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Discurso del Comandante en Jefe en el acto de solidaridad con Cuba en el barrio de Harlem en 1995

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Pronuncia palabras ante los representantes de los movimientos de solidaridad con Cuba en los Estados Unidos, durante encuentro en la sede de la Embajada de Cuba ante la ONU, en New York. Foto: Estudios Revolución.

Algunos de los que me precedieron -no sé si fue Rosemari o fue Butts-, decían que muchos se preguntaban por qué me recibían en esta iglesia, y él contó interesantes anécdotas de la vez que me habían llevado a la otra iglesia, sobre eso debo hablar también. Pero es que no solo algunos de ustedes, que se preguntaban por qué me recibían a mí, es que yo mismo, cuando me estaba vistiendo para venir acá, me quité todos los trajes esos y me puse esta ropa, que es la que he usado durante tantos años hasta que la diplomacia internacional me obligó, no hace mucho, a ponerme una guayabera.

Descubrí que yo no tenía ni una sola guayabera; me prestaron guayaberas, movilizaron a no sé cuánta gente, hicieron guayaberas por la noche –yo me tenía que ir al otro día–, me la probaron por la mañana y realmente estaba tan amplia que yo, en broma, les dije a los amigos –me refería a una persona con la que he tenido contradicciones, pero a la que pude conocer también posteriormente, era Presidente de un país latinoamericano–: “Óiganme, ustedes me han hecho la guayabera del gordo tal.” Corre, recorta, pero me tuve que poner la guayabera.

Después le cuento todo a un amigo que tenía una hija diseñadora en Holanda o Inglaterra –esa familia tenía relaciones con Cuba hacía mucho tiempo–, porque descubrí que no tenía ningún traje y entonces me ofreció los servicios de la familia para hacerme un traje. Bueno, en realidad me hicieron como tres o cuatro. Pero yo de trajes les aseguro que no sabía nada, nada, nada, ni la tela, ni la camisa, ni la corbata, ni los yugos, y de repente ponerme los yugos, unos zapatos de punta; ya los pies míos no estaban acostumbrados a eso, tenía unas viejas botas, medio raídas, no por pobreza sino por costumbre, les tenía tanto cariño a mis botas que no me las quería quitar. Y terminé con guayabera, traje, corbata, camisas, yugos, zapatos, que no me los pongo porque no puedo y, por fin, bueno, ahora soy un honorable caballero.

En las reuniones cumbres –y a cada rato hay una reunión cumbre, la de Copenhague, la reunión sobre desarrollo social, que si París–, en todos los lugares me bajo con este y después me cambio para las visitas protocolares, los museos, todo. Y entonces, bien, no sé si me he ido civilizando, porque tampoco quería dar la impresión de ayudar a que yo fuera a aparecer como un señor militar allí, o algo de eso, que yo no estudié esa carrera y no me quedó más remedio que tener que luchar, tener que aprender. Hicimos algunas guerras y lo interesante es que las ganamos. La nuestra era muy difícil, pero no les voy a hacer esa historia, porque llegamos a ser muy poquitos, a veces menos de 10, a veces 12; pero nuestros adversarios eran como 80 000, y al final, en 25 meses nuestra Revolución venció al ejército, lo venció de manera total, en combate abierto, haciendo guerrilla y después una combinación de guerra irregular. Habíamos aprendido el oficio.

Pero nos gustó aquella ropa y nos quedamos con ella, yo me quedé con ella siempre, me sentía muy cómodo porque no tenía que andar con la moda.

Bueno, les contaba que fui a la misión de la Embajada –estoy bien adaptado allí– a ponerme esta ropa, porque yo decía: Si la otra vez fui con esta ropa, ¿cómo me voy a aparecer en Harlem vestido de caballero?

Pensaba en estas cosas, pero de repente se me ocurrió pensar en lo mismo que contaba: ¿Qué hago yo en Harlem esta noche? ¿Qué hago? ¿Qué digo? Porque en las Naciones Unidas puedo decir algunas cosas, pero aquí no tenemos inmunidad parlamentaria y no puedo hablar con entera libertad. Si allí soy cuidadoso aquí también lo tengo que ser, nadie vaya a pensar que yo me mezclo en los asuntos internos de Estados Unidos. Y les juro que no me voy a mezclar en nada que no sea justo; pero algunas cosas abstractas, genéricas, medio filosóficas se pueden decir.

