Mi amigo Fidel Castro

Lo primero que llamaba la atención en Fidel Castro no era su uniforme, ni su estatura, ni su barba, ni siquiera su elocuencia. Era su curiosidad. Tras largas horas de conversaciones para nuestro libro Fidel Castro: biografía a dos voces, o Cien horas con Fidel, cuando todos los demás estábamos agotados, él seguía formulando preguntas, buscando aclaraciones, hurgando en detalles históricos o científicos con una energía intacta. A menudo he pensado que ese era el secreto de su longevidad política: antes que un hombre de poder, Fidel era un hombre de conocimiento.
A lo largo de mi carrera periodística, he tenido la oportunidad de conocer a importantes jefes de Estado, dirigentes políticos, intelectuales y líderes que dejaron huella en su época. Pocos de ellos, sin embargo, me impresionaron tanto como Fidel Castro.
No me refiero aquí al mito, tan a menudo cultivado por sus admiradores como por sus adversarios. Hablo del hombre, del ser humano al que tuve el privilegio de conocer de cerca durante muchos años, de interrogar durante incontables horas y de observar en detalle mientras razonaba en voz alta, reconstruía episodios históricos hasta el más mínimo detalle y articulaba hechos de apariencia insignificante con una amplia perspectiva geopolítica.
Sus mecanismos cerebrales impresionaban. Poseía una memoria prodigiosa. Pero más notable aún era, insisto, su curiosidad intelectual, la cual se mantuvo intacta hasta el final de sus días. Nada de lo que concernía al mundo le era ajeno.
Estas conversaciones con él me enseñaron una lección esencial: para comprender a Fidel, había siempre que mirar más allá de su imagen pública, de su figura mediática.
Su vida estuvo entrelazada con la historia de Cuba durante más de medio siglo, pero también reflejó las grandes convulsiones de la segunda mitad del siglo XX: la descolonización, la Guerra Fría, los movimientos de liberación nacional, la globalización neoliberal, la crisis climática y el consiguiente surgimiento de un mundo más diverso, más multipolar en el que las antiguas potencias occidentales ya no ostentan el monopolio de la toma de decisiones.
Precisamente porque Fidel Castro ocupa un lugar tan singular en la historia contemporánea, cualquier nuevo texto sobre él puede parecer, a primera vista, superfluo. ¿Qué más se puede decir sobre un hombre al que ya se le han dedicado tantísimos libros? La respuesta es sencilla: cada época plantea nuevas preguntas al pasado, y cada generación reinterpreta a las grandes figuras históricas a la luz de sus propias inquietudes.
En un panorama mediático donde a menudo se reduce a Fidel Castro a la condición de ícono adorado o de ogro abominado, propongo optar por un camino más desafiante: captar la complejidad de una vida extraordinaria sin caer en la hagiografía ni en la condena ideológica. Cuando se cumplen, este 13 de agosto de 2026, cien años del nacimiento de Fidel, este enfoque se ha vuelto esencial.
Durante décadas, la figura del líder de la Revolución cubana quedó atrapada en una pugna de relatos. Para algunos, sigue siendo un símbolo de resistencia frente al imperialismo; para otros, encarna todos los excesos del socialismo de Estado. Estas visiones contrapuestas —por muy legítimos que sean los sentimientos que las sustentan— a menudo terminan oscureciendo una realidad histórica mucho más matizada.
La misión del historiador no es avivar pasiones, sino, ante todo, arrojar luz sobre los hechos. Por eso me gustaría aquí recordar que Cuba no puede entenderse al margen de la relación singular que ha mantenido durante más de un siglo con su poderoso vecino: Estados Unidos.
La Revolución de 1959 nunca se desarrolló en un entorno normal. Desde el principio, se enfrentó a intentos de desestabilización, a una invasión armada, a un bloqueo económico destinado a prolongarse durante décadas y a una constante confrontación mediática y política. Ninguna evaluación seria de las decisiones del gobierno cubano puede pasar por alto esta realidad.
Lo cual no significa que todo pueda explicarse —y mucho menos justificarse— mediante presiones externas. El propio Fidel Castro sabía que toda revolución genera sus propias contradicciones, errores y rigideces. A veces hablaba de esto con una franqueza y una fuerza autocrítica que sorprendía tanto a sus detractores como a sus admiradores
Su ambición no era construir una sociedad perfecta —él sabía que tal cosa no existía—, sino preservar la independencia nacional, requisito fundamental, según él, para cualquier política de justicia social.
Otro aspecto llamativo de su figura era la extraordinaria amplitud de sus horizontes. Su visión trascendía con creces las fronteras de Cuba. África ocupaba un lugar especial en su pensamiento. América Latina y el Caribe constituían su ecosistema geopolítico natural. Asia despertaba cada vez más su interés a medida que hacia allí se desplazaba el centro de gravedad del mundo. Mucho antes de que el término se generalizara, él ya había previsto la emergencia de un Sur Global y el advenimiento de un orden internacional multipolar y multicéntrico.
Con la distancia, esa intuición resulta hoy singularmente lúcida. El mundo que se perfila ante nuestros ojos ya no es el que surgió tras el colapso y la implosión de la Unión Soviética.
Nuevas potencias se consolidan, los países del Sur Global reclaman mayor autonomía, el síncope climático amenaza a la humanidad, las tecnologías ligadas a la IA cambian todas las reglas del juego y el equilibrio de poder internacional atraviesa una profunda reestructuración.
Revisitar la figura de Fidel Castro en este contexto no es un ejercicio de nostalgia; es una forma de comprender mejor ciertas dinámicas clave de nuestro presente.
