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Mueren dos grandes: el músico Ornette Coleman y el actor Christopher Lee

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Según los familiares, el músico Ornette Coleman, nacido en Texas en 1930 y que a comienzos de los 60 dio origen al free, tensando al lí­mite las posibilidades de la improvisación en el jazz como género musical, falleció en Manhattan a causa de un paro cardí­aco.

Christopher Lee, el actor británico dueño de una extensa trayectoria, murió a los 93 años en un hospital de Londres tras sufrir problemas respiratorios, según informó el diario The Telegraph.

Ornette Coleman

Ornette Coleman

Coleman

En la portada de uno de los discos del legendario cuarteto de  Ornette Coleman —gran libertador del jazz y extraordinario saxofonista alto fallecido hoy a los 85 años de un paro cardiaco en Manhattan—, se veía a los miembros de la banda mirar a cámara con ademán desafiante bajo un título rotundo: This is Our Music. Aquella era su propuesta y solo quedaban dos opciones: embarcarse en la revolución estética o dejar pasar el tren del progreso.

Han pasado 54 años, y aquella música suya, convulsa y perturbadora, suena ya con el tranquilizador aroma de los clásicos. En el día de la desalentadora desaparición del último superviviente de aquel irrepetible conjunto sin piano, que completaban Don Cherry, Charlie Haden (1937-2014) y Ed Blackwell(1929-1992), This is Our Music aún hace justicia a la segunda composición del álbum: Beauty is a Rare Thing. La belleza siempre fue un asunto raro en manos de uno de los músicos más importantes del siglo XX, gracias a sus experimentos con el ritmo y la armonía. Como buen ejemplo de ello puede servir la temprana Lonely Woman,tal vez una de las canciones más tristes y bonitas del mundo.

Cuando los conservadores años cincuenta tocaban a su fin, el saxofonista  había sacudido los cimientos del edificio del jazz tradicional con la ayuda de Cherry (1936-1995) en discos como Something Else!!!! (¡con cuatro exclamaciones!) o Tomorrow is the Question! Iconoclasta trompetista, Cherry, otro grande del género, fue el inseparable amigo que remó en la misma dirección desde las primeras correrías de ambos en los garitos de Central Avenue, en Los Ángeles, donde la pareja probó pronto la amargura de la incomprensión.

Con Charlie Haden prosiguió por ese camino en sus trabajos posteriores, y no dudó nunca de poner su música y la de su grupo al servicio de la lucha de liberación de los pueblos, como hizo en el caso de Angola o Mozambique cuando actuó en 1971 el festival de Jazz de Cascais y se le ocurrió interpretar en las mismas barbas del régimen de Salazar, la canción: Song for Che por la que fue detenido y expulsado de Portugal, o incluso condenar la beligerancia armamentística de su gobierno en la Guerra de Iraq.

Song for Che

Se puede discutir tan incansable como inútilmente sobre la paternidad de aquello que se dio en llamar free jazz por su afán de liberar el género de sus corsés y llevar un paso más allá la revolución del be bop de Charlie Parker o Thelonious Monk. Lo cierto es que las composiciones de Coleman, como las improvisaciones de Cecil Taylor, los arreglos orquestales de Sun Ra, el lirismo de Eric Dolphy o los primeros viajes fuera de este mundo de John Coltrane (con quien Coleman se mediría en un disco titulado The Avant-Garde)abrieron tantas puertas como cerraron las ventanas del provecho económico y la supervivencia para una legión de músicos que, en Nueva York, Chicago, París, Estocolmo o Berlín, practicaron una religión tan devota de lo nuevo que hubo quien no encontró mejor manera de definirla que The New Thing.

El corpus de la obra que Coleman y su cuarteto original grabó a principios de los sesenta para el sello Atlantic de los hermanos Nehusi y Ahmet Ertegun (productores de elástico e infalible olfato) representa una música tan importante como desafían a imaginar los títulos que se emplearon para bautizarla. The Shape of Jazz to Come(El cariz del jazz por venir), Change of the Century (Cambio de siglo) o el programático Free Jazz, en el que una action painting de Jackson Pollock invitaba desde la tapa a adentrarse en una música caótica interpretada por dos cuartetos enfrentados, cimentaron la fama de hombre indomable del instrumentista y compositor, nacido en 1930 en Fort Worth (Texas), fecunda tierra de saxofonistas. Allí, en el Sur segregado, creció como el hijo de un trabajador de la construcción que murió demasiado pronto y una empleada de funeraria.