¿Qué digo? ¿De qué hablo? Entonces recordé que sí, que tenía cosas que decir, tenía cosas de qué hablar, sin violar ninguna ley, sin caer en una corte jurisdiccional; aunque espero que en ese caso ustedes me vayan a visitar.

Recordaba tanto aquellos días, tanto y con tanta gratitud, y yo decía: Tengo que venir a Harlem, tengo que venir a saludar a mis hermanos de Harlem y, junto con ellos, a los hermanos latinoamericanos, los hermanos de Puerto Rico, los hermanos cubanos, y algunos hablaron, mencionaron aquí que había eventos, había cosas. Ayer hubo una comida; pero creo que el alcalde dijo que yo era un demonio y que a un demonio no se le podía invitar a una comida. Digo: “¡Caramba!, voy a pasar hambre el primer día en Nueva York”.

Después me dijeron que había un concierto, que invitaban las Naciones Unidas; pero la orquesta era de la alcaldía, y la alcaldía –o el alcalde– dijo que de ninguna manera aquella orquesta podía tocar donde estuviera el “demonio” aquel. ¡Lo insólito!

Una familia amistosa, rica, un grupo de empresarios me invitaron a cenar, invitaron al “demonio”. Paradojas, y debemos alegrarnos, porque son muchos más los que comprenden que todas esas cosas del bloqueo son absurdas, son locas y muchos hombres de empresa se oponen hoy al bloqueo y luchan contra el bloqueo.

Pronuncia palabras ante los representantes de los movimientos de solidaridad con Cuba en los Estados Unidos, durante encuentro en la sede de la Embajada de Cuba ante la ONU, en New York. Foto: Estudios Revolución.

Ahora bien, yo no estoy aquí porque no me hayan invitado a una comida ayer, ni aquí estoy porque no me hubieran invitado a una comida hoy. No, hoy hay comida también, y yo estoy excluido no por ser el “demonio”, ya no me han tratado tan mal; pero, bueno, no sé si perjudico cualquier actividad política. Si me hubieran invitado a la alcaldía, tenía que ir por elemental cortesía; si me hubieran invitado a la Filarmónica, hubiera tenido que ir por razones de elemental cortesía y hasta, incluso, de elemental paciencia, no porque me fuera a aburrir en aquel concierto, pero, óiganme, eso de estar rodeado de jefes de Estado todo el tiempo a veces resulta insoportable.

Sí les puedo asegurar una cosa, que yo habría asistido a la comida a la que me habían invitado amablemente los empresarios y no habría faltado jamás al encuentro con ustedes, porque lo primero que hice cuando se habló del programa fue plantear mis deseos de visitar el hotel Teresa y reunirme con ustedes en Harlem. Nadie podrá decir que yo inventé una reunión esta noche, fueron otros los que inventaron comidas, cosas de ese tipo y me excluyeron, entonces tuve más tiempo de cumplir rápidamente con ese deseo.

Aquella vez fueron días realmente para mí inolvidables, porque era tal la hostilidad por todas partes, había tanta campaña, que yo pasaba por una zona y me hacían así (Señala hacia abajo). Yo no sabía que quería decir aquello, pero me imaginaba que era algo poco amistoso, pero todo cambiaba cuando llegaba a Harlem, todo el mundo hacía así (Señala hacia arriba).

Hoy hay algunos cambios, excepto algunos compatriotas nuestros que todavía no se han acabado de convertir a la causa de la soberanía nacional –digo algunos porque realmente van siendo menos–, gastaron dinero, gastaron de todo, pagaron y buscaron no sé cuántos recursos.

Me decía una periodista: “¿Usted sabe que hay 58 protestas contra usted?” Y le digo: “Óigame, qué suerte he tenido yo que no he visto ninguna”. No sé de dónde sacó el dato. Digo: “Pero he visto miles de gente saludándome por todas partes.” Ahora hay gente que me saluda en muchos lugares; vi realmente cambios. Hay que tener en cuenta que en aquellos momentos se vivía la guerra fría, había mucha hostilidad con la Revolución recién nacida. Eso fue en el año 1960.

