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Mis 36 horas en una celda de contención en la frontera mexicana

En este artículo: Emigración, Estados Unidos, Frontera, México
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Border Security Unaffected By US Government Shutdown

Por Dan Revich

Ocurrió el 30 de enero de 2013, un nublado día invernal en el sur de California. El plan era conducir hasta México, regresar a la frontera, presentar los papeles de la visa, obtener mi visa y proseguir con mi vida de abogado en Los Ángeles. Como ciudadano canadiense, solo puedo trabajar en Estados Unidos con una visa de trabajo, y la mía expiraba el 1ro de febrero, por lo que este viaje era necesario para mantener legal mi estatus migratorio.

Cuando arribé a México, la hilera de autos para regresar a California era de cinco horas. Después de llegar al área de inmigración y aparcar mi auto, entré a un edificio de ladrillos que albergaba una sala gris grande con un mostrador blanco. Detrás de la ventanilla había dos agentes, un hombre y una mujer, ambos tenían veintitantos años.

El agente me llamó para procesar mi caso. Al principio, la entrevista transcurrió muy bien. Me preguntó en dónde estaba trabajando y qué estaba haciendo. Respondí a sus preguntas de manera casual y en un tono relajado. De repente, la agente mujer, que había estado sentada tranquilamente, se levantó de su silla y se dirigió al mostrador. Hablamos brevemente sobre la situación de mi empleo, y entonces me dijo que me sentara.

Retorné a mi asiento ubicado en el área de espera. Ella regresó a su ordenador y comenzó a escribir. De pronto, la expresión en la cara de la mujer cambió. Levantó la vista hacia mí.

“Creo que vamos a tener un problema aquí,” afirmó.

Comenzó a interrogarme acerca de la situación de mi empleo y discutió conmigo acerca de mi trabajo. Después de la discusión, estuve sentado esperando por casi una hora.

Inesperadamente, se levantó de su asiento y le asintió con la cabeza a su compañero de trabajo que se encontraba detrás de la ventanilla. Volvió a levantar la vista hacia mí.

“Por favor, señor, póngase de pie señor”

Ambos guardias empezaron a caminar hacia mí. La mujer sacó un par de esposas y yo me quedé boquiabierto.

“Por favor, párese mirando al otro lado. Usted no está bajo arresto, pero le vamos a poner las esposas por razones de seguridad” Me dijo.

El guardia me puso las esposas en las manos colocadas detrás de mi espalda y a continuación me agarraron y comenzaron a trasladarme hacia otro edificio.

En el otro edificio la guardia mujer empezó a cachearme. Me pidió que vaciara mis bolsillos y que me quitara el cinto. Saqué mi teléfono, billetera y llaves y se los entregué. Entonces me pidió que me quitara los zapatos. Se los di y les quitó los cordones. Colocó todas mis pertenencias en una bolsa plástica, incluyendo los cordones de los zapatos, el teléfono y mi reloj.

Me llevó caminando hasta una hilera de asientos, se dio la vuelta y salió por la puerta con su colega. Jamás los volví a ver.

Alrededor de 20 minutos después, otro guardia entró a la sala.

“Venga por aquí,” dijo. Pensé que me estaban llamando para hablar con un oficial de inmigración.

De repente nos detuvimos en el medio del pasillo. El guardia giró a la derecha, en donde se encontraban un montón de mantas de tela carmelita colocadas en una repisa.

“Aquí, tome esto.”

El guardia tomó la manta colocada arriba y me la lanzó. Baje la mirada observando la manta y preguntándome para qué necesitaría una.

El guardia entonces se dirigió al lado izquierdo del pasillo, agarró una de las llaves que tenía en el cinto y comenzó a abrir una puerta. Miré hacia el interior y me quedé perplejo con lo que vi. Era una celda llena de personas.

Mientras observaba la celda, el miedo inmediatamente empezó a recorrer mi cuerpo. Caminé hacia el interior de la celda y me volteé para mirar al oficial.

“Te traeré una alfombra de piso cuando se desocupe una.” Ahora mismo no tenemos ninguna disponible,” afirmó.

Entonces procedió a cerrar con llave la celda. Cuando di los primeros pasos en la celda, despacio giré mi cabeza para observar a mi alrededor. Mis ojos se movían a la derecha pasando la vista por la puerta. Un par de ojos color marrón intenso abiertos de par en par se encontraban mirándome fijamente lo que me hizo entrar en estado de shock. Un hombre de piel color aceituna de ascendencia europea miraba fijamente hacia adelante con expresión irritada en su rostro y movía ansiosamente su pierna derecha arriba y abajo.

La celda estaba llena de cuerpos somnolientos acostados en el suelo. Alrededor de 12 hombres se encontraban ocupando cada pulgada de aquella diminuta celda. Cada uno de ellos se encontraba durmiendo sobre una pequeña alfombra de piso, similar a las que se utilizan para hacer Yoga, pero de una mucha peor calidad. Cada uno tenía una manta de tela sobre ellos, como la que yo había recibido.

El suelo estaba duro como concreto sin un ápice de superficie blanda. La celda era larga y estrecha, orientada hacia un punto al final de esta. El techo tenía una altura de 3 metros y medio. La celda estaba iluminada por lámparas fluorescentes y no había absolutamente nada en las paredes blancas. No había ningún reloj para tener noción del tiempo y tampoco televisión. No había ningún radio o libros para leer. La celda olía a desperdicios humanos y a olores corporales. El ruido que emitían dos hombres roncando sobrepasaban al zumbido que producían las lámparas fluorescentes y el sistema de ventilación.

No entraba luz alguna del exterior que pudiera indicar que hora era. Del lado opuesto a la puerta en dirección a la celda, había un rincón con 2 inodoros de metal, parecidos a los que hay en los aviones, pero empotrado al asiento.

Ambos inodoros estaban al aire libre, separados solamente del resto de la celda por un separador de acero de la misma longitud un cuerpo.

Mi mente comenzó a imaginar lo que sucede en las películas de prisiones. ¿Sería atacado sexualmente o me vería envuelto en una pelea?  ¿Quiénes eran mis compañeros de celda? ¿Eran estas personas traficantes de drogas mexicanos con conexiones con pandillas? Me acosté en un banco de acero y me tapé con mi manta.

De pronto, uno de los hombres que dormían debajo del banco me arrebató la manta…

Continúa en inglés en el blog del autor

(Traducido por Ricardo de Urrutia para Cubadebate. Tomado de The Huffington Post)

Se han publicado 3 comentarios



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  • vla2 dijo:

    Interesante historia, pero incompleta colegas, parece que Ricardo se cansó de traducir o le asignaron una tarea mas importante, de nuevo nos dejan con las ganas.

  • Olguita dijo:

    Realmente, debían haber terminado la historia para saber el final, pues al parecer todo se aclaró después de 36 horas, pero no sabemos lo que hizo el ciudadano, aunque se evidencia la violación de los derechos humanos, no sabemos si eso tuvo alguna reprecusión para los que lo arrestaron.

  • Cleopatra dijo:

    Como quieren que debata el tema si no lo terminan

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