Imprimir
Inicio »Especiales, Sociedad  »

¿Quién salvará a mis estudiantes?

| 23

Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Foto: Heriberto González/ Cubaperiodistas.

“¡Prepárate!”, me decían. Y hay que prepararse, sí. Imaginen entrar a un aula después de las cinco de la tarde; imaginen entrar a un aula… Que te miren con rostro de cansancio, algún que otro de soberbia, que ni te miren, que murmuren cómplices sobre el cartel que lleva tu pulóver en el pecho, que se rían, hablen, que se callen por completo y tú allá delante. Sin dudas, se trata de algo “terrible”. “¿Y tú qué cuento meterás ahora?”, sientes que piensan. “¿Qué esperan de mí?”, te preguntas.

“De ustedes… espero aprender”; “apoyo y comprensión”; “encontrar en el profesor un apoyo”; “que sean los primeros profesores que se preocupen por cosas del grupo, ya sean las notas o actividades”; “que creen la confianza para ser sinceros con nuestros problemas”; “buen entendimiento, respeto y confianza”; “tener un tercer año donde recupere ese sentir que tuve cuando llegué a FCOM (Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana), quiero volver a sentir que es casa”; “que sean atentos, que se preocupen”; “apoyo; acompañamiento”; “apoyo”; “comprensión, movilidad, constancia”; “paciencia… porque desde que empezó la pandemia se ha vuelto muy difícil entender en clases, también se ha dificultado la vida en particular de muchos”, respondieron mis estudiantes en una breve encuesta que salí disparado a leer en cuanto terminó el “calvario”.

Hay términos que se repiten… no es casual.

“¿Qué periodismo se ven haciendo? ¿Con qué sueñan?”, resultaban las otras interrogantes del sondeo.

“Estudiante”, de Juan Carlos Ñañake Torres.

“Espero que pueda pasar todo bien”; “periodismo investigativo, cultural”; “graduarme”; “periodismo científico-investigativo”; “graduarme y dar clases”; “un periodismo que se especialice en temas de utilidad pública”; “mi sueño es ejercer mi carrera sin ningún problema, en Cuba, y que sirva de ejemplo”; “seguir creciendo en el mundo del fotoperiodismo y el audiovisual”; “periodismo cultural”; “periodismo deportivo: trabajar en un medio totalmente deportivo”; “quiero convertirme en una periodista diestra y trabajar en una agencia periodística profesional”; “me gustaría hacer un periodismo capaz de influir en las personas y crear un estado de reflexión”; “periodismo documental”; “periodismo investigativo”; “graduarme y seguir superándome”; “periodismo investigativo”; “graduarme”; “lo narrativo, el universo de los podcasts”; “quiero que ayude a la gente, que moleste a quien deba hacerlo y que sea claro en su intención”; “escribir, solo así soy feliz”; “periodismo para el desarrollo social”; “poder cumplir mis metas personales en Cuba”; “periodismo cultural”; “graduarme”; “periodismo cultural”; “mi sueño es poder vivir satisfactoriamente como periodista”; “ser cineasta y documentalista”; “periodismo radial”; “no lo tengo claro: todos los días sumo uno a lista de sueños”; “periodismo cultural”; “poder graduarme y hacer todo lo posible por ayudar a mi familia posteriormente”.

Mi primera vez, algo reseca, frente a un aula fue la confirmación de que no estaba enfrente de “un aula” a secas, sino, parafraseando al bueno de Galeano, de un mar de fuegos; la confirmación de que mis estudiantes esperan algo… la confirmación de que mis estudiantes sueñan… aunque algunas caras de soberbia lo disimulen; aunque el cansancio y el calor se confabulen a las cinco de la tarde para homogeneizarlo todo e intentar, quizás, hacer ver que nada o poco importa, hacernos ver como enemigos, adversarios, que suplican que “la campana” de la seis y cinco suene y los libre de mí… y me libre de ellos.

Luna y Alicia [1] son quienes más me han impresionado. Luna era bailarina, en ello le fue su infancia y primera juventud hasta que algo pasó, algo tan terrible y duro, al parecer, que la llevó a renegar de la escena. Según confesaba, medio tímida, todavía hoy, en su día a día, sufre secuelas de ello.

