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Irán: cada cual juega su juego

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Primera Parte

Tengo ante mis ojos dos versiones distintas de unas declaraciones del zar de la inteligencia norteamericana, John Dimitri Negroponte, ofrecida por dos agencias de prensa. En una se plantea que Negroponte dijo que Irán podría tener el arma nuclear dentro de 10 años. En la otra que llegaría al arma nuclear en el 2010, si continuaba el proceso de enriquecimiento de uranio. No es igual que una nación tenga el arma nuclear dentro de 4 que en 10 años.

Pero, a los efectos, da lo mismo. El problema real de Estados Unidos con Irán no es si tendrá o no el arma nuclear, si no impedir que una nación a la que consideran uno de los 60 o más "lugares oscuros" señalados por George W. Bush --y a la que Bush, Condoleezza Rice, Negroponte y compañía acusan de ser el "país más terrorista del planeta"--,  tenga la posibilidad de desarrollar su economía y prepararse para el futuro no lejano en que sus reservas de petróleo y gas desaparezcan. Irán es el cuarto exportador de petróleo del mundo y sus reservas de gas son las segundas más numerosas, luego de las de Rusia. Recientemente anunció haber encontrado importantes yacimientos de uranio. Eso, de una parte, pues existen muchos problemas históricos.

Los problemas de Estados Unidos con Irán son de larga data. En 1953, después que la Agencia Central de Inteligencia derrocó al gobierno progresista de Mohamed Hydayat Mosadeghy colocó en el poder al Sha Mohamed Reza Pahlevi, comenzó una luna de miel que terminó en 1979 con el triunfo de la Revolución Islámica, liderada por el Ayatollah Komeini, y el derrocamiento de uno de los regímenes más corrupto y represivo del Medio Oriente. Precisamente, fue durante el gobierno del Sha que Estados Unidos comenzó a proveer a Irán de determinadas capacidades nucleares. Es decir, fue el gobierno norteamericano el que entregó a la nación persa los primeros recursos nucleares, según algunas fuentes en fecha tan temprana como 1957, con el objetivo de que llegara a tener el arma nuclear.

La llegada de la Revolución Islámica, con su corriente nacionalista y profundamente religiosa, representó un duro golpe para los deseos de dominación de los recursos petroleros del Medio Oriente. Solamente le quedó un aliado poderoso a Estados Unidos, Israel, que, a partir de ese momento, se convirtió en la punta de lanza de la política imperial en el Medio Oriente, junto a algunas monarquías que también nadaban y todavía hoy nadan en petróleo. Desde entonces, las relaciones están rotas entre los dos países. La propaganda norteamericana se ha encargado de demonizar a todos los gobiernos iraníes y de convertirlos en los principales promotores del terrorismo en el planeta.

Sin embargo, Irán nunca ha agredido a ninguno de sus vecinos, y se ha dedicado a defender su soberanía e independencia. La agresión del gobierno iraquí de Saddan Hussein en 1980 y la guerra de desgaste hasta 1988, fue un intento de las grandes potencias de impedir el desarrollo de la revolución iraní. No por gusto, tanto Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia como la Unión Soviétiva, apoyaron con armas de variado tipo e información de inteligencia militar al gobierno de Bagdad.

Incluso, es bueno recordar que las armas químicas y biológicas que utilizó Irak en esa guerra y contra los kurdos en 1987, les fueron proporcionadas por el gobierno de Ronald Reagan. Y es bueno recordar, además, que el enlace entre los dos gobiernos era el actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld. Cuando la guerra terminó, en 1988, sin que se llegara a un acuerdo de paz, los dos países tenían sus economías agotadas por el esfuerzo. Fue una jugada perfecta para las grandes potencias, especialmente para Estados Unidos, pues, poco después, la Unión Soviética desapareció.

