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La rebelión de los mineros en España: 80 años no es nada

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La lucha de los mineros, 80 años después

La lucha de los mineros, 80 años después

Por Jorge Luis Sánchez Hachero

El 4 de octubre de 1934 los mineros de Asturias tomaron el control de las minas, instauraron en Oviedo una república socialista y asediaron el cuartel Pelayo, donde se acantonaban las tropas nacionales.

La revuelta se extendió a Mieres y Langreo y en diez días los revolucionarios alcanzaron la nada despreciable cifra de 30.000 efectivos. La república popular se planteaba enviar una marcha de mineros a Madrid pero el ejército hizo acto de presencia con barcos de guerra y tropas regulares del norte de África. El resultado final fue de unos dos mil muertos, trescientos de ellos soldados y más de mil quinientos mineros.

El diario ABC calificó a los insurrectos como “escoria, podredumbre y basura” y la prensa en general se alineó contra la revolución temiendo una nueva comuna a la francesa. Todo comenzó con la entrada de tres ministros de la derechista CEDA en el gobierno, un partido antirepublicano en una república, la segunda de España, que comenzó su particular descenso a los infiernos. La izquierda lo vio un paso definitivo al fascismo. La derecha lo consideró un paso definitivo al comunismo. Y la cuenca minera ardió.

Y con ella arde ahora Madrid. Tras recorrer cientos de kilómetros, varias columnas de mineros procedentes de todo el país se unieron en la capital de España para denunciar lo que consideran un incumplimiento del plan de cierre de las minas del carbón. Debían cerrar, según la Unión Europea, en 2018 pero el gobierno, acuciado por una monumental crisis económica, ha decidido acelerar el deceso y les recorta el 63% de las ayudas. Es el fin del sector y el fin también de las comarcas mineras, pueblos enteros que tradicionalmente han vivido, y viven, de los beneficios del carbón.

Los mineros llegaron a Madrid sin apenas ruido, con los medios de comunicación nacionales sumidos en un extraño sopor, tan sólo apoyados por periódicos locales y el que se ha revelado como su inmenso altavoz: Internet y las redes sociales. A pesar de este silencio mediático, los madrileños se echaron a la calle para recibirlos en una emotiva bienvenida que colapsó las arterias principales de la ciudad, abarrotó la Puerta del Sol, emblemático enclave al que llegaron a través de un enorme pasillo humano formado por decenas de miles de personas que los vitoreaban.

“Esta sí que es nuestra selección”, les gritaban los madrileños (en alusión a la otra, la Roja, la del fútbol, para la que el delegado del gobierno sí prestó apoyo policial), “estos son nuestros héroes” y demás frases que hicieron llorar a más de uno de esos rudos mineros.

Al día siguiente, ya de mañana, el apoyo masivo no sólo no mermó sino que se incrementó y acompañó a los mineros hasta las puertas del ministerio de industria, donde pretendían que el ministro del ramo, Juan Manuel Soria, los recibiese. En lugar de eso se desencadenó una gran batalla campal entre manifestantes y fuerzas policiales que ha dejado decenas de heridos y varios detenidos. Las cargas policiales duraron todo el día y recuerdan las imágenes que los políticos temían en los inicios de la gran protesta minera: las del treinta y cuatro, escenas de violencia y trabajadores ajenos a la minería sumándose a las revueltas.

Casi ochenta años después, mineros y guardias civiles siguen dándose tortas, la prensa dice cosas similares, los mineros siguen marchando a Madrid, y la censura cae sobre el tema como si los antiguos miedos a que la protesta se extienda sigan siendo los mismos.

En el pequeño municipio de Ciñera, en el norte de León, llevan semanas viviendo una guerra. Llegué a pie porque las carreteras estaban cortadas, y la vías férreas también, la guardia civil había rodeado el municipio y lo vigilaba desde las alturas con helicópteros que localizaban a los revoltosos, Ciñera vivía su enésimo estado de sitio. Y eso que apenas son mil habitantes.
“Antes éramos tres mil”, me explica una señora, “pero cada vez hay menos mineros y más emigración”.

