SAF: Alimentar y acompañar en tiempos difíciles (+ Fotos e Infografía)

Fachada del SAF 0204 Villanueva, perteneciente a la Empresa de Comercio de Boyeros. Foto: Cubadebate.
El cielo nublado anuncia el aguacero que está por caer. Es mediodía. Hace un calor difícil de aguantar. Pero el calor más fuerte no viene del cielo. Viene de un fogón hecho con una llanta vieja, plantado en el pasillo lateral del comedor comunitario. Allí hay una olla enorme, tiznada de tanto humo. Debajo, la leña arde y esparce una columna gris que se mete por todas partes: en la ropa de los cocineros, en las paredes, en los pulmones de los que se acercan. Las paredes son de un azul oscuro que intenta resistir, pero el hollín ya les está ganando la batalla.
Estamos en el SAF 0204 Villanueva, perteneciente a la Empresa de Comercio de Boyeros. Hace cinco meses, aquí se cocinaba con gas licuado. Pero el gas dejó de llegar. Hace cinco meses, el gobierno de Estados Unidos endureció el bloqueo petrolero contra Cuba. Y las heridas, como casi siempre, duelen primero en los más vulnerables, en los más viejos.
Cuba es un país envejecido. Cada vez hay más personas mayores. La gente vive más años, eso es cierto. Pero también algunos enfrentan la realidad de que sus jóvenes se le van. Buscan otro futuro. Y los abuelos se quedan solos, muchas veces sin nadie que los ayude. Para ellos el SAF es muchas veces lo único que tienen. Es el único plato de comida caliente del día. Es la única mano, que les tiende el Estado.

Desde hace varios meses cocinan con leña. Foto: Cubadebate.
Bárbara Mediaceja Hernández es la directora de Servicios de la Filial de Comercio de Boyeros. Me recibe en la puerta, con una libreta en la mano. Suelta los números sin que se los pida: 129 comensales. Explica que antes de la COVID la gente entraba, se sentaba en las mesas y comía allí, pero después de la pandemia todo cambió. Ahora vienen, recogen la comida y se la llevan. Algunos se sientan afuera si quieren, pero la mayoría se va para su casa. Para entrar al servicio hay que ir a la Dirección de Trabajo y Seguridad Social: allí los visitan, ven si son vulnerables, y los incorporan a la lista. Después les mandan el listado a ellos.
Sobre los suministros, Bárbara dice: “La provincia nos da chícharo, frijoles negros, pollo, croqueta, y picadillo de pollo y pescado”.
Llevan meses sin gas, pero no han dejado de dar servicio ni un solo día. Sobre la ayuda de los particulares, de los negocios privados del barrio, Bárbara niega con la cabeza: “Aquí no. Hasta diciembre del año pasado ayudaban. Pero después no quisieron más. Dicen que les caen muchos inspectores, que les ponen muchas multas. Yo los entiendo, pero la verdad es que no ayudan”.
Abren el comedor a las siete de la mañana y dan la comida a las once. La gente va llegando, se sienta y espera.
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El Río que no se para: Resistencia en un SAF de Plaza

Sistema de Atención a la Familia (SAF), programa creado por la Revolución para amparar a las personas desprotegidas y de bajos ingresos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
En el SAF “El Río”, en el municipio Plaza de la Revolución, la rutina arranca antes del amanecer. Este centro despliega su engranaje diario con tres frecuencias obligatorias: desayuno de siete a nueve, almuerzo de once a una, y comida de tres a siete. Liliam de la Rosa Domínguez, su administradora, explica mientras repasa mentalmente las raciones: “Nosotros tenemos asignado una cantidad de comensales que varía, este mes a mí me entró 84 abuelitos”.
La cifra fluctúa, pero la estructura se mantiene. La dirección provincial de Comercio asigna alimentos básicos, aunque en los últimos meses han recibido chícharo, arroz y aceite del Programa Mundial de Alimentos.
