Del opio al fentanilo

En los últimos cincuenta años, luego de la Guerra Fría, Estados Unidos lideró, entre 1991 y 1992, la coalición internacional conocida como la Guerra del Golfo. Luego protagonizó la invasión a Afganistán, entre 2001 y 2021, y en forma casi simultánea la ocupación militar en Irak, entre 2003 y 2011. En sus dos siglos y medio de historia –desde su fundación como país en 1776–, estuvo en guerra 228 años.
Ese belicismo consecuente no contabiliza los bombardeos esporádicos, como el llevado a cabo recientemente en Irán, ni las operaciones injerencistas golpistas, destinadas a imponer gobiernos títeres mediante la asociación con oligarquías domésticas. Sin contar estos últimos formatos belicistas, que incluyen el bloqueo criminal a Cuba de más de seis décadas, el noventa por ciento de la historia de Estados Unidos se asocia al militarismo prepotente y al chantaje geopolítico.
El último capítulo de la saga imperial, después de tres décadas de “guerras contra el terrorismo”, es la actual batalla contra la República Popular China, combinada con la limpieza étnica realizada contra los trabajadores migrantes al interior de los Estados Unidos. En el primer caso, para impedir que Beijing se convierta en la primera potencia global. En el segundo, para purificar a la sociedad estadounidense de las oscuras pigmentaciones que portan los chicanos, arrinconados por la pobreza, los conflictos armados y los golpes militares impulsados desde Washington. Para legitimar ambas conflagraciones, Donald Trump apela a una vieja caja de herramientas utilizada en la década del ´90 del siglo pasado: la lucha contra el narcotráfico. En esta oportunidad, la sustancia utilizada como justificación bélica es el fentanilo.
Washington ha construido una nueva falacia, análoga a la invención de las inexistentes armas químicas de Sadam Hussein. La falta de creatividad comunicacional de la Casa Blanca denomina al flagelo toxicológico como “arma de destrucción masiva”: los culpables, en esta oportunidad, no son los árabes, sino los inmigrantes latinoamericanos y los laboratorios chinos. Las primeras víctimas serán acusadas de narcotraficantes y cazadas en las calles por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). A los segundos –componentes empresariales o políticos del ascendente País del Medio–, se les atribuirá la responsabilidad de proveer los precursores químicos.
Lo que la normativa contra el fentanilo no especifica es el rol de las empresas farmacológicas estadounidenses: son las primeras clientas de los laboratorios chinos, cuyas cinco mil firmas (muchas de ellas privadas, con aporte accionario de fondos de inversión occidental) producen el 70 por ciento de todos los precursores químicos disponibles a nivel global.
En 2024, un tercio de los nuevos compuestos autorizados por las compañías farmacéuticas estadounidenses, fueron producidos por empresas biotecnológicas chinas. En las dos últimas décadas, las importaciones de los laboratorios estadounidenses han crecido un promedio de nueve por ciento anual. Solo en el último año se incrementó un 40 por ciento, alcanzando los 315 mil millones de dólares, convirtiéndose en el quinto sector de mayor importación en 2024, en Estados Unidos.
La monserga trumpista tampoco hace referencia al rol de los laboratorios estadounidenses, que invierten alrededor de 120 millones de dólares anuales en hacer lobby en el Congreso de su país para impedir que se aprueben medidas para restringir la oferta de un negocio descomunal, que tiene cautivo al 40 por ciento de la sociedad estadounidense con prescripciones psiquiátricas legales. Alrededor del 10 por ciento del PBI global es el combustible de la brutalidad neoliberal promovida por Occidente.
Una quinta parte de todo el lavado de activos, proveniente de diferentes delitos, se convierte en motor de la economía estadounidense. Hace casi dos siglos, el Reino Unido invadió China –en nombre de la libertad de comercio– porque la dinastía Quing prohibió la venta de opio que los británicos llevaban desde la india a las costas chinas. Ese periodo histórico quedó inscripto en la tradición del País del Medio como una etapa de vergüenza y humillación. “No volverá a suceder”, aseguran.
(Tomado de El Mundo)
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