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Las “unidades cubanas” del ejército norteamericano: una fuente de mercenarismo (I)

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En un memorando de la administración del demócrata John F. Kennedy de 1962, titulado Política Futura Hacia Cuba, se actualizó el Programa de Acción Encubierta contra Cuba, aprobado el 17 de marzo de 1960 por Dwight D. Eisenhower el cual fue el gestor de la fracasada invasión militar en abril de ese año. Este descalabro había tenido un alto costo político para la administración Kennedy. El espíritu revanchista de los derrotados, más las presiones de los emigrados cubanos en Estados Unidos, exigía dar continuidad a la voluntad política, asumida y declarada de intentar, una vez más, derrotar a la Revolución cubana.

Cientos de horas de propuestas y debates arrojaron un plan de disímiles acciones subversivas para continuar hostigando el normal desarrollo del sistema cubano, ya proclamado socialista el 16 de abril de 1961.  Los norteamericanos tenían un problema: ¿Qué hacer con los miles de cubanos en Estados Unidos, que clamaban revancha? Unos habían quedado en campamentos de entrenamiento en Puerto Rico, Guatemala y la Florida, otros recibían entrenamiento de la CIA y estaban incorporados a la llamada Unidad Operativa de la CIA en Miami (J. M. WAVE); más de  mil habían sido prisioneros en Playa Girón y aguardaban por los resultados de la negociación en curso para la legítima indemnización a Cuba por el daño y perjuicios derivados de la invasión mercenaria.

En diciembre de 1962 los mercenarios detenidos regresaron a Estados Unidos y tras reponerse de la desmoralización de la derrota culparon a la Casa Blanca de haberlos dejado abandonado cuando más lo necesitaban.  Todos estos factores estaban presentes en el proceso de análisis para la toma de decisiones en el llamado “Caso Cuba”.

Inmediatamente después de la derrota mercenaria, las agencias norteamericanas reanimaron sus planes y acciones para intentar nuevamente derrocar a la Revolución. Reactivaron a las organizaciones que habían quedado diezmadas como resultado de las acciones tomadas para impedir el apoyo de la contrarrevolución interna a la agresión. Realizaron esfuerzos unitarios como la aparición del llamado Frente Anticomunista de Liberación, FAL en junio de 1961, y que intentó crear un comando conjunto para actuar.

La llamada Operación Mangosta estaba en gestación y sus 32 tareas más una dedicada a la guerra biológica, debían culminar con un levantamiento insurreccional estimado para el 30 de agosto de 1962, cuando los efectos de esta operación creara las condiciones necesarias para obtener los objetivos desestabilizadores esperados. En este plan las Unidades Cubanas tenían reservado un papel decisorio para intervenir militarmente en la Isla.

El mencionado memorando en su acápite Política, ratificaba y dejaba inalterable el propósito norteamericano: Nuestro objetivo final con respecto a Cuba permanece siendo el derrocamiento del régimen de Castro y su reemplazo por uno que comparta los objetivos del Mundo Libre. Nuestros objetivos inmediatos son los de debilitar al régimen; frustrar sus intenciones subversivas; reducir más su influencia en el hemisferio; y aumentar el costo para el Bloque del sostenimiento del régimen (o separar al régimen del Bloque).”

“Una política de contención, de erosión, de descrédito y de aislamiento del régimen de Castro por medio del ejercicio de todas las presiones diplomáticas, económicas, psicológicas y otras que sean factibles harán que se obtengan esos objetivos inmediatos y podrían crear condiciones propiciasen Cuba para ulteriores avances hacia nuestros objetivos finales.” Este contenido pareciera haber sido dictado hoy por los formuladores de políticas de la actual administración demócrata en Estados Unidos, por la coincidencia de sus políticas subversivas.

La parte del documento dedicado al Curso de Acción estaba prevista, entre otras,  la siguiente actividad:

10)-  Facilitar la entrada a de los cubanos exiliados en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos para su entrenamiento ý formación de unidades de reserva a partir de ahí.

Esta fue la génesis de la creación e incorporación de los cubanos en las “Unidades Cubanas” del Ejército norteamericano destinadas a continuar la agresión contra Cuba.

Al comenzar el mes de octubre de 1962, la orden del Presidente norteamericano para reclutar y entrenar a emigrados cubanos dentro del Ejército norteamericano se puso en marcha en varias ciudades de Estados Unidos. Ya el fracaso de la Operación  Mangosta, se había sumado a otras frustraciones precedentes y la opción de la agresión militar se mantenía aún dentro del diseño norteamericano. Los nuevos reclutas cubanos, no fueron a campamentos clandestinos creados para ellos, resultaron captados, seleccionados y enviados a instalaciones militares oficiales para ser preparados lo más rápido posible bajo las normas y procedimientos del Ejército.

En Miami se convocó una reunión en el llamado Refugio, lugar de concurrencia de los emigrados, para explicar el proceso de reclutamiento. Unos cuarenta jóvenes cubanos asistieron a la cita. Un coronel del Ejército norteamericano explicó que desde ese momento se  abría el reclutamiento para que ingresaran en ese cuerpo armado. Ante una pregunta de los asistentes sobre el objetivo de esa convocatoria el militar aseguró: “Doy mi palabra a nombre de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, y del gobierno, que esto es para Cuba”.

El proceso para enrolarse fue acelerado, lo cual indicaba la premura por tener disponible una fuerza militar mercenaria de cubanos entrenados, armados y listos. De la reunión, un grupo de emigrados partieron hacia el centro de reclutamiento, ubicado en la calle Aurora, de Coral Gables, y después de llenar los formularios correspondientes, hacer los exámenes físicos, y de conocimiento académico, los declarados aptos por la comisión, que fue muy flexible para no descartar candidatos,   fueron citados para partir al siguiente día hacia Fuerte Knox, en Kentucky.

De esta forma comenzaron a llegar los mercenarios cubanos a esta base.  El 15 de octubre ya se había conformado la primera compañía, se le denominó la F-10-3 (Compañía F del Décimo Batallón de la Tercera Brigada). El entrenamiento fue realizado por instructores norteamericanos de las Fuerzas Especiales, los cuales en su mayoría no hablaban el idioma español.

Mientras en Miami, la meca de la contrarrevolución cubana, decenas de emigrados acudían al llamado de sus amos y pedían su ingreso a un ejército mercenario, el 16 de octubre de 1962 el periódico Daily News, de New York, anunció que las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos estaban aceptando “voluntarios” cubanos. El centro principal de reclutamiento estuvo en la calle Broadway y la calle 71, también en el número 39 de la calle Whitehall, en la parte baja de esa ciudad.

En New York, el proceso de admisión fue expedito, se les informó que a los aceptados se les comunicaría por correo, lo cual parecía sería demorado. Para sorpresa de los aspirantes, la mayoría recibieron el ingreso al día siguiente. El 18 de octubre fueron interrogados, se les aplicó el detector de mentiras, muy de moda entonces, y se le realizaron exámenes médicos, que casi todos aprobaron.

Un elemento novedoso se incluía en los formularios. Se solicitaba especificar la región de procedencia en Cuba y los lugares que más conocían en la Isla. Esto explica porque pocos años después los grupos de misiones especiales de la CIA que realizaban incursiones contra el territorio nacional cubano, se formaban en base al origen territorial de sus hombres.

Esta sería la cantera de los mercenarios, que ejecutaron cientos de incursiones marítimas y aéreas dirigidas por la CIA desde sus bases en la Florida y en Centroamérica.

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José Luis Méndez Méndez

Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, “La Operación Cóndor contra Cuba” y “Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba”. Es colaborador de Cubadebate.

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