No sabría decirte. A veces anhelamos algo, lo alcanzamos, y luego surge un nuevo deseo que nos impulsa a ir más lejos... siempre más lejos. Me encanta viajar, por ejemplo. Pero cuando digo viajar, no me refiero sólo a recorrer ciudades como Madrid o Buenos Aires –que también disfruto– sino a ese viaje interior, a moverme a través del tiempo, a habitar plenamente el aquí y el ahora.

“Mi paseo diario por el Malecón, ese momento para ejercitarme y mantenerme activa, también es un viaje para mí. En verdad, adoro viajar en todos los sentidos posibles”.

¿A qué le tiene miedo?

–Temo profundamente a la desidia, a la indiferencia, a la irresponsabilidad. Son actitudes humanas que no solo dañan a individuos, sino a multitudes; que no destruyen una o dos ideas, sino siglos de esfuerzo colectivo. En este momento, me aterra especialmente lo que ocurre en Gaza –me tiene horrorizada–, y lo digo con el corazón en la mano. La impotencia que uno siente... ¿Qué más podríamos hacer para evitar tanta crueldad?

“Lo que más me espanta es esa actitud de insensibilidad: gente a la que no le importa ni el sufrimiento ajeno, ni lo que pasa en su propio vecindario. Ese desapego se está extendiendo, y cada vez me asusta más. No sé qué podremos hacer para cambiarlo”.

Si llegara una persona nueva a su vida, ¿qué puede hacer para llegar a conocerla mejor?

–Ser transparente. Sin matices, sin ocultamientos ni dobles intenciones. La transparencia y la honestidad crean puentes, incluso entre personas con ideales distintos. Cuando ambos son auténticos, el verdadero conocimiento comienza. El ocultamiento, en cambio, cierra puertas. No solo en mí, sino en casi todos. Donde hay secretos, se pierde la posibilidad de entenderse.

Si todo desapareciera y pudiera rescatar una sola cosa, ¿qué sería?

–La vida está llena de cosas valiosas que merecerían ser salvadas. En este momento, elegiría la piedra de Fidel en Santiago. Es un símbolo para los cubanos que queden después.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Para Diana Balboa, la creación significa “libertad absoluta”. Reconoce que su obra tiene una característica definitoria: “soy figurativa. No lo puedo evitar. Si mi trabajo tiene algo, es eso. En todas las maneras de expresión necesito de la imagen”.

Su punto de partida creativo es diverso: “puede ser un poema, una canción, una novela. Soy lectora, me gusta leer libros”. Detiene la conversación y aclara su preferencia por el formato físico: “Lo del ebook y la computadora no todavía; soy una vieja analógica. Eso no me va muy bien”.

Actualmente explora el concepto del juego: “Mi última exposición se llama ‘Jugar con el futuro’. Jugar es vivir: uno ve la vida y aprende todo jugando. Los niños aprenden así, y yo sigo siendo niña, por eso estoy jugando con la vida”.

Normalmente, Diana Balboa pone una superficie en blanco –papel, cartulina– y empieza a trabajar. Después presenta lo que siente, cree o necesite expresar, pero eso no es un boceto sino un punto de partida. Se identifica primordialmente como grabadora: más que pintora o ceramista. “Llevo la idea a un grabado, lo imprimo, y si me satisface, puede derivar en un cuadro al óleo, acrílico, una instalación... Siempre parto del dibujo de lo que siento, luego al grabado, y de ahí a todo lo demás”.

La artista confiesa que no tiene musas. “Mi inspiración es la vida: voy viviendo y así me voy encontrando”.

Sobre la relación entre artes plásticas y  la música, regresa a la conversación, como en otros momentos, Sara González. “Cuando llegó a mi vida, me dijo: ‘¿Por qué no eres mi representante?’. Ante mi negativa me respondió: ‘Aquí nadie sabe nada’. Así empezó”. Esta dualidad entre ser representante y artista visual la llevó a formarse: “La burocracia me exigía estudiar ciertas cosas: teoría musical (nunca tocar un instrumento), diseño escenográfico, maquillaje... Pasé un curso de producción artística para la esfera musical, lo que me enriqueció mucho”.

