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Venezuela: Amor de médicos

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Entre los de abajo, entre los que nunca habían tenido a mano la atención y devoción gratuita de un profesional de la salud, la llegada de nuestros galenos, muchos de ellos jóvenes, es como una fortuna

Alina Perera Robbio
Fotos:Franklin Reyes, enviados especiales

Venezuela entra con toda su grandeza en el corazón de quien la conoce. Abraza con sus selvas, sus aguas, con el lomo naciente de la Cordillera de los Andes, los páramos, los picos nevados a los cuales se llega después de mirar el jugueteo de las yagrumas y el orgullo de las palmas plantadas sobre la piel de las montañas.

El país, inmenso, abraza con el calor de la sabana donde podemos imaginar la fortaleza de Doña Bárbara, la devoradora de hombres, o la espera terrible de algún gigantesco caimán echado a la orilla de un río preñado de tensiones e imaginado por Rómulo Gallegos como mismo concibió a la Doña.

Pero grandes como el paisaje del país de Bolívar son sus gentes cuya sangre tiene trazas de indio, algo que se ve no solo en los rostros sino también en una nobleza que en los humildes se da a mares.

Hay muchos deseos concentrados, mucha esperanza en los de abajo. Y lo que ellos viven desde que se han puesto a estudiar o tienen por vez primera un médico que les mira a los ojos, lleva la fuerza del promontorio que se desgaja del monte y cae sin mesura ante los ojos azorados del espectador.

En los lugares más insospechados del paisaje venezolano, allí donde nuestros médicos se han sumado humildemente al ritmo de los pobladores, hay un mundo de historias amorosas que conmueven tanto como la extensión monumental de un país que se despereza y lucha por quitarse el polvo del desamparo y la ceguera social.

SALIDA DE CARACAS

Muy temprano en la mañana esta reportera dejó atrás Caracas para llegar al estado de Zulia, ubicado en el extremo noroccidental del país.

La capital dijo adiós con sus imponentes cerros que se ven desde cualquier rincón de la ciudad. Las montañas, que de noche y de lejos parecen gigantescos árboles de navidad y  al amanecer abruman por el contraste que marcan en contrapunteo con los altos edificios del centro del distrito. Estremece ese inmenso reguero de casitas que una mano caprichosa parece haber espolvoreado sobre la tierra.

En Zulia hay más de 1700 colaboradores nuestros, de ellos, 1503 médicos y 203 estomatólogos. Solo en lo que va de año han ofrecido allí un millón y medio de consultas y más de medio millón de terrenos (recorridos por las comunidades).

Luchan contra enfermedades como el dengue, el parasitismo, la escabiosis o la piodermitis; ofrecen un seguimiento riguroso a las muchachas embarazadas que suelen ser muy jóvenes; dan servicios de odontología…

"Es que todos van a verse con ellos, hasta los escuálidos (los que no están con la Revolución de Chávez)", comenta un joven cubano gracias al cual la delegación también pudo saber que en lo que va de año 2004 nuestros médicos han salvado en ese estado 659 vidas.

TESTIMONIOS EN ZULIA

En un consultorio médico ubicado en el municipio San Francisco, zona marcada por la pobreza, la violencia y la ignorancia, una joven doctora contó su historia:

"Tengo dos niñas, una de dos años y la otra cumplirá cinco en abril. En estos cinco meses de trabajo con los hermanos venezolanos he aprendido a extrañar a Cuba. Uno extraña su país, sus costumbres, la familia, todo, incluso la forma de trabajar allá.

"En la vereda que bordea mi casa todos los niños, cuando pasan, me enseñan sus zapatos. Porque desde que entré el primer día les dije: ‘a ponerse los zapatos...' Antes los padres venían y me decían: ‘doctora, le traigo a mi niño para que me lo expurgue'. Al indagar supe que esa palabra significa para ellos quitar los parásitos.

