Dueño del tiempo en Sancti Spíritus
Por Diana Ferreiro, estudiante de Periodismo de la Universidad de La Habana

Monumento a Francisco Polanco Guerrero en la ciudad de Sancti Spíritus. Foto: Vicente Brito
A decir de un filósofo, hay hombres que viven para hacer historia, pero otros, sencillamente, constituyen la historia de ciertos pueblos; pueblos fantasmas, hastiados de contar leyendas y de soñar con quimeras de reconocimiento y progreso.
En tales lugares crecen hombres capaces de transformar lo que ha permanecido estático desde tiempos inmemoriales, lo que muchos añoran perpetrar y no se atreven por miedo al fracaso.
Desde los inicios de esta Isla, en la abuela de mi tierra, la vieja villa del Espíritu Santo, retoñaron pequeñas criaturas, hábiles en impregnar la savia de sus antepasados y, además, una suerte de nuevas esencias que llegarían, con el tiempo, a formar parte indisoluble de su idiosincrasia.
Traicionaría el amor que le profeso a mis raíces si no me atreviera a asegurar que las fábulas tejidas alrededor de Sancti Spíritus, la más central de las provincias cubanas, son dignas de conformar el patrimonio cultural de esta Isla.
Muchos de sus habitantes se han ganado el reconocimiento popular con su quehacer cotidiano. Esos hombres, competentes en el andar por las estrechas calles de piedra y las riberas del Yayabo, lograron perpetuar profundas huellas, labradas por la extenuación y la paciencia de quien sabe forjar una leyenda.
Francisco Polanco Guerrero fue uno de ellos. Con su morral al hombro y sus ropas raídas adornaba la vida de cuantos le preguntaban la hora y, sorprendidos, lo observaban darla sin titubear. Eso sí, nunca le encontraron un reloj. Su diario vagar por las callejuelas espirituanas era todo un acontecimiento para quienes anhelaban cruzarse con tal personaje y ser partícipes de sus pronósticos y habilidades.
Nadie supo si la exactitud de sus predicciones se debía a un «secreto poder sobre el tiempo» o a simples coincidencias, pero lo cierto es que jamás falló un pronóstico y la diferencia en cuanto a la hora real solo se extendía a dos o tres minutos. A su capricho, la mañana podía tornarse en mediodía y un cálido atardecer se le antojaba madrugada. Sin embargo prefería la exactitud.
Nunca lo conocí, pero los cuentos de las andanzas de Francisquito llegaron hasta los más recónditos lugares de la villa. Siempre imaginé a un menudo abuelito, blanca la cabellera, descubierta al sol y al sereno. Sus ropas holgadas terminaban en un pesado morral, unido misteriosamente a su espalda y repleto de los fascinantes retazos que la ciudad desecha al extenuarse de su utilidad.
Hoy, todo lo que queda del místico personaje es una mezcla de mármol blanco o marmolina que se eleva en el boulevard de Sancti Spíritus. Sus formas se traducen en el agradecimiento de los lugareños a la magia que opacaba el hedor impregnado en sus trajes. Sobre la esfera de un reloj con números romanos quedó inmortalizado quien manipulara el tiempo sin haber conocido nunca a Huygens.
Muchos aún lo extrañan al punto de asegurar que esta ciudad ya no es lo mismo sin él y que otro tanto va a pasar cuando se nos vaya Serapio a Pueblo Nuevo, junto con su Yayabo.
Nadie lo lloró, al menos no a la vista. Frases repetidas como consignas, piezas musicales y amasijos decorativos han sustituido a las lágrimas ausentes de su funeral. Sus últimos días en un Hogar de Ancianos prometían ser felices; la verdad descansa junto a su secreto sobre las horas.
El verdadero mérito de Francisquito trasciende los muros de la simpatía, la habilidad y la creatividad. Convertido en icono de la cuarta villa fundada por los españoles, lo es precisamente, por haber dado a la historia del Espíritu Santo una razón para sentirse orgullosa de los retoños de su tierra.
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UNA BELLA HISTORIA, NARRADA
CON EXCEPCIONAL DESTREZA
Estas historias ciudadanas me cautivan. Además, la prosa de la autora y la riqueza de sus frases -tan bien estructuradas-, me insertaron mágicamente en las “aguafuertes” de nuestro querido escritor, ROBERTO ARLT.