La irrupción de su figura en dividió literalmente las aguas del jazz, una música que estaba a punto de perder su influencia en la cultura de masas ante la llegada de las relucientes promesas del pop. El espectro de reacciones de la vieja guardia viajaba entonces entre la estupefacción del trompetista Dizzy Gillespie (“No sabría decir qué toca, pero sí que no es jazz”) y la rendida admiración del pianista John Lewis (“[Su música] supone la innovación más importante del género desde los años cuarenta”).

La escasez de contratos y la incomprensión, cuando no directamente la burla y el desprecio (espoleados por sonoros desafíos de Cherry y Coleman como la decisión de emplear instrumentos de plástico), acabaron con la retirada temporal del saxofonista de la escena neoyorquina. “El que aquellas composiciones salieran a la luz provocó mi reclusión”, escribió el saxofonista en 1993 en las notas de la integral de sus grabaciones en Atlantic.

El músico reaparecería en grabaciones realizadas en Londres o Estocolmo y con nuevas provocaciones, como el añadido del violín y la trompeta a su paleta instrumental o los trabajos que publicó con su hijo preadolescente Denardo a la batería, cuando el chaval contaba poco más de 10 años, en discos como The Empty Foxhole u Ornette at 12. En la portada de este último, en la que se podía contemplar felices a padre e hijo, Ornette lucía uno de las característicos trajes azules, de un azul que no dejó de electrizarse nunca, tampoco cuando el héroe se convirtió en un respetable septuagenario al que le llovían reconocimientos como la concesión en 2007 del Pulitzer de Música por su álbum Sound Grammar.

Aquel trabajo sobresaliente sirvió de broche a una sólida producción discográfica en la que cupo casi de todo; desde trabajos orquestales como Skies of America (1971), donde empezó a desarrollar su teoría filosófico-musical harmolódica (fusión de armonía, melodía y ritmo que permitía la improvisación simultánea de varios intérpretes gracias al empleo de la modulación), coqueteos con los maestros de Jajouka, en Marruecos, intensos duetos (con Pat Metheny o Charlie Haden) o excursiones hacia el ritmo (con Prime Time, su banda más longeva).

De entre las muchas cosas en las que resultó un pionero, también lo fue en el ejercicio de la autonomía artística de los músicos de jazz; casi siempre logró controlar el destino de sus arriesgados proyectos desde sus propios sellos y desde el loft en el que se instaló a finales de los sesenta en el SoHo, un barrio que, en la forma bohemia en la que Coleman y los suyos lo conocieron en los tiempos heroicos, murió hace décadas.

Christopher  Lee

Christopher Lee en el papel de Drácula.

Christopher Lee en el papel de Drácula.

Christopher Lee, archifamoso por su papel de Drácula, falleció el domingo a los 93 años en un hospital de Chelsea a causa de un problema respiratorio. La tardanza en comunicar el deceso fue debido a que la viuda quiso avisar antes a todos sus familiares, según The Guardian. Lee no fue solo un intérprete famosísimo gracias a encarnar en el siglo XX al vampiro más popular para la productora Hammer, sino rentable y taquillero en este siglo por sus papeles de conde Dooku en la saga de Stars Wars y de Saruman en El Señor de los Anillos. Además encarnó a Francisco Scaramanga en El hombre de la pistola de oro en la saga Bond.

Nacido el 27 de mayo de 1922 en Londres, en el aristocrático barrio de Belgravia, su elevada estatura (1,96 metros) le permitió mostrar en el cine un físico impresionante, sobre todo en papeles de malos. De familia de clase alta, su padre era teniente coronel de la Guardia Real británica y su madre, la condesa Estelle Mari Carandini di Sarzano. Su infancia, tras el divorcio de sus padres, transcurrió en Suiza. De vuelta a Londres su madre se casó con el banquero Harcourt Ingle Rose, tío de otro mito del siglo XX, el escritor Ian Fleming, creador de Bond. Tras viajar por media Europa -aseguraba, por ejemplo, que había asistido a la última ejecución pública en Francia-, en la Segunda Guerra Mundial sirvió con éxito en el ejército (participó en operaciones secretas), y acabó hablando francés y alemán.

