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Fidel, justicia, ciencias jurídicas, el derecho tradicional y el derecho nuevo (Parte II)

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Fidel en el primer Congreso de la Unión Nacional de Juristas de Cuba, junio 8 de 1977.

Desde los primeros días de aquel enero triunfante de 1959, un grupo de congresistas norteamericanos -que se oponían sin derecho alguno al enjuiciamiento de los criminales de guerra batistianos-, solicitaron al Departamento de Estado de su país que interviniera en el asunto. Había comenzado la virulencia yanqui contra la Revolución Cubana.

Convertido en estadista e impregnado del conocimiento político y jurídico, en esta como en otras muchas ocasiones -tal  como resultó en la lucha por la liberación tanto del niño Elián González como de los 5 Héroes Prisioneros del Imperio-, Fidel libró la batalla. El pueblo, como gigantesca tropa lo siguió en defensa de la justicia y la verdad, con las dos poderosas armas brillantemente esgrimidas por su líder: la política y el derecho.

Siete meses antes las bombas lanzadas por la aviación batistiana, con la inscripción  USAF (Fuerza Aérea de los Estados Unidos), habían destruido el en la Sierra Maestra el bohío del campesino Mario Sariol. Indignado, Fidel le había escrito a Celia que “Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande… Me doy cuenta que este va a ser mi destino verdadero”.

Y así fue. En su concepción estratégica estaba la Batalla de Ideas que había comenzado a librarse. Fidel demostró en aquellos días su capacidad como estadista, armado de sus convicciones y conocimientos políticos y jurídicos, frente a los impostores de la Democracia.

Fidel y la primera “fake news” del imperio frente a la Revolución

El 21 de enero convocó al pueblo frente a la terraza norte del entonces Palacio Presidencial. Ante más de un millón de cubanos  y -con la presencia de 380 periodistas extranjeros y el Cuerpo Diplomático-, consultó al pueblo. Preguntó y pidió que levantaran la mano los que estaban de acuerdo con que los esbirros, asesinos y torturadores fueran fusilados, con la justicia que debía aplicarse. Ante la respuesta afirmativa del pueblo, sentenció:  “Señores representantes del Cuerpo diplomático, señores periodistas de todo el continente, el jurado de un millón  de cubanos de todas las ideas y de todas las clases sociales, ha votado.

Seguidamente concluyó:

Yo no tengo que rendir cuenta a ningún congresista de Estado Unidos, ni a ningún gobierno extranjero. Yo le rindo cuenta a los pueblos, en primer lugar a mi pueblo.”

Su valiente, firme y contundente respuesta constituyó una clase magistral como estadista, que llevaba implícito el mensaje de soberanía de “un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, postulado por Abraham Lincoln, sin que hasta el momento se haya podido alcanzar en el poderoso imperio fundado en la injusticia.

Ya en el juicio por las acciones del Moncada Fidel había invocado los postulados  sobre los 3 tipos de gobierno que describe Montesquieu en su conocida obra sobre “El espíritu de las leyes”, al señalar que “Hay tres especies de gobiernos: el Republicano, el Monárquico y el Despótico.”

Nuevamente, frente a la aristocracia farsante, impostora de los pretensos veladores de la justicia, el joven revolucionario y jurista tomo conceptos de la obra clásica del insigne Barón de Montesquieu y ofreció al mundo una lección de soberanía y democracia.

Ahora Fidel implícitamente se basaba en conceptos expuestos por Montesquieu en el siglo XVIII al referirse en el Capítulo II del Gobierno Republicano y de las Leyes Relativas a la Democracia de su conocida obra “El Espíritu de las Leyes: “Cuando en la república, el poder soberano reside en el pueblo entero, es una democracia. Cuando el poder soberano está en manos de una parte del pueblo, es una aristocracia…. El pueblo que goza del poder soberano debe hacer por sí mismo todo lo que él puede hacer; y lo que materialmente no pueda hacer por sí mismo y hacerlo bien, es menester que lo haga por delegación en sus ministros”

Y como si Montesquieu hubiera estado en la Cuba en que florecía la soñada democracia, habría podido confirmar que “El pueblo es admirable para escoger los hombres a quien debe confiar una parte de su autoridad. Le bastan para escogerlos cosas que no puede ignorar, hechos que se ven y que se tocan. Sabe muy bien que un hombre se ha distinguido en la guerra, los éxitos que ha logrado, los reveses que ha tenido: es por consiguiente muy capaz de elegir un caudillo. …Todas estas cosas, que son otros tantos hechos, las conoce el pueblo en la plaza pública mejor que el monarca en su palacio”.