"Y antes de ponerles el tratamiento antiparasitario empecé  a explicar a los padres que primero tenían que ponerles zapatos a los niños, lavarles las manos, cortarles las uñas… y después darles las tabletas. Pasaban los días, y el muchacho se aparecía otra vez sin zapatos. Por eso es que nuestro trabajo se ha hecho necesario, sin espacio para descansar mucho".

Otra cooperante expresó que su vivencia en Zulia, aunque ya había estado en Angola, resulta nueva. "Aquí por lo menos el corazón no sufre tanto.  África es más desgarradora. Aquí lo que uno ve, lo que uno sufre, creo que con un poco de esfuerzo puede irse cambiando para mejor. Es bueno ver cómo donde quiera que llegamos nos tienen fe, respeto, y nos quieren".

ANTES NO NOS DEJABAN PASAR

No fue fácil para los médicos abrirse paso en lugares donde el miedo y la desconfianza son patrimonios de siglos. Pero poco a poco se fueron ganando el amor y el respeto de los habitantes.

"Somos cuatro doctoras cubanas en una misma casa", contó una joven cubana. "Allí convivimos con la familia dueña de la casa. Y es en ese lugar donde tenemos el espacio para la consulta y para dar servicios de odontología. Ha sido una experiencia muy buena porque nosotros llegamos, y al inicio, cuando visitábamos las casas, ni siquiera nos mandaban a pasar. Sin embargo ya hacemos el terreno con mucha facilidad. Todo el mundo nos busca en el territorio. Incluso los que en un inicio no nos dejaron entrar".

ALGO GRANDE

El consultorio ubicado en la parroquia Domitila Flores, del municipio San Francisco en el estado de Zulia, está ubicado en un paraje muy pobre. Allí, en términos urbanísticos, no hay orden ni concierto. No hay calles asfaltadas y la gente que llegó un buen día y puso sus casitas donde pudieron, no habían visto un médico hasta que llegaron los cubanos.

Los excluidos, los de la invasión (como se llama a las poblaciones pobres que se asientan en tierras ajenas) no podían aspirar a alguien que velara por su salud.

En su casita de colores intensos para burlar el castigo del sol, una mujer de casi cincuenta años habló de nuestros muchachos, los "que han dejado todo atrás" para atender las dolencias de unos pacientes que antes no tenían a mano atención sistemática.

"Aquí nunca hubo médicos. Y para ir al hospital a cualquier cosa teníamos que comprar desde la inyectadora hasta una gasa para poder asistir al paciente. Lo que estamos viviendo hoy en día con estos médicos es grande".

DOCTORA, NO SE PUEDE IR…

-Nosotros hemos visto el impacto de los médicos en estos barrios. Aquí llueve y no puedes caminar. Aquí la gente es muy pobre y los niños pasan hambre.

-¿Qué has aprendido aquí?

-Que como mi país no hay otro. Le voy a decir algo: llevamos aquí cinco meses y el pueblo nos llora. Cuando decimos que nos vamos de vacaciones, ellos nos dicen: "pero doctora, no se puede ir… quién se ocupará de nosotros…"

"Tienen una gran preocupación cuando piensan que nos podemos ir. Ha habido personas mayores que han llorado, se han abrazado a nosotros, nos dicen que como nosotros no hay nadie más.

"He visto el asombro de un paciente porque le canalicé una vena en medio de un ataque de asma. No pueden creer que los médicos no guardemos distancia, pues cuando ellos van a un hospital eso lo hace una enfermera". (Diálogo con una doctora de un consultorio ubicado en el municipio San Franciso del estado de Zulia)

EL ANCIANO...

...Estaba sentado en un taburete frente a su casa hecha a retazos, en medio de un polvo desértico y entre tendederas improvisadas donde las mujeres cuelgan la ropa de la familia. Su rostro era enjuto y surcado por profundas arrugas, como las de alguien que ha pasado mucho trabajo para sobrevivir.

-¿Qué tiempo lleva acá?

