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Medio siglo de terrorismo contra niños y adolescentes cubanos (I)

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Por Pedro Etcheverry Vázquez y José Luis Méndez Méndez

A través de la Historia de Cuba desde su surgimiento como nación, durante las guerras de independencia contra el poder colonial español, y más tarde en la república neocolonial, la niñez y la adolescencia cubanas padecieron en carne propia por la injusticia social, el abandono de las autoridades y la violencia de los órganos represivos. Después del triunfo de la Revolución cubana, a pesar de sus novedosos y justos programas de desarrollo económico y social, estos sectores han continuado sufriendo las consecuencias de la política hostil y agresiva de diferentes administraciones norteamericanas.

1868: violencia de las fuerzas coloniales durante la gesta independentista

Con el levantamiento del 10 de octubre de 1868 en La Demajagua, un suceso que marca un hito trascendental en la historia de Cuba, echó a andar de una vez y para siempre la indetenible lucha de los cubanos por alcanzar la independencia, la libertad y la soberanía nacional. Desde entonces, las intervenciones extranjeras, los golpes de estado, la corrupción política, la represión militar y el terrorismo, se han caracterizado por una larga cadena de hechos, en los que sucesivas generaciones de cubanos han tenido que pagar una enorme cuota de sacrificios.

Diferentes métodos fueron aplicados por el poder colonial español durante la represión del movimiento revolucionario en su gesta independentista. La niñez y la adolescencia fueron las principales víctimas de la crueldad de las fuerzas colonialistas, que por medio de la violencia trataron de atemorizar a la población y en particular a los nuevos gérmenes de patriotismo que brotaban en la conciencia nacional.

El 12 de enero de 1869 el general español Blas Villate de las Heras -Conde de Valmaseda- desencadenó una implacable campaña en la región oriental, con el propósito de arrasar con la insurrección iniciada en octubre del año anterior. La llamada Creciente de Valmaseda a través del acoso militar, el hambre y las enfermedades, causó una considerable pérdida de vidas humanas. Al mismo tiempo, otras fuerzas coloniales llevaron a cabo una denominada “pacificación” de Las Villas con similares resultados. La muerte violenta de niños y adolescentes en estas operaciones militares afectó considerablemente el potencial educacional y cultural de la nación.

El 22 de enero, una compañía de voluntarios al servicio del poder colonial asaltó el Teatro Villanueva, en La Habana, interrumpiendo el espectáculo. Allí fue asesinado a balazos un niño de 8 años. A su lado cayó su padre el hacendado Pablo González. Apenas tres semanas después, a mediados de febrero, fue fusilado por las autoridades españolas un adolescente de 16 años que había sido detenido en el puerto de La Habana, por despedir a un barco que zarpaba cargado de deportados y gritar emocionado ¡Viva Cuba Libre!

José Martí en abril de 1870 con solo 17 años de edad, fue detenido por las autoridades colonialistas al censurar a un compañero de estudios por ingresar en el cuerpo de voluntarios y expresar su simpatía por los independentistas alzados en el oriente cubano. Fue juzgado, acusado de infidencia y condenado injustamente a seis años de trabajos forzados en las Canteras de San Lázaro. A su lado se encontraban otros adolescentes de la misma edad. Algún tiempo después Martí acusó al poder colonial y su brutal sistema penitenciario, por la trágica muerte de uno de sus compañeros en aquel infierno, el niño negro Lino Figueredo, de 12 años.

Otro hecho que ocupa un lugar cimero en la memoria histórica de la Patria, fue el ocurrido al año siguiente, el 27 de noviembre de 1871, cuando ocho estudiantes de medicina fueron injustamente fusilados en la explanada de La Punta. Entre los más jóvenes se encontraban Alonso Álvarez de la Campa, de 16 años, Ángel Laborde Perera y Carlos Verdugo Martínez, ambos de 17, que de haber concluido sus estudios universitarios hubieran contribuido con sus conocimientos a curar enfermos y salvar vidas, quizás hasta las de sus propios ejecutores.

