Trinidad es peregrinación

Leal interviene en la sesión solemne de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Trinidad, por los festejos fundacionales por los cinco siglos de esa ciudad. Foto: Raúl Abreu.
La ciudad de Trinidad debe colocarse en el centro de la mirada por su singularidad entre las siete villas fundacionales, cuyo medio milenio celebramos, una tras otra.
Multitud de personas de todas partes del mundo vienen hoy a este sitio, inscrito desde 1988 en el índice del Patrimonio Mundial, junto a ese espléndido jardín que es, y ha de ser, el Valle de los Ingenios. Impresionantes edificaciones testimonian la época del esplendor del azúcar de caña, así como el eclipse de la clase social que generó su fortuna gracias a la inicua explotación masiva de los negros esclavos. No debemos por ello privarnos de la voluntad de belleza, pues desde hace tiempo todos esos bienes pertenecen en definitiva al pueblo. Hoy es una regularidad general en todas las culturas y civilizaciones, desde las altas pirámides de Egipto hasta las catedrales americanas, que tales exponentes de acumulación de riqueza se revaloricen como patrimonio cultural digno de conservarse. Pero esto no significa olvidar los infinitos sufrimientos que acompañó su materialización, sino todo lo contrario: ellos quedan en la memoria, ensanchando el capital simbólico que entraña toda obra de arte o bien cultural.
Ese valle hermoso desciende armoniosamente desde el macizo montañoso y busca la orilla de la playa que llamamos con el nombre antiguo de Casilda. Este vocablo proviene de la tradición cristiana, de origen medieval, y abarca el hermoso puerto, tan disputado luego de su apertura comercial en el siglo XVIII. En el escudo de atribución aparecen las banderas arrebatadas a los adversarios. Evoca la legión de trinitarios que partieron con sus capitanes a luchar por La Habana en 1762 para evitar que cayera en manos de las tropas inglesas. Y, desde luego, está presente el árbol del jigüe a cuya sombra, aprovechando su corpulencia y hermosura, situó el conquistador el lábaro durante la ceremonia fundacional. Así se hacía cada vez que se iba a constituir una villa, una ciudad, en el mismo lugar que hasta ese momento funcionaba como campamento.
Eran los mismos castellanos que, habiendo desembarcado por las costas baracoanas, fundaron allí la primera villa cubana. Era Diego Velázquez, el Adelantado, cuyo título evitaba que alguien pudiera arrebatarle su preeminencia en aquellos tiempos de pugilatos por llegar primero, descubrir y alcanzar riquezas. Había conocido a los Colón, padre y descendencia, así como también al bailío Nicolás de Ovando, comendador de Lares. Este último había conquistado las tierras de La Española, imponiendo finalmente el señorío sobre la sangre de Caonabo y demás aborígenes taínos que se rebelaron contra la Conquista, en lo que puede considerarse un choque, más que un encuentro de culturas y civilizaciones.

Trinidad. Foto: Julio Larramendi.
Pero analizando la historia con espíritu dialéctico, debemos decir que, sin aquel encuentro, sin aquel choque, sin aquella violencia, sin aquella sangre, que es parte de la historia de la humanidad, esta reunión de hoy sería imposible. El pueblo reunido, quienes presiden esta Asamblea, todos nosotros llevamos los matices de Europa y de la América india, así como del África, irredenta hasta hace pocos años. Precisamente hoy, entre los honores que acompañan a esta Asamblea, está el que la conformen muchos cubanos que lucharon en tierras africanas para que los países de ese continente alcanzaran su definitiva y absoluta independencia.
Hay que decir que, hace medio milenio, estaba entre aquellos fundadores una de las figuras más importantes de la historia mundial: el gran humanista, excelso defensor de la naturaleza humana, del indígena americano, el padre Bartolomé de las Casas, exaltado por José Martí al incluir su vida como modelo de virtud en su revista La Edad de Oro, escrita para los niños. El insigne dominico fue protagonista de una batalla moral y humana que alcanzó sus cumbres en Valladolid, donde finalmente obtuvo la victoria: el reconocimiento de que el hombre hallado en esta parte del mundo, el indígena, no era un animal. Al poseer un lenguaje, ellos eran seres humanos, dotados de alma y de capacidad para obtener el conocimiento, la cultura y el desarrollo.
Suele decirse que los indios cubanos, aquellos aborígenes que habitaron estas comarcas, desaparecieron completamente después de los acontecimientos de la Conquista. En realidad no fue tan así: es verdad que fueron rotos sus lazos familiares y como resultado, la sociedad aborigen se extinguió rápidamente en los asentamientos colonizados, pero otras comunidades supervivieron en las montañas, en el litoral y los cayos adyacentes. Cerca de aquí, en Ciego de Ávila, en las playas de Buchillones, han sido encontradas importantes evidencias de ese proceso, las cuales demuestran cómo ellos lograron sobrevivir por algún tiempo, conservando sus costumbres y atributos. Contribuiría a su desaparición que estos rituales fueran considerados expresiones del paganismo y la hechicería.
Esa cultura aborigen también es una gota de sangre que corre por nuestras venas, expresándose básicamente en nuestra toponimia. No poseemos una diversidad de lenguas, como los mayas de Centroamérica o los pueblos disímiles de México. Hablamos en realidad el castellano de los castellanos, el español de Cuba, el español de nosotros, que contiene todos los elementos de cubanismos y rasgos culturales que lo identifican. No obstante, sus rasgos varían desde la parte occidental hasta el oriente de Cuba, donde se hace un sutil canto. Esto lo comprendemos cuando visitamos esas provincias y tal parece que somos nosotros, y no ellos, los que cantamos. En realidad todos cantamos el español, porque el idioma es arte, poesía, literatura.

