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“Me limito a decir la verdad”. Fidel sigue respondiendo a la humanidad

Por: Matías Bosh Carcuro
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Fidel Castro Ruz

Para el 26 de septiembre de 1960, cuando Fidel Castro presentó su primer discurso en la sede de Naciones Unidas, ya Estados Unidos, bajo el gobierno de Eisenhower, había apoyado la contrarrevolución armada y los atentados terroristas. También había prohibido las exportaciones a Cuba y le había quitado su cuota azucarera en el comercio internacional.

El bloqueo, el cerco y la agresión, que llevan 66 años en práctica, habían comenzado. El asedio al propio Fidel fue tal que terminó alojándose en el hotel Theresa, en Harlem, acogido por Malcolm X, la comunidad afroamericana, el exilio puertorriqueño, y otros tantos del pueblo trabajador.

En su comparecencia, Fidel explicó las medidas de la Revolución que parecían explicar tal grado de hostilidad por parte del poder norteamericano: una reforma agraria para la distribución de la tierra “acorde con las necesidades del desarrollo cubano”, rebajar las tarifas de la energía eléctrica, y disminuir en un 50% el precio de los alquileres.

Todas conquistas básicas que serían un sueño para cualquier ciudadano común de la actualidad, inclusive en Estados Unidos.

El señalamiento que Fidel llevaba a la Asamblea está revestido de una enorme vigencia en el presente. La voz de Cuba debía ser escuchada por el mundo, mientras el gobierno norteamericano intentaba silenciarla, la ponía en la lista de enemigos de la civilización, como hoy escribe Marco Rubio en sus “informes” y dictamina el “corolario Donroe”.

Decía Fidel:

“Me limito a decir la verdad.  Era hora también de que nosotros tuviéramos la oportunidad de hablar.  Sobre nosotros han estado hablando desde hace muchos días, han estado hablando los periódicos, y nosotros en silencio.  Nosotros no podemos defendernos de los ataques aquí, en este país.  Nuestra oportunidad para decir la verdad es esta, y no dejaremos de decirla”.

¿Qué forma tan extraña era y es aquella de llevar la democracia y éxito a las naciones a punta de someterlas o sabotearlas? ¿Acaso entonces y ahora son los mismos que han justificado intervenir, sancionar y boicotear países en defensa de la libertad y la prosperidad económica?

Fidel les respondía en aquel cónclave, tal como podría hacer hoy:

“Hay una prueba de que las revoluciones no arruinan a los países, y la prueba la acaba de dar el gobierno de Estados Unidos.  ¡Ha probado muchas cosas, pero entre otras cosas, ha probado que las revoluciones no arruinan a los países y que los gobiernos imperialistas sí son capaces de tratar de arruinar a los países!

Cuba no se había arruinado, había que arruinarla. Cuba necesitaba de nuevos mercados para sus productos (…) Nosotros queríamos que nuestras exportaciones aumentasen.  Eso es lo que quieren todos los países, esa debe ser una ley universal.

Solamente el interés egoísta puede estar en oposición al interés universal del intercambio comercial, que es una de las más viejas aspiraciones y necesidades de la humanidad”.

Hoy Cuba enfrenta más de seis décadas de continuidad, profundización y recrudecimiento de aquellas medidas iniciales denunciadas por Fidel.

Pasaron de un bloqueo unilateral basado en órdenes ejecutivas a leyes que perjudican tanto a ciudadanos como a empresas de Estados Unidos y de todo el mundo.

Hoy consisten en políticas de un verdadero régimen mundial, que practica lo que el Derecho Internacional tipifica como castigo colectivo y genocidio.

Para Cuba estas no son novedades. Es la reedición, 130 años después, de las conocidas reconcentraciones ordenadas por Valeriano Weyler, al asumir como Capitán General español en Cuba, a comienzos de 1896.

Hoy Cuba enfrenta más de seis décadas de continuidad, profundización y recrudecimiento de aquellas medidas iniciales denunciadas por Fidel

Weyler escogió como método para derrotar al Ejército Libertador un bando dictado el 21 de octubre de aquel año, con las siguientes disposiciones, escalofriantes en su similitud con el presente:

“1-Todos los habitantes de las zonas rurales o de las áreas exteriores a la línea de ciudades fortificadas, serán concentrados dentro de las ciudades ocupadas por las tropas en el plazo de ocho días. Todo aquel que desobedezca esta orden o que sea encontrado fuera de las zonas prescritas, será considerado rebelde y juzgado como tal.

2-Queda absolutamente prohibido, sin permiso de la autoridad militar del punto de partida, sacar productos alimenticios de las ciudades y trasladarlos a otras, por mar o por tierra. Los violadores de estas normas serán juzgados y condenados en calidad de colaboradores de los rebeldes.

3-Se ordena a los propietarios de cabezas de ganado que las conduzcan a las ciudades o sus alrededores, donde pueden recibir la protección adecuada”.

Fidel nacería 30 años después de estas atrocidades, a las que sumarían el golpe de Estado y la tiranía de Batista, el carácter neocolonial de una república sin credenciales, y el expolio constante del capital monopolista norteamericano sobre las riquezas y el trabajo del pueblo cubano.

Se estiman en 500,000 los cubanos y cubanas que fueron sacados por Weyler de sus hogares y separados de sus tierras y sus ganados para ser conducidos hacia ciudades en las que se encontrarían unas situaciones penosas. El consenso académico indica que estas experiencias, junto con las vividas en Sudáfrica y Filipinas, fueron los albores de los campos de concentración.

El académico Mariano Nagy, de la Universidad de Buenos Aires, ha dicho que en realidad desde la primera guerra de los Diez Años por su independencia, Cuba fue el lugar en que el imperio (español, en ese momento), incorporó estrategias como

“tierra quemada, destrucción de los medios de vida y de producción, quemando bohíos y platanales, aplicaban  la  pena  máxima  como  castigo,  realizaban  deportaciones  de  los  líderes  rebeldes,  establecían  toques  de  queda,  confeccionaban  listados  de  familias  de  guerrilleros,   obligaban   a   portar   cédulas   de   identidad   que   los   catalogaba   como   insurrectos, construyeron trochas y sistemas de fortificación, establecieron una amplia reorganización  y  creación  de  pueblos  que  tenían  como  base  destacamentos,  cuarteles    militares o fuerzas armadas agrupadas para tal fin, y, por supuesto, aplicaron la política de  reconcentración  de  enormes  cantidades de  población.  En esos sitios,  por  las condiciones de vida se desataron enfermedades y tuvieron que racionar a miles de personas”.

Evidentemente, toda la lucha cubana por la libertad social y nacional enfrentó el castigo colectivo y el genocidio como decisión plausible. Por eso,

En tal sentido quedaron estampadas sus célebres palabras, cuando afirmó:

“Para qué darle más vuelta a la cuestión (…). Las guerras, desde el principio de la humanidad, han surgido, fundamentalmente, por una razón: el deseo de unos de despojar a otros de sus riquezas. ¡Desaparezca la filosofía del despojo, y habrá desaparecido la filosofía de la guerra! ¡Desaparezcan las colonias, desaparezca la explotación de los países por los monopolios, y entonces la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso!”

En aquella ciudad en que hablaba Fidel, Cuba tenía un pedazo de historia patria. Allí Martí había vivido sus últimos quince años de existencia y lucha libertadora, fundando el Partido Revolucionario Cubano y el periódico Patria, en 1892.

Luego, como predijo Martí en su carta a su amigo Manuel Mercado en 1895, desde Estados Unidos se había conculcado la hazaña independentista y habían conducido a Tomás Estrada Palma a la presidencia, para diluir el partido, los esfuerzos de Martí y destruir la gesta patriótica.

La fatídica Enmienda Platt que se estableció en 1902, en la república que Marco Rubio celebraba el pasado 20 de mayo, sellaba el destino de Cuba a ser dirigida y ocupada siempre que fuese oportuno.

Cuando Fidel hablaba en la ONU aquel septiembre de 1960, recordaba muy bien las luchas de Cuba contra el coloniaje y el “yugo español” así como las prácticas de saqueo y exterminio que caracterizan a las supuestas “guerras” del imperialismo de hoy

Desde su tribuna del ayer, Fidel nos recuerda muy bien lo que hoy representa la alianza de Donald Trump, Marco Rubio, Netanyahu y la ultraderecha cubana e internacional, llevando al límite la “filosofía del despojo”.

Es la fusión del poder colonial, las oligarquías trasnacionales y depredadoras, la radicalización de la lucha de clases a favor de élites dominantes cada vez más ricas y concentradas, y aquellos que, desde siempre, en Cuba y en América Latina han servido a intereses intervencionistas.

Parecía que Fidel estaba leyendo el “informe” de Rubio contra Cuba como “capital del comunismo mundial”, cuando dijo:

“Sabemos, por cierto, lo que le dirán hoy y mañana y siempre de nosotros al pueblo norteamericano para engañarlo. Pero no importa. Cumplimos nuestro deber con expresar estos sentimientos en esta histórica Asamblea.  Proclamamos el derecho de los pueblos a su integridad, el derecho de los pueblos a su nacionalidad, y conspiran contra el nacionalismo, los que saben que el nacionalismo significa afán de recuperar lo suyo, sus riquezas, sus recursos naturales”.

Como en su primer discurso en la ONU, a cien años de su natalicio, y en la larga trama imperialista en que confluyen las reconcentraciones de Weyler, el cerco a Cuba y la destrucción de Palestina, Fidel sigue respondiendo.

Mientras se expande la filosofía del despojo y la guerra por América Latina y el mundo, Fidel sigue señalando el camino de no cejar en decir nuestra verdad, de no renunciar a nuestros derechos, nuestra integridad y nuestras riquezas, y en que son el interés egoísta y el coloniaje los que arruinan naciones, no las revoluciones.  

Al fin y al cabo, en la misma ciudad Nueva York en que vivió Martí y en que Fidel fue abrazado por el pueblo de Harlem, limitándose “a decir la verdad”, es evidente que todavía, en 2026 sigue siendo revolucionario hacer que suban los salarios, se democratice el suelo y la vivienda, bajen las tarifas y disminuyan los alquileres.

Fidel nos sigue diciendo que es aún posible y necesario cambiar la realidad, y “la humanidad habrá alcanzado una verdadera etapa de progreso”.

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