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La escuelita de Inés Alejandra Baró Valle

Por: Armando Rodríguez Batista
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Inés Baró no piensa jubilarse mientras tenga fuerzas. Foto: Naturaleza Secreta.

Hay voces que no necesitan alzar el tono para dejar su huella. La de Inés, pausada y cálida, tiene la serenidad de quien ha vivido mucho y ha trabajado toda una vida para que la historia no se borre. A sus ochenta años, esta mujer modesta sigue llegando cada mañana al Archivo Nacional de Cuba. Este mismo lugar donde, siendo apenas una joven de veinte, comenzó a descubrir también la textura, el olor y la fragilidad del pasado.

Nacida en Sancti Spíritus el 24 de abril de 1945, Inés llegó muy pequeña a La Habana. Estudió Secretariado, pero la historia, literalmente, la llevó por otros caminos. En medio de los cambios de los años sesenta, comenzó a asistir a un curso nocturno para trabajadores en la especialidad de Historia, donde coincidió con el profesor Mario Averhoff Purón. Su dedicación la convirtió pronto en alumna ayudante, y cuando Averhoff fue llamado a formar parte del Archivo Nacional de Cuba bajo la dirección del prestigioso historiador Julio Le Riverand, quiso rodearse de jóvenes entusiastas que renovaran aquella institución. Inés fue una de las elegidas.

Corría el año 1968 cuando cruzó por primera vez las puertas del Archivo. Allí, entre clases de historia general y los primeros contactos con documentos centenarios, descubrío que su lugar estaba entre los papeles que contaban la historia de Cuba. En 1969 se convirtió oficialmente en trabajadora del Archivo y comenzó en el área de conservación de documentos. Su nombramiento como auxiliar de investigaciones fue firmado nada menos que por Antonio Núñez Jiménez, entonces presidente de la Academia de Ciencias de Cuba.

Nos cuenta que aprendió los secretos de la restauración de la mano de especialistas soviéticos y, “con humildad”, los convirtió en oficio y vocación. No todo fue fácil, recuerda cómo el Archivo cerró por un tiempo en 1970 y ella fue enviada al Capitolio donde trabajó con expedientes administrativos. Allí, entre documentos oficiales y bromas compartidas con colegas como María de los Ángeles Brugal recuerda su estadía. Pero cuando el Archivo volvió a abrir, regresó sin dudarlo. Ese era su lugar.

Inés Baró no piensa jubilarse mientras tenga fuerzas. Foto: Naturaleza Secreta.

A lo largo de los años trabajó junto a figuras que marcaron época: Roberto Pallares, Vicente de la O, Martina Álvarez, Beralda Sarrabarría, Marta Ferriol y, más recientemente, Elvira Corbelle. De todos, dice, aprendió una lección, “hay que ser consecuente”. “Restaurar un documento no es solo devolverle su forma material, sino rescatar también su espíritu, su historia, su razón de ser”. “No basta con saber restaurar, comenta, hay que entender qué se está reparando, por qué se dañó, quienes estuvieron detrás de su creación. Esa fue la herramienta que me sirvió para formar a otros”.

Y formó a muchos. “Yo soy de la escuelita de Inés Baró”, dicen con orgullo antiguos alumnos de gestión documental que hoy trabajan dentro y fuera del país. Algunos la llaman todavía para agradecerle, otros la recuerdan como una maestra exigente pero entrañable. En sus ojos se mezclan la nostalgia y el orgullo cuando confiesa: “me llaman, me agradecen… y eso me hace sentir que valió la pena”.

Por sus manos han pasado algunos de los tesoros más valiosos del patrimonio cubano; la documentación del Generalísimo Máximo Gómez, las escribanías de Regueira del siglo XVI, el epistolario de José Antonio Saco, la Constitución de Jimaguayú, el epistolario del general Serafín Sánchez, el registro civil de México, la certificación de matrimonio del Che Guevara y la de defunción de Julio Antonio Mella. Cada pieza restaurada pareciese para ella una historia personal.

Inés Baró no piensa jubilarse mientras tenga fuerzas. Foto: Naturaleza Secreta.

Su labor no se detuvo en el taller, sino que trascendió a la academia. Ha participado en congresos de restauración en Cuba y el extranjero: Florida, Boston, México, Panamá. Presentó ponencias sobre la litografía tabacalera cubana, los procesos restaurativos de las fotos del Martí adolescente y el uso de almidones de arroz cubano en la conservación documental. Publicó incluso un libro en Barcelona, testimonio de una vida dedicada a cuidar los soportes materiales de la memoria colectiva.

Recuerda con ternura una delegación norteamericana que, impresionada por su técnica, pidió quedarse quince días aprendiendo de la restauración cubana. Años después, cuando Inés visitó Boston, pudo compartir sus saberes con ellos desde la otra orilla. En cada encuentro internacional, la acompañaban su modestia y una profunda convicción, el conocimiento no tiene fronteras, pero sí raíces.

Hoy, al hablar de los jóvenes que no siempre se sienten atraídos por esta profesión, su voz se quiebra apenas: “Hace falta mejor remuneración, no quieren venir los jóvenes y eso duele. Porque debemos tener sentido de pertenencia por lo que hacemos, no solo por el dinero… aunque en la realidad funcione así. Debemos querer al Archivo, el Archivo nos ata”.

Inés Baró no piensa jubilarse mientras tenga fuerzas. Su vida entera ha estado entre papeles amarillentos, tintas que el tiempo quiso borrar y huellas que ella ayudó a preservar. Cuando la vemos caminar por los pasillos del Archivo Nacional, entendemos que cada documento que salvó lleva algo de ella, la paciencia, la ternura, la obstinación por rescatar lo que otros dan por perdido. Hay personas que escriben la historia y otras que la cuidan. Inés pertenece a este segundo grupo, el de las manos anónimas que evitan que el tiempo borre nuestra memoria.

Se han publicado 3 comentarios



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  • LJ87 dijo:

    Hermoso artículo!

  • Acralys dijo:

    Qué bella historia! Sus ojos lo dicen todo. Gracias por un artíoculo tan bello

  • mercedes dijo:

    Mucha salud y larga vida para esta increíble maestra de la restauración en Cuba. Muchas gracias por su labor y enseñanza a las nuevas generaciones.

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