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Los vivos envidiarán a los muertos

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Irak, 2004. El activista Russ Kick publicó más de 350 fotografías de ataúdes de soldados estadounidenses muertos en Irak. La difusión de las imágenes provocó el enojo del Pentágono.

Hay hombres que llegan a una guerra desde muy lejos. Llegan en barcos, en aviones, en transportes militares; llegan con un uniforme que les han dado, un salario, una orden y una fecha que alguna vez imaginaron como la del regreso. Del otro lado están los que no han llegado a ninguna parte porque ya estaban allí. La guerra ha llegado hasta ellos.

Los pueblos lo saben porque la historia se lo ha enseñado demasiadas veces: no se pelea igual en suelo ajeno que en suelo patrio. Se puede combatir lejos de casa por disciplina, por dinero, por una bandera, por obediencia o porque un gobierno decidió que había que estar allí. Pero cuando la guerra entra en la tierra propia aparece otra cosa. Se pelea por la calle conocida, por la casa, por los hijos, por los muertos que están enterrados allí. Y esa guerra suele librarse con una fiereza que desde fuera cuesta entender.

El soldado que combate a miles de kilómetros de su país sabe que existe otro lugar. Hay una ciudad, una familia, una vida anterior que continúa mientras él está fuera. El que pelea en la tierra donde nació puede tener miedo, puede cansarse, puede incluso saber que probablemente va a morir, pero no tiene un país esperando detrás. Ese pedazo de tierra que el otro contempla en un mapa como escenario de operaciones es su casa.

Los norteamericanos deberían saberlo mejor que nadie.

Lo aprendieron en Vietnam y volvieron a encontrarse con ello, muchos años después y de otra manera, en Afganistán. No porque las historias sean iguales. No lo son. Tampoco Cuba es Vietnam ni Afganistán. Pero la distancia entre el ejército que llega y el pueblo que permanece es tan vieja como la guerra.

En Vietnam, la superioridad militar de Estados Unidos era inmensa. Y, sin embargo, pasaron los años hasta que llegó el día de marcharse. Habían muerto demasiados hombres. En Estados Unidos había familias que esperaban y una sociedad que llevaba demasiado tiempo preguntándose qué hacían todavía sus muchachos allí.

En Afganistán pasaron veinte años.

Veinte años son casi una generación.

Un muchacho puede llegar a una guerra y volver convertido en un hombre distinto. Puede ver morir a sus compañeros, cumplir órdenes que ya ni recuerda quién dio primero y pasarse noches enteras pensando en una casa situada al otro lado del mundo. Lo que al principio parecía una operación con un objetivo termina convirtiéndose en años de su vida.

Y ahí los vivos empiezan a importar tanto como los muertos.

Porque el muerto ya no espera nada. El vivo espera la próxima orden, el próximo relevo, la próxima carretera, el próximo disparo y, sobre todas las cosas, el día de volver.

Cuba es otra historia.

Quien la mire solamente desde la diferencia de tamaño, población, armamento o capacidad tecnológica entre los dos países estará dejando fuera una parte esencial de la cuestión. Cuba lleva más de un siglo pensando su independencia con Estados Unidos al otro lado. Después de 1959, el antiimperialismo pasó a ocupar un lugar central en la cultura política de la Revolución. Hay generaciones enteras que han crecido escuchando hablar de soberanía, independencia, invasión, resistencia y defensa del país.

No se llega a una tierra así como se llega a un territorio vacío de memoria.

El Indio Naborí lo escribió en 1962 con una sencillez que quizá diga más que muchos tratados militares. Su poema se llamaba «Carta de una madre cubana a una madre norteamericana». No hablaban dos generales. Hablaban, en realidad, dos madres imaginadas a través de los hijos que podían terminar enfrentándose: Robert, el muchacho norteamericano, y Juan, el cubano.

El deseo de aquella madre cubana no era que muriera Robert. Era exactamente el contrario: que Robert y Juan vivieran, cada uno en su tierra. Pero había una línea que no debía cruzarse. Y Naborí la resumió en una advertencia que atravesó los años:

“Dile a tu hijo que no venga”.

Más de sesenta años después, aquellas palabras conservan una extraña actualidad: el hijo de una madre que es enviado a combatir al país del hijo de otra.

Quizás por eso conviene escuchar con cuidado a Marco Rubio.

Rubio no ha dicho que al terminar esta Administración “el régimen comunista cubano” habrá caído. No ha prometido semejante cosa. Lo que ha dicho es que espera que para entonces Cuba se encuentre en un “camino irreversible hacia un futuro muy diferente”.

Es una elección de palabras que merece atención.

Porque una cosa es disponer de fuerza suficiente para castigar, bloquear, presionar o atacar a un país, y otra conseguir que la historia posterior obedezca exactamente al plan de quien comenzó.

Los gobiernos saben cuándo dan una orden. Saben a qué hora despega un avión y qué día zarpa un barco. Lo que no siempre han sabido es cuándo podrán ordenar el regreso.

Ese ha sido el problema tantas veces.

No entrar.

Salir.

Salir después de años. Salir después de los muertos. Salir después de haber repetido que todavía faltaba un poco más para alcanzar aquello por lo que se había comenzado todo.

Y mientras se decide, están los hombres.

El que fue enviado desde lejos y el que nunca se fue porque aquella era su tierra.

Uno mira el calendario.

El otro mira su casa.

Después pasa un mes. Después otro. Después un año.

Muere un compañero. El que queda recoge sus cosas. Al día siguiente vuelve a levantarse, se pone las botas, carga el arma y sale otra vez. Sobrevive. Y precisamente porque ha sobrevivido tendrá que hacerlo de nuevo mañana.

El muerto ya no tiene mañana en la guerra.

No espera una emboscada. No escucha el ruido que lo despierta de madrugada. No cuenta cuánto falta. No piensa en el avión de regreso. No recibe otra orden.

El vivo sí.

Y si la guerra dura lo suficiente, si los años empiezan a amontonarse y la casa queda cada vez más lejos, puede llegar un día terrible en que sobrevivir deje de sentirse como una fortuna.

Entonces quizá recuerde al compañero que cayó antes que él y comprenda que para aquel hombre la guerra terminó.

Para él todavía no.

Y seguirá amaneciendo.

Hasta que los vivos envidien a los muertos.

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Ana Hurtado

Ana Hurtado

Periodista española, documentalista y comunicadora en redes sociales.

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