Entonces, me hicieron la vida imposible en el hotel, y yo tenía todavía un poco de mentalidad guerrillera y digo: “Me voy para el patio de las Naciones Unidas, en unas casas de campaña allí” (RISAS). Esa era una variante. Seguí pensando: Si hubiera un contacto aquí con el hotel Teresa… Hay una cosa mucho más estratégica: Irme a parar allí en el hotel Teresa, porque yo sabía que iba a contar con el corazón de esta comunidad (APLAUSOS). Era evidente la injusticia, era evidente la discriminación, y como revolucionario sabía la recepción que tendría.

Acuérdense de lo que dijo Lincoln, que se puede engañar a toda la gente una parte del tiempo, a una parte todo el tiempo, pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo (APLAUSOS). Pero ustedes fueron la parte de la gente a quienes nunca pudieron engañar (APLAUSOS).

Aquí contó Rosemari las personalidades que vinieron al Teresa, líderes internacionales que en muestra de solidaridad vinieron. Vino Jruschov, sí, Jruschov fue uno de los primeros que vinieron, ya era el jefe de una superpotencia, le agradezco, le reconozco aquel gesto que tuvo.

Jruschov era un hombre de origen campesino, una persona astuta, simpática y no desbarató aquella cosa que se llamaba la Unión Soviética (RISAS Y APLAUSOS), subió por las escaleras o los ascensores del Teresa encantado. Y después vinieron otros muchos líderes: Nehru, una de las grandes figuras históricas, uno de los grandes políticos de la India; y vino Nasser; vino Nkrumah, uno de los más prestigiosos; vinieron numerosos dirigentes aquí al Teresa.

Realmente aquella grosera maniobra de hostilidad no le rindió dividendos a nadie, en cambio a mí me ofreció un recuerdo inolvidable, un motivo de gratitud eterna hacia el pueblo norteamericano, porque veía en ustedes la representación de las mejores virtudes, de las mejores cualidades del pueblo norteamericano (APLAUSOS).

Se creó una historia. ¿Y saben cuánto tiempo hace de eso? Treinta y cinco años; así que se cumple el 35 aniversario de mi visita. Lo increíble es que todavía me expulsen de las comidas, de las recepciones y de todas esas cosas, como si no hubiera cambiado nada en estos 35 años (RISAS Y APLAUSOS); como si todavía estuviéramos en la guerra fría. Frío hace acá adentro ahora (RISAS); no, calor humano, pero temperatura fría, parece que la Iglesia no tiene mucho fondo para calefacción (RISAS). Es increíble que se repita la historia de esa forma.

Ahora, yo tendría que hacerme otra pregunta: ¿Por qué reciben ustedes a nuestra delegación con tanto respeto? Eso tiene que tener una respuesta, tiene que tener una respuesta: Que si otros no han cambiado, nosotros tampoco cambiaremos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES), y otros cambiarán porque no tienen la razón, y nosotros no cambiaremos jamás porque tenemos la razón (APLAUSOS). Y la mejor prueba, la mejor prueba son ustedes y el calor y el cariño con que nos han recibido en el día de hoy.

Pienso que nuestro pueblo ha cumplido sus deberes morales, ha cumplido con sus principios y ha cumplido con la solidaridad (APLAUSOS).

La compañera Rosemari hablaba sobre algunos de los esfuerzos de solidaridad internacional que ha hecho Cuba. Habló de médicos, más de 15 000 médicos cubanos han prestado servicios internacionalistas en el Tercer Mundo (APLAUSOS); millones y decenas de millones de personas han sido atendidas por nuestros médicos, en Africa, fundamentalmente, en América Latina y en otras partes (APLAUSOS); cientos de miles de vidas se han salvado por el esfuerzo de esos médicos. Miles y miles de profesores y maestros han enseñado, técnicos en todas las áreas, en todas las ramas.

Cuba se quedó con 3 000 médicos de los 6 000 que tenía y nos llevaron 3 000: mejores salarios, mejores condiciones. Sin embargo, hoy tenemos casi 60 000 médicos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES). Y si un día los norteamericanos necesitaran médicos –yo sé que tienen muchos y muy buenos–, si en algún lugar, en algún rincón, en algún barrio no hay un médico, nuestros médicos vendrían gustosos a trabajar también a Estados Unidos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Cuba revolucionaria!”)