En 1872 dos niños de 12 y 14 años fueron asesinados a machetazos por soldados del ejército español, en presencia de su hermana Luz Palomares García, una joven que había sido capturada cuando se encontraba enfrascada en las luchas contra el poder colonial. Temían que su ejemplo germinara en los hermanos.

El 4 de noviembre de 1873 fueron capturados a bordo del vapor Virginius, un numeroso grupo de patriotas cubanos integrantes de una expedición independentista. Entre los pasajeros fusilados se encontraban Arturo Loret de Mola y Herminio de Quesada Corvisón, dos adolescentes de 13 años. A este último se le atribuyó el “delito” de ser hijo de Manuel de Quesada Loynaz, el primer general en jefe del Ejército Libertador. Posteriormente y hasta el final de la guerra en 1878, fueron ultimados otros adolescentes por colaborar con los mambises.

Entre 1896 y 1898 tuvo lugar La Reconcentración, una medida exterminadora y genocida dirigida por el capitán general Valeriano Weyler y Nicolau. En solo dos años, en toda la isla murieron hacinados, hambrientos y enfermos más de 200 mil seres humanos de ambos sexos, incluyendo negros, mestizos, chinos, criollos y hasta peninsulares, de todas las edades y credos. Tenían un denominador común: eran pobres. No se conoce a ciencia cierta cuántos niños y adolescentes perecieron en estas horribles circunstancias. Ninguna autoridad se preocupó por atender las secuelas que este proceso dejó en los sobrevivientes.

1902: represión oficial durante la República neocolonial

Con la imposición de la República neocolonial en 1902, el terror continuó funcionando como un instrumento de los gobiernos de turno para preservar el poder político. A partir de ese momento, con el aporte de los intervencionistas norteamericanos, que comenzaron a organizar el gobierno y los cuerpos represivos a su imagen y semejanza. No sería ocioso señalar, que las concepciones en que se fundamentaron los sistemas de enseñanza y salud eran discriminatorias para la mayoría de la población.

En 1911 fue asesinado en la ciudad de Santa Clara, el joven Aurelio Díaz Rojo. Su ejecutor, un connotado criminal vinculado a los órganos policiales y los politiqueros de turno, no fue a prisión y continuó cometiendo crímenes.

El 20 de mayo de 1912 se produjo la tercera intervención militar de Estados Unidos en Cuba, con el pretexto de proteger la vida y los intereses de ciudadanos e inversionistas norteamericanos, supuestamente amenazados por la sublevación armada iniciada por el Partido Independientes de Color, la que fue reprimida violentamente por el gobierno de José Miguel Gómez. En los montes de la provincia de Oriente fueron masacrados por las fuerzas gubernamentales más de 3 mil negros y mulatos de distintas edades y ocupaciones. No se contabilizaron los niños, ni los adolescentes sacrificados. Es imposible definir cuánto potencial de inteligencia y cultura se perdió con la injustificada y trágica muerte de estas personas.

Durante el gobierno tiránico de Gerardo Machado y Morales las fuerzas represivas también la acometieron contra los sectores más jóvenes de la sociedad cubana. El 30 de diciembre de 1932 cuando participaba en una manifestación estudiantil, fue detenido Juan Mariano González Rubiera, de 17 años. Una vez trasladado a los calabozos de la policía machadista, fue torturado hasta morir. Su cadáver fue abandonado en la vía pública, en Miramar. Tenía once orificios causados por disparos con armas de fuego.

El 1ro de agosto de 1933, durante una manifestación popular en Santiago de Cuba, la joven estudiante América Labadí Arce, de 16 años, fue asesinada por la policía. El 29 de septiembre, fue ametrallado por el ejército un numeroso grupo de personas que se había reunido pacíficamente para rendir homenaje a los restos mortales de Julio Antonio Mella, ultimado cuatro años antes en México por orden de Machado. El pionero Francisco González Cueto (Paquito), de 13 años, cayó muerto con el cráneo destrozado. Fue la víctima más joven, pero no la única. La orden de disparar había sido dada por un improvisado coronel -ayuno en combates- que respondía al nombre de Fulgencio Batista.

