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Granjas de bots, guerra semiótica y delincuencia ideológica tecnificada

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Una granja de bots no produce únicamente mensajes falsos: produce la evidencia de nuestra incapacidad para intervenir en la guerra cognitiva que se despliega por todo el mundo, sin leyes; sin organización social activa, crítico-científica; sin acción gubernamental decisiva. Se produce una realidad social degradada y degradante, una atmósfera ideológica de las ultraderechas, en la que lo repetido adquiere apariencia de verdad, lo emocional suplanta a lo demostrable y la multitud parece hablar cuando, detrás de miles de perfiles, apenas respiran unos cuantos operadores mercenarios, algoritmos y centros de decisión distorsionante.

Es una forma de impudicia e impunidad para dominar una sociedad que puede coincidir en conseguir que sus dominados confundan el espejo con la ventana: que contemplen en la pantalla una imagen fabricada de sí mismos y crean estar viendo el mundo. Ahí comienza la guerra semiótica contemporánea. La paradoja tiene una fuerza inquietante: cuanto más automatizada está la fabricación del discurso, más se nos presenta como espontaneidad popular. La máquina imita a la multitud para convencer a la multitud de que la máquina expresa su voluntad.

Importa denunciar en pie de lucha cultural el nombre de los mercenarios, sus contactos influyentes, sus amigos presidentes, ministros y empresarios. La operación golpista decisiva, por eso, no reside no sólo en cuántos bots existen: está en comprender qué relaciones corruptas necesitan de los bots para que su financiamiento parezca natural.

El artificio adquiere eficacia cuando encuentra una sociedad previamente fragmentada, fatigada, insegura, endeudada, atravesada por desigualdades y disponible para transformar su malestar en hostilidad horizontal. La tecnología proporciona velocidad, la estructura social proporciona combustible. El odio fabricado funciona mejor cuando encuentra resentimientos verdaderos a los que ofrece dirección falsa, sometida por la dictadura de las desigualdades.

Esa delincuencia ideológica tecnificada aparece entonces como modalidad de administración de la percepción. No necesita inventar problemas, le basta con seleccionar qué sufrimientos merecen indignación, cuáles deben ser ridiculizados, cuáles pueden convertirse en espectáculo y cuáles deben desaparecer del campo visual.

El algoritmo tiene ideología de clase; la adquiere a través de los criterios económicos, institucionales y culturales que organizan aquello que premia, amplifica, entierra o vuelve viral. Cada clic parece una decisión individual, mientras millones de decisiones son conducidas por arquitecturas que conocen nuestras vulnerabilidades con una precisión que ninguna vieja maquinaria propagandística habría imaginado.

Es el capitalismo de plataformas que ha llevado sus antiguas técnicas de poder, espionaje y opresión a una escala nueva: convertir la atención humana en territorio de distorsiones rentables. Además de saquear tierras, fábricas, rutas comerciales y materias primas, ahora también se disputa la capacidad de una población para mirar, recordar, asociar ideas y sostener una conversación sin ser interrumpida por estímulos corruptos calculados. El recurso estratégico puede ser el segundo de atención. Quien administra ese segundo esclaviza una porción de la conciencia ajena. Multiplicada por millones, esa posesión adquiere dimensión política y lo convierten en un gran negocio.

Por eso la guerra semiótica no ocurre únicamente en las pantallas de los celulares. Penetra las relaciones laborales, las familias, las aulas, las calles y los afectos. Un trabajador puede terminar odiando al desempleado porque una cadena de contenidos le ha enseñado que la pobreza es una elección. Una mujer puede ser presentada como amenaza al orden familiar porque su autonomía altera una distribución histórica del poder.

Cuando la raíz material de su ofensiva se encuentra en un mercado laboral que convierte vidas enteras en mercancías remplazables, la perspectiva de género permite descubrir una operación esencial: el poder patriarcal no sobrevive únicamente mediante leyes o instituciones, también se reproduce enseñando a las personas a interpretar las relaciones de dominación como conflictos naturales entre individuos, y un pueblo puede ir a votar contra sus más preciados intereses y derechos.

Según le convenga, la ideología dominante disfrazada de bots puede presentarse como ausencia de ideología. Sus valores aparecen como sentido común, sus intereses como eficiencia, sus privilegios como mérito, su historia como naturaleza humana. El truco es antiguo, sólo que disfrazado de moderno. Así se produce una de las formas más refinadas de dominación: lograr que las causas desaparezcan y sobrevivan únicamente las culpas individuales.