Lo de Alicia es distinto. Su rostro lo he fijado tres semanas después, cuando me entregó una carta oficial que no supe ver entre el cúmulo de otros tantos papeles. En las afueras de la facultad me insistió para que la encontrase –la carta– mientras alternaba entre el “tú” y el “usted” para tratarme.

Horas después, justo antes de iniciar el turno, Alicia se iba. El “turno” es uno de esos turnos de los que nadie quiere dar, quizás ni “turno” sea. Alicia tiene veinte años pero mira con treinta. Los veinte años de Alicia no parecen ser los veinte años de cualquiera o de muchos o de la mayoría. Alicia me encara y pregunta: “¿para qué yo tengo que entrar ahí?”.

En Alicia coexisten varias problemáticas –duras problemáticas– que atraviesan a muchos universitarios y universitarias de la Cuba que corre. Alicia no es de La Habana y, asegura, la han botado dos veces de la beca; Alicia trabaja para pagarse un alquiler y poder seguir viviendo aquí, estudiando aquí, sin que sus padres paguen por ello. Más veces a la semana de las que le gustaría, Alicia sale corriendo de la facultad e incluso así llega tarde… e incluso así tiene que aguantar que el jefe la mire con su cara de perro, con su cara de "a mí qué me importa", con su cara de “yo te pago”.

Cuando Alicia me mira de esa forma mientras fuma un cigarro, no tengo más respuesta que: “Si tienes trabajo no hay nada más que hablar… Yo sé lo que es eso. Vete”.

Teniendo la edad de Alicia, aún no sé bien cómo, me nombraron secretario general de la Unión de Jóvenes Comunistas de la facultad. Al enterarse, mis padres –también en otra provincia– pusieron el grito en el cielo y, temiendo que me alejara de la profesión, casi que me obligaron a buscar un trabajo en un medio de prensa. Durante dos años, fui estudiante, trabajador y militante con responsabilidades que, francamente, me superaban.

Más de un cinco perdí por no poder cumplir con el porciento de asistencia requerida. Mil veces el cansancio me hizo dormirme descaradamente frente a doctores en ciencia que respetaba sobremanera y que decían cosas que de verdad me interesaban mucho. En par de ocasiones, casi me rajo a llorar por la impotencia que se conjugaba entre el querer/hacer/tener-que y el no poder, porque el día no tiene más de 24 horas ni la semana más de siete días y porque uno, a veces, así de sencillo y fuerte, no puede más. También a veces, quienes nos rodean–estudiantes, padres, profesores, jefes– no entienden o no saben que uno no puede más y ello lo empeora todo.

Puedo decir que no me arrepiento de nada pero sé que hay quienes no corrieron esa suerte, la de no arrepentirse, la de no romperse del todo, en parte porque sus condiciones no eran las mías. Yo, de alguna forma, me dejara la soberbia utilizarlo o no, siempre tuve, allá a lo lejos, un respaldo.

Alicia casi no mueve el rostro cuando habla, con una mezcla ácida de soberbia, desánimo y guapería. Alicia me dice que ella no es ni un cuarto de la persona que era cuando empezó la universidad, que era alegre, que sentía la euforia que explotaba entre estas paredes y que ya nada de eso existe, como tampoco existe la Alicia de entonces.

La realidad es que las Alicias no han tenido universidad. Llegaron aquí un día y se enfrentaron con una vida estudiantil de ensueño, de música por todas partes, de gente bailando en las esquinas, de piñas y miradas y de “¡al fin estoy en la universidad, coño!”.

Pocos meses después… ¿seis? ¿siete? A las Alicias les dijeron que las clases se suspendían por un mes y, de pronto, las Alicias se descubren acabando la universidad sin haberla vivido, pensando en sus tesis, en dónde trabajar después y preguntándose dónde carajos está la vida universitaria que les prometieron y que la vida misma –así, en abstracto, pero muy en la concreta– acabó por quitarles.

Se trata de Alicia, pero también se trata de mí, se trata de muchos… A mí también me dijeron que en un mes acabaría todo y, cuando volví a poner los pies en estos suelos, ya ni siquiera era estudiante. La estafa que nos asestó la vida resultó tumultuaria, total, implacable… Nadie escapó de ella, pero hubo quienes pudieron escapar menos que otros.

