
Una niña saluda a su amiga a través de la ventana de la cocina, en Brooklyn, Nueva York, mayo de 2020. Muchos se preguntan y otros especulan sobre si serán como antes las relaciones personales luego de la pandemia de COVID–19. Foto: Reuters.
La pandemia está lejos de terminar. No sabemos si se quedará para siempre, si no en la forma agresiva que enfrentamos ahora, sí latente y amenazando activarse y volver a extenderse en cualquier momento.
Pero, después de finalizada su etapa de máximo impacto, ¿cómo será la vida de la humanidad en el futuro a corto y mediano plazos? ¿Cómo será la llamada “nueva normalidad”? ¿Se alcanzará un nuevo contrato social para una vida más digna, sin bloqueos, sanciones, amenazas ni agresiones, con menor desigualdad, o simplemente todo seguirá como hoy?
Decía Helmuth von Moltke que “los planes mejor concebidos siempre varían a partir del mismo momento en que se ponen en práctica”. Aunque con diferentes alternativas posibles, los efectos inmediatos de la pandemia en la vida económica y social de la humanidad podrían ser:
–Necesidad perentoria de establecer una mayor colaboración internacional para poner bajo control la actual pandemia y las que son posibles en el futuro
Una de las cosas que ha evidenciado la actual crisis es el bajo nivel de cooperación internacional, aun en condiciones de una brutal emergencia como la que ha originado la COVID–19.
Países como Cuba, con extensión, población y recursos económicos limitados, han demostrado que sí se puede hacer un esfuerzo coordinado para enfrentar la crisis.
La Isla ha enviado a sus médicos a varios países afectados, auxiliado en marzo pasado al crucero británico MS Braemar (con varios casos de COVID–19 a bordo, rechazado por varios puertos de la región) y a una aeronave de la aerolínea Condor (en vuelo humanitario, tras la negativa de aterrizaje en otros aeropuertos del Caribe para repostar combustible), entre otras acciones positivas y solidarias. También un gigante económico como China (y sus empresas privadas, como Alibaba) ha enviado ayuda a muchos países golpeados por la pandemia.
Más de 2300 colaboradores cubanos, en 26 brigadas Henry Reeve, contribuyen hoy en la lucha contra la #COVID19 en el mundo.
A ellos se suman más de 28 mil profesionales cubanos de la salud quienes ya laboraban en 59 naciones antes de la pandemia.#CubaSalvaVidas pic.twitter.com/dkG4Vdiv5V
— Bruno Rodríguez P (@BrunoRguezP) May 20, 2020
En cambio, desde EE.UU. se ha recrudecido el bloqueo contra Cuba (una empresa estadounidense compró dos proveedores de partes para respiradores de Medicuba, cerrando extraterritorialmente el suministro a la Isla, aun en medio de la pandemia). Hay, paralelamente al esfuerzo del país caribeño, una campaña de difamación contra sus brigadas médicas, no solo bulos o declaraciones de individuos desquiciados, sino directamente desde la embajada estadounidense en La Habana y desde la Casa Blanca.
Se envían buques de guerra al mar Caribe, mientras desde Washington se acusa ridículamente a Cuba y a Venezuela de participar en el tráfico de drogas, y se miente sin recato al decir que Estados Unidos ha vendido medicinas a Cuba.
Es necesario insistir en que organizaciones como la OMS y la ONU, a pesar de hacer sus mayores esfuerzos, no están plenamente preparadas –y operan en medio de tensiones presupuestarias– para ejercer las funciones para las cuales fueron creadas.
Encima de ello, la OMS ha sufrido ataques racistas contra su director general, el etíope Tedros Adhanom Ghebreyesus, infundadas críticas a su gestión –procedentes, también, de Washington– y brutales y repetidas amenazas de cese permanente de la contribución monetaria estadounidense a esa organización, directamente de boca de Donald Trump, quien recurre nuevamente a la politización y acusa a la entidad mundial de actuar en favor de los intereses de China, sin, como es habitual, presentar evidencias.
Trump, por su parte, ha generado fuertes críticas por su tardanza negligente en reconocer la gravedad de la crisis por la COVID–19 –llegó a calificarla de solo “una gripe”–, por ligerezas irresponsables como la afirmación de que habrá una vacuna pronto, por su politizada insistencia en hablar del “virus chino”, por promover medicamentos sin eficacia probada y hasta aconsejar el uso de desinfectante para alejar la enfermedad.
La ONU ha estado funcionando a puertas cerradas en el mismo epicentro de la pandemia, la ciudad de Nueva York, y ha habido excelentes declaraciones de su secretario general, el portugués António Guterres, y otros altos funcionarios, pero sin muchos efectos prácticos.