Calle Amargura. Trinidad. Foto: Julio Larramendi.
Nuestra cultura también tiene, como una de sus fuentes, el recinto del barracón, aquella cárcel forzada en la cual fueron sumidos miles y de miles de hombres que vinieron de África. Ellos trajeron su lengua ritual, en conversatorio perenne con los dioses y espíritus, orishas o almas de sus antepasados. Esa importante influencia demoró en ser reconocida, hasta que el sabio Fernando Ortiz, Lydia Cabrera y Alejo Carpentier, entre otros intelectuales, demostraron su indudable presencia en la música y en otras manifestaciones artísticas. De modo que todo nuestro patrimonio cultural, incluso la arquitectura, debe verse como nutrida por esas fuentes diversas: india, hispana, africana... que acrisolan en el concepto de nación cubana.
Aquí mismo, en Trinidad y sus comarcas, una arquitectura singular se fue modelando. Cuando recorremos estas calles, podemos aún identificar las primeras viviendas de mampostería y techos de madera cubiertos con tejas, construcciones realizadas por los maestros alarifes y carpinteros de ribera, estos últimos capaces de crear esos techos de par y nudillo que, inspirados en el arte mudéjar, son la influencia del mundo árabe, como una hasta nuestra Isla. Para comprobarlo, basta reparar en techos de la iglesia de Remedios, del regio ayuntamiento de Santiago de Cuba o de la propia casa de Velázquez en esa ciudad, así como las techumbres de los palacios que, cual pequeños alcázares se conservan en La Habana Vieja. Al llegar aquí uno siente que efectúa una peregrinación por la cultura cubana, contrastando arquitectura e historia.
A inicios de la década de los veinte del siglo XIX, en una plaza de esta ciudad, una mañana apareció un pasquín que, subversiva o subrepticiamente, con la ortografía de quien lo escribió, proclamaba “Biba la independencia por la razon o la fuerza señor alluntamiento de trinidad ynde pendencia o muerte”. Quizás fuera ese el primer pasquín en clamar públicamente la independencia de Cuba. Para ese momento, el dilema de la esclavitud ya había sido percibido por el barón Alejandro de Humboldt, llamado con justicia Segundo Descubridor de Cuba. A este sabio de la Ilustración debemos una de las descripciones más soberbias de Trinidad, la cual visitó en 1801 y elogió en su libro Ensayo político sobre la Isla de Cuba. Entre las casas que pudo haber visitado puede exhibirse con orgullo la de la Malibran, que renace como Centro de Documentación del Patrimonio de Trinidad. Un teatro en Venecia lleva el nombre de la eximia actriz, que también estuvo en esta villa. ¡Y cuántos y cuántos viajeros! Leyendo lápidas, me descubro ante la casa de Isidoro de Armenteros y Muñoz, aquel coronel de caballería que fue ajusticiado en el lugar conocido como Mano del Negro. Junto a otros trinitarios, estuvo vinculado al movimiento separatista liderado por el general Narciso López, entonces oficial de alto rango del ejército español y quien fuera gobernador de estos territorios, aunque ya disentía del poder colonial. Al sentir que ardía en sus venas sangre americana, en 1848 López decidió fundar la logia de la Mina de la Rosa Cubana o de Trinidad para llevar a vías de hecho sus planes de redención. Ese clamor de libertad estuvo antecedido, entre otros movimientos, por la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar, la cual había respondido a la utopía integradora de las recién independizadas naciones americanas durante la década del veinte de esa misma centuria. Pero ya para los años cuarenta y cincuenta, el movimiento separatista cubano vinculaba sus posibilidades de triunfo al apoyo de la parte sureña de Estados Unidos, cuando todavía esta no había sido conmovida por la guerra civil, ni había triunfado la idea de la libertad absoluta proclamada por Abraham Lincoln en el campo de batalla de Gettysburg.