-Aquí llevo cuatro años viviendo. Antes teníamos que ir al centro de la ciudad, para los hospitales.

-¿Y cobran muy caro los médicos cubanos?

-No cobran nada. Se portan bien con los niños.

-Le dejamos a los médicos nuestros aquí. Cuídenlos.

-No se preocupe, esos jóvenes son como nuestros hijos.

ESTOMATÓLOGOS

Dos jóvenes camagüeyanos trabajan en el consultorio estomatológico de la Parroquia San Isidro en Maracaibo. La zona está en las afueras de esa ciudad cabecera del estado de Zulia. Hasta allí, donde los habitantes de la comunidad facilitaron el acondicionamiento del recinto, llegó esta periodista.

Los dos jóvenes, risueños y de pocas palabras, con una modestia admirable, prefirieron que hablara el venezolano Rafael Morales, de sesenta años, quien ha liderado en la comunidad el montaje del consultorio:

"Caí en manos de este ‘bicho' -comentó señalando a uno de los especialistas cubanos- y me compusieron tres piezas. Por eso no se me echaron a perder los riñones. Tienen manos de seda. Esto de la salud es como una bendición de Dios".

"Aquí todos están muy contentos con los resultados. Hemos luchado mucho por tener médicos. La última doctora que teníamos un buen día no vino más porque el carro se le ensuciaba con el polvo. Ahora tenemos médicos de verdad. Estamos arreglando otro sillón dental, nada más le falta pintura y un platillito para que ellos se defiendan mejor. Nosotros no estamos acostumbrados pero esos médicos hacen de todo: lo mismo plomería, que un hueco, que empujar un carro, que abrir un portón… Esta es otra gente, con otra mentalidad".

MÉRIDA

El estado de Mérida, con 11 300 kilómetros cuadrados de extensión, seduce por su belleza, por su aire con olor a rosas y ese ambiente que solo tienen las ciudades escoltadas por montañas. Allí, de los 23 municipios con que cuenta el territorio, 11 tienen la presencia de médicos de familia procedentes de la Isla.

De paso por esta parte de Venezuela, donde sus hombres y mujeres son encantadores, el médico de 31 años, Alexander Bravo Miró, comentó ante la presencia de este diario: "Quería enviarle un mensaje a Chávez y a Fidel. Decirles que apoyar sus causas es demostrar que otro mundo es posible. Somos hombres y mujeres convencidos, como dijera el Che Guevara, de que ser revolucionario es el eslabón más alto de la especie humana. A Chávez, quiero hacerle saber que puede contar con nosotros hasta el día que sea, hasta el momento que sea, porque, como ya dijo Martí, para el revolucionario no hay más descanso que la tumba".

NOTA DE PRENSA

A Táchira, a 800 kilómetros de Caracas, llegó esta reportera luego de un breve viaje en avioneta, a través de una carretera estrecha y serpenteante que solo entienden los diestros timoneles de la zona. Allí 176 médicos y 21 estomatólogos llevan adelante la misión Barrio Adentro.

Todos los colaboradores están ubicados en barrios marginales donde su presencia ha causado un profundo impacto social. De los 29 municipios de este estado, desde el cual se contempla el lomo de la Cordillera de los Andes, seis cuentan con la presencia de nuestros médicos.

Ya ellos han creado círculos de abuelos, de adolescentes y de embarazadas. En el municipio Andrés Bello, en un mural del consultorio médico, puede leerse esta noticia aparecida en la prensa:

"Después de permanecer cuatro meses recluido en el Hospital Central, padeciendo síndrome nefrótico, el niño Miguel Ángel fue entregado a sus padres. Según el parte médico ya nada se podía hacer para sanarlo. Miguel Ángel Sambrano Pavón, padre del menor, contó en el diario La Nación la odisea que tuvo que vivir en el Hospital Central, donde estuvo su hijo por espacio de cuatro meses, casi desnutrido porque era sometido a una rigurosa dieta sin consumir sal, leche y otros alimentos indispensables para el crecimiento.