Poe su parte, Martí, admirado del talento, firmeza y valentía de su alumno, habría añadido: “Cuando un hombre enérgico dice la verdad a su hora, como decoración de cartón se vienen a tierra las intrigas polémicas”.

Esta resultó solo la primera muestra de una larga lucha, en la que el Derecho, inteligentemente esgrimido por Fidel, bajo una concepción revolucionaria, se colocó al lado de los intereses del pueblo. Sin vacilación alguna, en aquellos días anunciaba la preparación de la Ley de Reforma Agraria que firmaría meses después, el 17 de mayo de 1959.

La valiosa obra de carácter histórico y testimonial del Dr. Luis M. Buch, entonces Secretario del Consejo de Ministros nos muestra la dinámica del amplio proceso legislativo que llevó a cabo la naciente Revolución, en medio de fuertes contradicciones en el plano político-ideológico.

Fidel, conductor principal de ese proceso legislativo, con el valioso auxilio del Dr. Osvaldo Dorticós Torrado y otros destacados juristas que formaban parte de lo que el Jefe de la Revolución llamó “un gobierno de abogados”, a partir del estudio y conocimiento de la realidad logró en lo interno la transformación socio-política y cultural de Cuba y, a la vez, la materialización de los anhelos de plena independencia y soberanía por las que habían luchado los mambises.

Desde entonces Cuba se ha convertido en faro que atrae permanentemente la atención de países y pueblos explotados, que luchan contra las distintas formas de dominación y se yerguen frente al capitalismo y el antimperialismo.

Por los recuerdos vividos y por la búsqueda y los relatos que encontramos en la prensa de aquella época, escribir estas líneas significa no solo “volver a vivir”, sino también comprender mejor una intensa etapa de los cambios revolucionaros y del Derecho en Cuba,  a partir del intenso bregar y las propias manifestaciones de Fidel.

Luego de efectuar una visita a la entonces Isla de Pinos, Fidel había regresado en avión a La Habana. Desde el aeropuerto se dirigió directamente al Hotel “Habana Libre”, donde en aquellos primeros meses del triunfo revolucionario funcionaba su puesto de mando. Era el 8 de junio de 1959 y -como era tradicional cada año, se conmemoraba el “Día del Abogado”.

En uno de los salones del hotel, la dirección del Colegio de Abogados organizó un encuentro. Por las adineradas y aristocráticas personalidades que estaban al frente del gremio en aquellos momentos, podemos considerar que existían entre muchos de ellos intereses de clase y que perseguían sobre todo congratularse  con la presencia del líder de la revolución triunfante.

Fidel comenzó por manifestar, ciertamente, la “…oportunidad emocionante esta de hablarles a mis compañeros de profesión… a los que hemos tenido una formación igual y a los que, además, como abogados que somos —espíritus polémicos y espíritus críticos—, naturalmente entienden de emociones pero sobre todo entienden de razones.” Y añade que, “…somos, por encima de todo aquí, abogados.   Ese concepto es el que nos une, aunque puedan separarnos conceptos más o menos radicales, ideas más o menos radicales, temperamentos más o menos radicales.”

Situados en aquel contexto, recordemos que apenas 20 días antes (el 17 de mayo), en un escenario totalmente diferente, en plena Sierra Maestra y rodeado de campesinos que resultaban beneficiados, Fidel había rubricado la histórica Ley de Reforma Agraria. Por una parte, estaba consciente de la reacción de ciertos sectores que allí estaban representados; por otra, sabía que  poco sirve la Ley y su texto,  si no se logra la debida comprensión de la esencia de su contenido.

Fidel aparece con toga, en juicio, en la Facultad de Derecho, junto al Dr. Musa Mauad.

Estudioso de las doctrinas jurídicas nuevamente tenía presente la obra de Montesquieu, a la que indirectamente Martí, igualmente conocedor y estudioso de las doctrinas prevalecientes en su tiempo y precursor de las que llamó “las nuevas doctrinas”, se había referido: “De que sirve que la Ley tenga un espíritu, si tiene otro el encargado de aplicarla”.

