El relato del lector: Historias desde la niñez

El 6 de julio de 1973, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, junto al General de Ejército Raúl Castro y otros miembros del Secretariado del PCC, se reunieron con una representación de pioneros de todo el país. Desde entonces, cada tercer domingo de julio, Cuba celebra el Día de los Niños, una jornada dedicada a exaltar la alegría, la inocencia y los sueños de los más pequeños.
En homenaje a esta fecha, Cubadebate te invita a compartir esas historias únicas, divertidas o conmovedoras que solo un niño podría vivir. ¿Recuerdas alguna travesura que hizo reír a toda la familia? ¿Un gesto de cariño que te emocionó? ¿O una lección de vida que aprendiste en tu infancia y nunca olvidaste?
¿Cómo participar? Puedes escribirnos a comentacubadebate@gmail.com o compartir tu relato directamente en los comentarios de esta publicación. No olvides incluir tu nombre completo, municipio y provincia de residencia. Los mejores testimonios serán publicados, transformando este espacio en una gran celebración del valor de la niñez en nuestro país, reconociendo su inocencia, su potencial y su derecho a crecer con amor, oportunidades y alegría.
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MI HERMANA, LA CAMPAÑA Y YO.
Finalizaba el año 1960 y yo recién había cumplido 12 años. Eran tiempos en los que no había en las escuelas, ni Partido, ni profesores guías, ni profesores organizados luego la misión de convencer a mis padres para que me dejaran participar fue muy compleja y muy individual. En mi caso, después de que mi mamá dejara ir a mi hermana por ser dirigente de la AJR y por esa razón debía dar el ejemplo aunque solo un año y un poquito mayor que yo, llegó mi turno. Yo “metí un bateo” y con mucho esfuerzo y con ciertas condiciones (que debíamos ir juntas y que teníamos que pedir nos mandaran para Cruces donde teníamos parientes lejanos) nos autorizaron a las dos a participar.
La partida para Varadero, donde recibiríamos la preparación política y metodológica para cumplir con éxito la misión fue otra odisea. Nosotras vivíamos en el Vedado pero estudiábamos en Marianao y esperábamos la llamada como nos habían indicado pero este aviso nunca llegó. Mi hermana y yo volvimos locas a mi mama para que fuera a Ciudad Libertad para averiguar. Un día se decidió y llegó con la noticia que ese mismo día nos debíamos presentar en Ciudad Libertad para irnos con el grupo que salía esa tarde, eran estudiantes de Luyanó que, por supuesto, no conocíamos pero el deseo de estar alfabetizando fue mucho mayor que el hecho de ir con desconocidos. Hubo dudas, opiniones pero nos presentamos y nos fuimos.
Así comenzó para nosotras la etapa, la preparación en Varadero. Mi hermana y yo éramos de una familia muy humilde, habíamos ido una vez a esa playa en un camión que salió de mi barrio, imaginen lo que significó estar alojadas en una bellísima casa de Kawama, Kawama D-7, de 2 plantas y frente al mar, era como un sueño. Recuerdo que por las tardes después que terminábamos las clases, yo me sentaba en la terraza de la casa a contemplar el mar. En esa estancia en Varadero, ocurrió un hecho interesante y cómico. Un día repartieron los uniformes y nos dijeron que esa noche nos distribuirían para los lugares donde alfabetizaríamos. Mi hermana no alcanzo botas pues todas eran pequeñas pero yo estaba “completa” y podía ser ubicada y me recuerdo llorando por toda la casa con mis botas en la mano, para ver quien las quería para poder esperarla e irnos juntas. Finalmente la jefa del campamento entendió y nos fuimos juntas 2 días después.
La ubicación era para Camagüey, decidimos entonces que para allá nos iríamos y después le explicaríamos a mi mamá porque no habíamos ido para Cruces. Ganábamos así, en independencia y conciencia y decidimos enfrentar el reto pensando que ya al menos habíamos complacido a mami en estar juntas
La Campaña sirvió para fortalecer la relación con mi hermana, que a pesar de ser solo un año mayor que yo se convirtió en “mi madre”. En los viajes de ida y regreso ella no podía dormir pues yo lo hacía en sus piernas. Los brigadistas lavábamos la ropa en una batea de madera para la cual cargábamos el agua de un pozo y yo siempre le pedía que me la lavara, porque yo tenía las manos “muy pequeñas”, planchábamos la ropa con una plancha de hierro que calentábamos con carbón y yo no podía planchar porque “temía” quemarme. Mi abuela nos escribía una carta diariamente y yo nunca le contestaba, esa era una tarea de la hermana mayor, decía. El pasado 15 de septiembre cumplí 63 años, soy abuela igual que mi hermana y ese día, en un arranque de nostalgia, le hablaba de todo lo que ella había significado para mí y le recordaba aquellos viajes de Varadero a Camagüey y de Camagüey a la Habana , en un tren cañero, en los que ella no había podido dormir..
Diciembre 2011
Miriam Vega Cruz