"Según los médicos tratantes del pequeño de 14 años, él sufría de un síndrome nefrótico de infección en las vías respiratorias, y anemia. No tuvo mejoría durante los cuatro meses. Entonces los médicos decidieron cambiarle el tratamiento aplicándole esteroides, resultado infructuoso porque el niño nunca evolucionó, por lo que optaron por darle de alta. Indicaron que el caso era agudo y no había sido tratado a tiempo.

"Decidimos trasladarlo a la casa, y una profesora amiga nos sugirió llevarlo a los médicos cubanos, quienes están residenciados en el barrio Manuel Felipe. Allí fuimos atendidos con mucha consideración y atención por galenos cubanos, quienes evaluaron el estado del niño, que salió del Hospital Central completamente hinchado. De inmediato comenzaron a aplicarle tratamientos.

"Nuestra sorpresa es que hoy en día come bien, toma leche de vaca o cabra recomendada por los médicos cubanos…" La nota termina contando del agradecimiento que el padre del adolescente siente hacia nuestros especialistas, quienes salvaron la vida a un joven que parecía no tener posibilidades de prolongar su existencia.  

LO QUE EXTRAÑA YOEL

Yoel Pérez, de 32 años, llegó al estado de Táchira el 9 de noviembre pasado. Contó a este diario lo que más le impresionó de la experiencia en Venezuela, y lo que más extraña de su país.

"De aquí me han impactado mucho la inseguridad, la tragedia humana de seres que durante mucho tiempo no han tenido acceso a los servicios de salud. De mi país extraño todo lo bueno y esencial que tenemos y que a veces lo cotidiano no nos permite valorar en toda su dimensión. Extraño la familia, la tranquilidad de Cuba. Extraño todo lo que nos puede parecer natural cuando estamos en casa, pero que desde aquí adquiere el justo valor que humanamente tiene".

EN LOS CERROS DE CARACAS

De lejos inspiran demasiado respeto, pero por dentro, agitado uno mientras sube por escaleras escarpadas, se siente cariño por esos cerros donde los pobres han hecho sus casitas movidos por la necesidad y la imaginación.

Allí el espacio se aprovechó de modo asombroso. A las montañas que escoltan Caracas, un buen día le fueron cortando lascas para levantar paredes, diseñar suministros de agua, hacer callejuelas asfaltadas por las cuales ascender… Todo es muy colorido, carnaval de pobres, y hasta los balaustres tienen el encanto de lo lindo en medio de la improvisación. 

Una paciente en el consultorio de San Juan, sembrado en el mundo laberíntico e inolvidable de esos cerros, habló de su doctora cubana: "Está portándose muy bien. Todos la queremos, la adoramos, todos los días hacemos fiestas para que ella se sienta bien…"

Otra mujer de más de 80 años contó que nunca antes, en todo lo que ha vivido, había visto un médico en los cerros. "Ahí tenemos a Marta, que yo no quiero que se vaya lejos, pero como ya le están haciendo su nidito en otra parte…"

En el consultorio del barrio Chupulún, donde un cartel anuncia que hemos llegado a la Casa de la salud y la Vida, la gente opinó sobre el médico cubano Luis Moreno: "Trabaja bello, nos da ternura y alivio para subir, nos levanta el ánimo".

UNA PREGUNTA Y OTROS CARIÑOS

-¿Qué ustedes le dan de comer al médico?, indaga un amigo que me acompaña por los cerros.

-De todo lo bueno que hay yo le doy al doctor, afirmó una anciana. Hoy le quiero hacer una crema con calabaza y pollo…, arroz, su jugo. No quiero que le falte nada.

En otro lugar de los cerros el médico William Ribalta, de Matanzas, contó que lleva nueve meses y algunos días en los cerros de Caracas, lo han acogido bien y suele hacer, como promedio diario, una treintena de consultas. "Lo que más veo, dijo, son adultos, y aplico con mucha frecuencia tratamientos de acupuntura".