Para Trump y compañía, aun con pandemia no deja de ser este un tiempo de egoísmo. Para voces más realistas como las del papa Francisco, “este no es el tiempo de la indiferencia, porque todo el mundo está sufriendo y debe encontrarse unido para afrontar la pandemia (…) Este no es el tiempo del egoísmo porque el desafío que enfrentamos nos une a todos y no hace excepción de nadie”.
Trump y compañía promueven bloqueos, sanciones, hostilidad, politización de la crisis, mientras otros estadistas llaman a la cordura, Guterres llama a cesar acciones bélicas y Francisco convoca a “acabar con las guerras y la producción de armas, así como ‘relajar’ las sanciones internacionales que sufren los países afectados por el virus y que les impiden ofrecer una ayuda adecuada a sus ciudadanos”.
Dos visiones diametralmente opuestas. No se requiere mucho poder de análisis para entender cuál es la más racional y sostenible, la que necesita la humanidad para afrontar la crisis actual y las que amenazan su futuro.

Además de seguir “dando sus opiniones, tan optimistas como infundadas, sobre la ciencia del coronavirus (ha sido así desde antes de que el virus se propagara ampliamente por todo Estados Unidos, cuando sostuvo que desaparecería en los días cálidos de abril)”, como refería AP semanas atrás, Trump se ha dedicado a imponer más sanciones, generar más hostilidad y politización y amenazar a la OMS. Foto: AP.
–Una recesión económica desconocida desde la Gran Depresión
Los efectos económicos ya son apreciables, y serán enormes. No tienen precedentes en tiempos de paz. El suceso reciente más parecido (pero inferior en orden de magnitud) con el que podemos comparar esta crisis, el crash financiero de 2008, gestó un cambio intenso en la economía del planeta.
Se pasó de un crecimiento relativamente alto y una moderada inflación a otro anémico y con deflación. Pero el mundo nunca más volvió a ser igual al que había sido antes de ese año. El coronavirus va a provocar una recesión muy superior a la de 2008-2009, ya que, por poner unos pocos ejemplos de países desarrollados, la deuda actual de Grecia es del 175.2% de su PIB, y en niveles igual de altos, que rondan el 100% del PIB, andan Italia, Francia y España.
Probablemente, la mayoría de las economías tardarán entre dos y tres años en regresar a los niveles de producción que tenían antes de la epidemia, según coinciden en señalar distintos expertos en la economía mundial. La deuda de Estados Unidos excedía los 23 billones de dólares el 31 de diciembre de 2019; después de los próximos seis meses quizás llegue a 30 billones, alrededor del 150% del PIB nominal ajustado al 2020.
El aspecto más impactante, sobre todo desde el punto de vista humano, es el desempleo, donde los indicadores (acercándose al 18%) ya alcanzan cifras sin precedentes desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo XX. Uno de los factores más graves, y que afecta la capacidad de atajar la recesión, es considerar que solo está relacionada con la pandemia como un fenómeno puntual, temporal y no, como es en realidad, con las contradicciones internas del capitalismo desde un punto de vista permanente y sistémico.
–Cambio climático. Necesidad de enfrentarlo con urgencia y determinación
La actitud de Gobiernos como los de Trump, Bolsonaro y otros, de ignorar lo que sucede en la naturaleza, es irrealista y no tiene futuro. Y esto aplica tanto para pandemias como para los efectos relacionados con el cambio climático, que pueden ser más devastadores.
El ser humano es un agente importante del cambio climático, sin duda alguna, aunque no el único. Pero su impacto sí es el único sobre el que tenemos capacidad de acción o algún grado de control. Hay que trabajar muy duro y desarrollar las salvaguardas internacionales necesarias para evitar que siga extendiéndose la crisis ambiental; mientras más pronto se haga, mejor.
En fechas recientes se han dado pasos de cierta importancia, aunque aún insuficientes. Uno de ellos es el Acuerdo de París (firmado y ratificado por casi la totalidad de las naciones, y que entre otras acciones busca recortes en las emisiones de gases de efecto invernadero para mitigar el calentamiento global), del que Donald Trump retiró a Estados Unidos en la forma más irresponsable. La pandemia nos demuestra que la naturaleza es muchísimo más poderosa que cualquier imperio, aunque Trump no quiera, o no logre, entenderlo.
Esta prueba trágica que sufre la humanidad hoy con la pandemia, evidencia la necesidad de actuar conjunta y seriamente en la relación entre los seres humanos y la naturaleza. Recursos de todo tipo, en especial el aire y el agua, deben ser tratados con el cuidado necesario, y todos por igual.
–Imprescindible reestructuración del ingreso y el gasto público
El 1% de la población posee la mitad de la riqueza del mundo, destacó hace relativamente poco tiempo un estudio que muestra la creciente brecha entre los ricos y el resto de los ciudadanos. Según el Informe Riqueza Global 2017, elaborado por el Instituto de Investigación del Credit Suisse, las personas más ricas del mundo vieron cómo su fortuna aumentó del 42.5% en el momento álgido de la crisis financiera iniciada en 2008 al 50.1% en 2017, cifra que no ha cambiado mucho hasta ahora.