Considerado uno de los grandes actores del cine, comenzó su carrera en 1947, en La extraña cita, de Terence Young. Y aunque no paró de trabajar, durante toda su carrera participó en 250 producciones, su fama no le llegó hasta finales de los años cincuenta cuando entró en la productora Hammer y dio vida al conde Drácula en la veintena de películas que realizó junto a Peter Cushing. De su caracterización del chupasangre, dijo Fernando Savater que era “un demonio carnívoro, con ímpetus brutales hacia los jugos de la vida”. Aun así, su primer filme en la Hammer no iba de vampiros, sino que encarnaba al monstruo de Frankenstein y Cushing, a Víctor Frankenstein en La maldición de Frankenstein.

En los sesenta y setenta fue uno de los rostros más conocidos de la pantalla gracias a La momia, El perro de los Baskerville, Medusa, Rasputín: el monje loco y a todo tipo de Dráculas, incluido los dirigidos por Jesús Franco, que también le tuvo en la saga Fu Manchú: “Cómo nos reíamos”, recordaba Lee. “Tenía un talento increíble, pero nunca un presupuesto decente. Así que usaba constantemente el zoom para no enseñar mucho. Con más dinero hubiera llegado más lejos. Y cómo nos lo pasábamos. Un día rodando en el club de golf de La Manga, yo estaba cubierto completamente de sangre y heridas purulentas, y decidí entrar así al bar del club. Me apoyé en la barra y le solté al camarero: ‘El hoyo 18 es un hijo de puta [en español]’. Nos lo pasábamos muy bien”. También rodó con otro español: con Pere Portabella hizo Cuadecuc, vampir (1970) documental con aires a Nosferatu, un primigenio making of de El conde Drácula, de Franco.

El final de los setenta y los ochenta fueron los del encasillamiento. Junto a buenos trabajos como La vida privada de Sherlock Holmes, El hombre de la pistola de oro o Los tres mosqueteros, rodó todo tipo de películas de terror, comedias y series de televisión. “Mi mejor actuación fue en Jinnah [biopic de 1998], cuando interpreté a Muhammad Ali Jinnah, fundador de Pakistán. ¿Mi mejor película? El hombre de mimbre (The wicker man), de 1973″, contó en varias ocasiones.

A pesar de aparecer en Loca academia de policía, de estar en 1941 o en la saga de los Gremlins, Lee parecía en franca retirada hasta que tres hechos salvaron y relanzaron la carrera: su amistad con Tim Burton, que Lucas le llamara para las tres películas de Star Wars que conformarían la trilogía inicial, y que Peter Jackson le fichara como Saruman en El Señor de los Anillos. Con Burton rodó Sleepy Hollow, Charlie y la fábrica de chocolate, La novia cadáverAlicia en el país de las maravillas y Sombras tenebrosas. En cuanto a Lucas, cuentan las leyendas, llamó Dooku a su personaje en Star Wars como recuerdo sonoro a Drácula.

Entre sus últimos trabajos -junto a su retorno a la Hammer con La víctima perfecta (The resident) (2011), su colaboración con Scorsese en La invención de  Hugo, o Tren de noche a Lisboa, de Bille August- está su labor de actor de doblaje en Extraordinary tales (2015), de Raúl García, con la que el animador español ha ilustrado las mejores historias de Edgar Allan Poe.

