Antonio Bachiller y Morales, el padre de la bibliografía cubana

“Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, abogado justo, maestro amable, literato diligente, era orgullo de Cuba Bachiller y Morales, y ornato de su raza. Pero más que por aquella laboriosidad pasmosa, clave y auxiliar de todas sus demás virtudes; más que por aquellos anaqueles de saber que hacían de su mente capaz, como una biblioteca alejandrina […], dejó su casa de mármol con sus fuentes y sus flores, y sus libros, y sin más caudal que su mujer, se vino a vivir con el honor, donde las miradas no saludan, y el sol no calienta a los viejos, y cae la nieve.”
José Martí,
El Avisador Hispanoamericano,
Nueva York, 24 de enero de 1889.
En homenaje al nacimiento del ilustre cubano Antonio Bachiller y Morales, (La Habana, 7 de junio de 1812 – La Habana, 10 de enero de 1889), el primer bibliógrafo y padre de la Bibliografía Cubana, celebramos cada 7 de junio, el Día del Bibliotecario. Sobre este insigne intelectual dijo Eusebio Leal: “Este es el hombre y el modelo de estudioso, de coleccionista y de amante de los libros que tomó Cuba para crear su propia fecha de recordación a los bibliotecarios”.
La insondable erudición de Bachiller se debe en buena medida a su talento inusual y, por supuesto, a su completa y docta formación académica, la que logró alcanzar al cursar estudios en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio de La Habana y en la propia Universidad capitalina, entre otras prestigiosas instituciones educacionales del país en las cuales completó su excelsa preparación.
En la Sociedad Económica de Amigos del País y en el Seminario de San Carlos, desempeñó la Cátedra libre de Economía Política, en la que censuró la oprobiosa esclavitud imperante en su amada Isla. Participó en la Reforma Universitaria de 1842. Y también tuvo a su cargo la Cátedra de Filosofía del Derecho y el Decanato de la Facultad de Filosofía, institución en la que perfeccionó su biblioteca.
Cuando Bachiller fue electo para el cargo de Concejal del Ayuntamiento de La Habana en 1860, puso su inmenso talento en función de la preservación de la documentación atesorada por el Archivo Municipal. Los estudiosos de su vida y obra comentan al respecto que el fruto de su exquisita labor, se concretó asimismo, en el rescate que realizó de varios fondos documentales que se consideraban perdidos hasta ese momento.
Al ser nombrado Director del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, en el momento de su fundación, en 1863, logró además de proyectar y ordenar el centro, impartir clases de distintas materias y crear la biblioteca de aquella institución educativa.
Junto a otros intelectuales reclamó “amplia autonomía para los cubanos como el único medio para terminar la guerra”. Después que tuvieron lugar los sucesos del Teatro Villanueva y del Café del Louvre, resultó sospechoso para las autoridades españolas. Por lo que a consecuencia de ello, su vivienda fue invadida y arrasada por miembros del Cuerpo de los Voluntarios Españoles, en esas circunstancias también perdió su inapreciable biblioteca. Tras los abusos y atropellos de los que fueron objeto su persona, familia y bienes; así como la desmedida persecución que sufrió, se vio obligado a emigrar con toda su familia a los Estados Unidos, a principios de 1869, cuando recién había comenzado la Guerra de los Diez Años. Y solo pudo regresar a la Patria después de firmado el Pacto del Zanjón en 1878.
Entre los textos fundamentales de Bachiller se encuentran los Apuntes para la historia de las letras y la instrucción pública en la Isla de Cuba, que es considerado “una de las contribuciones más importantes al estudio de la Bibliografía hispanoamericana”[1] y al análisis de los progresos alcanzados por la civilización en Cuba. Del mismo modo se le distingue como el trabajo que “marcó el inicio de la labor bibliográfica en nuestro país. Esta obra escrita en una situación adversa, en medio de censuras y restricciones impuestas por la metrópoli, fue concluida en 1861 y consta de tres tomos.”
En el tercer tomo aparece el “Catálogo de libros y folletos publicados en Cuba desde la introducción de la imprenta hasta 1840 y publicaciones periódicas” con un total de 1 020 títulos. Este valiosísimo texto significó para Bachiller su entrada por la puerta ancha y “para siempre al universo de la bibliografía cuando en el año citado, culminó la publicación de la misma.”
A los cubanos nos llena de orgullo que la muy extensa y erudita obra que nos legó esté enlazada a los libros. Para entender cabalmente lo que significó su aporte a la cultura nacional, se deberá tener en cuenta que, a partir de la edición de su primera bibliografía en 1861 -citada en el párrafo anterior- Cuba puede presumir que atesora una Bibliografía Nacional continua. Lo cual es decisivo para el conocimiento y la conservación de la memoria del país, pues la bibliografía nacional es aquella que registra y controla al detalle, la descripción sistematizada de la relación o el catálogo de toda la gestión que en materia editorial se lleva a cabo en un país.
Este gran cubano que tenía un conocimiento enciclopédico, promovió en el país la afición por la lectura, y se distinguió asimismo, “por sus aportes en la investigación de la Historia de América anterior al descubrimiento” o la historia precolombina, tal como se reflejó en sus obras Antigüedades americanas y Cuba primitiva. También brindó sus importantes servicios a la enseñanza universitaria y de la Filosofía.
La destacada bibliógrafa e investigadora cubana Araceli García Carranza, dijo refiriéndose a Bachiller: “Su obra es savia fértil que impulsó la labor bibliográfica de discípulos y continuadores a fines del siglo XIX y que florece en la primera mitad del siglo XX, con la obra monumental de Carlos Manuel Trelles y Govín y resplandece como nunca antes a partir de 1959, en la obra de la Biblioteca Nacional de Cuba”. Es este uno de los lugares donde se le recuerda y honra cotidianamente, con el trabajo esmerado de cada bibliotecario cubano que, preserva con ternura, amor y cariño infinito, el patrimonio bibliográfico del país, que es parte sustancial de nuestro acervo cultural más preciado.
