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Cuando la discusión pública se mueve desde la legalidad del uso de la fuerza hacia la supuesta “moralidad del objetivo”, el derecho internacional deja de operar como límite y pasa a operar como decorado. Ese desplazamiento es intencional: si el adversario ya fue reducido a “banda criminal”, cualquier acción contra él se reetiqueta como “policía” o “limpieza”, no como agresión.