Para cubrir los vacíos, Liliam no duda en tejer alianzas: actores no estatales y estatales se suman a la causa. “En mi caso tengo actores estatales, que es el restaurante que nos presta ayuda para mejorar la alimentación”, comenta. Además, el Ministerio de Telecomunicaciones dispuso padrinos para tres centros; a “El Río” le corresponde Etecsa Norte, una empresa que respalda tanto la comida como la infraestructura.
Más allá del plato de comida, Liliam describe una red viva de contención. El médico de familia se acerca a tomar la tensión y revisar medicamentos. Deporte y cultura también tienen su espacio: han organizado una peña, “El Rincón del Bolero”, que se celebra los terceros sábados de cada mes.
“Tratamos de que el adulto mayor sea para toda la comunidad, no solamente para los inscritos”, afirma. El grupo musical ya es fijo, aunque no todos los ancianos participan.
Liliam reconoce las limitaciones de su plantilla –apenas cuatro trabajadores: ella, ayudante de cocina, cocinero y custodio– pero enfatiza el esfuerzo: “Trabajamos de lunes a lunes, no tenemos descanso”.
También menciona a otros colaboradores, actores económicos que aportan desde platos fuertes hasta helados o especias. Otra mipyme dona pan dos veces por semana. “Ese pan no se cobra, es gratis. Ahora estamos afectados con la harina, sin embargo, ellos siguen comiendo su pan”, señala Liliam con orgullo.
El SAF no se limita a repartir alimentos; funciona como un centro de socialización. Liliam lo confirma indirectamente al describir a un anciano con debilidad visual que rehúsa que le lleven la comida a casa: “Aquí conversa, interactúa con otras personas”.
Los casos más frágiles –una enfermedad repentina, un dengue– activan otro protocolo: la propia administradora o la delegada del barrio acercan los alimentos al domicilio. En otras ocasiones, son los familiares quienes retiran la ración para el paciente encamado.

Liliam de la Rosa Domínguez, su administradora. Sistema de Atención a la Familia (SAF), El Río. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
Los obstáculos no se esconden. La electricidad falla, el gas brilla por su ausencia, el azúcar escasea como en todo el país. “Cuando no tenemos balita, armamos un fogón industrial como buen cubano, con leña, con lo que aparezca. El servicio aquí no se para”, advierte Liliam.
Para conservar los alimentos durante los apagones, guardan todo en una nevera central que pertenece a Comercio. “Hacemos un stop. Los productos se ponen como el arbolito de Navidad: se prende aquí y se apaga allá”, grafica. Incluso los triciclos de los TCP ayudan a trasladar la mercancía. “No es una cosa cómoda, porque tienes que moverte. Pero lo logramos. No se nos echa a perder el alimento”, asegura.
Cuando el arroz falta, lo sustituyen con pastas alimenticias, harina donada, caldos o sopas. “El abuelito se lleva su comida. Como mínimo cuatro platos se dan”, dice.
La circular número uno de la ministra de Comercio Interior exige cinco: vianda hervida, ensalada, arroz, potaje y un plato proteico (picadillo, hamburguesa, croqueta, pescado, pollo o cerdo). El postre, reconoce, “pasó a mejor vida”.
El futuro promete mejoras en el SAF: Etecsa Norte construirá una terraza en la parte trasera, más agradable que el comedor actual. Ya midieron el espacio y lo incluyeron en su presupuesto. El mantenimiento mayor también correrá por su cuenta.
Tamara Betancourt, una de las asistenciadas, observa el comedor con otros ojos. No habla de raciones ni de déficits; habla de calidez. “Me siento como si fuera un hotel. Cortinas lindas”, dice con una sonrisa.
La comparación con un hogar le sale espontánea, casi tímida. En su voz, el SAF deja de ser un expediente técnico y se convierte en un refugio. Tamara valora lo que permanece: el trato, la compañía, esa rutina que la hace sentirse esperada. El centro no resuelve todos los problemas del país, pero logra que, al menos durante las horas de comida y peña, el aislamiento se desvanezca.
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Sistema de Atención a la Familia (SAF), programa creado por la Revolución para amparar a las personas desprotegidas y de bajos ingresos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
¿Cómo sobrevive el Sistema de Atención a la Familia?
A simple vista, el Sistema de Atención a la Familia (SAF) parece un programa de comedores para adultos mayores, pero su radio de acción es más amplio (o debería): acoge a personas con discapacidad, casos sociales sin ingresos suficientes e incluso a quienes, sin carencias económicas, la comunidad recomienda incluir por sus circunstancias particulares.
Nació en 1998 y hoy suma alrededor de mil 445 unidades en toda Cuba, donde se atienden más de 76 mil censados. Sin embargo, José Antonio González, director provincial de Servicios Generales del Grupo Empresarial del Comercio en La Habana, prefiere no maquillar la realidad: “A nivel general, no funciona igual en todos los sistemas. Yo tengo 140 SAF en lugares muy críticos en materia de acceso, instalación, inmueble”. Algunos centros necesitan reparaciones urgentes, otros un remozamiento completo, admite.
Para sostener el programa en medio de la crisis, los gobiernos municipales han comenzado a destinar el 1% de la contribución territorial a las obras. González explica que esta partida se planifica cada año y se prioriza según las necesidades del territorio: escuelas, policlínicos, y también los propios SAF.
“El territorio sabe dónde necesita dirigir su dinero y sus recursos”, afirma. Además, cada lunes el grupo empresarial celebra una reunión donde el primer tema de la agenda es el estado de estos centros. Le siguen la merienda escolar y los barrios en transformación.
“Es el ABC”, sentencia el director. Se adoptan acuerdos, se realizan visitas sorpresivas e integrales. Su oficina actúa como órgano rector metodológico: más que imponer, asesoran y explican los procesos, complejos en estos momentos por la situación económica del país.
La asignación de recursos es, en teoría, equitativa. El Ministerio de Comercio Interior, en coordinación con Economía y Planificación, entrega lo mismo a todos los territorios. “No hay ninguna diferencia”, aclara González. Entonces, ¿por qué unos SAF funcionan mejor que otros? La clave está en la gestión individual de cada administrador.
“La diferencia está en la gestión que hace cada director de unidad básica en coordinación con el intendente de distribución del territorio donde se encuentra enclavado”, revela.
Los intendentes, por ejemplo, negocian precios diferenciados con Cooperativas de Producción Agropecuaria, organopónicos o Acopio para abaratar la vianda y la ensalada, cuyo costo en el mercado libre es elevado. De esa manera logran mantener los cinco platos que exige el protocolo: arroz, proteína, sopa o potaje, vianda, ensalada y, en teoría, postre.

José Antonio González, director provincial de Servicios Generales del Grupo Empresarial del Comercio en La Habana. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
Pero el SAF no es solo comida. González insiste en que se trata de “un programa integrador” donde tributan muchos ministerios: Comercio, Salud, Educación, Trabajo y Seguridad Social, Cultura y Deporte. “Por eso aquí se puede decir que no solamente se da un servicio de gastronomía. Aquí hay juegos de participación, se celebran los cumpleaños colectivos, se hacen peñas”, enumera”. O al menos, está instituido que debería funcionar así.
Los menús, agrega, están avalados por nutriólogos del Ministerio de Salud, con valores calóricos y nutricionales pensados para ancianos y personas frágiles. Se estimulan las elaboraciones blandas, las viandas hervidas o en puré, y se ofertan vegetales crudos como ensaladas. El horario oficial fija el almuerzo de 11:00 a.m. a 1:30 p.m., y la comida de 5:00 p.m. a 7:00 p.m., aunque en la práctica algunos centros abren desde el desayuno si consiguen pan o té.
¿Quién decide quién entra al SAF? No es el administrador ni el cocinero. González detalla que es Trabajo y Seguridad Social el encargado, mediante visitas puntuales y entrevistas, de definir los censados con derecho al servicio.