Y la conciencia crítica comienza exactamente ahí, cuando las víctimas descubren que también están dentro de la escena. Y esa revelación transforma la mirada: el problema ya no consiste únicamente en distinguir verdad y mentira, realidad y propaganda, humano y bot. Consiste en comprender quién tiene capacidad para fabricar las condiciones bajo las cuales una mentira puede resultar socialmente verosímil y rentable.

Cuando esa pregunta se vuelve colectiva, la semiótica deja de ser una ciencia de los signos para convertirse en una ciencia de las relaciones de poder. El signo revela entonces su secreto: nunca estuvo solamente representando el mundo, también estaba ayudando a producirlo. Y cuando una sociedad aprende a leer esa producción, comienza a recuperar algo que ninguna granja de bots puede automatizar por completo: la facultad de imaginarse diferente de aquello que el poder le había enseñado a considerar inevitable.

Todas las granjas de bots de la derecha pueden reforzar esa operación hasta producir una especie de teatro ontológico. No se limitan a decirnos qué pensar: escenifican quién existe. Fabrican mayorías falsas, enemigos imaginarios, consensos instantáneos, indignaciones multitudinarias. El ciudadano entra a la plataforma y encuentra un mundo donde aparentemente todos están furiosos, todos sospechan, todos compiten por demostrar pureza, todos reaccionan antes de comprender; reflejos de neonazifascismo.

La pantalla revela una humanidad deformada por el dispositivo que la observa. Después, esa imagen se incorpora con todo género de odios a la conducta cotidiana. La perversión de las fábricas de bots y sus estadísticas terminan produciendo consecuencias materiales. Hoy está todo a la vista de todos, y veremos si eso alcanza para organizar alguna respuesta seria: un desafío para la revolución de las conciencias.

(Tomado de La Jornada)

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  • Barto dijo:

    Excelente análisis de la conciencia colectiva inventada y manipulada, que podría suscribir cualquier investigador conductista del comportamiento animal. Si refuerzas con comida la conducta de alisarse el ala con el pico en una paloma, esta acabará creyendo que es la fórmula suprema para proveerse el alimento y de adaptación al medio. Lo considerará una decisión individual, producto de la libertad de elección, en lugar del resultado esperado y planificado por un programa de refuerzo en que la libertad no existe más allá de los maquiavélicos o no propósitos del programador. Hace ya muchas décadas que lo que programadores del comportamiento diseñaron en el reino animal se ha convertido en programas de modelado de la psicóloga humana individual y colectiva.

    En tiempos del ministro de propaganda Goebbels los programas de manipulación de la conciencia colectiva consistían en repetir una mentira infinidad de veces sin competencia con la verdad objetiva. Era y es la mentira cuántica. Su éxito consistía en que intentaba por todos los medios eliminar la verdad objetiva y su vulnerabilidad en que, al tratarse de un órgano oficial de un partido y régimen autoritario, eran muchos los que cuestionaban su veracidad, por cierta que pudiera ser la información en algunos casos.

    La ventaja del modelo liberal actual es que, al permitir la difusión de la verdad objetiva y un aparente pluralismo informativo, resulta mucho más difícil identificar la verdad objetiva y separarla de la verdad cuántica. Podríamos decir que la IA no es ninguna novedad sino que fue creada por los impostores de modelado de conducta social, que en tiempos de Goebbels crearon un pensamiento colectivo falso por supresión de la verdad objetiva y ahora por un falso pluralismo en las fuentes (ante el que la rendición es rápida y absoluta por considerarlo representativo del universo comunicacional) y dominio hegemónico de los medios, con sus granjas de bots y trolls, ante la inacción de los gobiernos compromisarios de la oligarquía burguesa, conscientes de que garantizar el derecho a una información veraz sería una sentencia a muerte para la hegemonía de los partidos y políticas liberales. La gran ventaja de los medios y redes actuales es que prestan un servicio de manipulación personalizado en que resulta mucho más fácil conseguir un resultado satisfactorio a partir de las peculiaridades existenciales del sujeto experimental.

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Fernando Buen Abad

Fernando Buen Abad

Filósofo y escritor mexicano.

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