Para citar otro caso de solidaridad: los nicaragüenses necesitaron médicos. Ustedes saben que, en aquella época, de otras partes no les mandaron médicos; enviaron cañones, ametralladoras, helicópteros, bombarderos y municiones de todas partes. Y mientras de otras partes enviaban hombres que conducían a la tragedia, a la muerte, 2 000 maestros cubanos, en su mayoría mujeres, se fueron a enseñar a Nicaragua; pero no a Managua, no a las ciudades, sino a las montañas, a las selvas, a los lugares más apartados (APLAUSOS). Y cuando pedimos voluntarios para aquella misión, se ofrecieron 30 000 (APLAUSOS), ¡treinta mil! Vea, hermano Butts, qué sentimiento de fraternidad se fue creando en nuestro pueblo. Y cuando algunos contrarrevolucionarios asesinaron a algunos maestros, ¡se ofrecieron 100 000! (APLAUSOS.) Esos fueron los valores morales que se fueron creando con los cambios en nuestro país.

Voy a citar otro ejemplo: cuando hubo un gran terremoto en Perú, que mató 70 000 personas, pedimos donaciones de sangre al pueblo, y en 10 días se ofrecieron y se hicieron 100 000 donaciones de sangre (APLAUSOS); cuando hubo un terremoto en Armenia se ofrecieron y se hicieron 50 000 donaciones (APLAUSOS); cuando hubo un terremoto en Irán también se hicieron decenas de miles de donaciones, y dondequiera que ha ocurrido una tragedia, algún ciclón, algún terremoto, nuestros técnicos, nuestros médicos, nuestro pueblo ha estado en disposición de ayudar, independientemente de ideologías, independientemente de que tuvieran o no relaciones diplomáticas con nuestro país (APLAUSOS PROLONGADOS).

Ese es el país bloqueado, ese es el país al que se acusa de violaciones de los derechos humanos, el país que ha elevado el promedio de perspectiva de vida a casi 76 años (APLAUSOS), y que al reducir la mortalidad infantil de 60 por cada 1 000 nacidos, en el primer año de vida, a menos de 10 (APLAUSOS), ha salvado la vida a cientos de miles de niños, y a cuántas personas les ha prolongado la vida, cuánto dolor ha superado, cuánto dolor físico ha eliminado. Del mismo modo que eliminó en los primeros años el analfabetismo y que tiene hoy el más alto per cápita de profesores y maestros entre todos los países del mundo (APLAUSOS), igual que tiene el más alto per cápita de médicos (APLAUSOS).

Ese es el país acusado, un país que desde la guerra sigue una línea invariable: respaldar de manera absoluta y total la integridad física de las personas. Y el mejor testimonio fueron los 3 000 prisioneros que hicimos en Girón. No hay uno solo que haya dicho que alguien haya sido asesinado al calor de los combates, o que a alguien se le haya tocado un pelo. Volvieron como héroes, y algunos, incluso, cambiaron después; pero nadie pudo decir que se le dio siquiera con la culata de un fusil. Ese es nuestro honor, esa es nuestra gloria, esa es nuestra historia. ¡No importan las calumnias que se hayan levantado contra nosotros! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES.)

He hablado de que hemos donado nuestra sangre para salvar vidas, he hablado de médicos, de maestros; pero hemos hecho algo más que eso: hemos derramado la sangre de nuestros compatriotas para luchar contra el colonialismo, para defender la independencia y la soberanía de los pueblos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Viva Cuba revolucionaria!”).

Más de 2 000 cubanos sacrificaron sus vidas en el cumplimiento de misiones internacionalistas. Pero si algo nos enorgullece y nos da la conciencia de que hemos cumplido nuestro deber con la humanidad, fueron los 15 años que luchamos contra Sudáfrica, contra el racismo y el apartheid en Angola (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”).

¡Quince años luchando hasta el final! ¿Y qué hacían con nosotros? Nos decían que nos bloqueaban porque estábamos cumpliendo esa misión de ayuda allí, luchando contra los sudafricanos.