La cifra habanera ronda actualmente los 16 mil 92 beneficiarios, con tendencia al alza. “La población de Cuba envejece”, recuerda el director, “y al envejecer es lógico que estas personas necesiten de este servicio, un servicio creado por el Comandante (Fidel Castro)”.
Los listados se actualizan mensualmente y se declaran con control riguroso. Sin embargo, la realidad se impone sobre los papeles: hay ancianos que acuden en condiciones higiénicas “muy delicadas”, sin bañarse, con ropa depauperada. El personal, cuenta González, les friega sus propios implementos, les calma las alteraciones y les tiende la mano: “Abuelito, venga, a ver, siéntese”. Una atención diferenciada, directa, que protege a quien no tiene amparo filial ni recursos.
El director provincial pone como espejo lo que ocurre en el municipio de Plaza de la Revolución, donde los SAF han logrado involucrar a actores no estatales y convertirse en un ejemplo. “Estamos luchando porque se replique a través de nuestro Ministerio de Comercio Interior lo que está sucediendo en los SAF de Plaza. Se toman como bandera de que sí se puede”, asegura.
La ley de Soberanía Alimentaria impulsa esta dinámica: el coordinador del programa gubernamental provincial se reúne municipio por municipio para levantar un censo de todas las formas productivas —estatales y no estatales— e implicarlas en la protección de los SAF. Ya no es una iniciativa aislada; se está replicando en los quince municipios habaneros y, según asesores del MINCIN, también funciona bien en otras provincias.

En la periferia de La Habana —Cotorro, Arroyo, Habana del Este, La Lisa— han ido más lejos. Ante la ausencia de entidades estatales o privadas que puedan dar el servicio de alimentación, están creando los llamados hogares de atención comunitaria. Son pequeños espacios, para no más de diez personas, atendidos por particulares o formas de gestión no estatal.
“Hoy hay un gran movimiento de hacer hogares de atención comunitaria en los municipios de la periferia”, explica González. El objetivo es que nadie quede desprotegido.
El programa, pese a los apagones, la falta de gas, la escasez de azúcar y las dificultades con la harina, se mantiene en pie gracias a lo que el director llama “resistencia creativa”. “Confiamos en la revolución, vamos a salir de esto”, concluye con un tono que intenta ser más certeza que deseo.
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El fogón de la esperanza
Todos los días, decenas de personas se juntan en la puerta del SAF 0204 Villanueva, perteneciente a la Empresa de Comercio de Boyeros. Marta González Torres tiene 75 años. Está jubilada. La veo de pie sostenida por su muleta, al borde de la acera, esperando su almuerzo. Lleva una blusa a rayas gris y blanco y un pañuelo en la cabeza para protegerse del sol.
Lleva unos cuantos años en el servicio, me cuenta, y dice que todo está bien. La tratan bien, hasta ahora no ha tenido ningún problema. La comida está buena, la hacen bien a pesar de las dificultades. “Figúrese”, dice, “hay muchos problemas, pero se puede comer bien. Todo está bien”. Marta repite mucho eso de “todo está bien”.
Da la impresión de que lo dice para convencerse a sí misma. Paga con una chequera porque trabajaba antes. A veces viene su hijo a traerla, otras veces viene sola: el médico le dijo que tiene que caminar, que no puede estar quieta, así que esos paseítos le vienen bien. Además de comer, se sienta a conversar con los otros abuelitos, hace sus cositas. “También soy una abuelita”, dice riéndose.
Cuando se le pregunta si podría mejorar algo del servicio, Marta se queda callada un buen rato. Mira el fogón, el humo, la olla negra. Luego susurra: “Bueno, figúrese. Las cosas como están. Para mejorar... hace falta el suministro. La calidad de los alimentos. Pero hasta ahora no me han tratado mal. Estoy satisfecha”.
