Temporada en El Vedado

Baños El Progreso. Foto: Archivo
Tiempos hubo en Cuba, y en otros muchos lugares, que los baños de mar, al igual que los sulfurosos y los ferruginosos, se tomaban por prescripción facultativa. Acudían a los baños entonces chiquillos que no acababan de crecer, muchachas anémicas y hombres pálidos contagiados de tristeza y melancolía que, al decir, de poetas y filósofos, eran las enfermedades del siglo.
“Y como la idea no era zambullirse por placer, ni lucir bellos cuerpos, ni tostarse la piel, los establecimientos de baños parecían procurar comodidad y seguridad a sus clientes acotándoles el mar, poniendo en él muros y techos, escaleras y cuerdas. El caso era protegerlos contra alimañas marinas, rayos solares excesivos, miradas indiscretas; ninguna dama se atrevía a hacer su inmersión en la poceta sin sentirse a salvo de los tiburones del agua o de los de la tierra”, escribe Dulce María Loynaz en una de sus Crónicas de ayer.
El simpático caserío
Hacia 1895 hubo un desarrollo notable en lo que el poeta Julián del Casal llamó, en una de sus crónicas, “el simpático caserío del Vedado”.
Todavía en Línea esquina a B se conserva, muy maltratada por el tiempo y la desidia y devenida casa de vecindad, la residencia que en 1880 construyó para vivirla el doctor Antonio González Curquejo, uno de los pioneros de la barriada. Y también la casa que en 1891 la familia Labarrere edificó en Tercera entre Paseo y A, frente al desaparecido Cuerpo de Ingenieros del Ejército, casa que, hasta donde conoce el cronista, se mantiene en manos de la misma familia.
Antes, en 1883, se inauguraba, en Calzada esquina a 2, el Salón Trotcha, complementado posteriormente por un cuerpo de madera que se destinó a hotel y que no solo fue apreciado como establecimiento hotelero, sino también por sus bellísimos jardines, descritos por Casal y evocados por René Méndez Capote en su Una cubanita que nació con el siglo.
Los orígenes de El Vedado como barrio residencial hay que buscarlos en 1858. En un comienzo la venta de terrenos fue lenta en la barriada y hacia 1870 existían allí unas 20 viviendas. Fue la cercanía del mar una de las razones que dio relevancia a la zona.
En la línea de la costa, desde G hasta 6, se establecieron a partir de 1864 varios balnearios. La calle E fue conocida popularmente como Baños –calle Baños- porque llevaba a las pocetas del balneario El Progreso, pintado de rojo y blanco, el preferido de la elite que empezaba a ambientarse en El Vedado.
Otro de esos establecimientos, Las Playas, se situaba al final de la calle D, mientras que el área que ocupaban los baños de El Encanto, tradicionalmente pintados de verde, no se recomendaba para niños por estar situados en un recodo de la costa en el que el mar era muy profundo.
Se hallaban, al final de la calle Paseo, lo baños de Carneado, a quien Dulce María recordaba como un personaje digno de figurar en una novela de Benito Pérez Galdós, un Carneado muy popular por los brillantes que exhibía y el gran tabaco sempiterno en la boca.
Carneado, el llamado Hombre-Grito por la promoción que hacía de su peletería, emplazada en la Manzana de Gómez, presumía de su riqueza, de su fortaleza física y de su varonía.
Probaba lo primero con los tres brillantes gigantescos que formaban parte invariable de su atuendo. Para exhibir su fuerza se hizo esculpir completamente desnudo y con los músculos en tensión, y colocó la estatua en los jardines de su residencia, situada también cerca del litoral, en tanto que con sus más de 20 hijos de todos los colores, que mostraba con orgullo, daba fe de su calidad de don Juan.
Pocetas de ahogado
La gente se bañaba entonces en lo que se llamaba pocetas de ahogado que aprovechaban la disposición de las rocas o se cavaban artificialmente en ellas. Las había pequeñas, con locales reservados para las familias, y otras, muy amplias, que hombres y mujeres utilizaban por separado.
