Mesa Redonda
Hace casi un año, en una aldea hondureña donde presentábamos el libro Los Disidentes, un campesino me hizo una pregunta sorprendente: "doña, ¿usted conoce a Randy Alonso?" Y torturando el sombrero entre sus manos cuarteadas por la sequía, manos de Guayasamín, siguió diciéndome: "yo casi siempre consigo ver la Mesa Redonda..."
Me explicó que seguía el programa porque en aquella zona se captaba la señal de Cubavisión Internacional, aunque a veces no podía verlo en vivo y esperaba la retransmisión: "no hay otro lugar en la tele donde se diga la mismitica verdad". Y para completar, como si viviera en Guanabacoa y no en las afueras de Choluteca, pasó a contarme entre divertido y admirado quién era su panelista preferido y por qué se sentía tan cercano a aquellos rostros que cada día lo acompañaban.
Recordé esta historia el sábado, mientras Ricardo Alarcón hablaba al plenario del Palacio de las Convenciones, en la celebración del quinto aniversario de la Mesa Redonda. Alarcón hizo allí una feliz parábola entre cierto hecho narrado por Alejo Carpentier en una crónica inolvidable y el destino al que se ha afiliado este programa de la televisión cubana. "¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!", le exigió a Carpertier una labriega analfabeta en Minglanilla, un pueblito de Castilla, camino a Madrid, donde reposaron brevemente los escritores antifascistas que se solidarizaron con la República en los adoloridos años 30 de la Guerra Civil española.
Y "ante ciertos desamparos profundos, ante ciertas miradas de fe, ante el oscuro anhelo de mundos mejores que palpita en el alma de estos campesinos" -recordaba Alarcón sentando a Carpentier en el plenario del Palacio de las Convenciones-, la única tarea posible para "quienes saben escribir y pueden ser leídos o escuchados por muchos" es contar el mundo de otra manera. Sostener la pasión por hacer de la noticia una herramienta de liberación y no una mercancía. No olvidar que mientras los grandes medios se llenan los bolsillos y se relamen con el mundo que inventan para ellos mismos y para los poderosos, los pueblos se mueven por debajo: se rebelan, se unen, se abrazan, se cansan, se hartan, se levantan, se reproducen, se aman, se niegan a seguir siendo abusados.
La parábola era suficientemente expresiva. Para que los periodistas puedan contar entonces, sin demoras, lo rebelde, lo unido, lo abrazado, lo harto, lo digno, lo todo grito, tienen que estar junto a los nadie, informando, noticiando, denunciando, gacetilleando, gritando, antiglobalizando Tal y como nos tiene acostumbrados la Mesa Redonda, apostando por esa "mismitica verdad" que se le debe no solo a quienes viven en los bordes interiores de la Isla, sino también a quienes ya la esperan cada tarde en Choluteca, quizás en Minglanilla y seguramente en otros universos tradicionalmente olvidados, pero que pueden verla y escucharla gracias a la todopoderosa tecnología.
"¡Defiéndannos, ustedes que saben escribir!", repetía Carpentier y recordaba Alarcón el sábado. Que así sea. Que así continúe siendo. Que así se multiplique.
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