El regreso de Baby Doc
A las miserias materiales, sociales y políticas de Haití, el país más pobre del hemisferio occidental y uno de los más martirizados del mundo, pudiera sumársele una más: el regreso de Jean Claude Duvalier.
Baby Doc, como se le conoce, pretende optar nada menos que a la silla presidencial en los anunciados comicios del próximo noviembre que pretenden restituir la institucionalidad democrática violada por obra de la agresión de bandas armadas de extrema derecha que invadieron el país, la reacción desbordada de grupos de simpatizantes del gobierno de Jean Bertrand Aristide, y la intromisión de Estados Unidos y Francia.
Aunque parezca una pesadilla, la posibilidad del retorno de Baby Doc a la escena política doméstica se ha convertido en una temible amenaza. Hace pocos días, el 19 de septiembre, la esposa del exdictador, Veronique Roy, llegó a Port au Prince en franco plan de proselitismo.
En el aeropuerto Toussaint L'Ouverture se produjo una escena surrealista que dio la medida del hondo calado de la crisis haitiana y la permisividad de las fuerzas interventoras. La Roy, en un salón, era vitoreada por acólitos duvalieristas, encabezados por el ex ministro Adrian Raymond y el connotado esbirro Leonce Qualo; en otro, el premier Gerard Latortue recogía su equipaje de regreso de Nueva York; mientras en ese mismo minuto el presidente Boniface Alexandre se preparaba para abordar el avión que lo llevaría a la sede de las Naciones Unidas.
La esposa del hijo predilecto del siniestro Duvalier comenzó de inmediato a implementar una campaña destinada a legitimar la inscripción de su marido en la puja electoral, bajo el manto del denominado Partido de la Unidad Nacional (PUN), en el que aparecen como cabezas visibles Arthur Calixte y Joseph Turgot, veteranos caudillos del duvalierismo.
Técnicamente será difícil concretar ese objetivo. El plazo para el registro de los candidatos venció el 15 de septiembre. Pero el solo hecho de que un individuo de la catadura de Baby Doc resurja en la palestra pública y un partido dominado por duvalieristas ostente credenciales ofende la sensibilidad y apunta hacia una debacle ética en el panorama político que se pretende configurar.
No se sabe a ciencia cierta qué quiso decir el chileno Juan Gabriel Valdés, de la llamada Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) cuando expresó el pasado 11 de agosto que ese organismo "no permitirá que ninguna persona ligada al pasado obstaculice las campañas de los candidatos ni prive a la población de escucharlos".
Aún cuando en la friolera de 60 partidos políticos, buena parte de ellos meros grupúsculos, el partido que pugna por entronizar a Baby Doc no pueda hacerlo, nadie duda de que su presencia -la visita de la Roy intenta abonar el terreno para el reingreso del exdictador en el país- devendría notablemente perturbadora.
Si lo dicho por Valdés se ajusta a la verdad, la "persona ligada al pasado" por antonomasia sería Baby Doc. Un pasado en el que, al heredar a su padre, el fatídico Francois Duvalier, Papa Doc, en 1971, recrudeció la represión contra todo tipo de oposición política, asesinó a miles de personas, sembró el terror mediante los desmanes de su banda personal bautizada como los Leopardos, convirtió a la industria de la extracción de sangre humana en un próspero negocio personal, y acumuló una riqueza ascendente a 300 millones de dólares, puesta a buen recaudo en bancos suizos y disfrutada a placer durante su exilio dorado en Francia.
El pasado 25 de marzo, la organización de monitoreo Transparency Internacional ubicó al ex dictador en el sexto puesto de la lista de los estadistas más corruptos del mundo durante las dos últimas décadas del siglo XX.
Dicen las malas (o buenas) lenguas que las actuales pretensiones del Baby tienen su fundamento en la bancarrota de su fortuna (parece haber dilapidado lo que robó desde el poder) y en su perspicacia para observar cómo en el Haití intervenido de hoy se lavan las manchas del pasado. Ahí está el caso de Guy Phillipe, el matón que irrumpió en el país durante las últimas semanas del ejercicio presidencial de Aristide.
También pesa la perversa nostalgia de quienes el último verano, al ser encuestados por un sondeo de la firma norteamericana Gallup, afirmaron echar de menos los tiempos del vástago de Duvalier.
Hace apenas unos meses, cuando se puso en marcha la organización de los comicios, un periodista de IPS retrataba con rasgos muy gráficos la atmósfera de la nación: "La policía civil apenas comienza a organizarse de la mano de la MINUSTAH, y existe un cuerpo adjunto, llamado por algunos los hombres de negro, temibles portadores del armamento que han logrado requisar: desde una simple escopeta a todo tipo de armas de guerra. Las sedes municipales están, como la mayor parte de la ciudad, apenas en pie. La basura se acumula en las calles que recorren miles de peatones. En esta tierra de nadie, la autoridad la ejercen las armas de los guardias privados que custodian supermercados y hoteles, los muros que ocultan alguna opulencia y los vehículos de doble tracción, necesarios para trepar las laderas de hasta mil metros y llegar adonde se levantan, inaccesibles, las mansiones del poder económico".
El probable retorno de Baby Doc solo contribuirá a reforzar la tragedia de los sufridos habitantes de esa "tierra de nadie" a merced de los poderes imperiales y sus corruptos servidores locales.


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