Sin embargo, ese 1% con la mitad de la riqueza solo tributa una pequeña fracción de los ingresos de los Estados en los distintos países del mundo.
En Estados Unidos, la cifra es del 23% (2018), mientras que la clase media y los pobres (62 millones de hogares), aportan el 24.4%. En 1970, los estadounidenses más ricos pagaban, con todos los impuestos incluidos, más del 50% de sus ingresos, el doble que la clase trabajadora. En 2018, luego de la reforma tributaria de Trump, y por primera vez en los últimos 100 años, los multimillonarios han pagado menos que los trabajadores. Así de simple y cruel.
Los gastos militares deben ser recortados enérgicamente y el presupuesto resultante dedicado a enfrentar parte de lo requerido para la educación, salud, adecuación a los cambios climáticos y otras acciones hoy vitales para la humanidad.
Los presupuestos militares del mundo consumen (2019) unos dos billones de dólares, y estas son solo las cifras reconocidas oficialmente, que se consideran significativamente por debajo de las cifras reales.
Ambos, el incremento de la tributación real por parte del 1% que ingresa y posee la mitad de la riqueza mundial, y la disminución drástica de los gastos militares (y otros gastos que no aportan nada a la sociedad), podrían generar de inmediato unos tres billones de dólares anuales para la redistribución racional en presupuestos socialmente importantes y significativos.

Cada vez es más clara y extendida, con gran presencia de los jóvenes, la conciencia de que un cambio es imprescindible para asegurar el futuro del planeta y las generaciones por venir. Foto: ICCCAD.
–Incremento de las crisis sociales. Oleada progresista y antifascista en América Latina y otras regiones
El impacto de la pandemia en los justos reclamos sociales será muy claro, la necesidad de tener cobertura de salud pasará de ser necesaria/deseable a condición sine qua non. El líder socialista democrático estadounidense Bernie Sanders fue capaz de expresarlo en pocas palabras: “El sistema de salud es un derecho fundamental del ser humano”. Esta, una verdad permanente, será también un legado del virus.
El legado de esta crisis se extiende y va más allá, a aprendizajes y confirmaciones: más trabajo desde la casa, auge de los pagos electrónicos, mayores controles en las fronteras, mucho más acceso a la educación (incluyendo educación a distancia), necesidad de creación de decenas de millones de nuevos empleos y un largo etcétera.
Este Primero de Mayo, en el mundo entero, se plantearon demandas de mejores y más seguras condiciones de trabajo. A corto plazo, se va a fortalecer el movimiento sindical a nivel mundial, en especial en los Estados Unidos. Ignorar tales exigencias es como no ver el sol.
En las elecciones de noviembre de este año en los Estados Unidos, los efectos de la pandemia y de su pobre enfrentamiento por la Casa Blanca (mientras gobernadores de estados y alcaldes desarrollaban una intensa actividad contra ella), pueden marcar la diferencia y derrotar a Donald Trump en sus intenciones reelectorales. Las estructuras económicas del fascismo han sido puestas al descubierto, y la necesidad de un gran cambio es mucho más evidente hoy.
En América Latina, la recesión que ya existe en el mundo, y que se incrementará aún más, traerá las victorias de la fuerzas progresistas y de izquierda en varios países de la región, en un enfrentamiento muy intenso y polarizado contra la derecha y la oligarquía regional, durante el ciclo electoral 2020–2022, entre ellos Chile, República Dominicana, Bolivia (donde el MAS regresa o se producirá una revuelta social impredecible), Ecuador, Brasil…
En Europa, Gobiernos de ultraderecha como los de Hungría, Polonia o Austria se verán fuertemente retados por la discordancia entre sus propuestas reaccionarias y las demandas populares.
Después de la batalla contra la pandemia, el paisaje económico–social del mundo podría ser muy diferente. Es muy difícil saber hoy cuán diferente será, pero los cambios serán indudablemente sustantivos. Quizás no serán de inmediato todo lo positivos que se requiere, pero sí el inicio de los mismos.
Por otra parte, vemos a los reaccionarios en las calles de Estados Unidos “exigiendo” que se eliminen las restricciones y se abra el país, en defensa del “derecho de morir en paz”, lo que no se puede ignorar. Cada cambio afrontará una gran resistencia de la derecha.
Las demandas populares de mayor seguridad y de salud (incluyendo una incrementada seguridad e higiene en empleos, establecimientos comerciales y escuelas), más acceso a la educación y menor desigualdad en general, van a ser el leitmotiv de la nueva época; a partir de este, emergerán más avanzadas reivindicaciones.
Enfrentando la pandemia (I), una guerra en la que la humanidad precisa un frente común