LA MEMORIA
En enero de 1961 llegó a La Habana, con miles de muchachas campesinas. Más de 150 000, la mayoría adolescentes como ella, estudiarían corte y costura por el sistema "Ana Betancourt", el programa inspirado por Celia y uno de los primeros que ejecutó la naciente Federación de Mujeres Cubanas.
Chela Sarduy evoca a la guajirita asustada que evitó pisar la alfombra del Hotel Habana Libre, donde la alojaron recién llegada a La Habana, ciudad desatada de luces. Le costó acostumbrarse a la electricidad y a sus focos centellantes, porque no se conocían en su pueblito de Vertientes, provincia de Camagüey, y ella nunca, hasta ese día, había traspasado la senda del camino real. Cuenta que en aquel viaje a La Habana, se quedó dormida en la carretera, poco antes del anochecer. Cuando los clamores de sus compañeras la despertaron porque se divisaba la ciudad, Chela creyó que había llegado al cielo: tantas luces solo podían ser las estrellas.
A La Habana llegó con los zapatos tejidos y el vestido que para la ocasión le hizo su mamá. Ella aprovechaba las suelas de los tenis desgastados y se los componía a sus hijos -terminaron siendo 12 hermanos y los más pequeños fueron criados con la ayuda de los mayores. Su madre hacía malabares con la ropa desahuciada y la aguja de tejer. Construía zapatos, blusas, faldas y pantaloncitos con pedazos de telas de colores improbables y texturas porosas, y tenía suficiente imaginación y empeño como para que todo pareciera nuevo. "Pero la pobreza siempre decía aquí estoy yo", añade Chela, melancólica.
Una vez la madre le fabricó un sueño a Chela que le duró apenas unas horas: le hizo un uniforme para ir a la escuela, idéntico a los que usaban las niñitas "bien" de Vertientes. Era un trajecito marinero y faldita a la rodilla, con listas en el cuello que identificaban el grado escolar. El satín lo había aportado una tía que trabaja de sirvienta de una familia, cuyo hijo era aviador y había echado a la basura un raído paracaídas blanco. La madre, feliz, le comentó a una vecina el origen de la tela. Al día siguiente todos los niños del barrio dejaron de llamar a Chela y a sus hermanos por sus nombres: eran los "paracaidistas".
Cuando Chela habla de su infancia, olvida un rato esos suplicios con que la enfermedad castiga su cuerpo. Los recuerdos espantan el sufrimiento y a veces asoma, en la memoria, algún fulgor venido de los muchos años anteriores al dolor y al adiós de su madre, algún pedacito de la alegría compartida con su familia. Cuando calla, ya una sabe que, como en una pantalla condenada a sombra perpetua, las atroces punzadas del mal irrumpen, invaden y castigan; y no se van.
Pero Chela ha decidido ganarle la partida a la enfermedad. Se somete a las medicinas y acude valientemente a la memoria, milagroso alivio. Recuerda, recuerda y recuerda, porque la vida es eso, recordar, aunque arrastre de vez en cuando tristezas y sueños truncos. "Ella no reniega de la nostalgia, pero prefiere la esperanza, su peligro, su intemperie", como escribiera alguna vez Eduardo Galeano.
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