Espíritu medieval en pleno Siglo XXI
Havana, el filme de Sydney Pollack protagonizado por Robert Redford, no pudo filmarse en la capital cubana, debido a las absurdas restricciones del bloqueo.
Granma
Si de cultura se trata, la guerra económica y la hostilidad política de diez administraciones norteamericanas contra nuestra Isla han originado uno de los efectos más indignantes en las trabas para el intercambio del arte y la literatura entre los ciudadanos de Cuba y Estados Unidos.
Solo un encarnizado espíritu medieval puede concebir la idea de que una canción, un cuadro, una coreografía y sus autores sean peligrosos, perjudiciales y condenables al ostracismo.
Antes de 1960, la música cubana tenía un espacio natural en los medios norteamericanos. La mayoría de los compositores registraban sus obras en las sociedades de gestión de derecho de autor del vecino país. Empresas discográficas como la RCA Víctor pagaban regalías a los solistas y orquestas de mayor inserción en el mercado estadounidense.
En 1959 un equipo de producción anglonorteamericano se trasladó a la capital cubana para filmar Nuestro hombre en La Habana, versión de la novela homónima de Graham Greene, y todo marchó sobre ruedas.
De la noche a la mañana fue imposible reeditar una experiencia semejante. Sydney Pollack quiso filmar Havana, en la capital cubana. Empresa imposible. Tuvo que conformarse con ciertos exteriores de la puertorriqueña San Juan. No podía zafarse de las absurdas regulaciones que impedían contratar locaciones en Cuba. Todavía Francis Ford Coppola se pregunta por qué la producción de la segunda parte de El padrino renunció a la gestión de conseguir licencia para filmar en la Isla.
No solo el dinero de los músicos de la Isla quedó aprisionado en las redes de las prohibiciones del Departamento del Tesoro, sino que el aficionado norteamericano se vio privado de saber el destino de los nuevos desarrollos de una música que le resultaba entrañable.
Hace apenas unos días, en un Foro on-line donde se discutió el vínculo entre bloqueo y vida espiritual, el ministro de Cultura, Abel Prieto fue abordado acerca de por qué, si son tan implacables las restricciones impuestas por Washington, algunos músicos de la Isla han logrado un espacio en los circuitos de presentaciones en la vecina nación.
"Está probado -respondió Abel- que en ningún caso se firma contrato comercial y así queda expresado en las cartas de invitación que preceden cada gira a los EE.UU. Es conocido que las leyes de ese país prohíben la concertación de contratos comerciales no solo en el terreno artístico, están prohibidos para cualquier esfera y resultan imposibles las transacciones financieras necesarias para cualquier relación comercial.
"Nuestros pueblos -agregó- no son responsables de este bloqueo, lo que se evidencia en el número creciente de invitaciones que reciben nuestros artistas, motivadas por el interés de dar continuidad al intercambio que, por razones históricas y de coincidencias en la conformación cultural, nos ha caracterizado. Este intercambio se hace mediante invitaciones sustentadas solo por los gastos para viáticos y exento de remuneración alguna. Lo hacemos, entre otras razones, por amor a la cultura y por respeto a los pueblos que la generan y la reclaman."
Julio Ballester, viceministro de Cultura en la actualidad y por varios años presidente de la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales, recordaba cómo tal situación "es una medida violatoria, incluso, de los derechos de los músicos; les impiden cobrar, con la justificación de que ese dinero va al Estado cubano. Entonces ves cómo llenan un estadio o un teatro, como ha sucedido con el Buena Vista Social Club, o los Van Van. A estos espectáculos asisten 5 000 y hasta 10 000 personas, por las cuales se cobraron, por los que se pagaron impuestos a los Estados Unidos. Sin embargo, ese artista, no el Estado cubano, no recibe ningún dinero".
Al mismo tiempo, pese a que existen ciertos resquicios en las leyes del bloqueo que permiten mínimos niveles de intercambio artístico, siempre sujetos a los impredecibles caprichos del Departamento de Estado en la concesión de visas, la imposibilidad de viajar libremente a Cuba impuesta por Washington a sus propios ciudadanos se presenta como un obstáculo prácticamente insalvable para muchos que desean ver y sentir la experiencia de una cultura en su lugar de origen.
Una muchacha que, luego de vencer interminables trámites burocráticos, pudo por fin participar el año pasado en el taller FolkCuba, resumió su experiencia del siguiente modo: "Los funcionarios del Departamento del Tesoro no creían que yo viniera solo por darle gusto a mi pasión por el baile. Enfrentarme a ellos fue una especie de danza con lobos. Solo espero que esos lobos desaparezcan del panorama de la cultura".
Duele que en pleno siglo XXI persista una legislación irracional que conspire contra la libre circulación de bienes culturales. Duele pensar que la barbarie sea norma en un mundo presuntamente civilizado.


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