El carbón lo es todo en este pueblo, en esta comarca y en esta región. “Sin carbón nos morimos”, dice un minero encapuchado que carga un bazooka artesanal, hecho con un tubo, mientras otro lo sigue con un manojo de cohetes de pirotecnia. La protesta ha cortado la carretera con neumáticos ardiendo y piedras, han arrancado los quitamiedos de la cuneta y los han dispuesto a modo de parapetos, y los contenedores de la basura sirven ahora de escudos. Alguien grita: ‘ya vienen’. En las montañas que rodean Ciñera se adivinan pequeñas figuras corriendo. Son los GRS, los antidisturbios de la guardia civil. El idílico enclave en forma de valle se convierte en una trampa para los vecinos.

Un encapuchado dispara un cohete, que avanza zigzagueante por las montañas hasta estrellarse a una veintena de metros de los antidisturbios. ‘Por poquito’, dice una mujer. Los guardias civiles no tienen problemas de puntería y sus pelotas de goma pronto comienzan a rebotar por la carretera hasta provocar la desbandada general.

Corro con los mineros y con los demás miembros de la prensa para protegernos con la aparente seguridad de las calles. Los mineros recolocan sus contenedores en las entradas a la ciudad mientras los vecinos les jalean. Es lo más parecido a Fuenteovejuna que he visto jamás. Los abuelos asoman sus narices a las ventanas, las mujeres recogen las macetas, los niños imitan los movimientos de los mayores. Salen cohetes, vuelan piedras suenan improperios. Y, de pronto, los GRS atacan y la desbandada se convierte en general.

Me escondo en una casa, una casa del pueblo, y veo que todos los revoltosos se esconden en casas: las mujeres abren las puertas y animan a los chavales: ‘a la cocina’, gritan unas, ‘al salón gritan en otras’, ‘rápido, no hagan mucho ruido que la abuela está enferma en la cocina’. Efectivamente, en la cocina hay una abuela con cara de pasarlo mal, tiene más de noventa años y tiene miedo. Mientras, afuera, los antidisturbios pasan corriendo, tirando pelotas de goma y recibiendo una lluvia de pedradas.

La escena, con ser curiosa, no deja de suponer lógica: las fuerzas y cuerpos de seguridad del estado despejan una vía pública que ha sido cortada por unos manifestantes. Lo curioso, me parece a mí, es que se produzca dos o tres veces por semana, que apenas haya atraído el interés de la prensa nacional, ‘aunque extranjeros sí que vienen muchos’, me asegura una vecina, y que se esté propagando como la pólvora por la comarca.

La cercana Pola de Lena, en Asturias, comienza a vivir escenas parecidas, dos en la última semana, y ya no es una población de mil habitantes sino de diez mil, las barricadas se extienden a otras ciudades incluso mayores, como Gijón, y el principal miedo del gobierno, la propagación del conflicto, parece tener visos de realidad. Según informa el gobierno, la batalla de Ciñera que yo viví se saldó con la detención de dos personas ajenas a la mina, desempleados de larga duración, y entre el armamento utilizado ya no están tan sólo los cohetes de pirotecnia: alguien utilizó pelotas de golf como proyectil. “Sí”, dice una mujer en un bar, “han traído pelotas de ping pong”. “No son de ping pong”, le corrige otra, “son de golf, lo que pasa es que también son blancas…”.
(Tomado de la Revista Ñ, Clarín)

Se han publicado 2 comentarios



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  • Moises dijo:

    Quem defende o capitalismo só olha para o lado bom do capitalismo, e esquece os milhões de abandonados enquanto não é um deles.
    http://operamundi.uol.com.br/conteudo/opiniao/23007/a+nova+vida+dos+opositores+cubanos+na+espanha.shtml

  • Fernando Quevedo dijo:

    Que me corrijan los historiados si no es así, pero se dice en España que el abuelo de J.L.R. Zapatero fue una de los militares “republicanos” que reprimieron a los mineros de la Revolución Asturiana del 34. Luego que estos “socioslistos” no nos vengan con que son la izquierda o son socialistas porque llevan engañando décadas.

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