Las revoluciones van hacia adelante por caminos de papel
Desde su fundación en 1901, hasta nuestros días, la historia de la Biblioteca Nacional José Martí está indisolublemente ligada al desarrollo de la cultura cubana; no hay momento ni figura trascendente del saber cubano que no haya estado de una u otra forma, vinculada al devenir de esta centenaria institución.
Leer no es solo un placer, sino también un derecho para los pueblos que, como el nuestro, cifran sus principales esperanzas en el desarrollo de sus propias potencialidades; porque bien conocemos que nuestro recurso económico fundamental es la inteligencia, la cultura sedimentada y en permanente crecimiento.
Además de la noble e ilustre figura de Bachiller, los cubanos debemos recordar a Domingo Figarola Caneda, otro destacado intelectual de esta tierra, que aportó y donó su propia colección de libros y documentos como parte del patrimonio fundacional de la Biblioteca. Así se comenzó a forjar este inapreciable Fondo que con el tiempo y la acción de muchos ha resultado ser, uno de los Fondos Bibliográficos más representativos y numerosos de nuestra América.
Al repasar la historia de esta institución durante toda su existencia, saltan a la vista dos cualidades sin las que no podríamos explicarnos ni su influencia ni su prestigio actual: su estrecha relación con las figuras paradigmáticas de la intelectualidad cubana y su arraigada vocación de servicio social. Personalidades como Emilio Roig de Leuchsenring, quien fuera el principal animador del movimiento que generó y logró la construcción del nuevo edificio y Fernando Ortiz, a cuya sapiencia y auténtica cubanía debemos la propuesta de que nuestra Biblioteca Nacional se nombrara merecidamente José Martí; ilustran el sentido de responsabilidad con que nuestros principales hombres de pensamiento acogieron como suyo el surgimiento y desarrollo de esta institución.
A ellos mismos y a los que les sucedieron en la tarea de salvaguardar y difundir el patrimonio bibliográfico y documental de la nación, agradecemos no haber desligado nunca nuestra Biblioteca Nacional de su proyección de servicio al pueblo. Porque, ni siquiera en los peores y más oscuros momentos de nuestra Patria, la Biblioteca como concepto público, se propuso ser reducto de unas pocas élites.
Pero es conocido que aquella vocación, no encontraría resonancia ni asidero fértil de la voluntad estatal sino hasta después de 1959, cuando la Revolución al inaugurar la libertad para los cubanos, erradicó el analfabetismo y democratizó el acceso a la cultura y el conocimiento. Nunca fue tan veraz la afirmación martiana de que es preciso ser cultos para ser libres.
El apogeo creador que trajo consigo la gesta revolucionaria de 1959, socializó ampliamente el papel de la Biblioteca como institución cultural vinculada a la comunidad y al servicio público. Tal eclosión promocional se correspondió con la estrategia del Estado que partía de considerar la lectura como parte esencial de la redención humana. Fue Fidel quien mejor definió los objetivos de la Revolución al respecto, cuando dijo: “No le decimos al pueblo, cree; le decimos, lee”. Sobre estos principios ha transitado la labor del gobierno revolucionario en los ámbitos de la educación, la ciencia, el arte, la literatura, y otras disciplinas del saber humano.
No es de extrañar entonces que hoy cuando las circunstancias por las que atraviesa nuestra economía repercuten en toda la sociedad, la Biblioteca Nacional continúe recibiendo apoyo y atención estatal.
La estrecha relación entre el proceso de la cultura cubana y nuestra Biblioteca Nacional se da, por supuesto, de múltiples maneras. Importantes intelectuales han fungido como directores de diversas etapas y téngase en cuenta, además, que aquí se conserva y difunde la valiosa papelería de los más grandes escritores y polígrafos cubanos, como Julián del Casal, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Lezama Lima, entre otros muchos, incluso de la contemporaneidad más reciente. Se atesoran también documentos imprescindibles para conocer y estudiar nuestra historia política, social y económica, incunables nacionales y extranjeros, colecciones de música grabada, libros de arte y de la ciencia y la técnica.
Las bibliotecas del país junto a nuestra Biblioteca Nacional, son un pilar fundamental de la vida intelectual y espiritual de la Patria, apoyémonos en ellas y en el vasto sistema institucional de la cultura creado por la Revolución, para unir las fuerzas necesarias con las cuales enfrentar exitosamente los deberes éticos y, por tanto, políticos que tenemos por delante. Pero eso no podremos hacerlo en forma parcial, segmentada, exclusivamente técnica o administrativa; tenemos que hacerlo alentados, orientados e inspirados en la hermosa herencia espiritual que nos legó el más grande de los intelectuales cubanos, y el más importante político del país en el siglo XIX, José Martí.
Los bibliotecarios cubanos con su humildad, su creatividad, su talento, estarán en la vanguardia del empeño generoso de promover el pensamiento revolucionario cubano en este nuevo milenio en nuestras bibliotecas.
Seguiremos convocados en esta cruzada por la multiplicación del saber, la lectura, y la cultura, porque esa es la garantía definitiva de la victoria, recordemos siempre, lo que nos dijo José Martí, las guerras van adelante sobre caminos de papeles.
[1] Afirmación realizada por Ana Margarita Oliva, Especialista de la Sala Cubana de la Biblioteca Nacional José Martí , en su texto “Honrar, honra.”
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gracias por siempre a Randy y a CUBADEBATE, aquí estoy a la orden.