La Zanja Real

Cuando La Habana halló su asiento definitivo a orillas del puerto de Carenas, los habaneros se abastecían del agua de una cisterna que los historiadores ubican en la desembocadura del rio Luyanó. Otra fuente de abasto parece haber sido un pozo cuya localización corresponde a la actual Plaza de la Fraternidad.
Traer el agua a La Habana desde el río Almendares fue un sueño acariciado por los primitivos habaneros. Ya en 1550, el gobernador Gonzalo Pérez de Angulo exponía en el Cabildo la conveniencia de que el agua de la Chorrera llegase a La Habana. Para hacerlo se valieron de la Zanja Real. Fue el primer acueducto que los españoles construyeron en América. Su descarga era de 70 000 metros cúbicos diarios y de ellos 20 000 llegaban a la ciudad.
El agua represada en El Husillo corría por un cauce que seguía por las cercanías de San Antonio Chiquito, pasaba al pie de la loma de Aróstegui, donde se construyó después el Castillo del Príncipe, y terminaba en el Callejón del Chorro, donde derramaba por un boquerón abierto en un muro en la actual Plaza de la Catedral. Se conserva allí una tarja que recuerda: “Esta agva traxo el Maese de Campo Juan de Texada anno 1592”.
Ese fue, grosso modo, el recorrido de la Zanja. Sería muy largo enumerar los ramales y subramales de su intrincada red de distribución, que servía a hospitales, fortalezas, conventos, molinos de tabaco y granos, trapiches azucareros y edificios importantes, así como a los vecinos en general por medio de fuentes públicas, ya que la mayor parte de ellos no podía pagar las tomas o pajas de agua que exigía el Ayuntamiento y mucho menos construir aljibes, que eran patrimonio exclusivo de los ricos.
Las fuentes estaban diseminadas por toda la ciudad. Para beneficio del común se construyeron asimismo algunos lavaderos públicos y abrevaderos para el ganado. Se calcula que a comienzos del siglo XIX había en La Habana màs de 130 de esas fuentes.
La construcción de la Zanja se inició en 1566, un proyecto del maestro mayor Francisco de Calona. Para allegar el dinero necesario se estableció el impuesto conocido como Sisa de la Zanja, que gravó bastimentos como el vino, el jabón y la carne, y sustituyó a un fracasado derecho de anclaje que se había establecido con el mismo fin. Su costo fue, dice Emilio Roig, de unos 35 000 pesos y medía dos leguas desde el lugar donde se construyó la represa en el rio Almendares. Sería el ingeniero romano Juan Bautista Antonelli quien daría fin a la obra.
Las demoras fueron muchas. El huracán de 1575 destruyó cuanto se había avanzado hasta entonces. Dilataba la obra la continua falta de dinero y la interrumpía por periodos más o menos largos, lo que obligaba a las autoridades habaneras acudir al monarca español para que reactivara la Sisa.
Una vez construida, la Zanja debió ser objeto de reparaciones constantes no solo por los daños que ocasionaban las crecidas del río, sino por las averías que causaba la transportación de madera hasta el Cerro, los deshechos de trapiches y molinos asentados en sus márgenes y los derrumbes provocados por animales.
Dice Eladio E. Alonso: “Al fin, tras vencer toda una serie de obstáculos… la Zanja quedó terminada en 1585, pero los derrumbes de los terrenos por donde pasaba y las tormentas tropicales que la afectaron, no permitieron que l agua llegara a la Plaza de San Francisco hasta 1591 y al año siguiente al Callejón del Chorro”.
Era, la de la Zanja, un agua gruesa y contaminada que se hacía fina y limpia al recogerse y curarse en vasijas de barro y de madera. Una norteamericana radicada en el Cerro, Eliza McHatton-Ripley, decía en su libro From flag to flag, publicado en Nueva York, en 1889:
“El agua de la ciudad, conducida de casa en casa en pipas, era tan impura que hasta las familias más pobres se privaban de otras necesidades para comprar agua potable traída de los manantiales de Marianao, a nueve millas de distancia y repartida por toda la ciudad en cuñetes de diez galones. Nosotros pagábamos un doblón ($4.25) al mes por ella y se nos entregaba tres veces por semana en sus cuñetes”.

La Zanja Real quedó abandonada después de 1835, cuando el Conde de Villanueva terminó el acueducto de Fernando VII. Aun así, sus aguas continuaron usándose en algunos barrios, se usaron para el riego o como fuente de energía para industrias.
Fue rehabilitada en 1895 en los días de la Guerra de Independencia. Las autoridades coloniales temían que los mambises atacasen y destruyesen el acueducto de Albear y recobraron la antigua Zanja como acueducto alternativo.
Entonces había en La Habana 895 aljibes y 2 976 pozos que fueron inhabilitados durante los años iniciales de la República.



Zanja Real,primer acueducto de La Habana Antigua.
Gracias, profesor Ciro. Muy interesante