El 6 de septiembre de 1946, resultó asesinado Luis Joaquín Martínez Fernández, de 16 años, cuando transitaba por Quinta Avenida en el auto de su padre. Era hijo del ministro sin cartera Joaquín Martínez Sáenz, conocido por sus vínculos con malversadores y delincuentes. Este hecho caracterizó el violento escenario en que se debatía la sociedad cubana en aquellos tiempos, donde hasta los menores de edad corrían el riesgo de ser víctimas de las contiendas armadas entre pandilleros vinculados a los círculos de poder.

1952: el golpe de estado de Batista desencadena el terror

A partir del cuartelazo del 10 de marzo de 1952, durante el último gobierno de Batista ser joven constituía un peligro y convertía a cualquier persona en sospechosa. El Ejército Nacional, la Guardia Rural, la Policía y posteriormente los aparatos creados con asesoramiento norteamericano, como el Buró para la Represión de Actividades Comunistas (BRAC) o el Servicio de Inteligencia Militar (SIM), reprimieron a niños, adolescentes y jóvenes, y cometieron crímenes atroces, en su mayoría contra los estudiantes universitarios y de los institutos de enseñanza media, la juventud obrera y el campesinado. Persiguieron y torturaron a parte de una generación que daba continuidad a las más ricas tradiciones independentistas y antiimperialistas de nuestro pueblo. Quienes lograron sobrevivir, durante el resto de sus vidas llevaron en sus cuerpos y conservaron en sus memorias, las huellas imborrables de un pasado que las nuevas generaciones no pueden olvidar.

El 2 de enero de 1957 apareció muerto en esa ciudad el estudiante William Soler Ledes, de 15 años, quien había sido secuestrado unos días antes. El 13 de agosto los estudiantes Sergio y Luis Saíz Montes de Oca, de 17 y 18, fueron asesinados en plena vía pública en San Juan y Martínez, Pinar del Río. Raúl Marcuello Barrios, de 17, tuvo el mismo destino unos días después, en La Habana, durante la represión oficial que se desató en todo el país por el levantamiento popular del 5 de septiembre en Cienfuegos.

El 18 de marzo de 1958 en Sancti Spíritus, fue secuestrado por los aparatos represivos el estudiante Luis Brito León, de 18 años. Conducido hasta el cementerio de Zaza, resultó ultimado y sepultado clandestinamente. El 9 de abril de 1958 durante la violenta represión desatada contra la Huelga General cayeron Leonel Fraguela Castro, de 16 y Emilio Rodríguez Páez, de 17.

El 10 de abril ocurrió un hecho muy triste. Una guerrilla del Ejército Rebelde bajo el mando del capitán Ángel Frías Roblejo, que acababa de combatir exitosamente contra el Ejército batistiano en la zona de El Pozón, hizo una breve escala en el pequeño poblado de Vista Alegre, en Cayo Espino, Manzanillo. Los combatientes confraternizaron con sus habitantes y siguieron su camino. Uno de los niños exclamó muy contento: “¡Horita viene Fidel!”.

Unas horas después, los que llegaron fueron varios aviones de la Fuerza Aérea batistiana. Sobrevolaron el caserío, dejando caer una mortífera carga de bombas de fabricación estadounidense. Como en otras ocasiones, los campesinos abandonaron sus bohíos precipitadamente, tratando de buscar refugio en lugares más seguros. Pero las explosiones fulminaron a una madre joven llamada Elba Velásquez. Al mismo tiempo, Virgen Escalona recogió a su pequeño hijo gravemente herido y lo condujo a un campamento del Ejército Rebelde, que funcionaba como hospital de campaña, donde se encontraba el doctor René Vallejo Ortiz. Inmediatamente se desencadenó una desventajosa lucha contra la muerte. Unos minutos más tarde falleció de hemorragia interna a consecuencia de las gravísimas heridas recibidas durante el bombardeo. Se llamaba Orestes Antonio Gutiérrez Escalona, y solo tenía 6 años. ¡Era el mismo niño que esperaba ansioso al máximo líder de la Revolución!
A finales de mayo, como parte de la llamada Ofensiva de Verano del Ejército batistiano, asesorada por la Misión Militar de Estados Unidos en La Habana, la Fuerza Aérea batistiana intensificó los bombardeos contra las poblaciones campesinas en la región oriental, para evitar que apoyaran al Ejército Rebelde. Entre los muertos y heridos causados por bombas de fabricación norteamericana, que eran abastecidas por el gobierno de Dwight D. Eisenhower al régimen de Batista, se reportaron numerosos niños y adolescentes.