Eugenia García tiene 67 años. Vive cerca del comedor, en el mismo barrio. Lleva cinco años recibiendo el servicio. Vive sola. La atención le parece muy buena. La comida le gusta. Suspira cuando habla de lo que mejoraría: “Aquí hay los problemas que hay en todos lados. Las escaseces. Pero la atención es buena. Los trabajadores de la cocina, el administrador, todos. Yo no tengo ninguna queja”. La ración le parece suficiente.
Eumelia González Pérez tiene 75 años. Pero no es una jubilada cualquiera. Cuida a su esposo, que está discapacitado. Se recuperó de una operación a “corazón abierto”. Tiene problemas para caminar. Eumelia también se fracturó la cadera hace un tiempo. “Quedé bien”, dice, pero la veo caminar con cuidado, midiendo cada paso.
Llegaron al SAF durante la pandemia de COVID-19. Los llamaron “vulnerables”. Al principio les llevaban la comida a la casa. Después, cuando la situación mejoró un poquito, Eumelia empezó a venir a buscarla. La atención es buena, no pueden quejarse de eso; al contrario, dan las gracias porque hacen un esfuerzo increíble. “Aquí ha habido crisis con el gas, pero nunca hemos dejado de comer”, dice.
“El administrador busca leña, el muchacho de la cocina también. La gente se las ingenia como puede”. Pero entonces su cara cambia. Se pone seria, como si fuera a decir algo importante. “Yo quisiera que mejorara la comida. Que aumentaran la cantidad. Porque las chequeras no alcanzan. Mucha gente depende de lo que le dan aquí. Y si es poquito, ellos están pasando una situación muy difícil. Muy precaria”. Hace una pausa. Mira a mis ojos. ¿Entiende? Porque la ración es muy poca. No hay desayuno, no hay merienda, solo el almuerzo y la comida. Y eso no alcanza para todo el día”.
Eumelia no habla por hablar. Habla porque lo ve todos los días. Ve a sus compañeros llegar temprano, con la esperanza puesta en ese plato. Sabe que para muchos es lo único que comerán en veinticuatro horas. Recomienda aumentar la oferta, la variedad, la cantidad, y mejorar las condiciones de los trabajadores, porque cocinar con leña es muy duro.
“Aquí casi nadie lo haría”, dice. “Pero ese muchacho, el cocinero, se ha mantenido firme. El servicio se ha mantenido. Quisiéramos que fuera mejor, pero no podemos decir que no hay comida. A veces sale un poquito más tarde, pero sale. Y yo agradezco el plato. Lo que me dan, lo agradezco. Porque es un plato de comida”.
Después añade: “Mire, ahora mismo están dando revoltillo. Un revoltillo de huevo. ¿Sabe cuánto vale un huevo? Un viejo con una pensión de cuatro mil pesos no puede comprar huevos. El revoltillo está bien. Pero debería haber otras cosas”. También habla de los dientes: muchos viejos tienen problemas con la dentición, no pueden masticar bien, necesitan comida más suave. “El adulto mayor necesita una atención especial en este país”, dice.
Y habla de lo que falta: un médico, un trabajador social que esté aquí, que pregunte cómo están, dónde viven, con quién viven. Porque muchos viven solos y tienen que venir con mucha dificultad a buscar la comida. No hay servicio de mensajería. Antes había un mensajero, un hombre de unos cincuenta años, pero se murió. Y nadie quiere hacer ese trabajo. Los salarios son muy bajos, las condiciones son malas. No hay un carrito cerrado para llevar la comida.
“Si no pueden venir, no comen. Porque no tienen quien les lleve. Y en la casa no tienen más nada. No pueden comprar. Ahora la libra de azúcar está a 400 pesos, si la encuentra. Un jubilado no puede tomarse un vaso de agua con azúcar. La situación económica del país está muy mal”. Y aún así, Eumelia no pierde la gratitud: “No por eso dejo de agradecer. El administrador, el cocinero, todos hacen lo que pueden. El pan mismo lo quitaron. Los comedores no tienen pan. Podrían dar galleta, o una fruta”.