Tras una carrera tan longeva, ¿qué le quedó por hacer? “Don Quijote”, contaba en una entrevista en 2009. “¿Podría el público español aceptarme en ese personaje? Es un sueño, y desgraciadamente estoy sobrepasando por muy poco su edad. Tengo desde luego su cara y entiendo perfectamente su comportamiento. Un hombre de gran fuerza, que trata a cada mujer como si fuera una princesa. Una historia maravillosa”. Y aseguraba: “Vivo en el presente, no en el pasado. No estoy anclado en casa recordando mis décadas de trabajo. A los actores jóvenes siempre les digo ‘Hazlo lo mejor que puedas’. Es mejor ser profesional que tener talento. He trabajado con los peores y los mejores directores. En varias ocasiones me he planteado qué hacía yo en el plató. Sin embargo, nunca me he largado de un filme, incluso cuando me engañaron con los nombres de mis compañeros de reparto”. Una lesión en la espalda en el rodaje de The wicker tree, secuela de The wicker man, paró un poco su ritmo vital. En The Guardian contaba en una entrevista: “Hacer películas no es mi trabajo, sino mi vida. Me interesan muchas cosas fuera del cine: canto, escribo libros… pero actuar es lo que me mantiene en marcha, el propósito de mi vida”.

Entre esas pasiones, destacaba su afición por la música heavy, que le llevó incluso a colaborar con los grupos Rhapsody of Fire o Manowar gracias a su voz grave y a grabar el álbum de heavy metal sinfónico Charlemagne: The Omens of Death. Ya había grabado antes, en 2006, Revelaciones, disco que tenía peculiares versiones de clásicos como My way de Frank Sinatra y de Noche de paz.

Su yerno, gallego, llevó en los últimos años su carrera de manera férrea, sacando buen partido a su web y a su legión de seguidores: “Me dijo que dejara de firmar autógrafos, ¡los subastan por Internet a 600 dólares! Incluso escanean mi firma y la pegan a otras fotos”.

Christopher Lee, el actor británico dueño de una extensa trayectoria, murió a los 93 años en un hospital de Londres tras sufrir problemas respiratorios, según informó el diario The Telegraph. El legendario artista adquirió gran popularidad por protagonizar películas como Drácula, El señor de los anillos y la saga de Star Wars.

Christopher Lee, el actor británico dueño de una extensa trayectoria, murió a los 93 años en un hospital de Londres tras sufrir problemas respiratorios, según informó el diario The Telegraph. El legendario artista adquirió gran popularidad por protagonizar películas como Drácula, El señor de los anillos y la saga de Star Wars.

(Con información de El País, de España)

Se han publicado 9 comentarios



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  • Baphomet dijo:

    Christopher Lee, era un actor de los buenos de verdad: todas las películas en las que actuó fueron maravillosas… y en gran parte debido a su actuación. Su papel en El Hombre de Mimbre y en El Señor de los Anillos, fueron en verdad insuperables (incluso el Señor Oruga de Alicia en el país de las Maravillas). El cine inglés (y mundial) ya no volverá a ser el mismo.

  • Vladimir dijo:

    Dos grandes, dos leyendas, mas no se han ido pues su leyenda perdura. Que en paz descansen.

  • cubano orgulloso dijo:

    Dos grandes se han marchado físicamente, pero siempre estarán con nosotros, su obra perdurará eternamente.

  • Ernesto dijo:

    De Coleman, el jazzista, no conocía… imagino q una leyenda de la música…
    Pero de Lee, ese Rey Haggard…, ese Curunir…, ese Count Dooku,… de su vida privada no se nada, pero me consta q profesionalmente fue un verdadero ejemplo a seguir… Ya enfermo siguió trabajando hasta el final de su vida! “The Hobbit – Battle of the Five Armies” fue rodada durante el último año (tal vez las esceneas de Christopher fueran tomadas un poco antes); e incluso se menciona en el artículo que hace poco estuvo haciendo trabajos de doblaje para otra producción…
    Un gran Quijote habría sido, indudablemente… lamentable q nunca podamos verlo encarnar ese añorado papel… :|

  • Yuni 35 dijo:

    Excelente actor.

  • Netch@os dijo:

    RIP Saruman, el mundo lamenta tu pérdida

  • Abramovich dijo:

    Me uno tambien.EPD Coleman,RIP Conde Dooku

  • bob dijo:

    TO WARRRRRRRRRRRRRRR, me recuerdo perfectamente de ese llamado que hiciera a los orcos en la torre blanca , ese grande actor y ese gran jazzista, el jazz perdurara y SARUMAN TAMBIEN.

  • Martica.com dijo:

    Es una pena que haya muerto , un actor tan grande

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