Yo quiero decirle más cosas a Alicia: que resulta un formalismo tonto ese trato de usted; que a ella le toca, junto a mí, junto a tantos, volver a transformar este sitio de aprendizajes en aquella “casa” del eslogan; que en realidad no siempre fue casa para todos porque la vida cruda no les permitió–a todos– sentirse así y, por lo cual, además de renacer, nos corresponde –difícil asunto– ser mejores todavía. Yo quiero decirle a Alicia que el mundo está en sus manos, que lo estruje, que lo invente... pero que no va a ser fácil.

Y Alicia, por su voluntad, entra al aula.

El aula, en esta tarde, es una olla de grillos. Se debate el proceso de integralidad. Es casi incontrolable. Gabriela, la arrestada presidenta de brigada, habla tan bajo que el barullo la vence. En una de esas, Eduardo abandona corriendo su silla y se sitúa enfrente.

Eduardo tiene experiencia como animador, le gusta, le sabe al asunto de canalizar los ánimos del resto. A Eduardo le apasiona el género urbano y sus sueños se perfilan por ahí. Tiene para eso… Días atrás, cuando el equipo de fútbol de la facultad jugaba contra el de Filosofía, Historia y Sociología, Eduardo dominaba las gradas que, quién lo duda, forman parte también del juego todo. En el terreno, el Gabo emitía instrucciones a nuestros players, pero en las gradas era Eduardo el que mandaba. Eduardo dirigía el estímulo, el afecto, la guapería… Eduardo estaba al frente de otro batallón dentro de la misma guerra.

Ahora, aquí, Eduardo también hace magia y va logrando que el mar de fuegos sea una sola flama y que decida quiénes son sus mejores en cada dichoso parámetro. Entre risas camina todo, pero al final de la tabla aparece un parámetro de nomenclatura bastante burocrática que marca un punto de giro.

“Bueno, impacto social… eso es…”, grita a medias y suelta la pantomima de una guataca en un surco.

Entonces, alguien se levanta y llama la atención de que sí, es la guataca en el surco, pero no solo, porque en esta aula, en esta, hubo gente que se jugó la vida en hospitales y centros de aislamiento.

El aula deja de reír porque el aula entiende que hay cosas que son sagradas y el aula sabe respetar lo que merece respeto, como mismo tira a juego lo absurdo, lo innecesario, lo desfasado. El aula no quiere que sea uno, sino que sean varios, y arranca la disputa contra el reglamento que nos obliga a competir, a decir “yo más que tú”…. De pronto, corroboro que esta aula estigmatizada sabrá Dios por cuántos prejuicios, es muchísimo más valiosa de lo que ella misma calcula.

Esta aula, donde parece haber pocos tapujos a la hora de sincerarse; donde quienes juegan fútbol hoy, bailarán ballet mañana en nombre de la misma bandera azul y blanca de esta facultad; donde hay gente que sueña con hacer periodismo “puro” o con pararse frente a una cámara o con ser productor musical o con la moda y la estética o con los refugios de animales o hasta con el periodismo religioso...

En esta aula, donde tal vez ya hacen un poco de todo eso… donde se movilizan por lo que sienten y se aparecen todos un día vestidos del mismo color. Esta aula, donde la migración está doliendo ahora mismo, donde el futuro inmediato de este país no es preocupación superflua. Esta aula, donde también se decide lo que Cuba será y está siendo…

Habrá quien piense que están perdidos y con desprecio mire sus irreverencias, sus gafas estrafalarias y sus pantalones rotos –sin preguntarse acaso si tendrán más– o se escandalice porque no conocen determinada canción, determinada película, determinado nombre, determinado concepto… “¿Y quién los va a salvar?”, insistirá aquel o aquella, más que por lo que ve, por lo que no ha visto.

Habrá que responderle entonces que regrese a mirar bien y que, probablemente, perdido está quien no haya sido capaz de ver de qué están hechos ellos, ellas, en estas sillas de configuración bancaria, en esta aula llena de contradicciones.

En todo caso, se salvarán ellos mismos, como ellos mismos han salvado su asamblea; tanto así que, cuando busco con los ojos a Alicia, de repente la encuentro sonriendo.

Notas

[1] Estos nombres (Luna y Alicia) han sido cambiados para respetar la privacidad de las protagonistas.