A partir de ese momento buscó compatibilizar ambos lenguajes sin caer en lo ilustrativo: “No quería ilustrar la música, sino interpretarla desde la visualidad”. Leo Brouwer fue una influencia clave: “Él entiende muy bien esto. Hay analogías: líneas que se fugan [como la música], tonos en el color, espacios y silencios. Si logras interiorizarlo, puedes hacerlo”. Estos vínculos se fortalecieron gracias a “la convivencia con Sara”.

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Si pudiera comenzar de cero, ¿qué cambiaría?

–Si tuviera la oportunidad de volver a empezar –y esto quizá desde una perspectiva un tanto egoísta–, no estudiaría magisterio, sino que me dedicaría al arte desde el principio. Creo firmemente que todos nacemos artistas. Basta ver a los niños: todos dibujan, todos crean. Luego, con el tiempo, esa chispa se va apagando. Pero si alimentas esa vocación desde temprano, el camino se define naturalmente. Por eso, si pudiera reiniciar mi vida, sin duda comenzaría siendo artista.

¿Qué consejo le daría a su versión de hace 20 años?

–Le diría: ‘Gasta menos tiempo... pero disfruta más’. Cuando hablo de no malgastarlo, no me refiero a trabajar hasta el agotamiento ni a obsesionarse con la productividad. Hablo de saborear el tiempo auténtico –ese que nos pertenece a cada uno–, de vivir con plenitud los días que nos tocan. Porque el verdadero desperdicio no es descansar, sino dejar que la vida pase sin sentirla.

¿Cuáles son sus valores sagrados?

–La memoria. Es mi valor fundamental, algo verdaderamente sagrado. Recordar todo lo vivido nos da las herramientas para seguir avanzando. Creo firmemente en eso. Y algo más esencial: mantener viva la curiosidad. Esa necesidad de saber, de cuestionar, de no conformarse. La indiferencia ante lo que nos rodea es terrible; nos paraliza, nos impide crecer.

Algún secreto que no haya compartido en una entrevista anterior.

–“¡Ay! He compartido tanto a lo largo de los años que dudo tener algo oculto. Mis ‘secretos’ son de dominio público: el amor que siempre tuve por Sara González, la profunda admiración y gratitud hacia mi madre... todo eso se sabe.

“Y si hay algo más que valga la pena mencionar, es el legado de mi padre: ese espíritu aventurero que me inculcó, su pasión por el deporte y la música, esa sed de viajar que heredé y que tanto me define. Hasta mi debilidad por Pío Baroja viene de él. Son afectos que llevo a la vista, no guardados en el bolsillo”.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Si indagas en cómo se manifiesta la cubanidad en su obra, asegura que principalmente en el color. “Mi obra es colorida, intensa, porque los cubanos somos intensos de color. Vivimos en una luz: nuestro sol es luz, nuestra música es luz, esplendorosa, espectacular. El color también ‘talla y dice’. Eso es lo fundamental”.

Sobre el éxito, refiere que cada cual tiene su concepción. Para algunos es vender, para otros exponer. “Para mí, como artista visual, el éxito es poder crear. La mayoría de nosotros gastamos nuestro dinero en materiales: vendes una obra y no vas al cabaret, compras acrílico, tela...¡Ese es el éxito! Tener la posibilidad de adquirir con lo que voy a ser feliz: trabajando”.

Balboa tiene muchos paradigmas: “¡Me gustan tantos artistas! Amelia Peláez me fascina. De los cubanos clásicos... Soy asidua a la sala de arte cubano de Bellas Artes, aunque me la conozca de memoria. Sentarse frente a un cuadro de Choco es perderse en texturas, ideas, pasiones. Hay mucho arte en Cuba; tener paradigmas es difícil, tanto de artistas anteriores como actuales”.