Elsa García tiene 77 años. Vive sola. Llegó al SAF en 2022. Pidió el servicio porque no podía pagar más. “La comida que dan no alcanza”, dice. “Yo cocino un poquito en mi casa, pero la comida del comedor no alcanza. Así que esto es una ayuda”. Elsa tiene de todo: presión alta, diabetes, “y de todo”, como ella dice.
Pero la cabeza la tiene bien despierta. La atención es buena, muy buena. “Mire, yo cocino lo que me dan. No tengo que cocinar ahora, en este periodo tan malo. Pero la comida es poca. Si no fuera por esto, los viejos nos moriríamos”. Lo que hace falta son más cosas, más suministros. Entonces Elsa habla de su pensión:
“Yo trabajé 54 años. Trabajé en lugares buenos. En la CUJAE, en Las Praderas, el centro internacional de extranjeros. Allí me jubilé. ¿Y sabe cuánto me quedó de pensión? 2,800 pesos. La muchacha de la oficina me dijo: 'Lo siento, usted trabajó de más'. Porque trabajé 54 años pero me reconocieron 45. Ahora, con el aumento, llego a 4,000 pesos. Pero tengo que pagar la luz, el agua, todo. Cuando voy a sacar el dinero, saco 3,500. Y con lo que me queda, tengo que vivir todo el mes”.
Cuatro mil pesos. Con eso, una señora de 77 años, sola y enferma, tiene que pagar los servicios, alimentarse, comprar medicinas y sobrevivir.
¿Usted cree que el sector no estatal podría ayudar más? ¿Podría apadrinar estos lugares? “Como las instituciones apadrinan escuelas, que apadrinen los comedores de viejos. Que busquen padrinos. Aunque sea para donaciones”.
¿Si pudiera recomendar algo al gobierno para que esto mejore?.
Elsa hace una pausa interminable. Piensa. Le cuesta encontrar las palabras. “Lo que falta es suministro”, dice al final. “Porque los compañeros atienden bien, todo está limpio. Pero la comida... eso ahora es imposible de resolver. Lo mejor sería buscar un padrino que nos ayude, fomentar alianzas”.
Niurka Vázquez tiene 53 años. No es una anciana. Es una madre soltera. Tiene dos niños con discapacidades graves: una niña que nació con cinco meses y tiene parálisis cerebral, un niño con retraso mental. Ella sola los cuida, sin ayuda de nadie. Lleva en el SAF desde 2010. Catorce años yendo a este mismo comedor. La tratan bien, le dan prioridad porque sus hijos son casos críticos. Paga con una chequera de 2600 pesos al mes. Con eso, y con su pensión, tiene que mantener a sus hijos, comprar los medicamentos, y llegar a fin de mes. La atención, dice es muy buena.

Una mesa bien puesta te hace más agradable el almuerzo. Foto: Cubadebate.
José Contreras Pérez es el administrador, pero no de esos que se quedan sentados detrás de un escritorio. Lo veo cargando leña, hablando con los vecinos, buscando cómo resolver los problemas del día a día. Tiene las manos ásperas y la camisa sudada.
La leña la consiguen gracias a gestiones propias. Van a un terreno cercano donde hay bastante leña y la traen en una moto o en lo que aparezca. Así van tirando, día tras día. La mayor parte la pica el cocinero; él ayuda cuando puede. Los campesinos de la zona y las cooperativas a veces les dan calabaza, pepino, col. Eso les ayuda a echarle más al caldero. No es mucho, pero algo es algo. Les ha salvado de mejorar la comida más de una vez.