Trinidad. Foto: Julio Larramendi.
Sin embargo, es muy importante sopesar el significado del sentimiento antiesclavista en el proceso evolutivo de la emancipación cubana. Desde mucho antes, en 1812, ese factor ya había detonado al motivar un movimiento insurreccional que, liderado por negros libertos, se extendió desde La Habana hacia los pueblos y haciendas de Puerto Príncipe, Remedios, Bayamo, Holguín y Baracoa, esta última en el extremo oriental de la Isla. Dirigido por José Antonio Aponte y Ulabarra, quien había sido cabo primero del Batallón de Morenos, ese levantamiento armado fue brutalmente reprimido y sus principales miembros ahorcados sin juicio previo. La cabeza de Aponte fue colgada en la calle que hoy lleva su nombre en La Habana. No sería hasta 1868, cuando Carlos Manuel de Céspedes declara la libertad absoluta de todos los esclavos de su propiedad, que el movimiento independentista cubano alcanzará su verdadera radicalización.
Comparte Cuba con Brasil el triste privilegio de ser las últimas colonias-española y lusitana, respectivamente en abolir la esclavitud africana. Aquí fue dispuesto en 1886 por Ley de las Cortes, pero realmente ya había sido abolida por voluntad de la revolución soberana que comenzó el 10 de Octubre de 1868 en el ingenio La Demajagua. Fue Céspedes quien arrancó el látigo de la mano del mayoral y rompió el grillo del esclavo, gesto que quedó refrendado legalmente por la República en Armas durante su constitución en Guáimaro al año siguiente, en 1869.
Las ideas evolucionan y han de evolucionar. Solamente la dialéctica del pensamiento y el análisis profundo de la historia nos permiten constatar que el hombre, la sociedad y sus circunstancias dependen del tiempo que les tocó vivir. Desde su atalaya, el hacendado azucarero trinitario Justo Germán Cantero podía contemplar los ingenios de su propiedad. Llamó entonces a Eduardo Laplante, el notable grabador y litógrafo francés, para que ilustrara cómo eran esos ingenios por dentro, a la par que debía ofrecer una vista espléndida del valle y de la ciudad de Trinidad. En esas láminas iluminadas a mano sorprende la alta tecnología de la maquinaria productora de azúcar, gracias a la cual se llegó a alcanzar unas 85 mil arrobas anuales, una suma inmensa para la época. Hacia los años veinte del siglo XIX, Cuba logró convertirse en la potencia azucarera más importante del mundo, en gran medida por la caña cultivada y procesada en estas tierras trinitarias. Pues bien, en los grabados de Laplante ordenados por Cantero, junto a la maquinaria de alta tecnología o sea, los nuevos medios de producción aparecen los esclavos negros sin camisas, con pantalones blancos, llevando los cucharones a los tachos. Ellos representan las más oscuras fuerzas productivas de la historia, las más tristes, las más desoladas.