No pretendo convencer al lector de que admire a Fidel Castro. En cambio, le propongo algo más valioso: entenderlo. Comprender cómo un joven abogado de Santiago de Cuba se convirtió en una de las figuras políticas más influyentes del siglo pasado; comprender cómo una pequeña isla caribeña logró ejercer, a escala mundial, una influencia diplomática y moral muy superior a lo que cabría esperar por su tamaño; y, por último, comprender por qué —casi diez años después de su fallecimiento— Fidel Castro sigue ocupando un lugar tan singular y tan especial en el imaginario político mundial.
Las grandes figuras históricas son objeto de constante reinterpretación. Las pasiones se aplacan, los archivos se abren y las perspectivas cambian. La Historia va ocupando gradualmente el lugar de la controversia.
Este proceso es esencial; nos aleja de las vanas polémicas y permite acercarnos a la verdad sin pretender jamás poseerla por completo.
Espero que los lectores recorran esta corta nota con esa misma apertura de espíritu. Atentos tanto a los hechos como al contexto. Sobre todo, que piensen en un Fidel Castro profundamente humano: estratega y visionario; a veces obstinado, a menudo audaz e incluso temerario, pero siempre convencido de que los pueblos pueden escribir su propia historia.
Esta convicción, más que ninguna otra, explique probablemente por qué el nombre de Fidel Castro sigue siendo inseparable de los grandes debates sobre soberanía, justicia social e independencia de las naciones.
Al repensar hoy en el comandante de la Revolución cubana, con ocasión de su centenario, el lector no se limita a meditar sobre la vida de un líder; se adentra en una época histórica convulsa cuyos ecos palpitantes siguen moldeando nuestro mundo actual y su futuro.
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- Y ya veremos después...
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La buena noticia en el centenario del natalicio de Fidel es que, como científico social, estaba en lo cierto a la hora de diagnosticar al capitalismo como una pandemia infernal y de demostrar que combatirlo no era un sacrificio inútil, como no lo es combatir a las células malignas del cáncer cuando pretenden utilizar su exitoso egoísmo como demostración de su superioridad e invencibilidad. Un virus que replica la inversión de capital en medios de producción para producir más capital no puede ser compatible con la vida de un ser pluricelular, sociable e inteligente, que tuvo que aprender a adaptarse a reglas ambientales inexorables y que siempre tuvo una visión
utilitarista y no monetarista de su existencia. Combatirlo, como se combate el cáncer, no es una opción ni una quimera sino un asunto de pura supervivencia como comunidad y como especie.
Fidel entendió pronto la necesidad de luchar contra el capitalismo imperialista norteamericano como una fórmula de especial virulencia, y no sólo por su capacidad de penetrar y confundir a sus víctimas disfrazado de falso amigo, bajo reglas neocoloniales, sino también por la maldad extrema del capitalismo corporativo, que basa su éxito en la explotación tanto en las relaciones de producción como de consumo.
Cuando empresarios poderosos como Henry Ford quebraron las reglas del mercado norteamericano para producir en serie bienes de alto valor, ello tuvo importantes consecuencias sobre la sociedad norteamericana. Elevar exponencialmente los salarios de los trabajadores y los impuestos, elevó la capacidad de compra de millones de trabajadores y la capacidad de compra del sector público. Esto parecía excelente. Muchos empresarios calificaron al empresario amigo de los nazis y enemigos de los sindicatos de comunista, al igual que hicieron con Delano Roosevelt cuando decretó el New Deal. Lo que no supieron ver muchos es que estas semillas del éxito del capitalismo corporativo gringo llevaban insertas las semillas de su futura autodestrucción. Elevar por decreto los salarios y seguros del mercado laboral y los tributos para que los norteamericanos pudieran tener capacidad de compra para poder ser titular de un vehículo privado fabricado como rosquillas por Ford se convirtió en el sueño húmedo de empresarios sin escrúpulos como él y en parte esencial del sueño americano que expulsó a muchos empresarios del mercado ( al no poder ral altos salarios, seguros e impuestos) y esclavizó a millones de trabajadores tanto en las relaciones de producción como de consumo, ahora atrapado por la publicidad empresarial sobre la necesidad de ser propietario de un vehículo privado como símbolo de status y para adaptarse al amplio ecosistema vial.
Lo que el capitalismo corporativo ha hecho con la vida de muchos millones de norteamericanos y muchos más en áreas de influencia y ha hecho con el planeta al servicio de la maximización de beneficios de sectores intocables no tiene nombre. Es ahora, cuando las víctimas empresariales de ese modelo optaron por la deslocalización y las autoridades del gran taller del mundo ( China) no sacrifican la salud o la seguridad para que el capitalismo corporativo haga caja, que el modelo norteamericano se siente herido de muerte y solo una oligarquía apátrida fuera de Estados Unidos podría aceptar el indigno papel de tabla de salvación.
¡Bellas palabras las de ese gran, amigo y fiel admirador del Comandante en jefe Fidel Casyro Ruz. Ignacio Ramonet tiene razon en sus palabras,por eso y por mucho mas,seguiremos su ejemplo para continuar con nuestra soberania por la cual lucho y nos enseño a cuidarla,mantenerla y por la cual estamos dispuesto a derramar hasta la ultima gota de sangre que tengamos que derramar.¡PATRIA O MUERTE VENCEREMOS!
Muy de acuerdo con usted. El legado de Fidel es inconmensurable.
A Ramonet en este minuto queremos enviarle un fuerte abrazo por su valioso trabajo "Cien horas con Fidel". Recordamos con mucho agrado y cariño cuando en ocasión del lanzamiento de la versión del libro en búlgaro, viajamos con él, mi esposa y yo, de Sofía Paris. Gracias Ramonet.