Esa es una historia muy interesante, de la cual algún día deberá escribirse. Uno de los más horribles sistemas de discriminación era el que existía allí en aquel país, decenas de años después del fin del fascismo, del nazismo. Sin embargo, hoy no se habla mucho de eso, y nosotros conocemos bien la historia, la conocemos bien: A Sudáfrica no la bloqueaban (EXCLAMACIONES), no le impedían comprar alimentos y medicinas, y al país que luchaba heroicamente contra los sudafricanos no le vendían una medicina, una aspirina, un citostático, ese era el castigo.

Junto a Lucius Walker en el encuentro con los Pastores por la Paz, efectuado en la Misión de Cuba en las Naciones Unidas. Nueva York. Foto: Liborio Noval.

Hoy todo el mundo es feliz porque se acabó el apartheid. Hoy todo el mundo es feliz porque se produjo la independencia de Namibia, y dura fue la lucha de namibios, angolanos y cubanos (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES).

Para que ustedes tengan una idea, nuestras tropas estaban cerca de la frontera de Sudáfrica, un país poderoso, riquísimo, y nosotros, a más de 10 000 kilómetros de distancia, manteníamos aquella lucha larga. Aquello no era fácil, la situación internacional; cada vez que los angolanos iniciaban alguna ofensiva, intervenían los sudafricanos. Nosotros les decíamos a los soviéticos que asesoraban allí en el Estado Mayor a los angolanos que esas ofensivas no se podían hacer si no se les prohibía a los sudafricanos intervenir, y no había manera, eso no se entendía, hasta que en un momento se crea una crisis muy seria en que estuvo a punto de perderse totalmente la independencia de Angola y nosotros, los cubanos, tuvimos que resolver el problema (APLAUSOS). Enviamos a muchas de nuestras mejores unidades, pilotos, aviones, y les dijimos: Les vamos a prohibir a los sudafricanos intervenir.

Cuando llegó la situación había una gran crisis y es cuando se desarrolla la batalla de Cuito-Cuanavale. ¿Saben cuántos hombres envió Cuba a Angola en ese momento? ¡Cincuenta y cinco mil hombres!, y voluntarios todos, que es lo más importante de todo, ¡voluntarios!

En Cuito-Cuanavale se estrellaron los racistas, ellos libraron la batalla al sureste, un lugar difícil, y allí les hicimos la trampa contra la cual se estrellaron, porque se convirtió en un símbolo y quisieron tomarla, pero enviamos las fuerzas necesarias para frenarlos, obligarlos a estrellarse allí, mientras les movimos 40 000 soldados cubanos y 20 000 soldados angolanos hacia el suroeste para amenazar en esa dirección al ejército sudafricano. Creamos la correlación de fuerzas necesaria, sencillamente, para alcanzar la victoria, la aplicación de la Resolución 435 y, al final, el cese del apartheid, como contribución a la heroica lucha, ¡mil veces heroica lucha del pueblo sudafricano! (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES.)

De eso no se habla en Naciones Unidas. Escuché un gran número de discursos, se hablaba y se aplaudía la independencia de Namibia, que parecía obra y milagro de Naciones Unidas (EXCLAMACIONES). Se hablaba del fin del apartheid, obra y milagro maravillosos de las Naciones Unidas. No se mencionó un solo cubano de los que murieron en esa lucha, no se mencionó ni siquiera el nombre de Cuba. Vean cómo a veces se pretende escribir la historia (EXCLAMACIONES).

¿Pero qué es lo más extraordinario? Es que Sudáfrica se había convertido en una potencia nuclear, y nosotros lo sabíamos; incluso, la dislocación de nuestras tropas en sus avances se realizaba tomando en cuenta que Sudáfrica tenía armas nucleares. La cuestión era ver si se decidían a lanzarlas o no, porque, en definitiva, ¿contra quién iban a lanzar las armas, contra nosotros?, ¿y después dónde? Dentro de la propia Sudáfrica no se podía sostener el apartheid con armas nucleares.

Por ahí se acaba de publicar un libro que empieza a circular, donde se habla de que Sudáfrica tenía ya decenas de armas nucleares, granadas nucleares, municiones nucleares, una respetable fuerza nuclear, y se ha descubierto ya en detalles en virtud de investigaciones de un periodista norteamericano y un periodista sudafricano.

