Imprimir
Inicio » Especiales, Política  »

El Estado Islámico, ¿un fenómeno de Occidente?

| 6

estado islamicoPor Ramzy Baroud
Politics for the People

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández.

Parece como si los dirigentes del denominado “Estado Islámico” (EI) estuvieran recibiendo consejos de los principales islamófobos del mundo a fin de demonizar a los musulmanes y estuvieran tratando de vivir cumpliendo las expectativas de organizaciones dedicadas a propagar el odio como la American Freedom Defense Initiativede Pamela Geller, cuyos últimos actos propagandísticos por todo San Francisco comparaban a los musulmanes con los nazis.

Sin embargo, no importa cómo intente uno abordar la aparición del denominado Estado Islámico (EI) en Iraq y Siria, buscando desesperadamente un contexto político o de otro tipo que valide el movimiento como circunstancia histórica explicable, no hay quien pueda encontrar sentido a las cosas.

La conexión occidental 

No sólo el EI es, hasta cierto grado, un movimiento ajeno al contexto político más amplio del Oriente Medio, también parece ser un fenómeno parcialmente occidental, un retoño abominable resultado de las aventuras neocoloniales de Occidente en la región, junto con la alienación y demonización de las comunidades musulmanas en las sociedades occidentales.

Por “fenómeno occidental” no estoy tratando de sugerir que el EI es en gran medida una creación de la inteligencia occidental, como muchas teorías de la conspiración han defendido persistentemente. Desde luego que está justificado que uno plantee preguntas acerca de la financiación, el armamento, el comercio del petróleo en el mercado negro y la facilidad con la que muchos miles de combatientes árabes y occidentales han conseguido llegar hasta Siria e Iraq en estos últimos años. Los crímenes perpetrados por el régimen de Asad, su ejército y los aliados durante la larga guerra civil siria, que ya dura cuatro años, junto al insaciable apetito de orquestar un cambio de régimen en Damasco como prioridad suprema, han estado nutriendo, cuando no alentando, las fuerzas anti-Asad de justificados aspirantes a “yihadistas”.

Fue bastante revelador el reciente anuncio del ministro de asuntos exteriores turco, Meylut Cavusoglu, del arresto de un espía “que trabajaba para el servicio de inteligencia de un país integrante de la coalición contra el EI” –parece ser que Canadá-, por haber supuestamente ayudado a tres muchachas británicas a unirse al EI. La acusación alimenta un creciente discurso que sitúa al EI dentro del discurso occidental y no del Oriente Medio.

Sin embargo, no es la conspiración per se lo que encuentro intrigante, incluso desconcertante, sino el diálogo en curso, si bien indirecto, entre el EI y Occidente con la participación de supuestos “yihadistas” franceses, británicos y australianos, sus simpatizantes y seguidores por un lado, y varios gobiernos occidentales, sus servicios de inteligencia, los medios de comunicación de la derecha, etc., por el otro.

Gran parte del discurso –en otro tiempo situado dentro de una narrativa consumida por la “Primavera Árabe”, las divisiones sectarias y las contrarrevoluciones- se ha trasladado ahora a otra esfera que parece tener poca trascendencia para el Oriente Medio. Con independencia de dónde uno se sitúe sobre cómo Mohammad Emwazi se transformó en el “yihadista John”, el debate, curiosamente, no tiene mucho en cuenta su contexto geopolítico. En ese ejemplo concreto, se trata de un problema esencialmente británico que tiene que ver con la alienación, el racismo, la marginación cultural y económica, al igual que los atacantes de Charlie Hebdo “que nacieron, crecieron y se radicalizaron” en Francia, es ante todo un problema francés que tiene que ver con las mismas diferencias socioeconómicas fundamentales.

Las otras “raíces del EI” 

El análisis convencional sobre la aparición del EI ya no es suficiente. Rastrear el movimiento hasta octubre de 2006 cuando se estableció el Estado Islámico de Iraq al unirse varios grupos, entre ellos al-Qaida, sugiere simplemente un punto de partida en la discusión y vemos que sus raíces llegan hasta el desmantelamiento del Estado y ejército iraquíes por la Autoridad de la Ocupación Militar de EEUU. Sólo la idea de que la República Árabe de Iraq estuvo dirigida desde el 11 de mayo de 2003 hasta el 28 de junio de 2004 por Lewis Paul Bremer III, es suficiente para delinear una ruptura irremediable en la identidad del país. Bremer y los altos mandos del ejército estadounidense manipularon las vulnerabilidades sectarias de Iraq, y esto unido al inmenso vacío que se produjo en la seguridad motivado al mandar a casa a todo un ejército, marcaron el comienzo de la aparición de numerosos grupos, algunos movimientos de resistencia autóctonos y otras entidades extrañas que buscaron en Iraq un refugio o un grito de guerra.

También desaparecida, de forma conveniente, del comienzo del contexto del “yihadismo” está la asombrosa brutalidad de los gobiernos de dominio chií y de sus milicias por todo Iraq, con total apoyo de EEUU e Irán. Si la guerra de EEUU (1990-91), el bloqueo (1991-2003), la invasión (2003) y la posterior ocupación de Iraq no fueran ya suficientes para radicalizar a toda una generación, entonces, la brutalidad, marginación y constantes ataques contra los sunníes iraquíes en los años posteriores a la invasión de Iraq completaron sin duda el trabajo.

La narrativa de los medios convencionales sobre el EI se centra sobre todo en la politiquería, la división y unidad que se da entre diversos grupos, pero ignora ante todo las razones subyacentes en la existencia de esos grupos.

La expansión del EI en Siria 

La guerra civil siria fue otra oportunidad de expansión buscada con éxito por el Estado Islamico de Iraq (EII), cuya capital hasta entonces era Baquba, en Iraq. El EII estaba dirigido por Abu Bakr al-Baghdadi, un actor clave en el establecimiento del Yabhat al-Nusra (Frente al-Nusra). La tan citada ruptura entre al-Bahdadi y el líder de al-Nusra, Mohammed al-Golani, suele referirse como la fase final del brutal ascenso del EI al poder, convirtiéndose entonces en el Estado Islámico para Iraq y Siria (EIIS), antes de recurrir finalmente a la actual designación de simplemente “Estado Islámico” o EI.

Tras la división, “algunas estimaciones sugieren que alrededor del 65% de los elementos de Yabhat al-Nusra declararon rápidamente su lealtad hacia el EIIS. La mayoría de ellos eran yihadistas no sirios”, informaba al-Safir, del Líbano.

Dejando a un lado la politiquería de los militantes, unos hechos tan masivamente destructivos y altamente organizados no surgen en el vacío y no operan con independencia de las muchas plataformas existentes que ayudan a que se generen, se armen y se mantengan. Por ejemplo, sobre al acceso del EI a las refinerías de petróleo, no conocemos nada de