El color de la defensa
Nunca habían llegado tan lejos y tan alto las olas que Wilma empujó sobre el litoral de La Habana. Nunca, que recuerde algún habitante vivo de la Ciudad, el mar había atacado con tanta violencia los muros y había desalojado con tanta fuerza todos los obstáculos puestos a su paso, en aquellos lugares que otras tormentas -como la llamada "del siglo", en 1993- habían marcado como límites de las inundaciones en las zonas bajas capitalinas.
Pero cuando se anoten esos y otros récords de la naturaleza contra esta ciudad que, al mismo tiempo, debe mucho de su impresionante belleza a la línea donde unas veces se besan y otras se agraden el mar y la tierra, habrá que hacer constar también que nunca antes se fue levantando tan rápidamente la vida después de un desastre natural.
Los inundados que viven más abajo de la calle Línea, no sin queja, se disponían a una angustiosa espera, recordando las casi 15 noches que pasaron a oscuras cuando la "tormenta del siglo". Todavía no pueden creer que, aunque ahora fueron mucho más fuertes los daños y el alcance de la inundación, no se empleó ni la mitad del tiempo en restablecer los servicios fundamentales.
No quiero ni me corresponde adelantar valoraciones que en su momento se harán sobre el grado de eficacia que se opuso a la devastación, pero tampoco tengo derecho a guardarme la admiración que ha inspirado en la mayoría beneficiada, la respuesta integral a un problema que en cualquier otra ciudad de las dimensiones de la nuestra suele terminar en catástrofe social.
Hablo del grado de previsión: desde mucho antes de entrar Wilma a la zona de riesgo para Cuba, hubo información abundante -tan adelantada que algunos cometieron el error de subestimarla-; del sensible y visible compromiso de las autoridades locales con el drama humano de los afectados -a los que se les proporcionó ayuda, aliento y recursos para enfrentar las horas críticas- y de la solución más que rápida, veloz, de afectaciones realmente graves.
El esperanzador verde olivo del uniforme militar cubano, portando los grados oficiales más altos o las insignias de los Consejos de Defensa, terminó de apuntalar la certeza colectiva de que tendríamos una recuperación organizada, racional, efectiva y rápida.
Ver más de una charretera de general moviéndose junto a hombros desnudos o simples camisas de obreros en faena, entre escombros, grúas y camiones; recorrer la ciudad de un extremo al otro a las pocas horas de la retirada del mar, gracias a una organización del tránsito facilitada por policías bajo la lluvia; recibir en minutos las noticias indispensables por el apoyo al trabajo de la prensa y seguir al tanto del ciclón que se va y el que viene definitivamente, Cuba tiene derecho a entrar al libro de record Guinnes por el modo en que vamos aprendiendo a salvarnos de las catástrofes y sus secuelas.
Y no se escapa a la sensibilidad popular que detrás de esa eficacia -que será mayor y nos pondrá metas más altas, mientras más records hayamos vencido- hay un concepto real de defensa del país. En cuántas naciones no soñarán con un ejército así, capaz de proteger y salvaguardar a sus ciudadanos de una agresión armada, pero también de un huracán o cualquier otro desastre.
A las calles inundadas de La Habana entraron los militares, como en tantas otras zonas del país, a rescatar vidas y bienes, a evitar vandalismos, a prestar auxilio, a evitar la irresponsabilidad y la muerte.
Nadie vio fusiles cruzados en el pecho o apuntando a los damnificados. Nuestro paisaje después de la tormenta es tan alentadoramente diferente del que hemos visto en tantas otras partes que sería ingrato e indigno no dejar constancia del suceso y el agradecimiento.
Alguien me comentó que no había condiciones para echar flores al mar este 28 de octubre en el habitual homenaje a Camilo. Tampoco lo creí indispensable. Realmente, el mejor de los tributos están dándolo los que ahora mismo, sin descanso, combaten por la recuperación definitiva de todas las zonas afectadas, vistiendo el honroso verde olivo que Camilo definió como el uniforme del pueblo. Nadie podría dedicarle flores más dignas.
- Una pregunta para Trump y Netanyahu
- Geoeconomía de la guerra
- Modo Clásico Mundial (VIII): La despedida de San Juan, ¿esperada o desconcertante?
- Archivo CD: Ley Helms Burton, instrumento para la reconquista neocolonial de Cuba
- El imperativo ético de la salud en Cuba frente al cerco energético
- ir aOpinión »


Haga un comentario