(Tomado de La bengala)

Se han publicado 23 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

  • Marlen dijo:

    Maravilloso, camine dentro de tu historia

  • Frank D dijo:

    Excelente historia, la verdad de todos los Universitarios, pero desde hace muchos años .

  • Alexis@uci dijo:

    Ellos, como nosotros, como toda la socieded, son fiel reflejo y consecuencias de la Cuba actual

  • Paloma dijo:

    Mucha realidad hay en este texto, pero siempre, siempre, confiando en esos "jóvenes irreverentes"

  • Quino dijo:

    Me gustó mucho el relato. Ese grupo se parece a muchos de los que he impartido docencia, pero más me impactó tú historia me vi reflejado en ella. Gracias por contarla. Éxitos a Alicia, cuando hay que sacrificar tanto los triunfos se disfrutan más.

  • FPF dijo:

    Interesante!, Triste!, Preocupante! Sí este es el "promedio" de nuestras universidades, entonces no estamos nada bien. ¿qué futuro espera a Cuba? además de los q se van, si los q se quedan no aman lo q estudian ¡Dios nos ampare!

    • Mas dijo:

      Bueno el texto no dice en ningún lugar que los que se quedan no aman lo que estudian, al contrario, de ser así ya Alicia hubiera renunciado

  • Dmp dijo:

    Bellas palabras. Gracias por reflejar la realidad de nuestros alumnos universitarios.

  • Habanera Hoy dijo:

    Excelente relato. muy atemperado a la realidad actual, subyacente hace tiempo en las aulas universitarias y que la pandemia agudizó, hay muchas Alicia con un nombre y rostro verdadero, que llegaron al final de la meta, se graduaron pero guardaron el título y decidieron sin siquiera intentarlo no ejercer la profesión otros emigraron inmediatamente después de la graduación.

  • Denis H dijo:

    Todos hemos sido jovenes y muy jovenes alguna vez, vivimos nuestro momento.
    Si he de destacar algo que no puedo pasar por alto, sin pretender comparar.
    En mis tiempos de adolescente...aun me siento joven...eramos diferentes, respetabamos al adulto mayor, respetabamos a nuestros maestros, teniamos circulos de estudios, nos reuniamos para aclarar dudas antes de pruebas, el maestro era algo sagrado...es triste ver como hoy todo es diferente, el respeto no tiene epoca, no es una moda, los buenos modales tampoco tienen epoca ni moda...algo esta sucediendo en nuestra sociedad actual...hoy un alumno de cualquier enseñanza no sabe ni siquiera de las cosas elementales de nuestra historia y para que hablar de matematicas y ortografia...es un horror!!

  • Lila dijo:

    Me gustó la historia que refleja la Cuba de hoy a través de la Universidad. Demasiadas incidentales, pero bueno, periodista en construcción. Felicidades!!

  • Yaniuska Ramirez Alfajarrin dijo:

    Increíblemente me he visto reflejada en este artículo como profesora y he logrado comprender mejor a mis estudiantes. Los jóvenes, hoy más que nunca necesitan apoyo y confianza . Gracias

  • Yayy dijo:

    Muy buen trabajo. Enseñar siempre fue un reto. Son tiempos duros donde el maestro debe ser guía y acompañamiento, líder y cómplice. Un maestro debe amar su profesión, es el único modo de lograr que los estudiantes crezcan como seres humanos y profesionales del futuro.

  • Mildrey dijo:

    Magnífico, la juventud que debemos defender y salvar, la juventud incomprendida por muchos pero que ha dado grandes lecciones en este país de dificultades y de victorias. Creo todo el tiempo en los jóvenes

  • Lisandra Gámez dijo:

    Excelente historia

  • JAMM dijo:

    Buen relato. Me hizo recordar más de un par de cosas.

  • Alina dijo:

    Excelente. Es nuestra realidad

  • Lqqd dijo:

    Esto me trajo tantos recuerdos...

  • Revenge dijo:

    Excelente historia, y creo que con maestros como usted; sus alumnos tendran mucho mas facil la tarea de salvarse y salvar el mundo en que les toco vivir. Felicitaciones.

  • Delia Rosa Proenza Barzaga dijo:

    Qué buen texto! A nuestro periodismo le hacen falta muchos así, que se disfruten al tiempo que dicen, a las claras, lo que sucede en nuestra Cuba; que alienten y ayuden a ir decantando entre lo superfluo y lo esencial. Gracias a su autor.

