Miedo
Cuando los pacificadores apuntan,
por supuesto tiran a pacificar,
y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro.
(Mario Benedetti)
Gennaro Carotenuto, periodista italiano, amigo mío, está convencido de que no se debe a la casualidad el descubrimiento de las torturas en Abu Ghraib. "Yo creo que mostraron las fotografías deliberadamente para contener la resistencia iraquí, para decirle a los rebeldes: si se enfrentan a nosotros, esto es lo que les espera."
En una entrevista hace poco más de un año, Leonard Weinglass, el abogado de Antonio Guerrero, me comentaba algo por el estilo. Los medios de comunicación están bajo el control de personas y corporaciones que jamás favorecen las luchas por la justicia y tienden a tratar solo hechos sensacionales. "Ahora que hablan de las torturas en Abu Ghraib, ¿cuánto de esto está relacionado con el sexo y el sensacionalismo? ¿Por qué los mismos medios que ahora están dando amplia cobertura a los temas del sadismo y la tortura sexual, dijeron muy poco o nada sobre los muertos civiles iraquíes?", se preguntaba.
Sobre el miedo se levantó también en América Latina la más espectacular industria de terror padecida desde la Conquista. Los dictadorzuelos no solo torturaban, mataban, desaparecían y robaban niños, sino que lo hacían selectiva y organizadamente. La cultura del miedo reinstaló la condición de sospecha sobre el otro y sobre sí mismo por tiempo indefinido. La pregunta que hoy no pueden responderse muchas personas que se salvaron de la matanza planificada es por qué asesinaron a todos sus amigos y ellos, sin embargo, quedaron vivos. Los criminales bien sabían la razón: era importante que alguien contara lo vivido y transmitiera su sensación de pánico, esa epidemia profundamente disuasiva que al final logró su objetivo. Gracias al miedo a la muerte y a la muerte misma, se instaló en Latinoamérica, prácticamente sin resistencia, el neoliberalismo.
Los "delincuentes subversivos" no eran para los sicarios del continente -y no lo son para los fascistas norteamericanos- solo los integrantes de las organizaciones "rebeldes", sino todos los ciudadanos que no se ajustaban, según sus códigos, al ideal de "hombre occidental y cristiano". Por tanto, todos estaban -y estamos- incluidos en la nómina de enemigos.
El miedo entretiene, divierte, convence, acomoda las conciencias y, sobre todo, desvía la atención de lo esencial. Si no fuera por los servicios que presta, lo evidente quedaría al desnudo: ¿a quién le sirve?, ¿dónde aprendieron a torturar los soldados norteamericanos?, ¿de qué experiencias se valieron?, ¿cómo logran que casi nadie se escandalice con el anuncio de que no solo no cerrarán Guantánamo, sino que aumentarán las cárceles de este tipo?, ¿por qué Donald Rumsfeld puede decir tan tranquilamente por la televisión -y ocurrió este domingo en NBC- que EE.UU. no va a permitir ninguna investigación en sus centros de torturas? ¿Por qué el mundo no grita, o se harta, o revienta de una buena vez?
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