Con los extranjeros le ocurre igual: “En Guernica te sientas a mirar: ¿quién es este? ¿por qué hizo esto? ¿qué seguía en el cuadro? En el Museo del Prado pasas todo el día y piensas: ‘Tenía solo un día en Madrid y lo pasé aquí’. Visité Oaxaca, México, y el arte está en la calle: una señora que te vende una cartera hecha con sus manos, te suplica que se la compres... Ese es un paradigma de creación, de qué hacer para vivir con modestia. ¿Quién no se queda mirando un cuadro de Frida Kahlo o Diego Rivera? Hay que tener una vida muy larga para seguir creando y disfrutando paradigmas”.

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¿Qué es aquello por lo cual moriría?

–Sin que parezca un teque, moriría por este país. No por pose, sino porque tras tantos años y tantas luchas compartidas, veo claro que vale la pena entregar lo que otros –mejor que yo– ya entregaron antes.

¿Alguna vez ha propuesto una meta que no haya podido cumplir?

–¡Claro que sí! Innumerables veces. Cada vez que un artista se enfrenta a un lienzo en blanco, a una plancha para grabar o a un bloque de mármol, se traza un objetivo. Y muchas veces no lo alcanzamos. La obra se resiste, nuestras manos no responden como quisiéramos. Es frustrante, angustiante. Pero precisamente ese fracaso se convierte en acicate, en combustible para volver a intentarlo una y otra vez. El arte es también aprender a convivir con lo que no sale.

¿Qué significa Cuba?

–He viajado por distintos rincones del planeta –una fortuna que no busqué, pero que llegó– y, sin embargo, siempre regreso. Aquí está mi centro, mi origen, mi universo entero. Aquí reside esa fuerza vital que me define.

¿Ha pensado alguna vez en tomarse un año sabático?

–¡Si supieras! Una vez, un médico me extendió un certificado diciendo que estaba demasiado estresada - no recuerdo bien cuándo - para que me tomara un año sabático. Me emocioné muchísimo. Pensé: ’Ahora sí’. Eso fue cuando trabajaba ocho horas diarias (antes de ser artista independiente con toda esta libertad) y soñaba con esto. ‘¡Tendré todo el tiempo para mí y mi obra!’. Pero... no pude. Las responsabilidades acumuladas empezaron a susurrarme, insistirme, hasta ganarme la partida.

¿Cuál cree que sea su mayor legado a la cultura cubana?

–Esa pregunta no es para mí responder. Que sean otros quienes lo decidan. Jamás podría asumir que dejo algún legado a la cultura cubana. Simplemente hago mi trabajo. Eso es todo.

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Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Llevar en paralelo la familia y el trabajo es un reto para un artista. Diana tiene su propio manual: “Soy muy bohemia, entonces mi concepto de familia es un poco raro. Me fui a alfabetizar, después estuve becada, luego me casé [durante] 3 o 4 años nada más. Él se fue a la Unión Soviética; yo también debía ir a estudiar allá, pero no pudo ser. Los rusos no querían matrimonios en su territorio en aquella época. Si iba, me tocaba ir a Bulgaria, pero preferí quedarme en mi país”.

Aquí entró en San Alejandro: “Me divorcié, fui a vivir con mi mamá, después a una casa de huéspedes en 19 y E... Tuve un tiempo con una vida bastante hippie, lo admito no como pecado sino como una gran experiencia”. Asegura que solo tuvo estabilidad familiar durante “los 30 años que viví con Sara González: un lugar estable con una vida estable. Y feliz”.

El momento clímax en su carrera, fue, definitivamente, su entrada a San Alejandro, lo que marcó un antes y un después. “Ahí me vinculé directamente al mundo creativo y artístico”. Luego comenzó una vida ligada al arte con altas y bajas.

