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MIR, 40 años después: El legado científico de la primera estación multimodular de la historia

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Una imagen de archivo sin fecha de la estación orbital Mir. Foto: EFE/EPA/ITAR TASS

Cuatro décadas han transcurrido desde que la Unión Soviética puso en órbita la estación MIR, la primera plataforma espacial multimodular tripulada de la historia. Este complejo orbital, concebido originalmente en 1976 por la corporación Energuia, no solo representó un hito tecnológico, sino que también fue testigo silencioso de la transformación política que vivía su país creador.

Su trayectoria, que culminó con un hundimiento controlado en el Pacífico en marzo de 2001, estuvo marcada por desafíos técnicos, dificultades financieras y un cambio de era geopolítica.

El camino hacia su materialización fue tortuoso. Aunque los planos iniciales estuvieron listos en 1978 y la construcción del módulo central comenzó un año después, el proyecto enfrentó un obstáculo inesperado a mediados de los años ochenta.

La carrera espacial con Estados Unidos desvió la atención y los recursos soviéticos hacia el desarrollo del transbordador Burán, dejando la futura estación en un segundo plano. Fue necesaria la intervención directa de Grigori Románov, secretario del comité central del Partido Comunista, para rescatar la iniciativa.

Bajo su impulso, 280 empresas y veinte ministerios se coordinaron para sacar adelante el proyecto, lo que permitió que el primer módulo de la MIR viera la luz el 19 de febrero de 1986, apenas un año después de que Mijaíl Gorbachov asumiera el liderazgo soviético.

La desintegración de la URSS en 1991 sumió al programa espacial ruso en una crisis de financiación sin precedentes.

Con un presupuesto de apenas 3.400 millones de rublos (unos 130 millones de dólares de la época), Rusia gastaba la mitad que India en materia espacial y cinco veces menos que China. En ese contexto, mantener la estación, que ya había triplicado su vida útil prevista, se volvió una carga insostenible.

A los costes de operación, estimados en 200 millones de dólares anuales, se sumaron graves incidentes: la colisión de la Soyuz TM-17 con el módulo Kristall en 1994, un incendio en 1997 y el impacto de la nave Progress-M34 contra el módulo Spektr ese mismo año, que causaron daños estructurales significativos.

A finales de la década de los noventa, el gobierno ruso intentó sin éxito encontrar fórmulas para mantener la estación en funcionamiento. Una de ellas fue el programa Shuttle-Mir, en colaboración con Estados Unidos, que permitió la visita de transbordadores estadounidenses y vuelos conjuntos de cosmonautas y astronautas.

También se barajó la posibilidad de recaudar fondos mediante donaciones populares, una idea que no prosperó debido a la delicada situación económica que atravesaba la población.

En el último momento, el entonces presidente de Irán, Mohamed Jatamí, ofreció comprar la plataforma con fines militares y sufragar su mantenimiento durante varios años a cambio de entrenar a cosmonautas iraníes. La propuesta llegó demasiado tarde.

El 23 de marzo de 2001, la MIR inició su descenso definitivo. Tras desintegrarse parcialmente en la atmósfera, sus restos se hundieron en las aguas del Pacífico.

Durante sus 5 511 días de existencia, permaneció habitada 4 595 jornadas y albergó a quince tripulaciones, en su mayoría internacionales. Fue visitada por nueve misiones de transbordadores estadounidenses y recibió 27 naves Soyuz y 58 cargueros Progress, que transportaron cerca de 150 toneladas de suministros.

A lo largo de su historia, los cosmonautas realizaron 71 caminatas espaciales y se llevaron a cabo 24 programas científicos con participación de 130 países, que desarrollaron más de 190 000 experimentos en sus instalaciones.

Pese a las dificultades económicas que acompañaron prácticamente toda su existencia, la estación sentó las bases técnicas y operativas para la futura Estación Espacial Internacional y se consolidó como uno de los capítulos más brillantes de la exploración del cosmos.

(Con información de EFE) 

Vea además:

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