  • RG dijo:

    que vivan las Alicia y también las Luna y los Eduardo, sobre todo las Alicias que siguen sus sueños aunque muchos muros se les atraviesen, siguen andando su camino, aún a mi edad tengo una Alicia dentro que no me deja, ni me permite dejar de seguir haciendo caminos aunque aparezcan viejos y nuevos muros, salud a su Alicia

  • Israel dijo:

    Excelente crónica, del momento histórico, como profesor universitario muy identificado con ella, eso sí hay que creer en los jóvenes, no se comparte la idea de que hacen cosas no buenas, ellos son y serán irreverentes, así es la juventud, pero tratemos con respeto, seriedad, de el ejemplo, explique les su ciencia como es, enseñelos y verá..... Seguro responden igual... Me lo han demostrado siempre.. que algunos no se enderezan.. es verdad.. la vida se las cobra

  • carlos6224 dijo:

    Muy bonito y aleccionador. Por desgracia, hay quienes olvidan con demasiada frecuencia que han sido los jóvenes los protagonistas de verdaderas historias de heroísmo, sacrificio, entrega sin límites, altruismo y solidaridad. Como olvidar a los que protagonizaron nuestras guerras de independencia contra el colonialismo español, los 8 estudiantes de Medicina, un José Martí con apenas 16 años arrastrando grilletes, a Mella, Guiteras, Villena y otros tantos de la generación del 30 del pasado siglo; pero que decir de la Generación del Centenario, de los alfabetizadores durante la Campaña de Alfabetización, los artilleros de la Base Granma (enfrentando el bombardeo de aviones enemigos durante la epopeya de Girón), a Eduardo García escribiendo con su sangre “FIDEL”, a los que estuvieron en las misiones internacionalistas de ayer y están hoy, de los que día a día enfrentan las disimiles carencias y vicisitudes y permanecen al lado de nuestro, mil veces, heroico pueblo.
    En días recientes sufrimos, los que amamos nuestro país y su gente, la explosión del hotel Saratoga, con su carga de destrucción, muerte y dolor. Valdría la pena preguntar a los que consideran a los jóvenes perdidos, que desconocen tal o mas cual canción, tal o mas cual película del ayer, a veces irrespetuosos (lo cual no comparto en absoluto), bulliciosos y otras actitudes, que a los de más edad nos pueden parecer anormales, ¿quiénes impulsaron la campaña para las donaciones de sangre?, ¿quiénes desde sus puestos de trabajo como paramédicos, bomberos, rescatistas, miembros voluntarios de la Cruz Roja, del MININT, las FAR y otras instituciones; contribuyeron a que muchos de los afectados sobrevivieran, curaran sus heridas físicas, psíquicas y emocionales?, ¿quiénes han, durante todo el tiempo de la pandemia, estado realizando pesquizajes, en zona roja, ayudando a los más vulnerables en el período más crítico?, ¿quiénes contribuyen con su trabajo y esfuerzo a construir esa CUBA que queremos (sin desconocer a los menos jóvenes)?.
    Sí, tienen defectos, problemas que corregir y actitudes que cambiar, pero esos son tan CUBANOS como cualquiera, son SOLIDARIOS, HUMANOS, TRABAJAORES, ESTUDIOSOS, DESPRENDIDOS, ALEGRES y, en ellos, debemos confiar como en tantas ocasiones expresó nuestro invicto Comandante en Jefe.
    Es tarea de TODOS, desde la cuna SALVARLOS, si es que acaso, esos (los míos, los tuyos, los nuestros) necesitan salvación. De ser así, entonces, vale la pena (parafraseando al profesor Calviño) hacer valedera la consiga: ¡Vamos con todo!

Se han publicado 23 comentarios



Este sitio se reserva el derecho de la publicación de los comentarios. No se harán visibles aquellos que sean denigrantes, ofensivos, difamatorios, que estén fuera de contexto o atenten contra la dignidad de una persona o grupo social. Recomendamos brevedad en sus planteamientos.

Mario Ernesto Almeida

Mario Ernesto Almeida

Periodista y profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Colaborador de Cubadebate.

Vea también