La represión era tan intensa, que entre finales de octubre y principios de noviembre de 1958, en el escenario de las elecciones fraudulentas organizadas por Batista, el periodista norteamericano Edward Scott, de la agencia norteamericana NBC, visitó La Habana y entrevistó a numerosos políticos. Uno de ellos fue el ex presidente Ramón Grau San Martín, quien afirmó que 20 mil cubanos habían sido muertos en Cuba desde el 10 de marzo de 1952. Más tarde, sobre esta afirmación Scott le preguntó a Batista, y éste respondió que el cálculo era exagerado, añadiendo cínicamente que quizás estaba incluyendo los asesinatos de los gobiernos “auténticos” de Grau y Prío.

La historia de secuestros, tormentos y desapariciones durante la dictadura batistiana es muy extensa. Tanto, que por razones de espacio no es posible citar a todas las víctimas, ni siquiera a las de menos edad.

El 13 de noviembre, la estudiante Alba López Írsula falleció en Santiago de Cuba. Había sido baleada el 27 de octubre cuando caminaba junto a su hermana Mercedes hacia una casa de contacto del Movimiento 26 de Julio ubicada en la Prolongación de la calle 9 entre 4 y 6, en el reparto Mariana de la Torre. En esta ocasión el crimen era doblemente censurable, primero por su condición de mujer y después porque Albita solo era una adolescente de 13 años de edad.

A finales de diciembre de 1958, soldados batistianos del puesto militar de San Germán, en Oriente, irrumpieron sorpresivamente en la casa de una familia muy humilde. A pesar de las desesperadas súplicas de la madre, y haciendo uso de la fuerza, se llevaron detenido a José Coello Ortiz, un adolescente de solo 14 años. El cadáver del muchacho fue hallado algún tiempo después. Se encontraba enterrado en el patio del cuartel. Le habían arrancado las uñas, los ojos y lo habían castrado. ¡Hay que estar enajenado para cometer un acto tan salvaje!

El 31 de ese mes el dictador huyó y con él su política represiva y quienes la aplicaban con saña amparados en sus órdenes, que sus jefes hacían llegar a sus subordinados. Se abrirían las cárceles y de ellas saldrían jóvenes y niños, que en lo adelante tendrían consagrados sus derechos humanos fundamentales, el derecho a la vida sería el primero y nunca más la tortura sería utilizada, ni las desapariciones forzosas, ni los desmanes tendrían cabida en el futuro luminoso de un pueblo empeñado en borrar para siempre el pasado y empeñado en construir un porvenir con todos y para el bien de todos.

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  • Andres Castello Salort dijo:

    La guerra de Cuba contra España, fue apoyada solapadamente por los norteamericanos
    por su ambicion en la anexsion de la isla, la resistencia de España en su entrega y venta
    ver( Manifiesto de Ostente). Los mambises cubanos insurrectos, tenian un gran apoyo de
    los norteamericanos e ingleses como los peruanos, colombianos, venezolanos mejicanos
    de forma y manera disimulada pero efectiva en Nueva York el español cubano Manuel
    Quesada y Loymar con sus dotes de mercenario y contrabandista en armas en Mejico al
    prestar sus servicios de mercenario a Benito Juarez.
    Tenia contactos con simpatizantes mambises, mas intereses navieros al que por mediacion del cofederado sureño John Patterson, con representacion de la junta rebelde cubana, se efectuo la compra del Virginius buque ex confederado

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José Luis Méndez Méndez

Escritor y profesor universitario. Es el autor, entre otros, del libro “Bajo las alas del Cóndor”, “La Operación Cóndor contra Cuba” y “Demócratas en la Casa Blanca y el terrorismo contra Cuba”. Es colaborador de Cubadebate.

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