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La falsa religión del poder mediático

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No hay nada tan terrenal con pretensiones de origen divino como la supuesta libertad de prensa de las transnacionales  y las grandes empresas vinculadas con la difusión de informaciones periodísticas. Todo lo que se aparte la teología de la propiedad privada para ejercer la religión de desinformar mediante las iglesias representadas por los grandes medios se convierte en la herejía de atentar contra la única forma posible de ser libre en esa esfera y, por tanto, merecer el calificativo de antidemocrático, dictatorial.

La primera gran cuestión que relaciona a esas empresas con este mundo es eso, ser empresas comerciales y tener como uno de los objetivos principales la ganancia. Su mercancía, la noticia, se cotiza en el mercado de acuerdo con el valor que beneficie los intereses de los empresarios y del sistema dominante. Los periodistas contratados disfrutan de la gran libertad de autocensura en todo aquello que los contradiga o con la siempre también libre opción del desempleo y el hambre, cuando menos. No pocos han perdido la vida.

Bien real es el derecho de asociarse que ejercen con toda libertad los grandes medios para garantizar la seguridad de que las opiniones de sus dueños coincidan en lo estratégico y puedan determinar la existencia o no de la prensa libre, sin molestar la atención de los periodistas de sus redacciones para saber si están de acuerdo o no con sus pronunciamientos. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) es ejemplar al respecto.

Por supuesto, en cuanto a que redactores y reporteros tengan sus organizaciones en sindicatos o colegios, es peligroso y puede convertirse en acciones atentatorias contra la flexibilidad laboral y poner en peligro el ejercicio libre de la función periodística y representar, además, deslealtad hacia la empresa. Es más, reconocer al periodista como un profesional colegiado limitaría la libertad de contratación de los empresarios y reduciría el acceso de otros a las redacciones. Lo que los dueños consideran recomendable es la libertad de contratación, sobre todo de jóvenes estudiantes dispuestos a trabajar voluntariamente, sin retribución alguna o por una miseria. Por lo menos es más barato, dentro del más libre albedrío.

Asimismo a los patronos les resulta innecesario formar profesionales del periodismo con elevado nivel cultural y técnico, porque ellos están conscientes de la gran responsabilidad social y el contenido político e ideológico que acompañan al ejercicio periodístico verdadero. Lo mejor, según los secuestradores de la libertad de prensa, es tener escuelitas de comunicación social donde egresen supuestos periodistas, publicitarios y relacionadores públicos. Es decir, preparan a los futuros profesionales del periodismo con el objetivo de obtener un puesto de trabajo sin otras inquietudes y capacidades que hacer algunas notas y recibir un salario. Y lo han logrado. No hay profesión con deterioro mayor en el aspecto formativo, donde en centenares de esas instituciones se gradúan muchos miles que, por falta de plazas en los medios e incapacidad cultural, obtienen empleos en funciones laborales elementales, bien distintas de un verdadero ejercicio en las redacciones de los medios.

Tampoco olvidan tener como único ejemplo del buen periodismo todo lo que provenga de la prensa rica en recursos tecnológicos y financieros, gran parte de ella al servicio del dominio  imperial, cada vez más monopólica, mientras tratan de borrar los orígenes del periodismo independentista que fue capaz de contribuir a que se fundaran naciones, cuyas constituciones reconocen la libertad de prensa. Esta, la verdadera, no tuvo como base el dinero, sino el heroísmo de sus combatientes, de sus pueblos.

Esas y muchas otras razones demuestran la falsedad e hipocresía de la biblia de la llamada gran prensa, conocida como la Declaración de Chapultepec, donde el derecho colectivo, social del pueblo a la información veraz, no aparece. De reconocerlo tendrían que rendir cuentas a la sociedad de su sistema organizado de mentiras, por lo que les resulta más cómodo su relación de medios masivos con los individuos aislados, en la medida que proclaman aquello de que la mejor ley o regulación es la que no existe.

Es en ese contexto que la alta dirección de la UNESCO, que ha engavetado hace muchos años los acuerdos a favor del Nuevo Orden Internacional de la Información y la Comunicación (NOIIC) y los Principios éticos internacionales del periodismo, ha proclamado el 3 de mayo como el Día de la Libertad de Prensa. Se trata en el fondo de hacer la apología del dominio monopólico internacional en la esfera de los medios de prensa y facilitar más el terror mediático que prevalece en nuestros tiempos. Es la complicidad con los cómplices del terrorismo estatal imperialista, enemigo por naturaleza de la educación, ciencia, cultura y todos los nobles objetivos fundacionales de ese organismo de las Naciones Unidas.

Todavía más. Como muestra de la capacidad de engaño declaran su alejamiento del poder gubernamental y dicen tener agenda propia, independiente, cuando son expresión del verdadero poder, el económico, o sustituyen la función de los partidos políticos y se convierten en la oposición, golpista y difamatoria, como ocurre en Venezuela. Ignacio Ramonet, en su libro Tiranía de la Comunicación, demuestra cómo el poder mediático ha desplazado el lugar que tenía el poder político. La supuesta libertad principal, garantizadora de las demás libertades, no es más que una burla monumental irrespetuosa de la más elemental inteligencia, conocida mejor que nadie por los propios periodistas que se ven necesitados de trabajar en esos grandes y poderosos medios de prensa. Se trata del ejercicio de la libertad más ilegítima, porque asume la función de mantener la ignorancia de las grandes mayorías víctimas del dominio de los poderosos.

En Cuba, donde la herejía es mayor, decimos: somos los periodistas más libres porque formamos parte del pueblo más libre, donde hay una Revolución que es el proceso más justo, ético y digno que haya tenido nación alguna.

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Ernesto Vera

Ernesto Vera

Periodista cubano. Presidente de honor de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP).