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Nueva patente de tortura

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Diez mil años antes de nuestra era, en las cuevas de Addaura, en la pared norte del Monte Pellegrino, un anónimo grabador registró el primer testimonio de tortura: varias personas rodean a un individuo arrodillado, atado de tal manera que se estrangularía si intentara levantarse.  Allí, en Sicilia, se conserva todavía ese registro de castigo humano y la prueba indeclinable de que las sanciones son tan antiguas como nuestra raza, distinguida, como se sabe, por su extraordinaria imaginación también para la maldad.
Hace unos pocos años, un autor inglés, Lewis Lyon, publicó en un extraordinario compendio de La Historia de la tortura (Ambers Book, 2003), que no han faltado métodos para, en nombre de la justicia, destruir a hombres y a mujeres haciéndolos  pasar antes por el calvario de los más crueles tormentos. Y en no pocas ocasiones por cuestiones nimias.
Por ejemplo, en Esparta era delito ser demasiado gordo, y se castigaba con azotes. En Roma se multaba al hombre mayor de 25 años y a la mujer que ya había cumplido los 20, solo por permanecer solteros. En Inglaterra se condenaba a la pena de muerte a quien robara en una granja de conejos, cortara un árbol, se casara con un judío o dañara el puente de Westminster. En Singapur todavía se castiga a 12 meses de cárcel, al que importe o distribuya chicle, solo porque los vándalos solían pegarlos en las puertas del metro.
El castigo sádico es tan contemporáneo como lo fue para el cavernícola de Addaura. La crueldad sigue dominando la escena y en vez de una cueva, se graba ahora en la prensa diaria como si tal cosa, en un claro indicio de que en este campo hay enormes franjas de la sociedad humana que acepta sin inmutarse todos los excesos del mal.
Abu Graib y Guantánamo son una evidencia concreta de que en la lucha contra el adversario político, Estados Unidos sigue fiel a su estilo de guerra sucia practicado en América Latina y a técnicas para "obtener información" que son más viejas que la Ley del Talión.  Con paciencia y frialdad, eso sí, ha convertido a todo el mudo en un potencial enemigo para "clavarle los dientes hasta el alma", como le encantaba decir al dictador Francisco Franco, y de paso, han hecho nuevos aportes a la maldad humana.
Vean lo que apareció este domingo en The New York Times. Los torturadores de los presos de Guantánamo han anunciado que no soltarán a sus víctimas, porque "podrían ser torturados en sus países". El vocero del Departamento de Defensa, el sub comandante Jeffrey Gordon, dijo al diario, sin que le temblara un músculo de la cara, que habían estado discutiendo la posibilidad de liberar a los presos, pero "el Pentágono no tiene planes para liberar a ningún detenido en el futuro inmediato." Esgrime un argumento sin dudas originalísimo, que podría patentarse como variante insólita de sevicia mental: "estamos operando en un ambiente en el cual no queremos enviar a las personas a un país y enterarnos dos semanas después que han sido torturados."
Y añadió: "esperamos llegar al punto pronto en que estemos cómodos con los arreglos humanitarios".
Si Lewis Lyon, el autor de la vigorosa Historia de la tortura, hubiera esperado hasta este domingo para escribir el libro, su glosario de suplicios quedaría, mas o menos, como sigue: la picota, el herraje, la flagelación, la horca, la mutilación sexual, el abuso con animales, la amputación, el arrastre, el descuartizamiento, el marcado a hierro candente, el bastinado, la muerte de los mil cortes, la crucifixión, la inyección letal, la silla eléctrica, la tortura sicológica… -todos practicados alegremente por el Ejército norteamericano-. Cerraría con la última y más cínica novedad: "te torturo para que no te torturen".

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Rosa Miriam Elizalde

Rosa Miriam Elizalde

Periodista cubana. Es Doctora en Ciencias de la Comunicación y autora o coautora de los libros "Antes de que se me olvide", "Jineteros en La Habana" y "Chávez Nuestro", entre otros. Ha recibido en varias ocasiones el Premio Nacional de Periodismo "Juan Gualberto Gómez" y el Premio Nacional "José Martí", por la obra de la vida. Fundadora de Cubadebate y su Editora jefa hasta enero 2017. Es columnista de La Jornada, de México.