El agua es un problema en esta zona, pero tienen un tanque arriba y siempre tienen algo; no se han quedado nunca sin agua para cocinar. ¿Si cree que el servicio que dan es el que la gente merece? José me mira con seriedad. Se toma un momento para responder. “No”, dice. “Realmente no. Porque las condiciones no son las ideales. Lo que hacemos lo hacemos con cariño, con amor, eso sí. Pero las raciones no son las que debieran ser. No es lo que la gente se merece. Los viejitos entienden la situación; a veces se quejan de la leña porque no es lo mismo que el gas, pero se les explica y ellos saben que esto no es culpa de ellos, que el país está así para todos”.
Cuando llaman para preguntar por el gas, les dicen que no hay pero no les dan ninguna fecha; puede ser mañana o dentro de tres meses, ellos mismos no lo saben.
Dos botellones de gas les duran un mes dependiendo de lo que cocinen: si hay muchos frijoles o chícharo, que son granos duros, el gas se acaba rápido porque hay que cocinarlos mucho tiempo; si es picadillo o algo más blando, dura más.
Los alimentos llegan bien; la distribución está más o menos estable. El problema no es que falte lo que cocinar, sino que la cantidad que les dan es poca para toda la gente que tienen. ¿Los particulares deberían ayudar más? “Sí”, responde, “pueden hacer más. Yo sé que para todos está malo, pero pueden ayudar un poco más. En otros barrios lo hacen, pero aquí no”.
Muchos de los que vienen son personas mayores que viven solas, que están tristes, a veces deprimidas. ¿Este lugar es solo para comer o también para otra cosa? Entonces José sonríe por primera vez en toda la conversación.
Cuenta que también hacen otras cosas: tienen juegos de mesa, miran la tv si hay electricidad mientras esperan la comida, hacen cumpleaños colectivos, vienen grupos de cultura a hacer actividades, a cantar, a bailar. “No es una casa de abuelos, eso no”, dice. “Pero es un lugar donde por lo menos no se sienten solos. Eso también alimenta, ¿no le parece?”
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Sistema de Atención a la Familia (SAF), programa creado por la Revolución para amparar a las personas desprotegidas y de bajos ingresos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
Ni la corriente ni el carbón paran el cariño
Rafael Rodríguez tiene 62 años, aunque las manos le tiemblan un poco como si llevara encima una década más. Llegó al SAF “El Rampeño” hace casi un año. Al principio se resistía, confiesa; creía que esos sitios eran “el último vagón del tren”. Pero hoy se sienta en la misma silla blanca del comedor y suelta una carcajada fácil. “Muy bien, a pesar de todas las condiciones que está pasando el país”, responde cuando le preguntan.
Y señala con la barbilla hacia la cocina, donde dos cocineros, él los llama “excelentes”, se afanan entre ollas. No es solo la comida lo que lo ha convencido, aclara. Es la forma en que los trabajadores se esfuerzan para que “los viejitos de la tercera edad como yo” se sientan bien.
Detrás de ese bienestar, Rafael identifica a una figura clave: el administrador, ese que “lucha incansablemente para conseguir las cosas”. También menciona al delegado de Plaza, Pedro, que reaparece cada cierto tiempo con donaciones. “De verdad, se lo juro que me siento de maravilla”, insiste, como si temiera que no le creyeran.
Sergio Enrique Martínez, el administrador de "El Rampeño", escucha ese tipo de testimonios todos los días. Pero no se ufana. Prefiere hablar de liga, de alianza, de acompañamiento mutuo. Desde el centro en el Vedado capitalino, explica lo que considera la columna vertebral del SAF: la cooperación entre el sector estatal y el sector no estatal.
“Hoy el estado nos da un cierto nivel de alimentos y un poquito de plato fuerte, que es lo único que tenemos”, admite. Calcula, lo oficial, apenas son unos diez o doce kilos de jamonada, algo de picadillo de pescado. “No cubre el mes”, sentencia. Si no fuera por los actores no estatales que se han ido sumando, muchos abuelitos se quedarían con medio plato.