Alameda. Trinidad. Foto: Julio Larramendi.
En el escudo de Trinidad aparece el triángulo equilátero de las logias y el ojo de la providencia, que se mueve observándolo todo. Esos símbolos representan el equilibrio perfecto de los hombres, de la naturaleza y de las cosas. Responden al pensamiento liberal que se opuso resueltamente al oscurantismo y proclamó la igualdad de los hombres: todos nacen iguales e iguales deben ser en justicia y en derechos. Reparando en su escudo, sus símbolos y su arquitectura, se hace más expedito el largo y sinuoso camino que nos lleva de retorno a los orígenes, a la hermosísima costa donde los ríos tributan al poderoso Agabama. Fue allá donde se produjo el intento original de fundación, cerca de Jagua, que luego se repetiría aquí, de modo que el acto fundacional empieza en Arimao y termina en este lugar. Así sucedió en otras villas fundacionales de Cuba, como un proceso traslaticio desde un asentamiento primigenio hasta otro que se convierte en el definitivo.
Hay otros acontecimientos históricos que, muchos más cercanos, también han dejado una huella en la historia patria. Me refiero a aquella larga batalla que, cumpliendo el mandato de Fidel, se libró allá, en lo alto de la Sierra del Escambray. En ese lugar conocido como El Pedrero, el Che Guevara consolidó la unidad necesaria para alcanzar la victoria. Sin ese acto, que imponían la razón y el destino mejor de Cuba, tampoco esta reunión de hoy podría celebrarse. Rindo tributo a los que cayeron en defensa de la ciudad, rindo tributo a los que lucharon por ella en los días terribles de la lucha contra bandidos, cuyos dramáticos acontecimientos la convierten en la pequeña guerra civil de nuestra historia. Percatado de la dimensión trágica que podrían alcanzar aquellos sucesos, bajo la dirección de Fidel, las milicias populares lograron neutralizar aquel alzamiento que, estimulado aviesamente por el enemigo, amenazaba con expandirse a todo el país. No fue inútil la sangre del campesino Pedro Lantigua, quien recibió en su casa al joven Manuel Ascunce, ni la muerte de Conrado Benítez. Todavía hoy es muy triste visitar los lugares donde fueron sacrificados. Como tampoco jamás olvidaremos a Piti Fajardo, ni a su madre, heroína de Cuba. Es por eso que, al evocar sus nombres, rendimos tributo a todos los que lucharon por la libertad de nuestra patria al costo de sus vidas. En un día como hoy, también quisiera evocar a aquellos historiadores y conservadores que cuidaron la belleza de esta ciudad en años difíciles. Recuerdo al ingeniero Manuel Bécquer cuando visitaba la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana en busca de mi maestro, el Doctor Emilio Roig de Leuchsenring, quien eligió a Trinidad como sede de sus Congresos Nacionales de Historia en dos importantes ocasiones: el tercero, en 1944, y el sexto, en 1947.
También recuerdo con particular afecto a Carlos Joaquín Serquera, mi amigo hasta el último día, y muy especialmente a aquel que se fue demasiado temprano, a Roberto López Bastida, descendiente por el vínculo materno de conquistadores fundadores, quien quiso tanto a esta ciudad y tanto bien hizo por ella. Rindo tributo al conservador y a la Oficina, a la Dirección de Patrimonio Cultural, porque solare ale oficina dad de esas fuerzas podrá lograrse lo que queremos. Agradezco a los que han trabajado y luchado por el esplendor del Patrimonio: en nombre de la nación a nuestro Partido y al Presidente, cuya inspiración y fortaleza han sido nuestra salvaguarda. A la obra del pueblo trinitario, que todo lo merece, doy mi máximo respaldo, sobre todo ahora que, en el marco de las nuevas leyes y oportunidades, ha hecho florecer la ciudad con genuinas iniciativas turísticas que permiten compartir el esfuerzo enorme de la nación para que el patrimonio cultural sea rentable.

Trinidad. Foto: Ana Isis Ramos Alemán.
Como se ha expresado, la ciudad de Trinidad debe colocarse en el centro de la mirada por su singularidad entre las siete villas fundacionales, cuyo medio milenio celebramos, una tras otra. La última será La Habana, que si bien también fue fundada en 1514 en algún lugar de la costa sur, no es hasta 1519 que se traslada y consolida en su asentamiento actual. De hecho, si nos atuviéramos a esa primera fecha, La Habana ya debía estar preparada para celebrar su aniversario 500, pero tendríamos que celebrarlo al pie de la ceiba -ya es la cuarta o quinta plantada en lugar del árbol original- a cuya sombra se efectuaron el primer cabildo y la primera misa.
Quizás no me dé la providencia la posibilidad de estar en el aniversario 500 de mi ciudad en 2019. Pero hace muchos años acepté el desafío que nos imponen nuestras ideas y la disciplina de nuestro Partido: la Patria es donde se lucha. Y si mañana me designasen a cualquier rincón de Cuba, ese sería mi ceiba, mi templo, mi ciudad y mi río. Felicidades, trinitarios. Felicidades todos.
Palabras pronunciadas durante la sesión solemne de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Trinidad por los festejos fundacionales por los cinco siglos de esa ciudad (12 de enero de 2014). Tomado del libro Aeterna Sapientia.

Leal interviene en la sesión solemne de la Asamblea Municipal del Poder Popular de Trinidad, por los festejos fundacionales por los cinco siglos de esa ciudad. Foto: Raúl Abreu.

Trinidad. Foto: Ana Isis Ramos Alemán.

Trinidad. Foto: Ana Isis Ramos Alemán.

Trinidad. Foto: Ana Isis Ramos Alemán.

Trinidad. Foto: Julio Larramendi.

Trinidad. Foto: Julio Larramendi.
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Muy bien
Todo lo q se haga en Trinidad vale la pena, es una ciudad irrepetible, trabaje en ella 1970 cuando prácticamente el turismo no existía en Cuba, pero en Trinidad era raro q pasara un día sin ver a grupos turístico recorriendo sus calles o bañándose en su maravillosa playa Ancón, tiene todavía mucho q ofrecer .