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¿Solo tres momentos con el fotógrafo?

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No recuerdo la primera vez que vi a Liborio Noval. Sus fotos sí las conocía desde que me inicié en el periodismo en Holguín; y pude hablar con él, en la Unión de Periodistas de Cuba, a principios de los años 80.

Seguí su trabajo, lo entrevisté en dos o tres ocasiones y varias veces compartimos una página web o impresa donde aparecían independientes, algunas de sus fotos y uno de mis textos. Lo escuché expresarse en defensa de la Revolución, sin dogmas y cubanísimo. Sus fotos en blanco y negro o en colores, son la mejor muestra de cómo veía y vivía su existencia de hombre comprometido con un ideal.

Liborio Noval

Liborio Noval. Foto: La Jiribilla

Sin embargo, la vida me dio la posibilidad de compartir algunos momentos muy especiales. Recién designado Abel Prieto como Ministro de Cultura, nos impuso la Distinción por la Cultura Nacional en la sala Rubén Martínez Villena, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Tengo -aunque no la encuentro- una foto de aquella tarde en la que Liborio y otros compañeros recibimos la respetada medalla. Sé que ocurrió por los años 90 y que el ron no faltó en la celebración; tampoco nuestras anécdotas e historias vinculadas, por supuesto, a esta profesión de escribir la historia cotidiana con palabras e imágenes.

Recuerdo también un regalo que me hizo Liborio -reconocido por muchos como el fotógrafo de Fidel-. Tanto se la pedí que me dio una foto de nuestro Comandante a su llegada a la Cumbre de Cartagena de Indias, en 1994, cuando por primera vez vistió de civil, con una guayabera blanca y un pantalón oscuro. Poseer aquella instantánea era un privilegio porque, a partir de 1959, Fidel solo había usado ropa verde olivo. Luego, quise una imagen del líder cubano junto con S.S. Juan Pablo Segundo; pero, aunque me la llevó una vez a un encuentro en el que estaríamos los dos, al final nunca la recibí.

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Liborio Noval y Kike. Foto: La Jiribilla

En el tercer lugar ubico muchos momentos: nos unía nuestro padecimiento cardíaco. Él fue operado mucho antes que yo y, para mi asombro, al poco tiempo lo vi con su inseparable tabaco. Mis ojos no daban crédito a aquel acto contra la vida. Liborio me dijo con su sonrisa amplia y segura que alguien muy influyente en él le había dicho que lo importante era vivir y hacer de la existencia un culto al placer.

No sé cuántas veces traté de convencerlo. La última vez que lo vi fue en el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de La Habana. Se hacía un chequeo de rutina y todo andaba muy bien, según me dijo. Casi en la puerta del hospital encendió el tabaco, lo miré y no dije nada. Su risa, el brazo por arriba de mis hombros, y su voz en mi oído derecho aún están aquí conmigo: “Me gusta fumar. No se cuánto durará mi zurcido corazón ¿quieres que viva o que muera en vida?”. No juzgo mal a Liborio: vivió a todo pulmón hasta que la vida se lo permitió.

A mí, a usted -lector o lectora-, le quedan sus miles de fotos. Yo, por suerte, conservo una única, inédita, bella: la imagen de Fidel en guayabera. Ese placer se lo debo a Liborio, un hombre que con sus charlas nada ortodoxas en cuestiones de corazón, me ayudó a vivir sin miedo, a todo pulmón, mucho más porque el humo solo lo veo de lejos, con sus piruetas y desvanecimientos, sin que llegue a mi garganta.

(Tomado de La Jiribilla)

Se han publicado 1 comentarios



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  • aristides rondon velazquez dijo:

    Claro que era su derecho vivir. Pero nuestro derecho tambien pedirle que se cuidara, con él se ha ido un Artista excepcional. Lo traté poco, me hizo una foto. Quedé en deuda con él.
    Claro parece cierto que si nos decidimos a cuidarnos la vida…entonces no vivimos. Liborio será recordado siempre por todos. Los que le conocimos, siquiera brevemente, nos enorgullecemos de ello.

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Paquita Armas Fonseca

Paquita Armas Fonseca

Periodista cubana especializada en temas culturales. Colabora sistemáticamente con el diario digital La Jiribilla.

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