“¿Qué me ha regalado las artes plásticas? La posibilidad de vivir este después. ¿Qué me ha quitado? Nada. No me ha quitado nada porque lo bueno que dejo atrás lo guardo en la memoria y lo disfruto cada día; lo malo lo olvido. Si me quitó algo, no lo sé... y no me importa”.

Al hacer balance de su vida, declara: “Sí, estoy satisfecha. Volviendo al antes y después: ¿quién te quita y quién no? A mí la vida no me quitó a Sara, ni a mi mamá. Hubo un momento en que pensé: ‘El día que me falten estas dos mujeres no sé qué voy a hacer’. Después supe lo que haría: ellas siguen junto a mí. La vida no me las ha quitado; siguen ahí conmigo”.

-De no ser pintora… “Maestra. Y feliz. Una maestra feliz”.

Diana Balboa, durante sus declaraciones a Cubadebate. Foto: Abel Padrón Padilla/ Cubadebate.

Vea aquí: Más Rostros del Arte 

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  • Nancy dijo:

    Bella entrevista a Diana Balboa.
    Diana como siempre con esa transparencia y esa sencillez que la caracteriza. La admiro mucho desde siempre aunque en lo personal no la conozca pero la sigo en entrevistas, documentales y demás.

    • Thalía Fuentes Puebla dijo:

      Gracias!

  • MilaCauto dijo:

    Fascinante historia de vida, me ha hecho recordar mi época en la beca, mis profesoras eran graduadas de la escuela Anton Makarenko, si, eran bastante rígidas pero nos educaron para la vida y las respetábamos mucho

  • Eric dijo:

    Gracias Thalia por acercarme a una historia de vida diferente. El solo hecho de conocer novedades vale la pena, como acostumbra a decir Calviño. ¿Puedes acercarnos a otras vidas de esa dimensión en el mundo del arte?

    • Thalía Fuentes Puebla dijo:

      Gracias por leerla...Saludos!

  • Israelssp dijo:

    Preciosa entrevista, Diana FELICIDADES en los 80, ya son también públicos, larga vida, una gran artista. Gracias Thalia, cómo entrevistadora es la periodista preferida, en otros géneros también, claro lo facilita el medio digital

    • Thalía Fuentes Puebla dijo:

      Gracias por sus palabras...Un abrazo!

  • Rosquete dijo:

    Felicidades. Linda vida...

  • Isapinar dijo:

    Maravilla de entrevista y maravilla de respuestas, gracias a Thalia y a Diana. Se aprende con la entrevista y las respuestas.

    • Thalía Fuentes Puebla dijo:

      Muchas gracias por este hermoso comentario! Abrazo

  • Rojo (hijo) dijo:

    lo bueno que dejo atrás lo guardo en la memoria y lo disfruto cada día; lo malo lo olvido. Si me quitó algo, no lo sé... y no me importa”.
    Me gusta esa forma de pensar de Diana. Yo trato de hacer lo mismo y me da la alegría de vivir.
    Alegría, salud y larga vida para DIANA.
    Me alegro mucho que existas.

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Thalía Fuentes Puebla

Thalía Fuentes Puebla

Periodista de Cubadebate. Licenciada en Periodismo por la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (2019). Máster en Cultura Audiovisual por la Facultad Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual de la Universidad de las Artes (2025). Premio Nacional de Periodismo Juan Gualberto Gómez por la obra del año (2022). Ha obtenido premios y menciones en el Concurso Nacional de Periodismo "26 de Julio". Contactos: thalyfuentes14@gmail.com. En Twitter: @ThalyFuentes

Abel Padrón Padilla

Abel Padrón Padilla

Fotorreportero de Cubadebate. Trabajó en la Agencia Cubana de Noticias (2008-2018) y en el periódico Trabajadores. Correo: abel@cubadebate.cu

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