En 1981, el gobierno israelí de Menahem Begin destruyó las capacidades nucleares de Irak, al bombardear la planta de Osirak. Quizás no haya relación entre la guerra irano-iraquí y esa acción israelí, pero vistos desde nuestros días, ambos eventos  se imbrican perfectamente. Sobre todo si tenemos en cuenta que dos enemigos de Israel se destrozaban entre sí, sin tener la capacidad de responder.

Y tampoco es posible olvidar el famoso escándalo Irán-Contras, mediante el cual el gobierno de Ronald Reagan proveyó de armas y recursos a la contra nicaragüense, mientras le vendía armas a Irán, cosa que estaba prohibida por una ley aprobada por el Congreso de los Estados Unidos después de la Revolución de 1979. La famosa retención de funcionarios norteamericanos, que constituyó una gran humillación para el imperio, fue una de las causas que provocó el contundente triunfo de Ronald Reagan sobre James Carter en las elecciones de 1980. Hoy se conoce que los republicanos pidieron a los gobernantes iraníes que no liberaran a los funcionarios hasta después de los comicios. Es decir, que aquí hay mucha tela por donde cortar.

Irán no tuvo ninguna participación conocida en la llamada Guerra del Golfo, aprovechada por Estados Unidos y la OTAN para acabar con la capacidad militar de Irak, luego de la invasión a Kuwait en agosto de 1990. Sin dudas, fue uno de los errores políticos más grandes de la historia del siglo XX, pues puso en bandeja de plata al gobierno de George Bush (padre) y a sus aliados europeos, la posibilidad de acabar con la única fuerza militar capaz de enfrentar y detener a Israel, en los momentos en que la Unión Soviética y el resto del campo socialista se desmoronaba.

Cualquiera que recuerde la forma en que prepararon a la población mundial para que aceptara el conflicto, se dará cuenta de que las mentiras son parte intrínseca de la política imperial. El famoso caso de las incubadoras y de la testigo que presenció el crimen, es un buen ejemplo. La testigo resultó ser la hija del embajador de Kuwait en Estados Unidos, donde residía con su padre.

Irán, hasta donde se conoce, lo único que hizo fue recibir más de 100 aviones de guerra de fabricación soviética que enviara Saddan Hussein, con el objetivo de salvarlos de la destrucción. Esos aviones no fueron devueltos al final del conflicto, con el pretexto de las sanciones impuestas por el Consejo de Seguridad de la ONU antes, durante y después de la guerra. La revuelta Chií de febrero-marzo de 1991 en Irak, fue promovida por Estados Unidos, que después permitió que Hussein la aplastara a sangre y fuego. Irán, al parecer, no tuvo participación en ella, a pesar de la enorme influencia religiosa que tiene sobre los chiítas iraquíes. Algunos analistas señalan que Irán temió que fuera una provocación para justificar una agresión contra su territorio, en los momentos en que había grandes concentraciones militares en la región del Golfo Arábigo-Pérsico.

Un elemento importante para entender lo sucedido, del cual apenas se habla, es que, antes de invadir Kuwait, Saddan Hussein comunicó su decisión a los embajadores de Estados Unidos y la Unión Soviética, quienes, según se desprende de algunas declaraciones de la embajadora norteamericana, que de inmediato abandonó su cargo, aceptaron la agresión. De ser así, Saddan Hussein cayó en una trampa que le costó muy caro.

Pero, volvamos a Irán. Durante los 8 años del gobierno de William Clinton, se mantuvo una relativa calma en las relaciones entre los dos países, aunque Estados Unidos mantuvo las sanciones y no hubo contactos serios de alto nivel. Según algunos analistas norteamericanos, esa tregua coincidió con la existencia de dos gobiernos moderados en Irán y la consolidación del llamado Nuevo Orden Mundial, anunciado por Bush padre, tras la Guerra del Golfo.

