Otto Oñate y lo esencial de las pequeñas cosas

Foto: Abel Rojas Barallobre.
La noche anterior al concurso de halterofilia en el Pabellón del Parque del Este de Santo Domingo, los periodistas cubanos repasábamos las marcas de Otto Oñate. Figuraba como aspirante al oro. Nada más. Las cifras decían que podía lograrlo. Los antecedentes también. Pero en el periodismo solemos quedarnos ahí: en los números, en los récords, en las medallas. A veces olvidamos que detrás de cada levantamiento hay una persona con una historia que no siempre cabe en una tabla de posiciones.
La competencia resultó más cerrada de lo previsto. Un colombiano y un dominicano —este último con el empuje de su público— subieron el listón desde el principio. En el arranque, Oñate falló su tercer intento. La barra no quiso subir, o quizás los brazos no encontraron el momento justo. Se fue a la plata. No era el escenario que imaginaba, pero la competencia no había terminado. En la halterofilia, como en la vida, siempre hay un segundo tiempo.
Llegó el envión y todo cambió. 154 kilos. El movimiento parecía bueno. La barra subió limpia. Los brazos se extendieron con firmeza. El camino al oro parecía despejarse. Pero el jurado lo declaró nulo. Sin explicaciones. Sin posibilidad de reclamo. El dominicano, aprovechando el momento y el empuje de la grada, pasó al frente con 153. La presión crecía como una ola que no daba tregua. El público local, eufórico. El colombiano miraba desde la tercera posición. Oñate pidió 158. Una dominicana, entrenadora, susurraba a mis espaldas: “No podrá. Tiene un defecto en los codos, lo conozco bien”. Todo el mundo expectante.
—No estaba preparado mentalmente para ese movimiento —confesó después—. En los 154 me sacaron de competencia, no porque lo haya fallado, sino porque lo dieron nulo. Cuando hice 150 y el dominicano hizo 153 y va primero, supuse que iba a repetir con 154, que vendría con 155. Entonces yo pedí 158. Mi mente falló. Pero después recapacité: si mi entrenador puso 158, es porque él cree que estoy preparado. Y si él cree, entonces estoy preparado.
Subió a la plataforma. Agarró la barra con las manos callosas. La levantó. Mejor marca personal. Récord centroamericano. La prensa y la delegación cubana estallaron en aplausos. Pero Otto, en ese instante, tenía la mirada perdida. No miraba a nadie. No miraba al público. No miraba a los jueces. Se escuchó la pregunta hacia dónde iba su vista en cada intento y su respuesta fue directa:
—Mucha gente me pregunta eso. En todos los movimientos lo hago. Es una costumbre de pequeño. Levanto, miro hacia ese hombre, al otro, miro para allá. Pero en realidad me quedo en blanco. Nada más pienso en levantar la pesa. Puede caerse el mundo que no oigo nada, no veo nada.

Foto: Abel Rojas Barallobre.
Lo que hace distinta esta medalla no son los kilogramos. No es el récord. No es el oro ni la plata. Lo que la hace distinta es el camino que Otto recorrió para llegar hasta aquí.
Oñate estuvo tres años fuera de la selección nacional. No por lesión. No por falta de resultados. Su madre enfermó de cáncer y él decidió cuidarla. Sin pensarlo dos veces. Dejó el equipo, dejó los entrenamientos, dejó las competencias. Se fue a su casa y se quedó junto a ella.
—No fueron unos meses —aclaró—. Fueron tres años.
Tres años en los que el deporte quedó en pausa. Tres años en los que la barra y los discos dejaron de ser su prioridad. Tres años en los que el sacrificio del alto rendimiento se transformó en otro tipo de sacrificio: más silencioso, más cotidiano, más íntimo. El sacrificio de estar presente cuando la enfermedad llama a la puerta. El sacrificio de poner la vida de otro por encima de los sueños propios.
—Tomé la decisión y no me arrepiento ni nunca me arrepentiré —dijo.
Ella se operó. Se recuperó. Y en ese proceso, mientras Otto la acompañaba a cada cita médica, a cada sesión de tratamiento, a cada momento de incertidumbre, el deporte quedó en un segundo plano que parecía definitivo. Hasta que un día, viendo los Juegos Olímpicos de París por televisión, sintió que el deseo de volver era más fuerte que el cansancio. Quería que su madre lo viera campeón. Quería devolverle, de algún modo, todo lo que ella le había dado. Quería que ella pudiera verlo en lo más alto del podio.
El comisionado Camilo lo animó a regresar. Nunca se rindió con él. Mientras otros quizás ya lo daban por perdido, Camilo le repetía una y otra vez: “Hijo, dale adelante, no te rindas, que tú puedes volver”. Y Otto volvió. No por presión. No por obligación. Volvió porque sintió que era el momento.
Dedicó la competencia a su madre. También al Comandante en Jefe, por el centenario de su nacimiento. —Él creyó en los deportistas cubanos —afirma—. Sin él, el deporte cubano no sería lo que es hoy. Todo se lo debemos a él.
Cuando le pregunté si ya piensa en Los Ángeles 2028, negó con la cabeza. Sabe que el deporte se construye paso a paso, entrenamiento tras entrenamiento, competencia tras competencia.
—Yo pienso en el día a día —dijo—. Ahora tocan los Juegos Panamericanos. Pienso en los Panamericanos. Meta por meta. Después veremos los Olímpicos. Ahora hay que prepararse para los Panamericanos, no hay otra.
Sobre el equipo cubano, lo ve pujante, firme, con ganas. No le teme a la adversidad. Sabe que las condiciones no siempre son las ideales, que el contexto no siempre acompaña, pero eso no detiene a los suyos. Esa es la herencia que reciben, el ejemplo que les dejaron los que vinieron antes.
Otto Oñate levantó 158 kilos en Santo Domingo. Esa tarde, mientras la prensa lo rodeaba, quedó claro en ese pequeño gigante de solo 1.59 m que las estadísticas no cuentan toda la historia. El periodismo deportivo suele fijarse en lo que se ve: el esfuerzo, el récord, la medalla. Pero lo que sostiene a un atleta no siempre se mide en kilos. Esas son las pequeñas cosas. Y Otto Oñate, desde su sencillez, nos recordó que son las que realmente importan.

Foto: Abel Rojas Barallobre.


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