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Los nuevos pontífices, inquisidores y encomenderos

Definitivamente Brecht tenía razón: si los tiburones fueran hombres, enseñarían en sus equivalentes de Harvard, Cambridge o MIT, que el honor más grande de un pececillo, era ser devorado por el gran Dios Tiburón, de barras o estrellas o tal vez por los países rémoras en pose de buenos cipayos.