El largo brazo de la verdad
No hay arma más poderosa que la verdad. Se le puede esconder, tapar, arrinconar, silenciar, pero más tarde o más temprano, ella, con la paciencia y la humildad de la gota de agua que termina derribando diques, se vuelve luz y deja ciegos a los que mienten.
Algunas veces la verdad se demora tanto en zafarse de las fuerzas que la encierran, que muchos creen que no llegará a saberse. Son los momentos en que parece que no existiera. Pero incluso en esos períodos de encierro, la verdad es tan poderosa y terca que se le siente, movilizando a los honestos -que necesitan de la verdad como del aire- y a los inmorales, que viven asediados por los fantasmas de la verdad que temen.
En el intento de librar a sus conciencias de esos incómodos espectros que ocupan el espacio de la verdad cuando ella está presa, las administraciones norteamericanas se inventaron la desclasificación de documentos.
Cada cierto tiempo, preferiblemente 20 ó 30 años, los mismos que encerraron la verdad o sus herederos de la nueva época, abren los candados convenientes -algunos documentos, como los más comprometedores sobre el asesinato de los Kennedy, por ejemplo, pueden quedar encerrados indefinidamente-. Entonces, todo lo que ya sabíamos por el dolor y la experiencia, aparece de repente como una novedad. Y nos olvidamos de los carceleros.
Pero la verdad toma venganza y allí, donde más la tachan, más grande se ve. Por donde más le taponean las salidas, más grita ella. Y hasta los cancerberos de la verdad son puestos en evidencia.
Eso es lo que estamos viendo y viviendo desde mediados de abril, cuando la verdad puso su foco sobre un terrorista y su luz se fue expandiendo, indetenible, por todos los rincones por donde aquel dejó su huella.
Véanse los hechos: Todo comenzó cuando a Luis Posada Carriles le dio por reclamar lo que consideraba su derecho: pedirle a los herederos del poder que lo entrenó, utilizó y pagó, que lo cobijara bajo el mismo techo que desde hace 15 años da sombras a orlando Bosch, su socio en la expansión del terror del norte al sur de América.
La solicitud no era descabellada: la actual administración norteamericana aloja a muchos conocidos de los viejos tiempos, aquellos en los que el FBI y la CIA ya lo describían en sus papeles secretos como el terrorista que es, pero de tú a tú lo trataban de patriota y lo animaban a hacer lo único que sabe hacer: poner bombas donde menos se espera.
Que nadie se sorprenda. Un amigo cercano de Gaspar Jiménez Escobedo, le había comentado a la periodista Ann L. Bardach, pocos días después del arresto de los cuatro terroristas en Panamá, que "la única esperanza para la liberación de ellos" era que George W. Bush ganara el recuento de votos, entonces pendiente. Los hechos posteriores probaron cuánta razón tenía para creerlo.
Collin Powell fue a Panamá y la Moscoso pasó por encima de la ley y de sus ciudadanos para concederle el perdón a él y a sus cómplices, que fueron recibidos como héroes en Miami a pesar de acumular un prontuario de asesinatos similar al terrible récord del cabecilla refugiado por un estado culebra. Y Orlando Bosch terminó festejado con un día en su nombre y un asiento de privilegio en el acto público de celebración con el Bush reelecto.
Escondido quién sabe dónde y por quién desde el vergonzoso indulto de la Moscoso hasta finales de marzo, el Bamby no tenía por qué resistirse a la tentación de probar si las autoridades norteamericanas llegarían más lejos.
Pero la impunidad suele volver muy torpes a los delincuentes. Acostumbrado como ha estado a que le habiliten pasaportes falsos y lo pongan a negociar incluso con presidentes, expresidentes y otras autoridades (recordemos los documentos desclasificados por el FBI y la CIA donde se da cuenta de los estrechos vínculos de Posada y Bosch con Carlos Andrés Pérez o José Figueres, para no hablar ya del lógico entendimiento con la gente de Pinochet), el terrorista no logró armar un cuento mínimamente creíble para explicar su entrada a Estados Unidos y la estancia en Miami durante más de un mes. Y terminó poniendo en ridículo al más poderoso departamento de Seguridad que país alguno haya tenido jamás, con sus 15 agencias incluidas, sus fronteras mexicanas selladas doblemente y su guerra antiterrorista urgida de credibilidad.
No podía pasar menos de lo que ha pasado. La verdad no muere con un bombazo o con un tiro. Ni con la mentira. Ni con el silencio. La verdad solo espera por su tiempo.
No basta con matar a tiros al Mono Morales, el socio de crímenes que habló más de la cuenta. Ni con prohibirles a los Cinco luchadores antiterroristas cubanos que hablaran del tema en su defensa. Ni con imponerles después infames condenas al amparo de un jurado y una Corte prejuiciados. No basta con simular que se actúa ahora contra el terrorista infiltrado, mientras se le conduce elegantemente del brazo hasta un lugar fuera del alcance de la prensa.
Definitivamente no fueron las superagencias norteamericanas las que capturaron a Posada Carriles en Miami. Fue la verdad. Una verdad que apenas comienza a salir de su encierro y tiene el deber de iluminar más de 40 años de historia en casi todo este hemisferio.


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