El dueño de El Progreso hizo un negocio redondo: sobre la gran nave que cubría sus pocetas construyó 14 apartamentos dotados de sala-comedor, dos habitaciones y servicios, que alquilaba por cien pesos mensuales, y en Tercera entre B y C edificó pequeñas casas de madera destinadas también al alquiler durante la temporada veraniega, sin contar que el derecho al baño de mar costaba 50 centavos.
Por decisión de sus mayores, Dulce María Loynaz y sus tres hermanos –Enrique, Carlos Manuel y Flor- acudían a los baños de Carneado, provistos de una cesta con galletas y bajo la mirada vigilante de manejadoras de confianza que, más que tales, eran domadoras. Cuatro niños enredados siempre con la tosferina, el raquitismo y las escrófulas, y en quienes el agua salada obraba como agua bendita. Escribe la poetisa: “Eran los bellos tiempos en que el yodo y el bicarbonato constituían la panacea universal”.
Días de moda
No eran los mencionados los únicos baños ni estos se ubicaban únicamente en El Vedado. Se hallaban aquí también los baños de El Océano. Los había asimismo en Cojímar y en la muy habanera calle de San Lázaro eran famosos y muy frecuentados los de San Rafael o de Romaguera, frente a la calle Crespo, el de Los Soldados, en Blanco, y los de La Madama, muy pequeños y sucios, frente a Gervasio. Sobresalían entre ellos los baños de los Campos Elíseos, frente a la calle Cárcel. Todos fueron desapareciendo a medida que el Malecón avanzaba hacia el oeste. Sobrevivió, hasta la década de 1950, el Balneario Infantil, instalación del Ayuntamiento de La Habana, a la altura de la calle 12, con playa artificial. Su edificio social da cabida hoy a El Castillito.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX era de buen tono pasear por la calle Baños, una vía alegre que conducía a la glorieta de los baños de El Progreso. Era el paseo de moda, dice la Loynaz. Añade: “Al llegar allí las familias forman grupos y las que no proceden a tomar el baño matutino se sientan en las cómodas mecedoras de la terraza a conversar y a contemplar el espectáculo del mar que no fatiga nunca, o discurren a lo largo de la ribera donde el paisaje es hermosísimo, sobre todo a la caída de la tarde”.
Hay bailes, carreras de cintas y juegos de prenda. Y regalos de balandros. Damas y caballeros vestidos con atuendos especiales para la ocasión, encaminados siempre los de ellas a defender el nacarado cutis de los rigores del sol, y los de ellos, a darles aires de viejos y consumados lobos de mar.
El agua salada y la brisa abren el apetito. Una buena merienda se asegura en el cercano salón Trotcha, cuyos jardines adornados con fuentes y grutas artificiales propician frescura y relajación. Más allá el restaurante Arana –situado en el área que ocupa el restaurante 1830- ofrece un espectacular arroz con pollo en la chorrera, por el lugar donde se elabora, en la desembocadura del rio Almendares; arroz con pollo en la chorrera y no a la chorrera, como se dice equivocadamente. En el hotel Chiaix –no ha podido el cronista precisar su ubicación- se disfruta de la música que sale de un fonógrafo de los de a diez centavos la tanda.
Las temporadas de baños se hacían animadísimas en El Vedado con los recibos elegantes que se programaban en algunas casas de la zona. En ellos se daban cita las figuras más conspicuas de la sociedad habanera de entonces, cuyos nombres eran precedidos por el adjetivo consagrador de Enrique Fontanills, maestro de la crónica social. Nombres que hablan hoy de fragancias pretéritas, de un refinamiento fenecido, de una gracia que pasó.
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Buena crónica el 60 porciento de los muchachos de habana vieja ,centro habana y vedado aprendimos a nadar en el malecón ,y seguro estoy me quedo corto
Es un placer leer sus crónicas, mucha salud, usted es de los necesarios
Qué triste.
Yo aprendí a nadar en el malecón, todavía se conserva alguna imagen de la roca en forma de piscina en G Hasta C y por detrás del riviera.