El triunfo, fraude mediante, de los republicanos en las elecciones de noviembre del 2000 y el ascenso al poder de grupo neoconservador, creó las condiciones para que volviera a aparecer la política hostil hacia Irán. Esa política se vio incrementada después de los atentados terroristas del 11 de septiembre del 2001, cuando W. Bush calificó a Irak, Irán y Corea del Norte como el "eje del mal", aunque no existieran relaciones de casi ningún tipo entre las tres naciones, salvo no ser del agrado de la elite de poder norteamericana. Corea del Norte es un país laico, socialista, mientras que Irak estaba dominada por los sunitas e Irán por chiítas.

El único elemento en común es que eran y son miembros de la ONU, del Movimiento de Países No Alineados y del Grupo de los 77. Fue un intento --bien artificial por cierto--, de involucrar a tres de los países que estaban en la mira de los neoconservadores y de su proyecto para el Nuevo Siglo Americano, por una causa u otra.

Irán no tuvo ninguna participación a favor o en contra durante la agresión norteamericana a Irak en marzo del 2003. Con la caída de Saddan Hussein, muchos clérigos chiítas importantes que vivían asilados en Irán, regresaron a su país y comenzaron a participar de un modo o de otro de la política iraquí. En unos casos apoyando totalmente la ocupación, en otros solicitando o exigiendo la retirada de las tropas norteamericano-británicas y, en los menos, oponiéndose a la ocupación.

Es indudable la influencia de los clérigos iraníes sobre los iraquíes, lo que ha provocado más de un comentario acerca de la colaboración de Irán con Estados Unidos en el control de los territorios iraquíes, debido a que la inmensa mayoría del nuevo ejército iraquí, formado por Estados Unidos, está compuesto por chítas y kurdos. También se ha señalado la posibilidad de que Irán apoye el proceso de partición de Irak en tres regiones, una kurda al norte, otra sunnita al centro y una chiíta al sur.

Si toman en consideración que el sur de Irak es el más rico en hidrocarburos y el más poblado por chiíes, una división semejante convendría a los intereses iraníes, daría a la corriente chiíta del Islam un enorme poder económico, situación que no puede ser del agrado del gobierno de los Estados Unidos y de sus aliados europeos. Estoy seguro que no lo permitirían. De otra parte, nunca, a pesar de las coincidencias religiosas, ha tenido lugar una unión entre chiítas persas y árabes.

Este es el contexto en que surge el diferendo nuclear de Irán con Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Alemania. Comparto el criterio de que se trata de una crisis artificial, creada por Estados Unidos con el objetivo de justificar una agresión contra Irán. En el menor de los casos, un golpe quirúrgico contra sus instalaciones nucleares, militares y de gobierno, probablemente unido a una revuelta interna de los sectores que se oponen a la rigidez religiosa de los gobernantes iraníes. Incluso, según denuncias de varias fuentes alternativas de noticias, Estados Unidos utililzaría minibombas atómicas para destruir las instalaciones subterráneas.

Los métodos que está  utilizando para preparar a la opinión pública norteamericana y mundial son los mismos que emplearon para convertir a Irak en un peligro para la seguridad nacional de los Estados Unidos. Lo único que en este caso esos preparativos están siendo secundados por Francia y Alemania, los dos aliados de Estados Unidos que más se opusieron a la agresión contra Irak, aunque, en la práctica, facilitaron sus territorios y aportaron información de inteligencia antes y durante la agresión.

Cabría decir que en este conflicto artificial, cada uno de los protagonistas está jugando su propio juego, en función de sus intereses. Están en juego muchas cartas. Entre ellas cuestiones geopolíticas de gran envergadura, cuestiones de dominio a escala planetaria y, también, y no de menor importancia, el derecho de las naciones miembros del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (TNP) a desarrollar la energía atómica con fines pacíficos. Pero de eso les hablaré en la segunda parte de este artículo. Mientras tanto, los invito a que mediten.

Eduardo Dimas Fernández, analista internacional y profesor de la Escuela de periodismo de la Universidad de La Habana.

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Eduardo Dimas

Eduardo Dimas

Periodista cubano, especializado en temas de política internacional. Falleció en La Habana en 2008.