Por  tanto, había que responder ante la continua campaña internacional que el gobierno de Estados Unidos promovía contra Cuba, pero a la vez, era preciso que el pueblo y la opinión pública conociera el sentido justiciero de la norma. Como buen legislador era consciente de que no solo se debía tener una exhaustiva valoración de la realidad (como la tenía desde los días del Moncada; ahora era preciso escribir el texto y rubricarlo (lo que también había hecho). Sabía que no era suficiente su reconocida autoridad para materializar aquella disposición, que tendría que vencer la resistencia de fuertes intereses, de una parte, y movilizar el apoyo popular. De lo contrario, se convertiría en ”letra muerta”.

Es por ello que,  en aquel escenario compuesto por los que llamó sus “compañeros de profesión que somos – se decidió a iniciar aquella dura batalla de esclarecimiento político, con el empleo de fundamentos jurídicos.

Se refirió primeramente a la intensa labor legislativa del Gobierno constituido y al caracterizarlo expreso que “debe decirse que posiblemente nunca haya habido tantos abogados en un gobierno, puede decirse que este es un gobierno de abogados revolucionarios—, tenemos quizás una de las funciones más difíciles, que es la función de hacer las leyes revolucionarias,…”

De este modo apuntaba la complejidad que presentaba – y presentará siempre la redacción de cuerpos legales dirigidos a la aplicación de los objetivos de justicia que se había propuesto la Revolución.

A partir de ahí, compartió con los presentes sus conceptos de aquel momento sobre las revoluciones:

“…revoluciones en el mundo ha habido muy pocas.  La palabra incluso ha llegado en ciertas circunstancias a ser antipática por los hechos que bajo su manto se han tratado de cubrir.  Pero en verdad, como todos nosotros sabemos por lo que hemos estudiado de historia, revoluciones en el mundo —es decir, cambios verdaderamente profundos y justos— ha habido muy pocas.  Y no por falta de intenciones, porque muchos han sido los esfuerzos del hombre en todas las latitudes por alcanzar estados superiores y más justos de convivencia, donde se hagan posibles las aspiraciones del hombre.

“Una revolución implica cambios, cambios que necesariamente chocan con el estado social existente, con los intereses existentes, y naturalmente que concita contra sí toda una serie de fuerzas poderosas: las fuerzas de los que han estado detentando el poder y los privilegios, las cuales lógicamente tratan de defender por todos los medios posibles esas ventajas que han estado disfrutando, no se resignan tranquilamente a perderlas.

Los que conocen la historia de las revoluciones saben de las tremendas dificultades que han tenido que vencer para llegar a ser realidades, para obtener en muchas ocasiones una parte siquiera de lo que pretenden, porque son muchos y muy poderosos los intereses que se oponen a ellas, y particularmente en nuestro caso cubano, porque contra nuestra Revolución no solo se concitan intereses internos —que los hay, no debemos cegarnos, y aunque nos duela tenemos que reconocer que contra ella se concitan poderosos intereses internos, no por el número, sino por sus recursos, por su influencia, por su maña e incluso porque cuentan a su favor con todas las ventajas que implica el estado de ruina, de incultura y los malos hábitos y vicios que durante años, decenas de años, y en ocasiones siglos, han sembrado en los pueblos—, contra nuestra Revolución se concitan intereses extraños a la nación.

Es decir que no solo como hecho social que lesiona intereses nacionales, que lesiona intereses extranjeros radicados en nuestro país, sino que incluso como ejemplo nuestra Revolución concita enemigos fuera de nuestra patria, y los concita aquí no por lo que tenga de injusta, sino por lo que tiene de justa; no por inmoral, sino por moral; no porque contemporice cómodamente con aquellas situaciones imperantes, sino porque lucha para cambiarlas. Es por lo que nuestra Revolución tiene enemigos.”

En nuestro próximo artículo comentaremos sobre el resto de sus argumentos con el que públicamente respaldó el carácter trascendentalmente revolucionario de la Ley de Reforma Agraria”.

Se han publicado 2 comentarios



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  • Antonio Carlos Carlos de Morais dijo:

    Viva Cuba. Viva Fidel. Viva Lula.

  • GONZALO CASTRO dijo:

    SOY URUGUAYO ESTUDIANTE DE DERECHO Y REVOLUCIONARIO Y OJALA VENGA UN SISTEMA COMUNISTA A MI PAIS.

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Emiliano Manresa Porto

Vicepresidente de la Sociedad Cubana de Derecho e Informática

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