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Del mundo líquido al gaseoso: La cultura snack

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Internet. Foto: Prensa Latina

La metáfora líquida, que tuvo tanta repercusión a partir de la publicación de Tiempos líquidos, de Zygmunt Bauman (1999), ya no es adecuada para describir la actual coyuntura social y cultural. Ya no hay nada “fijo”: valores, ideologías, proyectos, etc. Muchos cambian de opinión, religión o iglesia como quien se muda de ropa. ¿Conoce a algún adolescente que se culpe por haber cometido un pecado?

Mientras que mi generación, la del 68 –yo estaba en los veinte en la década de 1960—, soñaba con cambiar el mundo, muchos jóvenes de hoy naufragan al navegar en las redes digitales y consideran que la política es “un asco”. Esta pérdida de solidez de la modernidad ya estaba presente en la reflexión posmoderna, como muestra la obra Todo lo sólida se desvanece en el aire, de Marshall Berman (1982).

Hoy en día, la “liquidez” está presente en todos los aspectos de la vida: en los objetos que utilizamos, contaminados por el virus de la obsolescencia; en las relaciones con el prójimo, muchas veces fluidas y ocasionales; y en la propia relación que mantenemos con nosotros mismos, como el miedo a estar solo y/o refugiarse en el silencio. Todo cambia de un momento a otro. Somos cada vez más mutables, como el agua, que siempre se amolda al recipiente que la contiene. Nada parece fijo para siempre.

Otrora, las personas estaban rodeadas por pocos medios de comunicación. El ritmo de la vida y, por tanto, del consumo, era diferente. Fluía en cámara lenta. Había tiempo para leer el periódico, oír la radio, visitar a los amigos. La televisión era el gran vehículo hegemónico, en torno al cual se reunía la familia. Al acuñar la expresión “aldea global”, Marshall McLuhan se refería exactamente a eso.

Los nuevos medios digitales introducen ahora la Cultura Snack (Carlos Scolari. La marca editora, 2020). La veloz competencia para captar la atención del público hace que aparezcan una infinidad de piezas textuales breves –clips, tuits, memes, trailers, webisodios, teasers, cápsulas informativas, Tik Tok, spoilers…— que se reproducen en las redes de manera viral. Es el arte de lo breve para consumir a “mordidas” aleatorias.

Por eso la metáfora de la “modernidad líquida”, popularizada por Bauman, ya no sirve para describir el momento actual. La idea del filósofo polaco partía de la transición de una sociedad sólida –signada por estructuras estables e instituciones duraderas— a una fluida, caracterizada por el cambio constante y la aversión a todo tipo de fijación. En ese escenario no se buscan soluciones permanentes: se prefiere la adaptación continua. De ahí la recurrencia de la palabra “innovación”.

En la modernidad líquida, ser flexible se convirtió en estar siempre listo para cambiar de opinión, ambiente u objetivo. La metáfora resultaba pertinente para pensar una modernidad todavía marcada por una lógica de flujo, desplazamiento y progreso.

Esa imagen presupone, además, una trayectoria lineal: el líquido sigue un camino, aunque irregular, con dirección y destino. Pero en el siglo XXI, con la introducción de las herramientas digitales, la dinámica social parece menos un río y más una nube de partículas que chocan en múltiples direcciones, caóticas, fragmentadas a imprevisibles.

La web no es un nuevo medio, sino un metamedio que acoge formatos, lenguajes y prácticas inéditos: de blogs a webisodios, de memes a narraciones. Esa nueva ecología mediática es cuna tanto de microtextos instantáneos como de megahistorias capaces de diseminarse por múltiples plataformas. Es la cultura snack, signada por la brevedad, la fragmentación, la remezcla, el exceso de información, la movilidad y la velocidad. Es el culto a la concisión llevado al extremo.

Si la liquidez simbolizaba el movimiento constante, el estado gaseoso alude a la dispersión radical de contenidos e interacciones. Los “textos” son como moléculas agitadas: múltiples, independientes y en constante colisión.

En ese ecosistema, pequeños cambios, como el surgimiento de una nueva aplicación o un nuevo formato puede desencadenar transformaciones a escala global. El coronavirus, un “meme biológico”, demostró el poder de algo diminuto para causar impactos masivos.

Un amigo me dijo que solo creería en la eficiencia de la Inteligencia Artificial (IA) el día que lo sustituyera en la academia y él, en casa, perdiera peso… Si bien ese ejemplo bordea el absurdo, lo cierto es que la IA tiende a atrofiar el raciocinio, la cultura y la creatividad de muchos usuarios.

Les estamos traspasando a las máquinas habilidades humanas que llevó milenios perfeccionar. Tal vez la epidemia mundial de obesidad tenga que ver con la pereza para mover el cuerpo, ya que los vehículos pueden transportarnos de un punto a otro del espacio, y equipos como los robots, son capaces de dispensarnos de los trabajos manuales.

El riesgo más inminente quizás consista en ignorar que un bloque de granito, tan consistente al tacto, es resultado de una danza de moléculas. En él, los átomos están en un constante movimiento que vibra continuamente en torno a posiciones de equilibrio a causa de la energía térmica. Si se observa al microscopio, el bloque es una danza continua de vibraciones. La danza es tan organizada que en el nivel macroscópico nos parece sólido.

Es lo que vemos en la coyuntura actual, cuyo mayor ejemplo es la política de Trump, que ignora el derecho internacional, las leyes y los tratados, incluso cuando se trata de socios históricos de la Casa Blanca como la OTAN. Trump actúa según sus caprichos intervencionistas y no existe ninguna instancia que lo detenga. Ante eso, personas físicas y jurídicas se sienten estimuladas a hacer lo mismo. Esa conducta se compara equivocadamente con “la ley de la selva”, expresión paradójica, porque en la selva hay ley y existen reglas.

Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau ya nos alertaron de que la naturaleza no es puro caos, violencia y ausencia de reglas. Los ecosistemas funcionan con patrones, equilibrios y restricciones bastante estructurados. En la selva existen relaciones relativamente estables entre depredadores y presas, competencia por los recursos, cooperación, simbiosis y nichos ecológicos. La selva no es falta de orden, es otro tipo de orden. Y los salvajes, los indígenas, casi siempre son más civilizados que quienes no habitan en la jungla.

El concepto darwiniano de “selección natural” como mera sobrevivencia del más fuerte es bastante criticado. Por lo general, sobreviven los más adaptables, cooperativos o integrados al ambiente. De ahí la importancia de evitar que este estado gaseoso desemboque en plasma, el cuarto estado de la materia, lo cual daría por resultado el apocalipsis de la civilización. El antídoto es la globalización de la solidaridad en pro de la paz como fruto de la justicia.

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Frei Betto

Frei Betto

Carlos Alberto Libânio Christo. Conocido como Frei Betto. Fraile dominico. conocido internacionalmente como teólogo de la liberación. Autor de 60 libros de diversos géneros literarios -novela, ensayo, policíaco, memorias, infantiles y juveniles, y de tema religioso. En dos acasiones- en 1985 y en el 2005- fue premiado con el Jabuti, el premio literario más importante del país. En 1986 fue elegido Intelectual del Año por la Unión Brasileña de Escritores. Asesor de movimientos sociales, de las Comunidades Eclesiales de Base y el Movimiento de Trabajadores Rurales sin Tierra, participa activamente en la vida política del Brasil en los últimos 50 años. Es el autor del libro "Fidel y la Religión".

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