El sufrimiento invisible de sobrevivir a las bombas nucleares contra Hiroshima y Nagasaki

Los hibakusha son el testimonio vivo de la devastación y la tragedia que causaron las bombas atómicas. Foto: Getty Images
Las bombas atómicas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945 provocaron una devastación inmediata, aniquilando decenas de miles de vidas al instante. Sin embargo, para quienes sobrevivieron, el impacto no se limitó a la explosión. Iniciaba un camino plagado de dolor, enfermedad, miedo, discriminación y culpa, una batalla silenciosa que ha perdurado por décadas.
El grupo Nihon Hidankyo, que representa a los hibakusha —término japonés para referirse a los sobrevivientes de las bombas atómicas—, ha llevado la voz de estos testigos a las esferas internacionales. Este año, su esfuerzo fue reconocido con el Premio Nobel de la Paz, en un intento por destacar la historia y el sufrimiento de los 174 080 sobrevivientes que residen en Japón, Corea y otros países.
Aún hoy no se dispone de cifras exactas sobre el número total de muertes a causa de los bombardeos del 6 y el 9 de agosto de 1945. Las estimaciones más conservadoras indican que para diciembre de ese año unas 110 000 personas habían fallecido, aunque algunos estudios elevan esa cifra a más de 210 000. Los testimonios de los hibakusha permiten asomarse al horror que vivieron y a las profundas cicatrices físicas y emocionales que siguen marcando sus vidas.
La batalla después de la bomba

Hiroshima quedó arrasada tras la explosión de la bomba. Foto: Getty Images
Se calcula que alrededor de 140 000 hibakusha continúan con vida, la mayoría de ellos en la octava década de su existencia. Aunque escapar de la muerte aquel día fue un hecho extraordinario, su supervivencia abrió un largo capítulo de sufrimiento. Además de las heridas visibles, muchos desarrollaron enfermedades como cáncer y leucemia, producto de la exposición a la radiación.
Yasuaki Yamashita, un sobreviviente de Nagasaki que tenía seis años al momento de la explosión y hoy reside en México, describe cómo el miedo sigue presente en su vida. “Todavía siento miedo de que se manifiesten las consecuencias de la radioactividad y morir en cualquier momento”, confiesa. El temor a lo desconocido no se limitaba a su propia salud; muchos vivieron con la angustia de transmitir los efectos de la radiación a sus hijos.
Para otros, el trauma se manifiesta de formas más sutiles. Luli van der Does, investigadora en el Centro para la Paz de la Universidad de Hiroshima, comenta que algunos sobrevivientes no pueden soportar el olor del pescado seco, ya que les evoca el olor de los cuerpos quemados tras la explosión. Otros evitaron regresar a sus ciudades natales o comer pepinos, recordando cómo estos eran empleados como remedio improvisado en ausencia de medicinas. “No pueden cruzar puentes ni ver ríos, porque los cuerpos que flotaban en el agua quedaron grabados en su memoria”, añade.
Discriminación: una lucha adicional

Yasuaki Yamashita tenía 6 años cuando explotó la bomba en Nagasaki. Hoy, a sus 81 años, vive en México. Foto: BBC Mundo
El sufrimiento de los hibakusha no se limitó a sus problemas físicos y emocionales. A la tragedia se sumó la discriminación social, basada en el temor a que la radiación fuese contagiosa. “Decían que había que separarlos, que no se debía casar ni relacionarse con ellos”, recuerda Yamashita. Ante esta estigmatización, muchos ocultaron su condición o evitaron hablar de su experiencia.
Keiko Ogura, una sobreviviente de Hiroshima, relata que tener cicatrices visibles era motivo de rechazo. “Los que tenían queloides en la piel usaban mangas largas, incluso durante el verano”, explica. Para las mujeres, las posibilidades de casarse se reducían drásticamente si se sabía que habían estado expuestas a la radiación. Ogura recuerda que en algunos casos los padres de los jóvenes contrataban detectives para investigar si sus futuras esposas habían estado en Hiroshima o Nagasaki en aquellos días fatídicos.
Yamashita, quien sufrió graves consecuencias físicas tras los bombardeos, cuenta cómo su salud le impidió mantener un empleo estable. “Cuando conseguía un trabajo, empezaba a sangrar y tenía que renunciar. La gente me llamaba flojo, pero no era eso. Simplemente no podía trabajar”, lamenta.
Esta discriminación también se daba entre los propios hibakusha. “Luchaban por sobrevivir, y a veces competían entre ellos por la poca ayuda disponible”, comenta Hibiki Yamaguchi, investigador del Centro para la Abolición de Armas Nucleares de la Universidad de Nagasaki.
Culpa y silencio

Muchos sobrevivientes sufrieron quemaduras y de los efectos de la radiación. Foto: Getty Images
A las cicatrices físicas y el rechazo social se sumaba un sentimiento de culpa que muchos sobrevivientes arrastraron durante años. Ogura recuerda cómo, siendo apenas una niña de ocho años, le ofreció agua a dos personas gravemente heridas tras la explosión. “Murieron frente a mí, y durante mucho tiempo me culpé, pensando que tal vez si no les hubiera dado agua, habrían sobrevivido”, confiesa.
Según la sicóloga Yuka Kamite, muchos hibakusha viven con la angustia de no haber podido ayudar a familiares y amigos atrapados entre los escombros. “El sentimiento de haber fallado en su deber de proteger a otros les causó un sufrimiento profundo”, explica. Este dolor a menudo quedó enterrado en el silencio, ya que muchos sobrevivientes optaron por no hablar de sus experiencias para evitar el rechazo social.
Rompiendo el silencio

Algunos hibakusha se convirtieron en activistas en contra de las armas nucleares. Foto: Getty Images
A pesar de las dificultades, algunos hibakusha han decidido alzar la voz, compartiendo sus testimonios con el objetivo de promover la abolición de las armas nucleares. Motivados por un sentido de misión social o la necesidad de dar sentido a su trauma, estos sobrevivientes se han convertido en activistas por la paz.
Van der Does destaca cómo la comunidad de hibakusha logró transformar su dolor en un motor de cambio. “Pasaron de ser víctimas a líderes en la lucha por un mundo libre de armas nucleares”, afirma. Sin embargo, la investigadora advierte que muchos sobrevivientes siguen siendo parte de una “mayoría silenciosa”, atrapados entre el miedo al rechazo y el peso del recuerdo.
El Premio Nobel de la Paz otorgado a Nihon Hidankyo este año representa un reconocimiento al coraje de los *ibakusha y a su incansable lucha por construir un futuro sin armas nucleares. Pero, más allá de los premios y el activismo, la historia de los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki es un recordatorio del inmenso costo humano de la guerra y del doloroso camino hacia la sanación.
(Con información de BBC Mundo)
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Estos crímenes de la Segunda Guerra Mundial deben llamar a la cordura a los gobiernos de la OTAN, Estados Unidos, Ucrania e Israel, que siguen jugando a una guerra de exterminio, los cuales se consideran inmunes por los crímenes cometidos, que ocurre con la ONU y el mundo, estamos en presencia de una catástrofe incalculable, esperamos ver desparacer a millones de personas en horas?, el mundo tiene que ponerle freno a estos gobiernos facistas.
Otra macabra manipulación que no enjuicia a los criminales que usaron las bombas atómicas.
Recientes entrevistas a jóvenes japoneses demuestran el lavado de cerebro que ha sufrido esa población, olvidando el crimen lo justifican con la falacia de Truman de que era necesaria para acabar ka guerra y no la realidad: amedrentar a los soviéticos.