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Brasil sigue sin rumbo tras caída de Dilma Rousseff

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Michel Temer. Foto: Reuters.

Michel Temer. Foto: Reuters.

Por: Beatriz Miranda Côrtes.

Se avecina el final de 2016 y Brasil sigue sin rumbo: un Gobierno extremadamente débil, una economía que no se recupera y en las calles continúa la protesta.

Por un lado, un fuerte movimiento estudiantil que rechaza la propuesta que podría recortar inversiones en las áreas de educación, salud y previsión social por 20 años. Algo que ni las peores dictaduras osaron hacer.

Y por otra parte, los brasileños siguen cansados de la corrupción. El domingo, la avenida Paulista en São Paulo se llenó con miles de personas que pedían al presidente, Michel Temer, acabar con la corrupción.

En los próximos días, la nueva etapa de la operación Lava Jato —que investiga la trama de corrupción más grande en la estatal Petrobras— abrirá un nuevo capítulo que amenaza con estremecer al país: se anunció la vinculación de 80 nombres “ilustres” en las pesquisas, lo que puede redundar en encarcelamientos temporales.

Entre estos, se especula que el expresidente Lula da Silva podría ir a parar tras las rejas. La semana pasada, el director del centro de reclusión en donde se construyeron las celdas para los nuevos presos fue suspendido de su cargo, luego de decir que la cárcel en Paraná no tenía “la seguridad necesaria para recibir al expresidente Lula”… Una imprudencia, ya que una noticia así podría provocar un levantamiento del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST).

La tensión crece en el país. Hace apenas unos días, algunos sectores de la sociedad brasileña que parecen haberse alineado “por inercia” con el discurso neoconservador de Donald Trump invadieron el recinto de la Cámara de Diputados, en Brasilia, e interrumpieron la sesión.

Los manifestantes rompieron la puerta de acceso al pleno de la Cámara y algunos de ellos lanzaron gritos contra el gobierno de Michel Temer. También protestaron contra la corrupción, los supersalarios de los servidores públicos, las jubilaciones elevadas y el traslado de un proyecto de ley que pretendía combatir la corrupción, el mal que más rechazan los brasileños.

Durante la protesta, un grupo de 60 personas pidieron una intervención militar en el país, con proclamas como: “El general ya viene”, “Nuestra bandera jamás será roja”, “Cerrar Brasil”, “Escuela sin partido” y “Viva Sérgio Moro”.

Este grupo es catalogado como “de derecha” y defiende una intervención militar provisional, además de la salida de Temer.

No es una sorpresa si se hace una retrospectiva de la actuación del Congreso brasileño durante las sesiones legislativas que antecedieron la salida de la expresidenta Dilma Rousseff.

Entonces, los votos de los congresistas fueron justificados por “Dios, la patria, la familia”, y hasta por el torturador de Dilma Rousseff. Ya había indicios de lo que estaba por venir.

Este Congreso, en el que el 60 % de sus representantes es investigado por un rosario de delitos, está ad portas de realizar una más de sus artimañas antes de que el año termine o antes de que la lista de los 80 nuevos “detenidos” sea revelada.

En la Comisión Especial de la Cámara está a punto de ser votada la Ley Anticorrupción que, entre otros puntos, podría crear una autoamnistía para los investigados por la Caja 2, es decir, por las donaciones de campaña no declaradas, que esconden delitos tan graves como lavado de dinero. Si se tipifica como ley la Caja 2, se exoneraría de culpa a decenas de políticos, partidos y empresarios que están ahora bajo la mira de la justicia.

Jugadas como estas subestiman la inteligencia de la mayoría de los brasileños, ponen al país a la par con las banana republics y abre paso para acciones de corrupción peores.

En términos de política externa, el sueño americano del presidente Temer y de su actual ministro de Relaciones Exteriores, José Serra, era firmar un TLC con Estados Unidos. Con Trump en la Casa Blanca, probablemente no existan nuevos tratados de libre comercio. La victoria del republicano deja al gobierno brasileño fuera de lugar, sobre todo después de despreciar a América Latina, el Mercosur y todos los Sures y romper mecanismos de confianza construidos con gran esfuerzo a lo largo de dos décadas.

Sin un mayor acercamiento con Estados Unidos, con un aplazado acuerdo Europa-Mercosur y lejos de América del Sur, parece que Brasil está a la deriva.

Hace años, en Estados Unidos afirmaban: lo que es bueno para Brasil es bueno para América Latina, pero hoy Brasil no es un ejemplo a seguir, perdió el año y quizás décadas.

(Tomado de El Espectador)

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