¿Alguien protestó? ¿Acaso se ignoraba que Sudáfrica tenía armas nucleares? ¿Pero por qué no se dijo una sola palabra? ¿Por qué no hubo una denuncia? ¡Ah!, porque allí estaban los cubanos luchando contra los sudafricanos, y, al parecer, a algunas personas no les importaba si los sudafricanos lanzaban unas cuantas bombas nucleares contra las tropas cubanas.

Esa es la verdad, esa es una historia que está por escribir, en la cual hay que seguir investigando y profundizando porque, según la teoría de estos escritores, grupos fascistas y racistas sudafricanos han conservado algunas de esas bombas. Pero así se escribe la historia, así se manejan las relaciones internacionales: determinadas personas, determinados países aliados pueden fabricar armas nucleares y a nadie le importa; si es cualquier otro país, como fue el caso de Corea, que decían que iba a fabricar una bomba sin que todavía se supiera con qué, ¡el gran escándalo, casi una guerra! Pero a la Sudáfrica del apartheid y del racismo le permitieron alcanzar la tecnología nuclear y disponer de todas las armas que consideró conveniente.

Por eso, al hablar de la historia de estos años de Revolución, creo que una de las páginas más peligrosas, más arriesgadas y más difíciles fue la que se escribió en esa lucha contra el racismo, contra el apartheid en Sudáfrica (APLAUSOS), y fueron los namibios, fueron los angolanos, y fuera de esos dos países solo Cuba en el mundo derramó su sangre generosa por esa causa (APLAUSOS PROLONGADOS).

Hay países donde desaparecieron más de 20 000 personas; hay un país en Centroamérica, Guatemala, donde desaparecieron más de 100 000 personas, desde la invasión mercenaria contra Arbenz, y no quiero mencionar a otros muchos países donde hubo miles de desaparecidos y asesinados. Ese caso no se dio jamás en Cuba (APLAUSOS); pero ninguno de esos países fue bloqueado y Cuba sigue bloqueada.

Esa es la realidad histórica, y nosotros estamos contra todos los bloqueos, porque, en definitiva, ese bloqueo va contra hombres, mujeres, niños, adolescentes y jóvenes, que tiende a matarlos de hambre, porque ningún bloqueo ha sido tan duro y tan riguroso como el bloqueo contra Cuba. Creo que no es justo usar esas armas, no tiene lógica porque son armas contra el pueblo (APLAUSOS), no tienen por qué usarse.

Se quieren prohibir las pruebas nucleares, y creemos que deben desaparecer todas las armas nucleares, desde luego, ¿pero qué es un bloqueo? Como decíamos hoy nosotros, es como un arma atómica silenciosa que mata a la gente del pueblo, a los civiles, a los no combatientes, no tiene justificación de ninguna clase.

Si me he extendido no es ni mucho menos con la idea de hablar aquí mucho tiempo (EXCLAMACIONES). Yo me he extendido porque quería meditar, reflexionar sobre algunas de estas cuestiones en las cuales justifico la idea de que hemos sabido ser fieles a nuestros principios, y que ustedes con su gesto reconocen esa conducta de Cuba (APLAUSOS).

Aquí en Harlem conocí a Malcom X (APLAUSOS), conocí a otras muchas personalidades. Eran días difíciles, siempre son difíciles los días, pero por delante estaba una lucha muy grande: las grandes batallas de Martin Luther King por los derechos civiles; las grandes luchas de las minorías negras, hispánicas, latinoamericanas de todas partes, por mejorar sus condiciones de vida; la lucha de los ancianos, los enfermos, todos.

Sé perfectamente bien que muchas de esas conquistas hoy están corriendo peligro (APLAUSOS), sé que hay algunas personas que quisieran barrer con esas conquistas, pero barrerlas completamente: la protección a los ancianos, a los enfermos, liquidar las acciones afirmativas, barrer con todos los grandes logros que el pueblo más humilde de Estados Unidos ha obtenido en estos años de lucha. Bueno, hago una breve referencia a eso nada más, y espero que nadie me impute por ello (RISAS).

Hacia Cuba, desde Estados Unidos, se trasmiten alrededor de 1 000 horas semanales de radio promoviendo la subversión, los sabotajes a la economía, atentados. Esta modesta persona que ustedes ven aquí tiene el privilegio –y yo creo que la Iglesia debe tener algo que ver con eso (RISAS)– de haber sobrepasado cientos de planes de atentados (APLAUSOS). Creo que las oraciones de ustedes o de muchos de ustedes están presentes en eso; algo tiene que haber, puesto que, bueno, ¿cómo habrá sido posible?