En medio de la alegría el doctor mostró una fotografía de su hijita, muy pequeña. Emocionado y con el cuadro entre las manos, dijo: "Esta es la mujer de mi vida". Él vive a tres casas de su consultorio. Se le veía contento.

Junto al recinto donde labora, en otro cuartico, hombres y mujeres de todas las edades atendían a la clase de Geografía que les daba un joven facilitador venezolano. Sobre las libretas se veían caligrafías hechas con cuidado, a veces torpes, como quien no ha escrito mucho en su vida o aprendió a hacerlo hace muy poco. Una mujer contó que hacía 42 años no estudiaba, y otra ha comenzado su primer grado a los 69.

Lo impresionante es que casi nadie podía decir cuántos años había estado sin estudiar. Si acaso se acordaban de la edad que tenían cuando tomaron un libro entre las manos por última vez, pero, como no sabían contar, desconocían el número de años transcurridos entre el último día de estudios y estos que ahora están viviendo.

Triste fue conocer la historia de un padre de ocho hijos, quien, como no sabía contar, al ser interrogado sobre cuántos vástagos tenía, dijo a los pequeños: "A ver, cuántos son, cuéntense entre ustedes…"

CON LAS FAMILIAS

En el estado de Yaracuy, casi 300 médicos viven en casas de familias que les han acogido. Y los consultorios que han ido apareciendo, unos 30, son casas facilitadas por la comunidad, remodeladas y acondicionadas por los propios cubanos y los habitantes del lugar.

Uno de nuestros jóvenes vive en una casa en compañía de una larga familia. "Somos nueve", contó. "El adolescente de la casa desmontó su cama y puso una litera en su cuarto. Allí dormimos. Y ya me siento uno de ellos. Yo creo que hasta los gatos y los perros de la casa han sido míos desde siempre".

Otro doctor dijo que donde él está, son "cinco personas del sexo femenino y yo. El hijo de la dueña de la casa viajó a otro lugar y me dio la tarea de cuidar a las mujeres. Así que ahora, además de ser el médico, soy el hombre de la casa…"

NO SE FUERON PARA EL CARNAVAL

Lo único que pudieron agenciarse un grupo de médicos cubanos en el municipio Independencia, en Yaracuy, fueron unas paredes maltrechas y sin techos. De ahí, en 13 días, nació un consultorio impecable, de paredes muy blancas y con diez sillones estomatológicos que dan gusto.

Los constructores que ayudaron a nuestros especialistas, son amantes del carnaval que echó a andar por los días en que se estaba construyendo el Complejo Odontológico Integral Bolivariano. Pero algo los motivó mucho, porque no fueron a las fiestas y echaron pie en tierra con los cubanos que hasta una cisterna tuvieron que hacerle a la clínica.

En diez días de funcionamiento, la clínica había visto más de 2 000 casos. Los especialistas encargados de mejorar o cuidar la salud bucal a los pacientes de la zona, han sido diez cubanos y diez venezolanos.

LARA

Un grupo de jóvenes recibieron a esta reportera en una casa del estado de Lara. Se les veía bien. Hablaban con naturalidad de todos los detalles de la vida que ahora llevan.

Son los mismos que uno ve en nuestros hospitales, consultorios, policlínicos. Suelen ser tiernos y serenos. Están dispuestos a ponerse sus batas blancas, cuando ya se las quitaron, si aparece alguna urgencia. Extrañan a sus seres más queridos pero no hablan mucho del asunto.

Emplean todo su tiempo y gran parte del cariño en cuanta persona conocen en la gigante Venezuela.

Y callados, como para que nadie los diferencie del universo en que han entrado, lo dan todo en los sitios más urgidos de un país que por su naturaleza, pero sobre todo por su gente, se queda para siempre en el corazón de quien lo mira y lo vive.

 

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