El camino hacia esa cooperación no fue automático. Pedro Garces, delegado de Plaza, recuerda los inicios: “Lo primero que dijimos fue: tenemos que acompañar. No existía todavía el instituto de actor no estatal, estaba a la agarradera”. Las primeras reuniones, confiesa, fueron un campo de batalla: “Fajado con la DIS, fajado con Malanga”. Pero la perseverancia cambió el tono. Hoy las juntas se dan en otra clave, con otras exigencias, y sobre todo con un compromiso creciente. “Eso va creando compromiso en él”, subraya.
El crecimiento del SAF “El Rampeño” es, para su administrador, un termómetro de su propio éxito. “Empezamos con 23 censados y vamos con 95”, celebra. La cifra, explica, refleja cuántos ancianos dejaron de venir por distancia o porque lo que se ofrecía antes no les llenaba. Ahora ha pedido a los trabajadores sociales que revisen caso por caso, “porque también los altos niveles estatales son finitos”.
No todo es perfecto, advierte. “No piense que todo es perfecto”, pero insiste en lo que llama “la visión integradora”. La idea central: no se trata solo de venir a buscar la comida. El SAF debe ser salud, deporte, cultura. Por eso todos los domingos organizan una actividad: Caldosa, helados, un espectáculo cultural. “Ya se enamoran, ya te lo dije, hasta se enamoran”, bromea.
Aún hay asignaturas pendientes. Garces lo reconoce sin tapujos: no han logrado la profundidad deseada en el aspecto sanitario. Un diagnóstico reciente les permitió conocer las situaciones de cada abuelo, pero tratarlas a fondo es otro cantar.
Pone un ejemplo: “Hay varios que van levantando la autoestima a partir de la atención que les das. Uno decía: ‘No me he podido poner los dientes que me faltan’”. Ese tipo de necesidades básicas, de salud integral, requieren que la responsabilidad no recaiga solo en Comercio.
“Tiene que ser de todo el mundo en función de lo que necesita”, reclama. Sin embargo, nota cambios: algunos ancianos han ganado masa muscular, otros que se escondían detrás de una mata ahora socializan. “La atención ha transformado su vida, pero no es el cambio completo que necesitamos”.

Sergio Enrique Martínez, el administrador de "El Rampeño". Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
Cuando falla la electricidad –y falla a menudo–, el equipo no se detiene. Sergio describe las maniobras con tono de quien ya ha perdido la cuenta de las veces: buscan corriente en otro lado, trasladan los alimentos, recurren a la leña o al carbón. “Si no tienes corriente, busca la alternativa para darle comida. El objetivo es atenderlos ahí”, afirma. Y remata con una frase que parece un mandamiento familiar: “Tú tienes abuela en tu casa, mañana tu mamá va a ser abuela”. Por eso, fuera del horario laboral o dentro, el trato siempre es bueno. “Trabajamos por ellos”, resume. Mientras habla, señala por la ventana a Rafael, que ya se despide con la mano en alto. No hace falta añadir más.
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Sistema de Atención a la Familia (SAF), programa creado por la Revolución para amparar a las personas desprotegidas y de bajos ingresos. Foto: Marcelino Vázquez Hernández/ Cubadebate.
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ojalá las Mipyme ayudarán a estos comedores
Que duro...muy duro, nunca pensamos que las personas jubiladas, discapacitados etc pasarían por todo esto, que triste de veras!!...que futuro nos espera.
Programa lindo y humano, realidad cruda y triste, Si los gobiernos municipales funcionaran como tiene que ser?, erradicando corrupcion y delincuencia, el SAF pudieses funcionar mejor, porque no esta al margen de todo lo que sucede en otros lugares, ahi, el estado da, y ya no voy a decir lo poco que tiene, porque el estado tiene y muchooo, pero cuando el estado manda a un SAF 2 cajas de pollo, a los beneficiados por el servicio, solo llega sopa de pollo 2 veces al mes y asi va sucediendo con todo lo demas, pero adolecemos de un cuerpo de inspectores no sobornables que luchen por erradicar todo el mal. Saudos y vida y amor a los que hacen bien sus funciones en ese sector.