Y todavía esos planes se elaboran. No estoy culpando al gobierno, pero hay un grupo de extrema derecha fascista que continúa trabajando febrilmente para llevar a cabo atentados contra la economía de nuestro país y asesinatos de dirigentes de la Revolución. Se mantiene como antes, nadie se imagine que eso haya cambiado en realidad.

Me emocionaba el recuerdo del hermano Butts sobre eso, la vez que estuvimos en la iglesia allá en el Vedado, en La Habana. Yo recuerdo que aquel día me convertí como en una especie de hermano también, porque pronuncié una especie de sermón; creo que hasta con el estilo de sermón. Y él recordaba más datos, cuando preguntó sobre mis creencias y lo que yo le había respondido. Con toda honestidad, es que yo no tuve la suerte de tener tan buenos pastores (APLAUSOS), que en vez de decirme “cree” me dijeran “piensa”, “medita” y llevaran a mi alma las convicciones que yo no tuve el privilegio de recibir. Me convertí en sacerdote de causa, que pienso que no tenga ninguna contradicción con las creencias religiosas y la idea de Dios (APLAUSOS).

Martí decía que Dios era la idea del bien que velaba el nacimiento de cada ser humano (APLAUSOS).

Cuando él hablaba, yo pensaba en todos estos problemas humanos, todos los sufrimientos de la humanidad, y no quiero enumerar en cifras lo que sufren 4 500 millones de seres humanos del Tercer Mundo, los miles de millones de ignorantes, hambrientos, gente por debajo del nivel de pobreza, sin educación, sin salud, sin nada; cuando veo tanto sufrimiento recordaba, al hablar el hermano Butts, una historia o una leyenda de un indio cubano: el indio Hatuey que, con ese espíritu de conquistadores con que llegaron los españoles a la América Latina, con la cruz y con la espada –ustedes deben comprender que la cruz no se puede introducir a través de la espada–, se sublevó contra los conquistadores y lo condenaron a morir en la hoguera. Y cuando estaba en la hoguera le dijeron que existía un cielo y que a él lo querían bautizar para que fuera al cielo. Entonces el indio preguntó si los españoles iban al cielo –él no había dicho si quería o no quería– y dijo: Bueno, entonces yo no quiero ir al cielo (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES).

Del mismo modo hay en este mundo muchos que nos hablan del cielo, en este mundo tan lleno de abusos y tan lleno de injusticias. Y en ese sentido yo podré decir: A ese cielo que ustedes practican en este mundo, nosotros no queremos ir; nosotros queremos ir a un cielo de justicia y de dignidad humana (APLAUSOS); nosotros queremos ir a un cielo de hermandad, y en ese cielo creo y por ese cielo estoy dispuesto a dar mi vida.

Muchas gracias (APLAUSOS Y EXCLAMACIONES DE: “¡Fidel, Fidel!”).

En video, discurso de Fidel en Harlem, 22 de octubre de 1995

(Tomado de Fidel, soldado de las ideas)

Se han publicado 4 comentarios



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  • Dorian Justiniani Fernández dijo:

    Lo acabo de ver y escuchar integramente…….. Cómo tenemos que seguir aprendiendo de Fidel, a todas horas, todos los días. Patria o Muerte. Venceremos.

  • Enrique.B dijo:

    Esa es la Cuba Revolucionaria.

  • Anisley dijo:

    Cada palabra de nuestro Comandante es dificil de olvidar ,es algo lindo ,nos enseña,nos guia ,nos deja un mensaje ese es nuestro Fidel.Patria o Muerte Venceremos ahora nos toca apoyar a nuestro Presidente Diaz Canel .

  • CARLOS GOMEZ VAZQUEZ dijo:

    ES UN DELEITE ESCUCHAR A NUESTRO COMANDANTE NUEVAMENTE. OJALA ME PUDIERAN ORIENTAR COMO CONSEGUIR EN AUDIO LA PRIMERA Y SEGUNDA DECLARACIONES DE LA HABANA. PUES PARECE QUE ESTAN PROSCRITAS.

    GRACIAS ANTICIPADAS

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