Esa clase de narradores que no necesitan notables introspecciones para trazar, en pocas líneas, una acabada descripción de personajes cotidianos y entrañables de las ciudades.
Arlt, acostumbraba a sentarse en los bares o cafés y escuchaba todo lo que se hablaba en ese entorno. De la misma forma, se constituía en permanente observador de las costumbres de la gente y de cualquier suceso del que pudiera ser testigo ocasional.
Nada pasaba desapercibido a su genio de escritor. Las criaturas de sus aguafuertes y novelas tenían un nexo absoluto con la realidad.
Viviendo en pensiones baratas, construyó relatos de extraordinaria preciosidad. Influyó a generaciones de escritores y habría que pensar mucho para saber cuántos pudieron emularlo.
Obligatoriamente, hay que remontarse a Cortázar -entre algunos otros-, aunque sus vidas fueron desiguales. Arlt murió joven y pobre; Cortázar, obtuvo todas las posibilidades que, dicho sea de paso, merecía con holgura.
Queda claro que los dos son mis escritores predilectos.
Arlt, en esta época, sería un laureado y millonario novelista. Pero le tocó vivir en otros tiempos donde no existía el reconocimiento dinerario a semejante talento.
Regreso al sujeto de la nota...
Vaya uno a saber qué pacto secreto tendría FRANCISCO POLANCO GUERRERO con Chronos, aquella deidad de la mitología. Estos anti héroes que hormiguean en las ciudades encierran secretos insondables.
Siempre -desde que alguien en La Habana me contó de él-, me impresionó la personalidad del llamado “Caballero de París”. En cuanto regresé a Buenos Aires, comencé a hurgar en páginas cubanas y obtuve noticias de esta naturaleza tan singular. Supe que en algún lugar de Cuba se le había erigido una escultura y me pareció un gesto de enorme humanidad. Ahora, al leer esta nota, aparece otro paradigma de estos extraños temperamentos.
Aquí, en Argentina, suelen verse por las calles sujetos “abandonados de la mano de Dios”. La crisis perpetua, los hogares destrozados y la locura de una sociedad alienada, determinan la presencia de todo un ejército de menesterosos y alucinados. Cuando se puede entablar una charla con ellos, muchas veces se descubren humanidades vulneradas, heridas y talentos sumergidos.
Gente que por algún inexpugnable secreto deambula por las calles y es poseedora de aptitudes inadvertidas. Por lo general, en algún momento de sus vidas, gozaron de equilibrios familiares, entendiendo por esto historias rectilíneas y normales. Hasta que alguna causa recóndita les depositó para siempre como habitantes de la calle.
En la película “Cinema Paradiso”, aparece uno de estos arquetipos de los que hablo. Me refiero al loco de la plaza… Pacífico, pero lunático, él repetía “La piazza è mia, la piazza è mia” ¿Recuerdan?...
Me encantó el relato de DIANA FERREIRO. Uno ya sabe de las virtudes de los escritores cubanos, pero, al leer a esta muchacha, también sueña… A ver si todavía está amaneciendo un nuevo Arlt en versión femenina y caribeña ¡Felicitaciones!...
Errata (por no revisar antes de enviar)
"...locura de una sociedad alienada"...
Quise decir
"las particularidades de una sociedad alienada"
Mis disculpas por la redundancia.
Dardo Ribas muchísimas gracias por su comentario y me alegra la opinión que tiene de los escritores cubanos, dentro de los cuales no tengo la intención ni el valor de incluirme todavía. Sobre la historia, es curioso, pero casi siempre en los pueblos olvidados y que a veces no merecen la pena se elevan hombres así, dignos de trabajos como este. Lo único que lamento es no haber tenido la oportunidad de interactuar con él. Lo que me quedan son las historias que dejó.
Saludos y gracias otra vez.
Eso está bueno completo, está buena la idea y está muy bien escrito, creo que hay muchas historias quer contar sobre Sancti - Spiritus y aqunque no las publiques todas ahora mismo podrías ir escribiendolas para que poco, los cubanos todos conozcan más de nuestra ciudad.